18-06-2026, 09:31 PM
La niebla matutina cubría las calles de Kirigakure con la misma familiaridad de siempre.
El aire húmedo impregnaba cada rincón de la aldea, acompañando el silencioso avance de los pocos habitantes que ya se encontraban activos a esas horas. Entre ellos caminaba Kagetsu Kodon.
Sus pasos eran tranquilos.
Sin prisa.
Sin entusiasmo.
Pero tampoco con desagrado.
Simplemente avanzaba.
Un pergamino doblado descansaba dentro de su chaqueta, recibido apenas el día anterior por parte de la Academia Ninja.
Una citación oficial.
Breve.
Directa.
Sin explicaciones.
Como casi todo en Kirigakure.
Los estudiantes que habían superado las pruebas de graduación debían presentarse aquella mañana para la asignación de equipos y la designación de su instructor responsable.
El inicio oficial de su vida como shinobi.
O al menos eso decía la convocatoria.
Kagetsu no estaba seguro de compartir aquel entusiasmo.
Durante las noches posteriores al examen apenas había podido dormir con normalidad. Cada vez que cerraba los ojos regresaban fragmentos de aquella jornada.
Los gritos.
La sangre.
Las miradas.
La decepción.
Especialmente la decepción.
Todavía podía recordar el instante en que su padre le dio la espalda antes de abandonar las gradas.
Aquella imagen permanecía mucho más viva que cualquier herida física recibida durante la prueba.
El joven Kodon exhaló lentamente. No tenía sentido pensar en ello ahora.
La convocatoria no era una invitación.
Era una orden.
Y los shinobi obedecían órdenes.
Aunque algunas les pesaran más que otras.
Frente a él comenzó a alzarse el edificio de la Academia.
Las mismas paredes que durante años habían sido escenario de entrenamientos, lecciones y evaluaciones ahora parecían distintas.
Más pequeñas.
Más lejanas.
Como si aquel lugar ya no le perteneciera.
Los alumnos que habían compartido aulas durante años comenzaban a reunirse poco a poco frente a la entrada principal. Algunos conversaban animadamente sobre los posibles equipos. Otros intentaban adivinar qué jōnin sería asignado como instructor.
Algunos incluso parecían emocionados.
Kagetsu observó la escena en silencio.
Le resultaba extraño.
Hasta hacía unos días todos ellos habían sido estudiantes.
Ahora la aldea esperaba convertirlos en herramientas.
Soldados.
Armas.
Shinobi.
Una parte de él seguía preguntándose cuándo exactamente ocurría esa transformación.
Y si era realmente inevitable.
Con las manos dentro de los bolsillos, avanzó entre el grupo de graduados sin llamar demasiado la atención.
Tarde o temprano escucharían sus nombres.
Tarde o temprano conocería a las personas con quienes compartiría misiones, peligros y responsabilidades.
Personas que probablemente no se parecieran en nada a él.
Personas que quizá jamás comprendieran su forma de pensar.
O quizá...
Personas que terminarían cambiando su vida más de lo que imaginaba.
El aire húmedo impregnaba cada rincón de la aldea, acompañando el silencioso avance de los pocos habitantes que ya se encontraban activos a esas horas. Entre ellos caminaba Kagetsu Kodon.
Sus pasos eran tranquilos.
Sin prisa.
Sin entusiasmo.
Pero tampoco con desagrado.
Simplemente avanzaba.
Un pergamino doblado descansaba dentro de su chaqueta, recibido apenas el día anterior por parte de la Academia Ninja.
Una citación oficial.
Breve.
Directa.
Sin explicaciones.
Como casi todo en Kirigakure.
Los estudiantes que habían superado las pruebas de graduación debían presentarse aquella mañana para la asignación de equipos y la designación de su instructor responsable.
El inicio oficial de su vida como shinobi.
O al menos eso decía la convocatoria.
Kagetsu no estaba seguro de compartir aquel entusiasmo.
Durante las noches posteriores al examen apenas había podido dormir con normalidad. Cada vez que cerraba los ojos regresaban fragmentos de aquella jornada.
Los gritos.
La sangre.
Las miradas.
La decepción.
Especialmente la decepción.
Todavía podía recordar el instante en que su padre le dio la espalda antes de abandonar las gradas.
Aquella imagen permanecía mucho más viva que cualquier herida física recibida durante la prueba.
El joven Kodon exhaló lentamente. No tenía sentido pensar en ello ahora.
La convocatoria no era una invitación.
Era una orden.
Y los shinobi obedecían órdenes.
Aunque algunas les pesaran más que otras.
Frente a él comenzó a alzarse el edificio de la Academia.
Las mismas paredes que durante años habían sido escenario de entrenamientos, lecciones y evaluaciones ahora parecían distintas.
Más pequeñas.
Más lejanas.
Como si aquel lugar ya no le perteneciera.
Los alumnos que habían compartido aulas durante años comenzaban a reunirse poco a poco frente a la entrada principal. Algunos conversaban animadamente sobre los posibles equipos. Otros intentaban adivinar qué jōnin sería asignado como instructor.
Algunos incluso parecían emocionados.
Kagetsu observó la escena en silencio.
Le resultaba extraño.
Hasta hacía unos días todos ellos habían sido estudiantes.
Ahora la aldea esperaba convertirlos en herramientas.
Soldados.
Armas.
Shinobi.
Una parte de él seguía preguntándose cuándo exactamente ocurría esa transformación.
Y si era realmente inevitable.
Con las manos dentro de los bolsillos, avanzó entre el grupo de graduados sin llamar demasiado la atención.
Tarde o temprano escucharían sus nombres.
Tarde o temprano conocería a las personas con quienes compartiría misiones, peligros y responsabilidades.
Personas que probablemente no se parecieran en nada a él.
Personas que quizá jamás comprendieran su forma de pensar.
O quizá...
Personas que terminarían cambiando su vida más de lo que imaginaba.
![[Imagen: chBNIhB.jpeg]](https://i.imgur.com/chBNIhB.jpeg)