13-07-2026, 05:10 AM
Jajajaja, qué gracioso - decía aquel sujeto mientras se apretaba el estómago - ¿Acaso es ella? ¡Jajaja, qué patética! Le doy media hora, a lo mucho.
Golpeaba su pierna con la palma abierta y estallaba en carcajadas. Nada importaba en aquel momento. Todo estaba acabado. Todo se había acabado.
El sonido de la reja al abrirse, la burla de aquel hombre que apestaba a vino, tabaco y mujeres ajenas, cuya higiene era tan deplorable como su moral, olía al perfume de otra y no al de su propia esposa. Y ella, a su lado, despedía el aroma de otro hombre. Eran patéticos: dos personas sosteniendo una apariencia frente a los demás, intentando impresionar a alguien que ni siquiera se había dignado a asistir.
Vestida con un traje sencillo, de telas blancas que cubrían parcialmente su cuerpo por el frente, la joven llevaba pinturas rojas tradicionales que adornaban su rostro, cuello, abdomen y pecho. Sus brazos estaban decorados con círculos tribales y marcas estilizadas que simulaban colmillos. Una línea roja descendía por su columna hasta las últimas vértebras, rematando en un par de puntos justo donde la tela se enrollaba para cubrir la parte inferior de su cuerpo. Aquel atuendo, inmaculadamente blanco y rematado en rojo, parecía más una carga incómoda que una vestimenta adecuada para moverse con libertad.
Entre sus brazos sostenía trozos de carne cruda, otros colgaban de sus muñecas, de su cuello y de uno de sus antebrazos. Arrodillada frente a un extraño líder ceremonial, escuchaba las estupideces que el decía, y no se sorprendió de nada, ni del cómo este derramaba una fuente de sangre y viseras sobre la “virgen” ofrecida en sacrificio mientras recitaba una serie de palabras vacías, una tras otra.
Su compañero canino temblaba sin control, aferrado a los brazos de una muchacha de cabello corto que acariciaba su cabeza. La joven permanecía sentada sobre el lomo de un enorme lobo blanco, envuelta en una amplia túnica negra que cubría gran parte de su cuerpo e incluso parte del pelaje del animal.
Tranquilo… ella estará bien - murmuraba, intentando apaciguar al pequeño canino.
La mujer situada a su lado ocultaba el rostro tras un abanico, como si sintiera vergüenza de lo que estaba a punto de presenciar. Junto a ella, un hombre con una máscara de zorro observaba en silencio, manteniendo cierta distancia de las otras dos mujeres.
Solo estaban ellos cinco y el sacerdote. El cuarto miembro de la familia no había podido asistir, aunque sí lo hicieron dos de sus perros. Sin contar a los descarados adúlteros que seguían burlándose de ella, todos vestían de negro, incluso los caninos, que eran tantos que resultaba difícil contarlos.
La sacrificada se puso de pie. Miró a la pareja que tanto detestaba, a quienes la habían conducido hasta aquel destino, y abrió los brazos con una destreza perturbadora, sin dejar caer ningún trozo de carne al suelo. Aquellas serían sus últimas palabras - En Ba Sing Se empezaremos desde cero, oh baba… nos levantaremos.
Sin volverles la espalda a aquel grupo de enfermos, comenzó a retroceder desarmada, mientras sus ojos temblaban y las lágrimas se mezclaban con la sangre derramada sobre su piel - ¡EN BA SING SE PERDIENDO EL TIEMPO, PERDIENDO EL TIEMPO ESTÁN! ¡OH BABA, LLORANDO MUCHO! ¡OH BA BA, ESTÁ ATRAPADA EN ESTE POZO! ¡BA SING SE! ¡TRES, TRES, CERO Y UNO, CERO Y UNO! ¡BIENVENIDOS AL BOSQUE DE LOS TONTOS!
Se alejaba riendo a carcajadas mientras desaparecía entre los árboles.
El silencio que siguió fue abismal.
Pasaron los segundos. Luego los minutos.
La mujer del abanico fingió llorar, pero no brotó ni una sola lágrima, más bien parecía contener una risa. Diez minutos después, el hombre de la máscara observó de reojo la posición del sol. El pequeño tanuki, ya calmado, devoraba una sandía entre los brazos de la muchacha, que ocultaba el rostro en su pelaje - Eres… tan… tierno. Creo que me quedaré contigo - susurró ella, sin dejar de acariciarlo. Ya había pasado media hora.
Todos lo sabian, aquello había sido una trampa.
Y, mientras tanto, la pareja seguía riendo, el obeso que claramente jamás entrenaba, la mujer de grandes atributos, que podía tratar de ocultar su edad, pero no las arrugas, reían a carcajadas luego de una hora, las carcajadas de dientes amarillentos, las muecas sarcásticas de aquellos seres despreciables.
Hasta que, finalmente, una figura emergió de entre los árboles.
Su cuerpo estaba parcialmente limpio, salvo por las manos cubiertas de sangre y por un trozo de hígado que aún colgaba de su cabello.
![[Imagen: 9NUo9td.gif]](https://i.imgur.com/9NUo9td.gif)
Golpeaba su pierna con la palma abierta y estallaba en carcajadas. Nada importaba en aquel momento. Todo estaba acabado. Todo se había acabado.
El sonido de la reja al abrirse, la burla de aquel hombre que apestaba a vino, tabaco y mujeres ajenas, cuya higiene era tan deplorable como su moral, olía al perfume de otra y no al de su propia esposa. Y ella, a su lado, despedía el aroma de otro hombre. Eran patéticos: dos personas sosteniendo una apariencia frente a los demás, intentando impresionar a alguien que ni siquiera se había dignado a asistir.
Vestida con un traje sencillo, de telas blancas que cubrían parcialmente su cuerpo por el frente, la joven llevaba pinturas rojas tradicionales que adornaban su rostro, cuello, abdomen y pecho. Sus brazos estaban decorados con círculos tribales y marcas estilizadas que simulaban colmillos. Una línea roja descendía por su columna hasta las últimas vértebras, rematando en un par de puntos justo donde la tela se enrollaba para cubrir la parte inferior de su cuerpo. Aquel atuendo, inmaculadamente blanco y rematado en rojo, parecía más una carga incómoda que una vestimenta adecuada para moverse con libertad.
Entre sus brazos sostenía trozos de carne cruda, otros colgaban de sus muñecas, de su cuello y de uno de sus antebrazos. Arrodillada frente a un extraño líder ceremonial, escuchaba las estupideces que el decía, y no se sorprendió de nada, ni del cómo este derramaba una fuente de sangre y viseras sobre la “virgen” ofrecida en sacrificio mientras recitaba una serie de palabras vacías, una tras otra.
Su compañero canino temblaba sin control, aferrado a los brazos de una muchacha de cabello corto que acariciaba su cabeza. La joven permanecía sentada sobre el lomo de un enorme lobo blanco, envuelta en una amplia túnica negra que cubría gran parte de su cuerpo e incluso parte del pelaje del animal.
Tranquilo… ella estará bien - murmuraba, intentando apaciguar al pequeño canino.
La mujer situada a su lado ocultaba el rostro tras un abanico, como si sintiera vergüenza de lo que estaba a punto de presenciar. Junto a ella, un hombre con una máscara de zorro observaba en silencio, manteniendo cierta distancia de las otras dos mujeres.
Solo estaban ellos cinco y el sacerdote. El cuarto miembro de la familia no había podido asistir, aunque sí lo hicieron dos de sus perros. Sin contar a los descarados adúlteros que seguían burlándose de ella, todos vestían de negro, incluso los caninos, que eran tantos que resultaba difícil contarlos.
La sacrificada se puso de pie. Miró a la pareja que tanto detestaba, a quienes la habían conducido hasta aquel destino, y abrió los brazos con una destreza perturbadora, sin dejar caer ningún trozo de carne al suelo. Aquellas serían sus últimas palabras - En Ba Sing Se empezaremos desde cero, oh baba… nos levantaremos.
Sin volverles la espalda a aquel grupo de enfermos, comenzó a retroceder desarmada, mientras sus ojos temblaban y las lágrimas se mezclaban con la sangre derramada sobre su piel - ¡EN BA SING SE PERDIENDO EL TIEMPO, PERDIENDO EL TIEMPO ESTÁN! ¡OH BABA, LLORANDO MUCHO! ¡OH BA BA, ESTÁ ATRAPADA EN ESTE POZO! ¡BA SING SE! ¡TRES, TRES, CERO Y UNO, CERO Y UNO! ¡BIENVENIDOS AL BOSQUE DE LOS TONTOS!
Se alejaba riendo a carcajadas mientras desaparecía entre los árboles.
El silencio que siguió fue abismal.
Pasaron los segundos. Luego los minutos.
La mujer del abanico fingió llorar, pero no brotó ni una sola lágrima, más bien parecía contener una risa. Diez minutos después, el hombre de la máscara observó de reojo la posición del sol. El pequeño tanuki, ya calmado, devoraba una sandía entre los brazos de la muchacha, que ocultaba el rostro en su pelaje - Eres… tan… tierno. Creo que me quedaré contigo - susurró ella, sin dejar de acariciarlo. Ya había pasado media hora.
Todos lo sabian, aquello había sido una trampa.
Y, mientras tanto, la pareja seguía riendo, el obeso que claramente jamás entrenaba, la mujer de grandes atributos, que podía tratar de ocultar su edad, pero no las arrugas, reían a carcajadas luego de una hora, las carcajadas de dientes amarillentos, las muecas sarcásticas de aquellos seres despreciables.
Hasta que, finalmente, una figura emergió de entre los árboles.
Su cuerpo estaba parcialmente limpio, salvo por las manos cubiertas de sangre y por un trozo de hígado que aún colgaba de su cabello.
La trampa estaba muerta...
Ibuki… ella había logrado sobrevivir.
Una última vez. Jadeando... cansada... y magullada... pero viva al fin y al cabo.
- Los odio... suegros de mierda... padre... madre... lamento seguir viva...
- Los odio... suegros de mierda... padre... madre... lamento seguir viva...
![[Imagen: 9NUo9td.gif]](https://i.imgur.com/9NUo9td.gif)
![[Imagen: He8J1ft.gif]](https://i.imgur.com/He8J1ft.gif)