15-07-2026, 02:27 AM
En mi casa siempre había existido una especie de rutina que nadie cuestionaba. Mis padres y mis hermanos tenían la costumbre de irse a dormir bastante pronto, y eso hacía que la hora de la cena llegara antes de lo que mi estómago consideraba razonable. Al principio intentaba adaptarme, pero después de pasar horas entrenando, mi cuerpo parecía tener su propio reloj y siempre acababa avisándome de que necesitaba más comida. Era como si dentro de mí hubiera otra persona cuyo único objetivo fuera encontrar algo para devorar. Aquella noche ocurrió exactamente lo mismo. Estaba sentado en mi habitación, intentando relajarme después del entrenamiento, cuando escuché ese conocido sonido de mi barriga protestando. Miré hacia la cocina, pero solo pensar en preparar algo me dio más pereza que hambre. Cocinar después de haber agotado cada músculo de mi cuerpo no era precisamente mi actividad favorita. Suspiré y miré hacia una esquina de la habitación, donde descansaba mi vieja hucha con forma de oso. La cogí entre mis manos y la agité ligeramente, escuchando las pocas monedas que quedaban dentro. No era mucho dinero, pero era suficiente para comprar algo que me llenara el estómago. Abrí la hucha, saqué unas cuantas monedas y, sin darle demasiadas vueltas, me puse una chaqueta y salí de casa en busca de algo de comer.
Aunque aquella noche apenas corría el aire para estar en pleno verano, la temperatura era agradable y no tenía ninguna queja. Después de pasar tantas horas entrenando bajo el sol, cualquier momento en el que pudiera caminar sin sentir que mi cuerpo estaba ardiendo me parecía casi un regalo. Avancé por las calles de la aldea sin prisa, dejando que mis pasos me llevaran mientras observaba el movimiento a mi alrededor. La calle comercial seguía teniendo vida incluso cuando el cielo ya estaba oscuro. Los puestos iluminados, las conversaciones de la gente y el olor de la comida llenaban el ambiente, creando una sensación completamente diferente a la del día. Me gustaba esa parte de la aldea. Durante el entrenamiento todo era concentración, esfuerzo y superar límites, pero allí podía simplemente existir sin pensar demasiado. Algunos comerciantes recogían sus productos, otros seguían atendiendo a los últimos clientes de la noche, y varios grupos charlaban mientras descansaban después de sus trabajos. Yo caminaba con una sonrisa tranquila, disfrutando del paseo más de lo que esperaba. Aunque, siendo sincero, mi objetivo estaba bastante claro desde el principio. No había salido para reflexionar sobre la vida ni para admirar las luces de la calle. Mi estómago tenía una misión mucho más importante. Iba directo a mi lugar favorito: el restaurante de barbacoa. Solo imaginar el olor de la carne cocinándose hizo que acelerara ligeramente el paso.
El restaurante estaba mucho más lleno de lo que esperaba. Desde fuera ya podía escucharse el sonido de las conversaciones, las risas de los clientes y el chisporroteo de la carne sobre las brasas. Aun así, tuve suerte y todavía quedaban algunas mesas libres. Sin pensarlo demasiado, elegí una en el exterior, un lugar perfecto para disfrutar de la noche mientras esperaba mi comida. Me gustaba esa sensación. El aire fresco, las luces de la calle iluminando suavemente el lugar y el ambiente tranquilo que se respiraba allí hacían que pareciera que el tiempo avanzaba más despacio. Era curioso, porque durante los entrenamientos siempre estaba deseando que las horas pasaran rápido para poder alcanzar mi siguiente objetivo, pero en momentos así no tenía ninguna prisa. Simplemente quería sentarme, comer y disfrutar. No tardó mucho en acercarse uno de los trabajadores del restaurante para tomarme nota. Ni siquiera necesitaba mirar la carta; conocía aquel sitio demasiado bien. Sabía exactamente lo que quería antes incluso de sentarme. —Un zumo de naranja y diez brochetas de cerdo asado, por favor.— Dije con total naturalidad. El camarero asintió con una sonrisa mientras anotaba el pedido, probablemente sin sorprenderse demasiado. Después de todo, no era la primera vez que aparecía allí con un hambre capaz de asustar a cualquiera. Me acomodé en la silla y esperé pacientemente, disfrutando del momento antes del inevitable ataque contra la comida.
Aunque aquella noche apenas corría el aire para estar en pleno verano, la temperatura era agradable y no tenía ninguna queja. Después de pasar tantas horas entrenando bajo el sol, cualquier momento en el que pudiera caminar sin sentir que mi cuerpo estaba ardiendo me parecía casi un regalo. Avancé por las calles de la aldea sin prisa, dejando que mis pasos me llevaran mientras observaba el movimiento a mi alrededor. La calle comercial seguía teniendo vida incluso cuando el cielo ya estaba oscuro. Los puestos iluminados, las conversaciones de la gente y el olor de la comida llenaban el ambiente, creando una sensación completamente diferente a la del día. Me gustaba esa parte de la aldea. Durante el entrenamiento todo era concentración, esfuerzo y superar límites, pero allí podía simplemente existir sin pensar demasiado. Algunos comerciantes recogían sus productos, otros seguían atendiendo a los últimos clientes de la noche, y varios grupos charlaban mientras descansaban después de sus trabajos. Yo caminaba con una sonrisa tranquila, disfrutando del paseo más de lo que esperaba. Aunque, siendo sincero, mi objetivo estaba bastante claro desde el principio. No había salido para reflexionar sobre la vida ni para admirar las luces de la calle. Mi estómago tenía una misión mucho más importante. Iba directo a mi lugar favorito: el restaurante de barbacoa. Solo imaginar el olor de la carne cocinándose hizo que acelerara ligeramente el paso.
El restaurante estaba mucho más lleno de lo que esperaba. Desde fuera ya podía escucharse el sonido de las conversaciones, las risas de los clientes y el chisporroteo de la carne sobre las brasas. Aun así, tuve suerte y todavía quedaban algunas mesas libres. Sin pensarlo demasiado, elegí una en el exterior, un lugar perfecto para disfrutar de la noche mientras esperaba mi comida. Me gustaba esa sensación. El aire fresco, las luces de la calle iluminando suavemente el lugar y el ambiente tranquilo que se respiraba allí hacían que pareciera que el tiempo avanzaba más despacio. Era curioso, porque durante los entrenamientos siempre estaba deseando que las horas pasaran rápido para poder alcanzar mi siguiente objetivo, pero en momentos así no tenía ninguna prisa. Simplemente quería sentarme, comer y disfrutar. No tardó mucho en acercarse uno de los trabajadores del restaurante para tomarme nota. Ni siquiera necesitaba mirar la carta; conocía aquel sitio demasiado bien. Sabía exactamente lo que quería antes incluso de sentarme. —Un zumo de naranja y diez brochetas de cerdo asado, por favor.— Dije con total naturalidad. El camarero asintió con una sonrisa mientras anotaba el pedido, probablemente sin sorprenderse demasiado. Después de todo, no era la primera vez que aparecía allí con un hambre capaz de asustar a cualquiera. Me acomodé en la silla y esperé pacientemente, disfrutando del momento antes del inevitable ataque contra la comida.