Tema Solicitado: Aquí
Fecha: 150, Verano 11
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La Zona Comercial estaba en plena hora de movimiento, con vendedores gritando precios, clientes regateando y el olor de comida caliente mezclándose con polvo, madera vieja y humo de parrillas. Entre la Tienda de Dulces, los puestos de dango y los callejones estrechos que se abrían detrás de los locales, Shun y Daeru fueron citados sin mucho ruido por la aldea por solicitud del dueño de una joyería pequeña, de fachada limpia y cortina medio cerrada. El hombre no los recibió en el mostrador, sino en la parte trasera, con la cara pálida y la voz baja. Sobre una mesa tenía una cajita vacía de terciopelo negro. Ahí debía estar un anillo de bodas carísimo, encargado por alguien con suficiente influencia para convertir un error privado en un problema enorme para medio distrito.
El joyero explicó rápido, sin adornar demasiado la vergüenza del asunto. Un comerciante ilegal de los bajos fondos había estado vendiendo "mascotas ninja" falsas en un local abandonado cercano, animales normales alterados con jutsus de camuflaje baratos para parecer exóticos, raros o entrenados. La estafa se le fue de las manos cuando una de esas criaturas, un gallo "gigante" hiperactivo llamado Don Picotazos, se soltó durante la entrega, saltó sobre el mostrador, picoteó la cajita abierta y se tragó el anillo antes de salir disparado por la puerta trasera. El dueño no quería guardias, no quería alboroto y no quería que el cliente se enterara. Por eso pidió genins: resolver rápido, discreto y sin destrozar la zona.
El rastro empezó justo detrás de la joyería. Había plumas blancas pegadas en una caja de verduras, marcas de garras sobre el barro seco y una línea de puestos volcados que se metía hacia la red de callejones del distrito. A ratos, el gallo se veía de golpe: enorme, de pecho ancho, cresta roja y ojos desquiciados. Luego desaparecía a medias cuando el camuflaje barato le cubría el cuerpo con manchas del color de la pared, de una lona o de una caja cercana. No era invisible ni gigante de verdad; el jutsu fallaba, parpadeaba y dejaba partes sueltas al descubierto. Una pata flotando, una cresta roja moviéndose sola, un pico brillante saliendo de ninguna parte. Cada vez que alguien se acercaba demasiado, Don Picotazos soltaba un cacareo brutal y arremetía contra lo primero que tuviera enfrente.
El callejón principal terminaba en una zona más cerrada, entre barriles de comida, jaulas vacías y una puerta trasera golpeando contra la pared. Ahí el olor a animal mojado era más fuerte. También había señales del comerciante: cuerdas cortadas, sellos mal hechos pegados en las jaulas y una lona negra tirada sobre mercancía falsa. Don Picotazos estaba cerca. Se escuchaban sus uñas raspando madera, su respiración agitada y, de vez en cuando, un sonido metálico muy leve desde su garganta o buche, prueba suficiente de que el anillo seguía dentro. El problema era que el gallo no estaba quieto, el camuflaje seguía fallando y el callejón ya empezaba a llenarse de curiosos atraídos por el ruido. La misión apenas comenzaba, y el escándalo estaba a pocos cacareos de explotar.
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