El sol del primavera caía sutil sobre Konohagakure, calentando los tejados de madera y arrancando destellos de las tejas que cubrían las viviendas del distrito comercial. Desde primeras horas de la mañana el calor ya comenzaba a hacerse notar, obligando a muchos comerciantes a extender amplios toldos de tela sobre sus puestos para proteger tanto las mercancías como a los clientes que se detenían a negociar. La brisa era escasa, apenas suficiente para mover las banderas que colgaban entre los edificios y aliviar por momentos la sensación de bochorno que se acumulaba entre las calles más estrechas. Aun así, el mercado semanal nunca se detenía. Era uno de esos días en los que la aldea parecía respirar con más fuerza que de costumbre.
Las avenidas se encontraban completamente abarrotadas. Agricultores llegados desde las afueras ofrecían enormes cestas repletas de verduras recién cosechadas, frutas de todos los colores y sacos de arroz aún perfumados por el campo. Muy cerca, pescadores limpiaban las capturas de la madrugada mientras discutían entre ellos cuál había sido la mejor zona del río para faenar aquella semana. Artesanos golpeaban el metal con precisión frente a los curiosos, vendedores de especias permitían probar pequeñas mezclas aromáticas y cocineros removían enormes ollas cuyo contenido perfumaba varias calles a la redonda. El sonido de las conversaciones terminaba mezclándose con el de las monedas, el rechinar de las ruedas de las carretas y los constantes llamados de quienes intentaban atraer compradores hacia sus negocios.
-Hay maní, maní… ¡El maniseeero!
Niños corrían despreocupados entre la multitud persiguiendo pelotas improvisadas o jugando a esconderse detrás de los puestos, provocando que más de un adulto tuviera que detenerse para evitar llevárselos por delante. Varias familias recorrían el mercado con tranquilidad, comparando precios antes de decidir dónde comprar, mientras viajeros recién llegados preguntaban constantemente por direcciones o lugares importantes de la aldea. Era un caos perfectamente organizado. Un caos al que los habitantes de Konoha ya estaban acostumbrados cada vez que el mercado semanal abría sus puertas.
Precisamente por ello, la administración del distrito comercial había solicitado apoyo shinobi. No porque existiera una amenaza concreta ni porque se esperaran ataques, sino porque bastaba un pequeño altercado para bloquear una calle entera o desencadenar una cadena de problemas difíciles de controlar entre semejante cantidad de personas. Una discusión por un precio, un carro atravesado en mitad del camino, un niño perdido o algún oportunista intentando sacar provecho del gentío eran situaciones más comunes de lo que cualquiera imaginaba.
Varios encargados recorrían continuamente las calles principales. Algunos conversaban con los comerciantes para asegurarse de que respetaran los espacios asignados, otros despejaban cruces donde las carretas comenzaban a formar embotellamientos y unos pocos simplemente caminaban observando que nada llamara demasiado la atención. Uno de ellos, un hombre de mediana edad con el rostro curtido por años organizando aquel mismo mercado, terminó acercándose al joven gennin asignado para colaborar durante la jornada. Llevaba una tablilla repleta de anotaciones bajo el brazo y el cansancio ya comenzaba a reflejarse en su expresión pese a que todavía faltaban varias horas para el mediodía.
- ¡Ah, perfecto, perfecto! Un gennin. Excelente, porque si hay algo que no soporto son los improvisados, ni los vendedores que creen que un metro más de puesto no hace diferencia.
El hombre acomodó por enésima vez una tablilla bajo el brazo y señaló la avenida principal con un gesto exageradamente preciso.
- Escucha bien. Si un carro queda atravesado, la gente se amontona. Si la gente se amontona, nadie camina. Si nadie camina, nadie compra. Y cuando nadie compra, todos vienen a quejarse conmigo. Así que, por favor, evita que lleguemos a ese punto.
Sin darle tiempo a responder, continuó enumerando con los dedos.
- Nada de discusiones entre comerciantes, nada de niños corriendo donde pasan las carretas, nada de cajas ocupando media calle, nada de animales sueltos mordiendo verduras. el año pasado un cerdo entró en el puesto de un florista. Tres días de reclamos. Tres.
Soltó un largo suspiro, claramente reviviendo el traumático recuerdo.
- Y si ves a alguien con cara de estar pensando en hacer una tontería, convéncelo de que no la haga. No importa si quiere discutir, empujar, colarse en una fila o vender nabos en la zona de las especias. Todo tiene su lugar. ¡Todo!
Apenas terminó de hablar, observó cómo un comerciante había adelantado una mesa apenas unos centímetros sobre la línea marcada en el suelo.
-¡Eh, eh, eh! ¡La pata de esa mesa está fuera del límite autorizado! ¡Cinco centímetros! ¡Cinco centímetros hoy son medio metro mañana!
Sin esperar respuesta, salió prácticamente trotando hacia el vendedor mientras seguía gesticulando con las manos y murmurando por lo bajo.
-Después dicen que el mercado se desordena solo, claro, solo, como si las mesas caminaran.
El mercado continuaba funcionando con absoluta normalidad. Un comerciante de cerámicas renegaba porque un puesto vecino ocupaba parte del espacio que le correspondía. Una mujer cargaba tantas bolsas que apenas podía avanzar sin tropezar. Dos niños discutían por una cometa atrapada sobre un tejado. Un anciano permanecía inmóvil frente a un puesto de herramientas contando una y otra vez las monedas que llevaba dentro de una pequeña bolsa de cuero, como si comprobara que el dinero siguiera allí antes de realizar una compra importante. Sin embargo, no todo transmitía la misma tranquilidad.
En un rincón de la avenida, una vendedora de telas hablaba en voz baja con el propietario del puesto contiguo mientras lanzaba miradas nerviosas hacia la multitud.
La primavera seguía latiendo sobre Konohagakure. Las risas, las compras y el bullicio ocultaban perfectamente cualquier pequeño secreto que pudiera esconderse entre cientos de rostros desconocidos. Solo hacía falta observar con suficiente atención para descubrir que, bajo la apariencia de un mercado completamente normal, algo llevaba semanas ocurriendo sin que nadie hubiera conseguido ponerle fin.
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