23-06-2026, 01:11 AM
Toc… toc… toc…
La bandana ninja resonó al contacto con la piedra. Durante un instante, el bosque entero pareció contener la respiración. Las raíces dejaron de crujir. Las ramas dejaron de responder. Incluso la humedad del aire pareció suspenderse entre los troncos, anticipando lo que estaba por ocurrir.
El silencio fue peor que el ruido. Sofocante. Extenso. Kyōraku alcanzó a sentir el palpitar de su propio corazón mientras dirigía la mirada hacia la copa de los árboles. Una acción fútil, estaban tan cerradas y tan oscuras que resultaba imposible atravesarla con la vista.
Entonces las copas estallaron. Un vendaval surgido de las entrañas del bosque sacudió con violencia ramas y hojas por igual. El movimiento descendió hacia Kyōraku como una masa negra entre corteza y follaje. Ramas gruesas se doblaron, fragmentos de madera cayeron sobre el sendero y el sonido dejó de ser una dirección para convertirse en presencia.
El ave de dimensiones desproporcionadas cayó frente a él con un golpe pesado contra el barro. La tierra se estremeció bajo sus pies haciendo temblar el terreno. El Senju apenas alzó el mentón. No era un espíritu. No era una aparición. Hubiese deseado que así fuera.
Sus ojos se abrieron en gesto breve de sorpresa. La fuerza de la caída desplazó raíces, piedras y polvo, haciendo que su cabello se elevara levemente hacia atrás. Siguió con la mirada la extensión de las alas, el cuerpo oscuro, la garra izquierda aprisionada por un grillete y la cadena rota que arrastraba sobre la tierra. La deducción terminó de cerrarse con una claridad casi cruel.
Kyōraku no se movió, no hizo ningún gesto brusco. Huir o intentar atacar a la criatura en ese instante solo podía conducir a un resultado, Su cuerpo destrozado en barros, plumas y madera.
El ave extendió sus alas con imponencia. Su envergadura era descomunal, y el escenario estrecho y contenido contrastaba con la facilidad con la que ejecutaba sus movimientos. Abrió el pico y lanzó u chillido agudo, curiosa, inspeccionando al Senju como si intentara encontrar en él algún rasgo familiar.
-¡kkKKRRIIIIIIAAAAAAAAHHhhhhhhh!!
Chilló una segunda vez. Esta vez con mayor violencia. El sonido le atravesó los oídos y sacudió las ramas cercanas.
En un instante las garras del Aguila aprisionaron como tenazas los hombros del shinobi. El dolor llego de golpe, brutal y profundo. Kyōraku sintió como las uñas del animal se hundían sin contemplación en la carne. Resistirse sería inútil. Aquellas no eran simples uñas, cada una terminaba en un gancho oscuro de casi un palmo, curvo y afilado, capaz de arrancar un pedazo de carne si el ave así lo decidía.
No tuvo más opción que relajar el cuerpo. El barró saltó bajo las patas de la criatura. La cadena rota osciló de un lado a otro golpeando raíces, troncos y ramas.
Y entonces el suelo desapareció.
Kyōraku sintió el tirón del ascenso atravesarle la espalda y los hombros. El bosque se abrió debajo de él en una sucesión violenta de troncos, hojas y sombras. No había tiempo para sorpresa. Tampoco era miedo, exactamente. Era la incertidumbre absoluta ante las próximas acciones del animal.
Era consciente de algo muy simple; su vida podía terminar allí si el águila lo disponía.
A pesar de su tamaño el ave maniobra con una agilidad inquietante entre los árboles. Kyōraku notó que aún tenía la roca y la bandana, una en cada mano. Aunque sus hombros estaban aprisionados, todavía tenía movilidad en sus extremidades. Guardo ambos objetos entre sus ropajes con el cuidado que la situación permitía.
El shinobi levantó la mirada. Arriba las ramas formaban una jaula y él iba directo hacia ellas, suspendido entre las garras de un ave gigantesca que atravesaba el bosque a gran velocidad.
Su cuerpo se compacto de inmediato. Encogió las piernas, bajo el mentón y llevó un brazo hacia el costado de la criatura, buscando aferrarse a la garra que lo sostenía, o si la cadena oscilaba a su alcance, sujetarla para estabilizar su propio cuerpo durante el vuelo y anticipar cualquier movimiento inoportuno del animal.
No intento herir al ave.
El otro brazo se alzó para proteger el rosto y apartar las ramas máss cercanas antes de que le atravesaran los ojos o la garganta. Algunas golpearon su manga. Otras su mejilla. Una rama gruesa tuvo que apartarla con fuera, desviándola apenas antes de que chocara contra su pecho.
Kyōraku se mantuvo firme entre las garras, protegiéndose de la maraña de madera viva. Lo que el ave pensara hacer con él seguía siendo un misterio.
Pero aun allí, elevado sobre el sendero, convertido por completo en presa, había algo que continuaba llamando su atención.
El grillete. La cadena rota. La forma en que había respondido al sonido.
<<¿Estaba en cautiverio?>> Sus ojos se estrecharon mientras el viento le golpeaba el rostro.
<< ¿a quién responde este animal? ¿cuál es su origen? ¿Qué hace en el bosque Senju…>>
La mirada de Kyōraku descendió hacia la cadena que se agitaba bajo el cuerpo del ave << ¿La están ocultando a propósito?>>
La bandana ninja resonó al contacto con la piedra. Durante un instante, el bosque entero pareció contener la respiración. Las raíces dejaron de crujir. Las ramas dejaron de responder. Incluso la humedad del aire pareció suspenderse entre los troncos, anticipando lo que estaba por ocurrir.
El silencio fue peor que el ruido. Sofocante. Extenso. Kyōraku alcanzó a sentir el palpitar de su propio corazón mientras dirigía la mirada hacia la copa de los árboles. Una acción fútil, estaban tan cerradas y tan oscuras que resultaba imposible atravesarla con la vista.
Entonces las copas estallaron. Un vendaval surgido de las entrañas del bosque sacudió con violencia ramas y hojas por igual. El movimiento descendió hacia Kyōraku como una masa negra entre corteza y follaje. Ramas gruesas se doblaron, fragmentos de madera cayeron sobre el sendero y el sonido dejó de ser una dirección para convertirse en presencia.
El ave de dimensiones desproporcionadas cayó frente a él con un golpe pesado contra el barro. La tierra se estremeció bajo sus pies haciendo temblar el terreno. El Senju apenas alzó el mentón. No era un espíritu. No era una aparición. Hubiese deseado que así fuera.
Sus ojos se abrieron en gesto breve de sorpresa. La fuerza de la caída desplazó raíces, piedras y polvo, haciendo que su cabello se elevara levemente hacia atrás. Siguió con la mirada la extensión de las alas, el cuerpo oscuro, la garra izquierda aprisionada por un grillete y la cadena rota que arrastraba sobre la tierra. La deducción terminó de cerrarse con una claridad casi cruel.
Kyōraku no se movió, no hizo ningún gesto brusco. Huir o intentar atacar a la criatura en ese instante solo podía conducir a un resultado, Su cuerpo destrozado en barros, plumas y madera.
El ave extendió sus alas con imponencia. Su envergadura era descomunal, y el escenario estrecho y contenido contrastaba con la facilidad con la que ejecutaba sus movimientos. Abrió el pico y lanzó u chillido agudo, curiosa, inspeccionando al Senju como si intentara encontrar en él algún rasgo familiar.
-¡kkKKRRIIIIIIAAAAAAAAHHhhhhhhh!!
Chilló una segunda vez. Esta vez con mayor violencia. El sonido le atravesó los oídos y sacudió las ramas cercanas.
En un instante las garras del Aguila aprisionaron como tenazas los hombros del shinobi. El dolor llego de golpe, brutal y profundo. Kyōraku sintió como las uñas del animal se hundían sin contemplación en la carne. Resistirse sería inútil. Aquellas no eran simples uñas, cada una terminaba en un gancho oscuro de casi un palmo, curvo y afilado, capaz de arrancar un pedazo de carne si el ave así lo decidía.
No tuvo más opción que relajar el cuerpo. El barró saltó bajo las patas de la criatura. La cadena rota osciló de un lado a otro golpeando raíces, troncos y ramas.
Y entonces el suelo desapareció.
Kyōraku sintió el tirón del ascenso atravesarle la espalda y los hombros. El bosque se abrió debajo de él en una sucesión violenta de troncos, hojas y sombras. No había tiempo para sorpresa. Tampoco era miedo, exactamente. Era la incertidumbre absoluta ante las próximas acciones del animal.
Era consciente de algo muy simple; su vida podía terminar allí si el águila lo disponía.
A pesar de su tamaño el ave maniobra con una agilidad inquietante entre los árboles. Kyōraku notó que aún tenía la roca y la bandana, una en cada mano. Aunque sus hombros estaban aprisionados, todavía tenía movilidad en sus extremidades. Guardo ambos objetos entre sus ropajes con el cuidado que la situación permitía.
El shinobi levantó la mirada. Arriba las ramas formaban una jaula y él iba directo hacia ellas, suspendido entre las garras de un ave gigantesca que atravesaba el bosque a gran velocidad.
Su cuerpo se compacto de inmediato. Encogió las piernas, bajo el mentón y llevó un brazo hacia el costado de la criatura, buscando aferrarse a la garra que lo sostenía, o si la cadena oscilaba a su alcance, sujetarla para estabilizar su propio cuerpo durante el vuelo y anticipar cualquier movimiento inoportuno del animal.
El otro brazo se alzó para proteger el rosto y apartar las ramas máss cercanas antes de que le atravesaran los ojos o la garganta. Algunas golpearon su manga. Otras su mejilla. Una rama gruesa tuvo que apartarla con fuera, desviándola apenas antes de que chocara contra su pecho.
Kyōraku se mantuvo firme entre las garras, protegiéndose de la maraña de madera viva. Lo que el ave pensara hacer con él seguía siendo un misterio.
Pero aun allí, elevado sobre el sendero, convertido por completo en presa, había algo que continuaba llamando su atención.
El grillete. La cadena rota. La forma en que había respondido al sonido.
<<¿Estaba en cautiverio?>> Sus ojos se estrecharon mientras el viento le golpeaba el rostro.
<< ¿a quién responde este animal? ¿cuál es su origen? ¿Qué hace en el bosque Senju…>>
La mirada de Kyōraku descendió hacia la cadena que se agitaba bajo el cuerpo del ave << ¿La están ocultando a propósito?>>
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