![[Imagen: GdS9OxI.jpeg]](https://i.imgur.com/GdS9OxI.jpeg)
● Rango y Tipo de la Misión: Rango E — Misión Normal
● Fecha y Lugar: 2 de Verano, Año 150 — Konohagakure
● Cantidad de Usuarios: 1 usuario y 1 narrador
● Cantidad máxima de horas por ronda: A acordar con el narrador
Mision aprobada :Aqui[url=https://shinobigaiden.net/showthread.php?tid=13848][/url]
La Sala de Asignaciones de Misiones de Konohagakure es un espacio que parece haber sido diseñado para que el tiempo se detenga y la esperanza de una jornada productiva se desvanezca en la penumbra. El aire aquí es denso, cargado con el olor rancio de papeles envejecidos, el polvo que baila en los haces de luz que se filtran por ventanas estrechas y el rastro acre de café recalentado cientos de veces.
Las paredes, cubiertas de paneles de madera que alguna vez fueron elegantes, ahora lucen un tono amarillento, adornadas con mapas de la región que tienen los bordes descascarados. Filas interminables de archivadores metálicos, algunos con los cajones entreabiertos como bocas sedientas de datos, se alzan como monolitos en un laberinto burocrático donde los ninjas, incluso los de mayor rango, parecen encogerse ante la magnitud del papeleo acumulado.En el corazón de este caos organizado, el Teniente Kitsunai se encuentra encorvado tras un escritorio de caoba que ha visto mejores días, sepultado bajo una montaña de pergaminos y formularios que amenazan con derrumbarse sobre él en cualquier momento. Kitsunai es una figura que parece haber olvidado lo que significa el descanso desde hace una década; sus ojos, ocultos tras unas ojeras profundas y violáceas, recorren frenéticamente un documento tras otro con una intensidad que roza la desesperación.
Su uniforme, que alguna vez fue el orgullo de la guardia, ahora luce arrugado y descuidado, destacando una mancha de café seca e indeleble en su hombro izquierdo, una marca de batalla contra el agotamiento diario. A su lado, una taza de té humeante solo en apariencia descansa sobre una pila de informes, rodeada de pergaminos que sostiene con un brazo mientras intenta, sin éxito, mantener el orden en su escritorio con el otro. El Teniente lanza un suspiro que resuena en toda la sala, un sonido cargado de cansancio existencial.
Cada pocos minutos, levanta la mirada hacia la puerta con una mezcla de aburrimiento y aprensión, esperando a que el próximo candidato interrumpa su letargo administrativo. Cuando finalmente la puerta se abre y Momo “Queen Bee” Aburame cruza el umbral, Kitsunai no se molesta en enderezar su postura.
Se limita a remover una pila de papeles con el codo para despejar un espacio mínimo y le lanza una mirada fugaz, una expresión que comunica claramente que su presencia es una interrupción inoportuna a su tedio habitual. —Ah, otra ninja... ¿Buscas trabajo? —masculla con un tono monótono y quejumbroso, sin dejar de revisar un formulario que parece contener la respuesta a todos sus problemas—. Escucha, la aldea está llena de civiles que no tienen el más mínimo sentido de la responsabilidad ni la capacidad de seguir las normas básicas que a nosotros nos cuesta tanto mantener.
Tengo entre manos un problema en una sastrería de la zona comercial; un vestido de gala, la pieza principal de su exhibición de verano, desapareció de la nada durante la noche. No hay señales de robo, no hay cerraduras forzadas, nada. Un verdadero dolor de cabeza, y sinceramente, mis piernas no están para otra inspección bajo el sol de verano. Kitsunai deja caer el formulario sobre la mesa con un golpe seco.
Su mirada se vuelve hacia la joven, esperando que ella entienda lo que él no está dispuesto a decir explícitamente: su interés es puramente administrativo.
—Voy a registrar esto como una misión de rango E para que puedas sumar experiencia oficial, aunque, para serte honesto, esto huele a un problema de nivel C que alguien debería resolver antes de que el dueño de la sastrería empiece a llorar frente a los supervisores de la aldea. Si logras recuperar ese vestido sin romper nada más, y si de paso logras traer un par de bollos de la panadería de la esquina antes de que se enfríe mi té—, tal vez olvide mencionar en el reporte oficial que llegaste unos minutos tarde, o cualquier otra nimiedad que pueda aparecer en tu expediente. ¿Trato hecho? —pregunta, volviendo su atención a los pergaminos antes de que ella pueda siquiera articular una respuesta completa.
La instrucción es escueta, casi desdeñosa, diseñada para que el ejecutor —Momo— se encargue de la complejidad de la tarea sin que él tenga que invertir más energía de la necesaria. Ella deberá dirigirse a la sastrería, el lugar donde la exhibición se ha transformado en un escenario de incertidumbre, para comenzar a seguir las pistas de una desaparición que desafía toda lógica ninja. Kitsunai, volviendo a su papel de funcionario quemado, no le ofrece más detalles que la dirección y la advertencia implícita de que su éxito es, en última instancia, una forma de evitarle a él un papeleo adicional. Para el Teniente, el mundo ninja se reduce a formularios, café frío y genins dispuestos a hacer el trabajo sucio, y para Momo, el desafío apenas comienza, cargado con la ilusión de una tarea que, según sus expectativas, debería involucrar mucho más glamour del que el Teniente está dispuesto a reconocer.