Post de petición: Aquí
Día 4, Verano, año 150 - Konohagakure [Barrio comercial]
El Barrio Comercial de Konoha
![[Imagen: 71ec6f17-5dba-4c17-ae1c-0e8528bfb7ba.png]](https://i.ibb.co/KcKCYtMT/71ec6f17-5dba-4c17-ae1c-0e8528bfb7ba.png)
El Barrio Comercial de Konoha ya estaba lleno desde temprano, con puestos abiertos, vendedores gritando precios y gente cruzando entre la Tienda de Dulces, la Tienda de Dango y los locales de comida que llenaban la calle de humo y olor fuerte. En medio de ese movimiento, la misión llegó con una instrucción simple sobre el papel, pero pesada en la práctica: ir a recoger una medicina para Keiko Matzutake. El nombre no era desconocido. Se sabía en las calles que la vieja viuda tenía dinero de sobra, una casa muy grande, demasiados sirvientes para una sola persona y claro; fama de tratar mal a cualquiera que respirara cerca de ella. No tenía hijos, no confiaba en vecinos, no soportaba a los médicos más de lo necesario y, por alguna razón que solo ella entendía, había exigido que el encargo lo hiciera un genin.
La casa de Keiko quedaba metida en una calle lateral del barrio, separada del ruido por una reja alta y dos criados con cara de no haber dormido. Adentro, todo olía a madera vieja, medicina amarga y tela limpia. Keiko estaba sentada junto a una ventana, envuelta en mantas caras, con la piel pálida y los ojos hundidos, pero con la lengua afilada intacta. Apenas vio al genin, frunció la boca antes de hablar, como si ya estuviera decepcionada. Sobre la mesa tenía una receta doblada, una bolsita con ryos sellada con hilo rojo y una pequeña caja vacía donde debía colocarse el frasco. Dijo que la medicina era escasa, cara y muy buscada; no era una simple hierba ni un jarabe común, sino un antídoto preparado con ingredientes difíciles de conseguir. También dejó claro que no pensaba mandar a un adulto, porque según ella los adultos robaban mejor y mentían con más calma.
El encargo era directo: cruzar el Barrio Comercial, llegar hasta el proveedor medicinal indicado en la receta, pagar exactamente lo que decía el papel, guardar el antídoto en la caja y volver sin detenerse. Keiko remarcó cada parte con una voz seca, golpeando la mesa con un dedo huesudo cada vez que repetía “sin abrirlo” y “sin hablar de más”. Uno de los criados añadió en voz baja que ya había rumores de gente preguntando por esa misma medicina desde la mañana, y que con tanta gente en las calles cualquiera podía empujar, distraer o meter la mano donde no debía. Afuera, el barrio seguía moviéndose con normalidad, pero ahora cada puesto, cada cruce y cada grupo parado cerca de la calle parecía un problema esperando turno. La misión era clara: cuidar un frasco pequeño en una aldea llena de manos rápidas.