![[Imagen: GdS9OxI.jpeg]](https://i.imgur.com/GdS9OxI.jpeg)
● Fecha y Lugar: Año 150 Día 4 Primavera - Konohagakure no Sato
● Cantidad de Usuarios: Kuroto Uchiha
● Cantidad máxima de horas por ronda: 48h
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El aire dentro de la oficina de asignaciones de Konoha se sentía pesado, una mezcla rancia de tinta vieja, papel barato y el aroma a té frío que, al parecer, era la única compañía del Teniente Kitsunai. El hombre, una sombra de lo que debió ser un ninja activo, estaba desplomado tras su escritorio. Sus ojos, enmarcados por ojeras profundas que parecían marcas de guerra, apenas enfocaban los documentos frente a él.
Kitsunai tenía ese aspecto de haber librado una batalla perdida contra el papeleo durante años. Su uniforme, arrugado y descuidado, presumía una mancha de café seca sobre el hombro que juraba haber visto días mejores. Cuando Kuroto entró, el oficial ni siquiera se inmutó, dejando que el zumbido de una lámpara parpadeante fuera el único sonido en la sala hasta que, finalmente, el Teniente se dignó a levantar la cabeza.
Su mirada era monótona, desprovista de cualquier brillo vital, pero al notar la presencia del Uchiha, dejó escapar un suspiro que sonó como un fuelle roto. Deslizó el documento de la misión sobre la mesa con una desidia contagiosa, dejando que el papel rozara la madera con un sonido seco. Kitsunai se aclaró la garganta y soltó, con esa voz cansada que ya se le había vuelto natural:
—La verdad, esta misión se clasificó como Rango D, pero parece de grado C; pero sería mucho papeleo hacer el cambio, así que lo dejaremos así.
Tras aceptar, la atmósfera en la oficina se aligeraría lo justo para permitir que Kuroto saliera del lugar. El cambio fue instantáneo. Al cruzar el umbral hacia el exterior, la vida de la aldea golpeó sus sentidos con energía: el murmullo de los transeúntes, el aroma a comida callejera y el sol de primavera que calentaba con fuerza.
Kuroto se pondria en marcha, dejando atrás las murallas de Konoha. El camino hacia el bosque fue una transición limpia. A medida que los senderos de piedra se convertían en tierra batida, el ruido de la civilización se desvaneció, reemplazado por un silencio más profundo, solo interrumpido por el crujir de las ramas bajo sus pies y el canto intermitente de alguna ave escondida en el dosel.
El aire se volveria más fresco, cargado con el olor a tierra húmeda y la savia de los pinos. El bosque no era un lugar muerto; era un organismo que respiraba. Kuroto podría sentir cómo la temperatura bajaba, creando un microclima sombrío donde las sombras se alargaban, jugando entre los troncos de los árboles centenarios que rodeaban el sendero.
Al llegar a la hondonada asignada, el ambiente cambiria una vez mas, la luz del sol apenas filtraba, dejando el lugar en una penumbra verde y húmeda. Ante él, el escenario de la misión apareció con una realidad cruda: las trampas de los cazadores estarian esparcidas como cicatrices metálicas en el suelo. El olor a metal oxidado y a descomposición era fuerte, casi asfixiante.
Si Kuroto se detuviera, observaría que en la primera trampa el resorte estaba atascado, emitiendo un chirrido metálico y rítmico que rompía la calma del lugar. El metal dentado intentaba cerrarse en vano, cubierto de óxido y rodeado de hojas secas que se arremolinaban a su alrededor. Estaba frente a su objetivo; la misión había comenzado y, aunque era una tarea sencilla, el bosque tenía esa extraña forma de recordarle a un ninja que cualquier descuido podía ser el último.
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