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RECLUIDO: DIA 2
Akira Hyuuga
Rango Chuunin
Clan Hyuga
Nivel 20
Estadísticas
Generales
Fuerza100(5)
Destreza100(5)
Ctrl. de Chakra100(5)
Inteligencia20(1)
Especiales
Salud15
Velocidad25
Tenketsu20
Sigilo8
755
885
Enlace al Post
06-07-2026, 01:06 PM
El segundo día trajo consigo un silencio todavía más punzante, hasta que escuché el sonido familiar: unas garras arañando con insistencia la piedra rugosa, justo debajo de la rendija de ventilación.

Me quedé inmóvil, apenas respirando. No podía ser.

Un momento después, una figura pequeña y oscura se escurrió por la apertura. Maneki. Mi gato. El animal aterrizó en el suelo con una elegancia que me pareció un insulto en medio de este lugar de miseria. Se quedó quieto, con las orejas gachas, olfateando el aire cargado de polvo y el olor metálico de mi propia desesperación.

Cuando se acercó, lo empujé. No con violencia, sino con un rechazo seco.

—Vete —murmuré. Mi voz sonó como grava siendo triturada; era la primera vez que hablaba en este agujero.

Maneki no se inmutó. Caminó entre mis piernas y se frotó contra mi costado con una insistencia que me dolió más que cualquier golpe. Es un animal; no entiende de honor, ni de clanes, ni de los huesos rotos de Yugen. Para él, soy el mismo de siempre. Y eso es precisamente lo que no soporto. Esa fidelidad ciega me hace sentir más sucio. Él espera calor, espera una caricia, espera que yo sea alguien digno de compañía.

Me acurruqué contra la pared, tratando de ignorarlo, pero él comenzó a ronronear, un sonido vibrante que resonó en el pecho contra el que se estaba apoyando. Sus ojos, fijos en los míos, me observaban sin el juicio que yo mismo me estoy aplicando.

En un momento de debilidad, mi mano bajó sola. Sus dedos se hundieron en su pelaje suave. Fue un contacto tan humano, tan inocente, que tuve que morder mi labio inferior para no soltar un sollozo. Maneki no sabe que el hombre que lo acaricia es un paria. No sabe que este mismo hombre pudo haber quitado una vida hace menos de cuarenta y ocho horas.

Me quedé ahí, petrificado, acariciando su cabeza mientras él cerraba los ojos, confiando en mí. Qué desperdicio de confianza.

—No deberías estar aquí, Maneki —susurré, enterrando mi rostro en su lomo para esconder la vergüenza que me quemaba los ojos—. No hay nada aquí adentro más que a alguien que no merece que nadie, ni siquiera un animal, busque su compañía.

Él solo estiró una pata y tocó mi rodilla, anclándome al presente. Por un breve instante, el peso de la culpa se desplazó un milímetro, no porque me sintiera menos culpable, sino porque, por primera vez, el dolor dejó de ser puramente interno.
[Imagen: JK2RddW.png]
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