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[D][Autonarrada] En Ba Sing Se los perros Cagan Afuera
Ibuki Inuzuka
Rango Chuunin
Clan Inuzuka
Nivel 16
Estadísticas
Generales
Fuerza75(4)
Destreza75(4)
Ctrl. de Chakra15(1)
Inteligencia75(4)
Especiales
Salud12
Velocidad25
Tenketsu11
Sigilo11
690
620
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05-07-2026, 05:51 PM
Mira... no hay nada... ni siquiera se mueve... ni lo intenta... - decía Ibuki, arrojando una cáscara de sandía hacia algún rincón de la habitación mientras rascaba distraídamente la cabeza de uno de sus tanukis. El pequeño animal apenas levantó una oreja antes de volver a acomodarse entre el montón de frazadas, rodeado por otros cuatro mapaches que dormían desperdigados por toda la cama, algunos encima de ella, otros ocupando más espacio del que les correspondía. Ibuki los observó unos segundos, sonrió con esa tranquilidad tan propia de ella y bostezó ampliamente - Ya me aburre... buenas noches. Te amo. - dijo finalmente, inclinándose para besar la cabeza del tanuki antes de dormir.

En la madrugada...

Ibuki-hime... Ibuki-hime... despierte, ya es hora... - Aquella voz suave y paciente volvía a sacudirle el hombro con delicadeza, intentando arrancarla del sueño.

Otra noche más. Otro desastre habitual.

La colcha estaba medio colgando de la cama, retorcida y tirada hacia cualquier lado. Cinco mapaches dormían desperdigados sobre el colchón, con las patas completamente sucias y el pelaje hecho un desastre, dejando las impecables telas blancas teñidas de manchas marrones. Había montones de cáscaras y trozos de sandía esparcidos por el suelo, tallos de fresas por todas partes, un enorme hueso de carne olvidado junto a una silla, una kunai clavada en la pared como si aquello fuera la decoración más normal del mundo, pergaminos abiertos con escritos ridículos y otros francamente indecentes, además de una colección de extraños artilugios que no eran más que juguetes improvisados para los cachorros de tanuki.
Las paredes estaban cubiertas con ilustraciones hechas a mano de hombres extraordinariamente atractivos, pegadas sin el menor orden. La lámpara de noche aún despedía el tenue olor de la vela recién apagada, mientras al menos tres criadas barrían y ordenaban la habitación intentando recuperar algo de dignidad para aquel lugar.

En la puerta permanecía su madre, sosteniendo un abanico con la elegancia de siempre mientras hablaba con una de las sirvientas. Ibuki, todavía medio dormida, con la cabeza dándole vueltas por despertarse todos los días a las cinco y media de la mañana después de acostarse pasada las once de la noche, apenas alcanzó a escuchar parte de la conversación.


- Sí, entendido. A partir de hoy solo tendrá permitido a Waro... o Chucho... o como se llame ese animal, el que la acompaña a entrenar. 
- Kiro-sama, su excelencia.
- Como sea. Es el único con quien debe mantener buenas migas. Y no vuelvan a molestarme por algo como esto.

El sonido de las sandalias alejándose fue lo ultimo que alcanzó a escuchar. Ibuki apenas pudo seguirla con la mirada. Entre bostezos interminables y varios tirones involuntarios de su propio cabello, se quitó las legañas mientras dos criadas luchaban por desenredarle aquella melena imposible. Sobre su regazo, los pequeños tanukis buscaban caricias como si nada de lo que ocurría alrededor tuviera la menor importancia.

Y, de pronto... La mañana ya había comenzado.
La rutina nunca cambiaba.

Despertar. Discutir porque no quería bañarse. Prepararse para entrenar. Salir a trotar con su tanuki. Regresar. Entrenar otra vez. Soportar interminables lecciones de etiqueta. Interactuar con él. Llorar. Volver a encerrarse en su habitación. Permanecer despierta hasta muy tarde. Dormir.
Y repetirlo todo al día siguiente.

Aquella noche volvió a abrazar a su tanuki con fuerza, como si intentara impedir que algún día desapareciera. Había llevado las mismas sandías que habitualmente, mas que suficientes para ambos, pero aun así sobro un monton.

Mientras el canino ya dormía profundamente, ella acarició distraídamente una de sus orejas.

Nada... es tan... correcto... No me agrada... - Vestía un camisón de tela semitransparente, probablemente la prenda para dormir más coqueta que poseía. Había sido un regalo de su hermana mayor, quien aseguraba que ese tipo de ropa le había dado excelentes resultados cuando le toco a ella.

Ibuki-san... despierte, por favor... - La criada volvió a moverla suavemente desde la cintura. Ibuki empezó a tantear la cama con manos y pies, buscando automáticamente algo que ya esperaba encontrar... Pero no había nada. El espacio estaba completamente vacío. Abrió los ojos de golpe, se incorporó sobresaltada y miró frenéticamente a todos lados.

Entonces lo vio. Su tanuki estaba, con absoluta tranquilidad, haciendo sus necesidades en mitad de la habitación. Solo, rodeado de criadas.

Las criadas permanecían inmóviles, sujetando las escobas sin saber qué hacer. Una de ellas intentaba espantarlo con pequeños y tímidos "chu, chu...", aunque el miedo a tocar al animal era mucho más evidente que cualquier autoridad que pretendiera imponer. Ibuki rompió inmediatamente a llorar.

Abrió ambos brazos.

El tanuki terminó tranquilamente lo suyo, levantó la cabeza para mirarla y, antes de correr hacia ella, decidió limpiarse cuidadosamente las patas sobre la alfombra ante el horror absoluto de todas las sirvientas.

Un segundo después ya estaba lanzándose a los brazos de su amiga. Ibuki lo abrazó con todas sus fuerzas. Los dos lloraron desconsoladamente durante toda la mañana.

Aquel día...
No fueron a entrenar.
Eso no se perdona en el Dojo.

El sonido de un shishi-odoshi llenándose lentamente con el agua de una pequeña vertiente siempre resultaba relajante. El bambú, cortado en diagonal, iba acumulando el líquido hasta perder el equilibrio, inclinándose de golpe para vaciar todo su contenido con aquel característico golpe seco. Después volvía lentamente a su posición inicial, comenzando otra vez el mismo ciclo interminable.

Clac.
Silencio.
Agua.
Clac.

Mientras tanto, a pocos metros, Ibuki hacía un esfuerzo por conversar. Intentaba sacar algún comentario gracioso, iniciar cualquier tema o provocar una sonrisa. El muchacho apenas levantaba la vista de sus documentos. Ella terminó señalando distraídamente el bambú. Después se quedó observándolo. Se acerco a el, pidiendo que la acompañe. Y lo observó durante horas. Completamente sola. Llorando en silencio.

Esa noche regresó tarde a su habitación.

Las paredes, antes llenas de dibujos, permanecían completamente blancas e inmaculadas. No quedaba ni un solo adorno. Solo se acostó vistiendo su ropa interior. Los brazos seguían envueltos en vendas que ocultaban las llagas del castigo recibido, mientras mantenía la espalda completamente descubierta para evitar que la tela rozara las heridas abiertas por el látigo.

Sentada sobre la cama, con la espalda encorvada y con lagrimas secas en los ojos, sostenía al tanuki dormido entre sus piernas.

La única luz provenía de una pequeña vela.
Ya no había más frutas. No había desorden. No había absolutamente nada. Solo el sonido de sus dedos acariciando distraídamente el pelaje del animal.

Creo... que no me gusta... - Desenredó lentamente uno de sus mechones de cabello - De hecho... creo que yo tampoco a el, ni siquiera me mira...

Sonrió.
Era una sonrisa profundamente triste.

A la mañana siguiente...
Marcaban las cinco y media de la mañana.
La puerta se abrió de par en par.

Una muchacha irrumpió con pasos rápidos y pesados. No estaba corriendo, simplemente caminaba con una brusquedad imposible de ignorar. Al instante siguiente, una cubeta entera de agua helada cayó sobre Ibuki - ¡LEVÁNTATE, MIERDA!
Aquella voz... Le resultaba extrañamente familiar. - ¡YA ES HORA! ¡Y A PARTIR DE HOY ESA MIERDA DE AHÍ VA A CAGAR AFUERA! ¿ENTENDISTE?
La mujer sonrió ampliamente. - Y tú te vas a encargar de sacarlo a pasear todas las mañanas. No vuelvas hasta que haya hecho sus necesidades y hayas trotado dos kilómetros. ¿Quedó claro?
Era una mujer morena, de cabello completamente blanco, vistiendo un uniforme de combate en lugar del clásico atuendo de criada. A su lado, una joven sirvienta, tan tímida e igual a todas las demás a los ojos de Ibuki, sostenía un pequeño bento de bambú - I... Ibuki-sama... Con la prisa... esto fue lo único que pude preparar...

Dentro había un batido de sandía y varios huevos hervidos. Helena dirigió una mirada de reproche hacia la muchacha. - Esta idiota no se lo merece. - Arrojó la cubeta vacía fuera de la habitación, haciendo vista gorda del bento - Ah, y deberías limpiar este cuarto. Parece una pocilga.

Después soltó una estruendosa carcajada mientras abría los brazos. Ibuki permaneció inmóvil durante unos segundos. Poco a poco comenzó a comprender.

Fue uniendo cada pieza.
Y, cuando finalmente entendió lo que estaba ocurriendo...
Se echó a llorar como nunca antes. Corrió hacia Helena y se lanzó directamente sobre ella, abrazándola con todas las fuerzas que le quedaban.

Al fin...
Había vuelto a encontrar un rostro familiar.
Uno que realmente la quería.
[Imagen: 9NUo9td.gif][Imagen: He8J1ft.gif]
Moderador 2
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05-07-2026, 10:34 PM
Última modificación: 05-07-2026, 10:34 PM por Moderador 2.
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