03-07-2026, 06:18 PM
El salón de entrenamiento de la Academia era una estructura de veinte por veinte metros, un cuadrilátero de madera pulida que resonaba con cada paso. El aire allí adentro era denso, impregnado con el aroma a cedro recién barnizado y el olor metálico de las armas apiladas en los bastidores laterales. A un lado, un estante de armas de práctica —bokkens mellados, shinais de bambú y algunos maniquíes de paja con cicatrices de mil combates— lucía ordenado, aunque con ese descuido táctico que solo los instructores veteranos dejan pasar.
Akira estaba allí, recostado contra una de las columnas de soporte, con la espalda encorvada en una postura deliberadamente relajada. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y una sonrisa de medio lado, esa expresión socarrona que rara vez abandonaba su rostro. Estaba de buen humor, genuinamente, pero su mente no terminaba de aterrizar en el presente.
Mientras esperaba, sus pensamientos se desviaron inevitablemente hacia Ibuki. El tema de su prometido seguía flotando en su cabeza como una nube persistente y molesta. Akira dejó escapar un suspiro largo, mirando hacia el techo alto. «¿Qué demonios se supone que haga con eso?», pensó, arrugando ligeramente el entrecejo antes de sacudirse la idea. Ese problema, por ahora, se quedaría en el cajón de las cosas pendientes.
Sus ojos, recorriendo el salón, se detuvieron en una mancha oscura en la madera, lo que le trajo a la memoria la misión del aviario. Recordó la escena con una nitidez casi cómica: Ibuki, sin pestañear, dándole aquella nalgada a Keisuke antes de echárselo al hombro como si fuera un costal de arroz, todo para perseguir la amenaza que los mantenía ocupados. Fue un momento absurdo, uno de esos que se te quedan grabados por la pura extrañeza del instante. Luego, su mente saltó al gran desfile, donde Keisuke había estado lidiando con aquel caballo junto a otros genin. Se habían cruzado, sí, pero apenas habían compartido un par de palabras o miradas superficiales; el chico había estado demasiado ocupado con el animal como para notar la presencia de Akira.
Akira se separó de la pared y comenzó a caminar en círculos por el salón, haciendo crujir sus articulaciones. Había algo en Keisuke Uchiha que le despertaba curiosidad. No era solo por lo que había visto en combate, donde el chico parecía defenderse bien; era el potencial que intuía bajo esa capa de seriedad Uchiha. Le interesaba descubrir quién era el muchacho cuando no estaba bajo presión, entender qué motor lo movía.
Tenía la intención de tantear el terreno, de ver si ese chico tenía el temple necesario para aprender de alguien como él. No buscaba solo enseñarle a pelear —cualquiera podía enseñar técnicas—, sino ver si podía moldear a alguien capaz de pensar por sí mismo.
—A ver qué tienes escondido tras ese apellido —murmuró, deteniéndose en el centro del salón mientras esperaba que la puerta se abriera—. Si es tan capaz como Ibuki cree, al menos esto no será un desperdicio de tiempo.
Akira dejó caer los hombros, relajando la postura para el combate, con una chispa de anticipación genuina en la mirada.
Akira estaba allí, recostado contra una de las columnas de soporte, con la espalda encorvada en una postura deliberadamente relajada. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y una sonrisa de medio lado, esa expresión socarrona que rara vez abandonaba su rostro. Estaba de buen humor, genuinamente, pero su mente no terminaba de aterrizar en el presente.
Mientras esperaba, sus pensamientos se desviaron inevitablemente hacia Ibuki. El tema de su prometido seguía flotando en su cabeza como una nube persistente y molesta. Akira dejó escapar un suspiro largo, mirando hacia el techo alto. «¿Qué demonios se supone que haga con eso?», pensó, arrugando ligeramente el entrecejo antes de sacudirse la idea. Ese problema, por ahora, se quedaría en el cajón de las cosas pendientes.
Sus ojos, recorriendo el salón, se detuvieron en una mancha oscura en la madera, lo que le trajo a la memoria la misión del aviario. Recordó la escena con una nitidez casi cómica: Ibuki, sin pestañear, dándole aquella nalgada a Keisuke antes de echárselo al hombro como si fuera un costal de arroz, todo para perseguir la amenaza que los mantenía ocupados. Fue un momento absurdo, uno de esos que se te quedan grabados por la pura extrañeza del instante. Luego, su mente saltó al gran desfile, donde Keisuke había estado lidiando con aquel caballo junto a otros genin. Se habían cruzado, sí, pero apenas habían compartido un par de palabras o miradas superficiales; el chico había estado demasiado ocupado con el animal como para notar la presencia de Akira.
Akira se separó de la pared y comenzó a caminar en círculos por el salón, haciendo crujir sus articulaciones. Había algo en Keisuke Uchiha que le despertaba curiosidad. No era solo por lo que había visto en combate, donde el chico parecía defenderse bien; era el potencial que intuía bajo esa capa de seriedad Uchiha. Le interesaba descubrir quién era el muchacho cuando no estaba bajo presión, entender qué motor lo movía.
Tenía la intención de tantear el terreno, de ver si ese chico tenía el temple necesario para aprender de alguien como él. No buscaba solo enseñarle a pelear —cualquiera podía enseñar técnicas—, sino ver si podía moldear a alguien capaz de pensar por sí mismo.
—A ver qué tienes escondido tras ese apellido —murmuró, deteniéndose en el centro del salón mientras esperaba que la puerta se abriera—. Si es tan capaz como Ibuki cree, al menos esto no será un desperdicio de tiempo.
Akira dejó caer los hombros, relajando la postura para el combate, con una chispa de anticipación genuina en la mirada.
![[Imagen: Kei-Thresh1.png]](https://i.postimg.cc/dtDKY1nB/Kei-Thresh1.png)
![[Imagen: Kuroto-Kei1Firma.png]](https://i.postimg.cc/25Rv9jrf/Kuroto-Kei1Firma.png)