Para esta ocasión especial, Akira se había adueñado de una de las salas de entrenamiento comunitarias, un imponente cuadrado perfecto de unos treinta metros por treinta metros cubierto de tatamis reforzados. Pero como esta vez no se trataba de un reto a puerta cerrada, sino de un combate de exhibición organizado especialmente para los alumnos de la academia, el cartel en la entrada había cambiado por completo. Con letras grandes y trazos llamativos para captar la atención de los jóvenes estudiantes que ya abarrotaban el pasillo, el aviso decía: «Combate de exhibición: Demostración práctica de alta competencia. Entrada libre para alumnos. Prohibido parpadear y se permiten los aplausos. P.D.: Traigan libretas y no intenten esto en sus misiones todavía».
Por supuesto, el verdadero gancho para mantener a la joven audiencia completamente hipnotizada antes de que cayera el primer golpe estaba justo dentro de la sala, sobre una mesa de madera cercana a la entrada. Allí reposaban dos generosas cajas de Obetón de carne, perfectamente selladas pero incapaces de contener el glorioso, jugoso y ahumado aroma que se desprendía de su interior. El olor a carne sazonada a la parrilla impregnaba absolutamente cada rincón de los treinta metros de la sala, convirtiendo el aire en una tentación andante. Justo debajo de las cajas, como el incentivo definitivo para el combate que los chicos estaban a punto de presenciar, Akira había colocado otro papelito que decía en letras mayúsculas: «El que gane, come». Los alumnos que ya empezaban a sentarse en los bordes del área de combate miraban las cajas y luego a Akira, tragando saliva con una mezcla de respeto y un hambre voraz.
Mientras la sala terminaba de llenarse de murmullos entusiasmados y expectación, Akira se entregó de lleno a una sesión de calistenia de lo más animada, usando al público improvisado como motivación extra. No había espacio para misticismos hoy; su única preocupación real era mantenerse flexible, divertirse y dar un buen espectáculo. Con una sonrisa de oreja a oreja y saludando de vez en cuando con la mano a los niños de los primeros rangos, comenzó a estirar las piernas.
Se lanzó al suelo para hacer una apertura completa, abriendo las piernas en un ángulo impresionante que arrancó varios "¡oh!" de asombro entre los estudiantes más jóvenes, mientras balanceaba el torso de un lado a otro con total parsimonia. Luego, con un impulso ágil, pasó a una posición de plancha y comenzó a hacer flexiones con una sola mano, usando la otra para saludar alegremente a los espectadores, ganándose algunas risas del público.
—¡Atentos, muchachos, que un buen calentamiento es el cincuenta por ciento de la victoria y el cien por ciento de no sufrir un tirón frente a toda la escuela! —les gritó Akira de forma jocosa, cambiando de postura con un salto limpio que lo dejó apoyado limpiamente sobre sus manos, con los pies apuntando directamente al techo de la sala.
Desde esa posición invertida, el panorama era excelente. Los rostros de los alumnos reflejaban pura emoción y el olor del Obetón de carne flotaba de forma tan densa que casi servía de combustible para sus músculos. Manteniendo el equilibrio con un control milimétrico, Akira bajó la cabeza a ras de suelo y volvió a subir con una facilidad pasmosa, demostrando a los chicos que la gravedad podía ser bastante divertida si sabías cómo tratarla. Con un giro rápido en el aire, deshizo la vertical y cayó de pie, rebotando alegremente sobre la punta de sus pies mientras sacudía los brazos y rotaba los hombros con un crujido satisfactorio. Estaba perfectamente caliente, flexible como una liga, con el estómago pidiendo guerra y una energía radiante, listo para que su oponente cruzara la puerta y diera comienzo la función.
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