12-07-2026, 09:56 PM
Última modificación: 12-07-2026, 09:59 PM por Yocko.
Apenas un par de semanas atrás había completado su adiestramiento en la academia. El entrenamiento con su hermano Milo era constante desde hacía varios años, así que los exámenes no resultaron un tropiezo, ni siquiera una molestia para la kunoichi. Pero no había participado de ninguna actividad ninja, escasamente sabía controlar algunas técnicas básicas del clan y necesitaba pulir otras. ¿Pero esto? ¿Limpieza de plagas?
Aceptó la tarea sin mucho agrado y se dispuso a ir hacia la academia, así sin más. Fue tras su llegada a la primera de las aulas que se percató de lo esencial, el asunto más básico: llevaba las manos vacías, no había un plan de exterminio, mucho menos de limpieza. Era tanto su enojo que hasta ese momento no se había percatado de lo infantil de su comportamiento. Largó un suspiro y desandando el camino volvió a casa.
<< Ya veo. >> Dijo para sus adentros, asimilando por primera vez que aquella tarea no era tonta, mucho menos inútil. Comenzó a planificarlo todo en su mente mientras buscaba un par de cubetas vacías. Cuando las encontró, depositó en una de ellas algunas bolsas y en la otra algunos químicos de limpieza, además de uno especial para exterminar cucarachas. Armada con unos guantes, una escoba y tapabocas, volvió esta vez con la determinación de cumplir su primera misión.
Aquella mañana, los pasillos eran bañados con una cálida luz matutina, las decoraciones junto a los ventanales hacían el espacio aún más acogedor. Desde los ventanales podía verse junto al pasillo un prado hermoso, bien cuidado y lleno de flores. Fue cuestión de algunos metros, cuando empezó a notar que todo cambiaba: la luz quedaba filtrada por bloques de madera, empotrados de mala forma en los ventanales cuyos cristales estaban rotos; además sentía un olor a humedad del que no se percató antes. Entonces se redescubrió allí, sus sentidos estaban más despiertos: había entrado en su zona. Una ráfaga de adrenalina subió desde su abdomen y le dio una sensación de alegría y entusiasmo.
<< ¡Serán exterminados! ¡TA TA RA RA! ¡YEEEAAAH! >> Justo allí, en esa oscuridad en el final del pasillo; en el recodo donde las tres aulas infestadas se ubicaban, se podía sentir el inconfundible olor a cucaracha. Un insecto ciertamente desagradable. No tenía intención alguna en pisarlas una por una, había urdido un plan digno de cualquier invasión shionbi. Estaba segura de que era el mejor campo de entrenamiento jamás visto en la historia del mundo conocido. Estaba a punto de derrotar al ejército más grande jamás imaginado y bañaría el valle con sus tripas. - Vamos, que se lo había tomado en serio. -
El aula número cinco es su primer campo de batalla, << En posición. >> pensó, asomando su ojo derecho por el umbral de la puerta apenas abierta. Quiso ver el interior, saber qué posiciones atacaría en el primer asalto, pero el valle estaba tranquilo - que no había cucarachas por ahí a la vista, pues. -
Abrió la puerta lentamente, mientras las bisagras se quejaban con un silbido casi imperceptible << El susurro del viento... La muerte es como el viento, siempre a mi lado. >> Ciertamente su cerebro funcionaba en extraña concordancia con la realidad, algo que había hecho toda la vida para no autocompadecerse: ya tenía suficiente con que el mundo entero - su familia - la viese con tristeza y compasión, simplemente por ser muda.
De pronto, mientras el ejercicio de sigilo militar era ejecutado, un estruendo súbito invadió la sala. La puerta se estrelló contra la pared, al abrirse de golpe. El interruptor, con un chasquido, iluminó el cuadrilátero y la kunoichi, con los ojos apenas visibles por encima del tapabocas, apretó el mecanismo del químico especial para matar insectos. Giró sobre su propio eje, como creando un escudo protector en el aire, impregnando en el acto su ropa y la piel expuesta. Pero los enemigos no salieron de sus escondites.
<< Ya veo, ya veo. ¡PLAN B! >> Como si moverse más lento le quemara la planta de los pies, caminaba levantando las rodillas y pisando con fuerza, pero no con mucha fuerza. No quería admitir que tenía asco y miedo, más asco que miedo, cuando la idea de estripar a una cucaracha venía a su mente. Pero pronto aceptó que estaba gastando energía de forma ineficiente. Se detuvo, conteniendo las ansias y el malestar que la gobernaba hasta ahora. Esta vez realizó un movimiento más inteligente, aunque predecible: decidió que movería los muebles para revisar por detrás y por debajo, en el interior de los cajones; las esquinas inalcanzables en una postura de uso normal. Allí donde abría salían cinco, seis, diez cucarachas.
Reprimía gritos de pavor cuando los insectos volaban cerca de su cabeza y tuvo que empezar a racionar el pote de químico. En cierto punto, tuvo que salir del aula para respirar aire puro. Se detuvo frente a uno de los ventanales y lo abrió; retirando el tapabocas de su rostro. Los labios le sabían a algo desagradablemente amargo. Escupió con urgencia al sentir el sabor y de inmediato se sintió culpable por dejar tal desecho sobre las flores del prado. Miró a su alrededor y solamente había una manguera de agua que, atada a un pequeño poste giratorio, rociaba las flores alrededor. << No hay moros en la costa. >>
Finalmente, comprendió que no podía seguir apuntando a las cucarachas una a una para intentar matarlas, tenía que seguir otra estrategia o el químico sería insuficiente. Estaba a punto de volver al aula para averiguar en primera persona cómo lograr aquello, cuando la manguera roció agua en su espalda a través de la ventana ahora abierta. Lo comprendió al instante: la humedad provenía del jardín, la madera empotrada impedía el paso del sol y, por lo tanto, creaba un ambiente propicio para la proliferación de aquellos seres mortalmente desagradables.
<< El fuego, se combate con fuego. >> dijo ese personaje inventado para la misión; ese que había dirigido la primera, segunda y todas las siguientes emboscadas contra el Imperio de Cucachuca - no creo que sea justo explicar esto. -
Dejó los utensilios de lado. Se dirigió a la carpintería y presento la orden de su misión. Tuvo que hacer gestos al carpintero, que poco a poco se fue enterando de lo que ella necesitaba: un martillo y una sierra. No era común que alguien simplemente entregue herramientas a una persona que va con mímicas, pero si su bandana ninja no era suficiente, el sello del Mizukage en el documento era aval suficiente para lo solicitado.
Yocko usó la sierra y el martillo para remover los tablones de las ventanas. Juntó el material resultante y lo llevó poco a poco a la carpintería. Al finalizar entregó también las herramientas.
El siguiente destino era la ferretería. Casi usó el mismo recurso que antes para conseguir unos cristales a medida, pero esta vez escribió todo en una hoja de cuaderno. Fue una transacción sencilla: el cobro se haría directo al gobierno de la aldea y manos especializadas realizaron las tareas de montaje.
Cuando todo estuvo listo para el exterminio final, la joven intrépida tomó la manguera del jardín y de forma implacable inundó las aulas, disparando a diestra y siniestra, ahogando a sus enemigos en un mar infranqueable. Cuando cerró la llave, contempló el campo de batalla con silenciosa satisfacción. No quedaba una sola cucaracha a la vista - tampoco quedaba un solo rincón seco. - Aquella tarde, el Imperio de Cucachuca cayó sin gloria ni supervivientes. La academia jamás olvidaría a su heroína.
Con todo su trabajo terminado, caminó triunfante a la oficina del Mizukage, convencida de que sería grandemente recompensada.
Horas después, los sensei debatían un problema nuevo: ¿Por qué las aulas parecían haber sobrevivido a un tifón?
Aceptó la tarea sin mucho agrado y se dispuso a ir hacia la academia, así sin más. Fue tras su llegada a la primera de las aulas que se percató de lo esencial, el asunto más básico: llevaba las manos vacías, no había un plan de exterminio, mucho menos de limpieza. Era tanto su enojo que hasta ese momento no se había percatado de lo infantil de su comportamiento. Largó un suspiro y desandando el camino volvió a casa.
<< Ya veo. >> Dijo para sus adentros, asimilando por primera vez que aquella tarea no era tonta, mucho menos inútil. Comenzó a planificarlo todo en su mente mientras buscaba un par de cubetas vacías. Cuando las encontró, depositó en una de ellas algunas bolsas y en la otra algunos químicos de limpieza, además de uno especial para exterminar cucarachas. Armada con unos guantes, una escoba y tapabocas, volvió esta vez con la determinación de cumplir su primera misión.
Aquella mañana, los pasillos eran bañados con una cálida luz matutina, las decoraciones junto a los ventanales hacían el espacio aún más acogedor. Desde los ventanales podía verse junto al pasillo un prado hermoso, bien cuidado y lleno de flores. Fue cuestión de algunos metros, cuando empezó a notar que todo cambiaba: la luz quedaba filtrada por bloques de madera, empotrados de mala forma en los ventanales cuyos cristales estaban rotos; además sentía un olor a humedad del que no se percató antes. Entonces se redescubrió allí, sus sentidos estaban más despiertos: había entrado en su zona. Una ráfaga de adrenalina subió desde su abdomen y le dio una sensación de alegría y entusiasmo.
<< ¡Serán exterminados! ¡TA TA RA RA! ¡YEEEAAAH! >> Justo allí, en esa oscuridad en el final del pasillo; en el recodo donde las tres aulas infestadas se ubicaban, se podía sentir el inconfundible olor a cucaracha. Un insecto ciertamente desagradable. No tenía intención alguna en pisarlas una por una, había urdido un plan digno de cualquier invasión shionbi. Estaba segura de que era el mejor campo de entrenamiento jamás visto en la historia del mundo conocido. Estaba a punto de derrotar al ejército más grande jamás imaginado y bañaría el valle con sus tripas. - Vamos, que se lo había tomado en serio. -
El aula número cinco es su primer campo de batalla, << En posición. >> pensó, asomando su ojo derecho por el umbral de la puerta apenas abierta. Quiso ver el interior, saber qué posiciones atacaría en el primer asalto, pero el valle estaba tranquilo - que no había cucarachas por ahí a la vista, pues. -
Abrió la puerta lentamente, mientras las bisagras se quejaban con un silbido casi imperceptible << El susurro del viento... La muerte es como el viento, siempre a mi lado. >> Ciertamente su cerebro funcionaba en extraña concordancia con la realidad, algo que había hecho toda la vida para no autocompadecerse: ya tenía suficiente con que el mundo entero - su familia - la viese con tristeza y compasión, simplemente por ser muda.
De pronto, mientras el ejercicio de sigilo militar era ejecutado, un estruendo súbito invadió la sala. La puerta se estrelló contra la pared, al abrirse de golpe. El interruptor, con un chasquido, iluminó el cuadrilátero y la kunoichi, con los ojos apenas visibles por encima del tapabocas, apretó el mecanismo del químico especial para matar insectos. Giró sobre su propio eje, como creando un escudo protector en el aire, impregnando en el acto su ropa y la piel expuesta. Pero los enemigos no salieron de sus escondites.
<< Ya veo, ya veo. ¡PLAN B! >> Como si moverse más lento le quemara la planta de los pies, caminaba levantando las rodillas y pisando con fuerza, pero no con mucha fuerza. No quería admitir que tenía asco y miedo, más asco que miedo, cuando la idea de estripar a una cucaracha venía a su mente. Pero pronto aceptó que estaba gastando energía de forma ineficiente. Se detuvo, conteniendo las ansias y el malestar que la gobernaba hasta ahora. Esta vez realizó un movimiento más inteligente, aunque predecible: decidió que movería los muebles para revisar por detrás y por debajo, en el interior de los cajones; las esquinas inalcanzables en una postura de uso normal. Allí donde abría salían cinco, seis, diez cucarachas.
Reprimía gritos de pavor cuando los insectos volaban cerca de su cabeza y tuvo que empezar a racionar el pote de químico. En cierto punto, tuvo que salir del aula para respirar aire puro. Se detuvo frente a uno de los ventanales y lo abrió; retirando el tapabocas de su rostro. Los labios le sabían a algo desagradablemente amargo. Escupió con urgencia al sentir el sabor y de inmediato se sintió culpable por dejar tal desecho sobre las flores del prado. Miró a su alrededor y solamente había una manguera de agua que, atada a un pequeño poste giratorio, rociaba las flores alrededor. << No hay moros en la costa. >>
Finalmente, comprendió que no podía seguir apuntando a las cucarachas una a una para intentar matarlas, tenía que seguir otra estrategia o el químico sería insuficiente. Estaba a punto de volver al aula para averiguar en primera persona cómo lograr aquello, cuando la manguera roció agua en su espalda a través de la ventana ahora abierta. Lo comprendió al instante: la humedad provenía del jardín, la madera empotrada impedía el paso del sol y, por lo tanto, creaba un ambiente propicio para la proliferación de aquellos seres mortalmente desagradables.
<< El fuego, se combate con fuego. >> dijo ese personaje inventado para la misión; ese que había dirigido la primera, segunda y todas las siguientes emboscadas contra el Imperio de Cucachuca - no creo que sea justo explicar esto. -
Dejó los utensilios de lado. Se dirigió a la carpintería y presento la orden de su misión. Tuvo que hacer gestos al carpintero, que poco a poco se fue enterando de lo que ella necesitaba: un martillo y una sierra. No era común que alguien simplemente entregue herramientas a una persona que va con mímicas, pero si su bandana ninja no era suficiente, el sello del Mizukage en el documento era aval suficiente para lo solicitado.
Yocko usó la sierra y el martillo para remover los tablones de las ventanas. Juntó el material resultante y lo llevó poco a poco a la carpintería. Al finalizar entregó también las herramientas.
El siguiente destino era la ferretería. Casi usó el mismo recurso que antes para conseguir unos cristales a medida, pero esta vez escribió todo en una hoja de cuaderno. Fue una transacción sencilla: el cobro se haría directo al gobierno de la aldea y manos especializadas realizaron las tareas de montaje.
Cuando todo estuvo listo para el exterminio final, la joven intrépida tomó la manguera del jardín y de forma implacable inundó las aulas, disparando a diestra y siniestra, ahogando a sus enemigos en un mar infranqueable. Cuando cerró la llave, contempló el campo de batalla con silenciosa satisfacción. No quedaba una sola cucaracha a la vista - tampoco quedaba un solo rincón seco. - Aquella tarde, el Imperio de Cucachuca cayó sin gloria ni supervivientes. La academia jamás olvidaría a su heroína.
Con todo su trabajo terminado, caminó triunfante a la oficina del Mizukage, convencida de que sería grandemente recompensada.
Horas después, los sensei debatían un problema nuevo: ¿Por qué las aulas parecían haber sobrevivido a un tifón?
![[Imagen: q0yojli.png]](https://i.imgur.com/q0yojli.png)