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Shinobi Gaiden - Foro Rol de Naruto   ›   Mundo   ›   Pais del Agua   ›   Kirigakure no Sato
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[E] Si no fuera
Koga
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23-06-2026, 03:24 PM
Última modificación: 23-06-2026, 09:33 PM por Koga.
La humedad se pegaba a los muros de madera y al tejado de las viviendas, mientras el sonido distante del mar apenas conseguía abrirse paso entre el murmullo apagado de la aldea. La niebla de Kirigakure se había espesado con la llegada del atardecer, convirtiendo las estrechas calles del barrio en corredores de sombras y siluetas difusas. Era una hora extraña, una de esas en las que los trabajadores ya habían regresado a sus hogares y los comerciantes comenzaban a cerrar sus puertas, dejando las calles cada vez más vacías.

Aquél era el momento, y el lugar, que Orion había escogido para enfrentar al hombre.

La casa del hombre en cuestión se encontraba en una calle secundaria, lejos de los mercados y de los puertos más concurridos. No era una vivienda particularmente pobre, pero sí una que mostraba los primeros síntomas del abandono: una cerca necesitada de reparaciones, algunas tablas algo deformadas por la humedad y un pequeño jardín que había dejado de recibir cuidados desde hacía algún tiempo. Todo encajaba con la información recopilada durante la investigación preliminar. Las deudas rara vez comenzaban arruinando una vida de golpe; normalmente lo hacían poco a poco, en pequeños detalles que terminaban acumulándose.

La puerta se deslizó desde el interior con un suave chirrido. El hombre salió de la vivienda solo, cerrando tras de sí con cierta prisa. Durante unos instantes permaneció en el pequeño porche, como si necesitara reunir el valor para marcharse o como si estuviera comprobando que nadie se encontraba cerca. La calle permanecía prácticamente desierta. Ningún vecino se asomaba por las ventanas, ningún niño corría entre los callejones y ni siquiera se escuchaban conversaciones provenientes de las casas cercanas.

Entonces reparó en la presencia que lo esperaba y la reacción fue inmediata.

Su cuerpo se detuvo de golpe, como si hubiera tropezado con un obstáculo invisible. Los hombros se tensaron y el semblante, hasta entonces distraído, se transformó en una expresión de evidente sorpresa. Durante un breve instante pareció incapaz de decidir si debía retroceder hacia la seguridad de su hogar o continuar adelante fingiendo normalidad. Sus ojos recorrieron la figura del shinobi con rapidez, buscando una explicación que no encontró.

No era difícil adivinar por qué aquella visita lo había tomado desprevenido.

Los rumores que él mismo había alimentado habían comenzado como simples preguntas extrañas, pequeñas semillas de duda lanzadas al azar entre amigos, vecinos y familiares. Pero en una aldea como Kirigakure, donde las sospechas y las historias inquietantes encontraban terreno fértil con una facilidad alarmante, aquellas palabras habían empezado a crecer mucho más de lo que probablemente había imaginado. Algunos ya hablaban de maldiciones; otros, de espías y conspiraciones. Y, mientras tanto, la verdadera razón de todo aquello permanecía escondida tras una mentira cada vez más difícil de sostener.

Ahora, con la calle vacía y sin la presencia de su esposa ni de curiosos que pudieran interrumpir el momento, las circunstancias le habían negado cualquier posible escapatoria social. No había testigos a quienes distraer ni nuevas preguntas absurdas que formular para desviar la atención. Solo quedaban el hombre, el shinobi de Kirigakure y el silencio húmedo de la niebla envolviendo el pequeño porche de la casa.

Era, quizá, la primera vez en semanas que alguien había llegado en el momento exacto para pedirle respuestas en lugar de soportar sus preguntas.
Orión Hoshigaki
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23-06-2026, 05:11 PM
La niebla descendía despacio sobre Kirigakure, adueñándose de las calles; paciente, rebelde, delicada. Se deslizaba entre los tejados, se aferraba a las cercas y convertía los callejones en estrechos corredores de sombras húmedas. El hábitat perfecto para el tiburón. Sentía que el mar siempre estaba presente. La luz del atardecer apenas conseguía atravesarla, reducida a manchas difusas que teñían de gris las fachadas de las viviendas. Las sombras de los transeúntes se extendían gigantes y finas.

Orión había llegado bastante antes. No por necesidad. Por costumbre. Le gustaba observar los lugares antes de habitarlos.

Había recorrido el barrio con calma, alejándose de las calles principales y dejando atrás el ruido de los mercados. Sus pasos habían seguido un trayecto irregular, más propio de un payaso distraído que de un shinobi persiguiendo un objetivo. Aquel caso no exigía velocidad ni sigilo excepcional. Exigía comprensión. Mientras avanzaba tarareaba números. Siempre contaba. “Trescientos veintiuno.” Los pasos. Era una costumbre heredada de nadie y adquirida de ninguna parte. Una forma de ocupar el silencio. De generar constancia y manías para romper la calma de sus memorias.

“Trescientos veintitrés.” Partió una esquina. “Trescientos treinta y cuatro.” Una cerca deformada por la humedad. “Trescientos treinta y siete.” Un cubo olvidado junto a una vivienda. No buscaba pistas. La información era clara. Lo que buscaba era contexto. Los problemas rara vez existían aislados. Crecían en lugares concretos, rodeados de personas concretas y sostenidos por rutinas concretas. Aquella casa le había parecido exactamente lo que esperaba encontrar. Ni ruinosa. Ni próspera. Una vivienda detenida en mitad de una caída lenta. La deuda no había construido aquella imagen. La deuda había permitido que ocurriera.

Se detuvo frente a la vivienda sin ocultarse. No había motivo para hacerlo. Frente a un "loco", cualquiera es colega. Las manos descansaban dentro de los bolsillos amplios del pantalón oscuro mientras contemplaba el lugar, absorbido por la tranquilidad tan característica. La banda de Kirigakure descansaba sobre su frente, sujetando parte del cabello negro que la humedad intentaba desordenar constantemente. El chaleco ninja permanecía cerrado, oscurecido por la bruma y por pequeñas gotas de agua que comenzaban a condensarse sobre la tela.Respiró profundamente. El aire húmedo llenó sus pulmones. Sal. Madera mojada. Tierra removida. Algas. Humo distante. La aldea. Sus branquias se abrieron y cerraron suavemente a ambos lados del cuello. Era un aroma familiar. Justo. La mayoría de las personas consideraban desagradable aquella mezcla permanente de humedad y océano. Orión nunca lo había entendido. Para él aquel olor significaba hogar.

Permaneció quieto. Sin prisa. Observando cómo la niebla avanzaba entre los postes de madera de la calle. Observando el movimiento lento de una cuerda olvidada que colgaba de una vivienda cercana. Observando cómo el atardecer desaparecía poco a poco detrás de los techos.
El caso entero regresó entonces a su cabeza. Las preguntas. Los rumores. Las teorías absurdas. Había escuchado versiones tan extravagantes que, por momentos, parecía que toda la aldea estuviera deseando que existiera un misterio más interesante que la guerra que los devoraba.

Era curioso. Aquella misión no consistía en juzgar. Consistía en resolver. Sin espectadores. Solo una conversación. Una conversación sincera, si tenía suerte.

El océano rugió a lo lejos. Bramó demente los últimos golpes que se colaban entre la tímida multitud. El tiburón acompañó aquel rugido en silencio frente a la morada. Eternos diez segundos lo hicieron dar un único paso. Luego otro. Su mente ya no los contaba.

-He recorrido tres barrios.

El tiburón bramó. Su voz retumbó y ya no hubo mar, ni murmullo, ni hojas agitadas por el viento. Solo una voz seca, intimidante y profunda reclamando ser escuchada.

-He hablado con pescadores, comerciantes, vecinos y un anciano que estaba convencido de que te había poseído un cangrejo.

Mostró una tímida sonrisa puntiaguda.

-Esa fue mi teoría favorita. Pero las cuentas son más interesantes que los fantasmas.

Levantó la vista de golpe.

-Las cuentas, por lo general, dejan una estela putrefacta.

El Hoshigaki inclinó apenas la cabeza.

-Así que hoy vine a escuchar tu versión antes de seguir preguntando por la de los demás.

El temerario shinobi permaneció frente al hombre, esperando una explicación. Solo una respuesta.

[Imagen: l93r50D.png]

Hablo - Pienso
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23-06-2026, 05:53 PM
El silencio que siguió a las palabras de Orion fue pesado y los ojos del hombre se movieron de un punto a otro sin fijarse en nada concreto, evitando el contacto directo, buscando salidas inexistentes en la calle estrecha, en la puerta cerrada detrás de él, incluso en el suelo húmedo del porche. Su respiración se volvió más corta por un instante, primero intentó sostener la postura de alguien que no entendía del todo lo que ocurría. Una confusión fabricada, débil, como una pared recién pintada sobre madera podrida. Su mandíbula se tensó ligeramente y tragó saliva con una lentitud excesiva, como si el simple acto de hablar necesitara ser preparado con cuidado.

Cuando finalmente habló, lo hizo con una voz que intentaba sonar casual, pero que traicionaba una incomodidad evidente.— Debe haber un error... —dijo, forzando una risa breve que no llegó a despegar—. Creo que... me está confundiendo con otra persona, shinobi. Yo no he hecho nada raro.

Sus ojos siguieron sin fijarse en Orion y las palabras salieron en cadena, demasiado perfectas en su intención de desviar la atención, demasiado preparadas para ser espontáneas.

— No sé de qué rumores habla. La gente aquí siempre exagera, ¿sabe? Un hombre dice algo en una esquina y al día siguiente ya es una historia distinta... —continuó, acelerando levemente el ritmo— Yo solo trabajo, vuelvo a casa, ya está. No tengo tiempo para... para esas cosas.

Dio un pequeño paso hacia atrás, acercándose más a la puerta de su casa que a la calle. No fue un movimiento agresivo; fue instintivo, como el de alguien que mide la distancia entre el problema y la única vía de escape disponible. Entonces su máscara comenzó a romperse y el aire húmedo pareció hacerse más denso alrededor de su respiración. La calma fingida se deshilachó en los bordes, dejando ver algo más crudo debajo: miedo, sí, pero también urgencia. Su voz bajó un tono, más áspera ahora, menos cuidada.

— No hay nada que investigar... —dijo, esta vez sin intentar sonar convincente— De verdad, no hay nada. Es solo... ruido.

Sus manos se movieron ligeramente, como si quisiera cerrar la conversación sin tocar a Orion, sin enfrentarlo, solo empujando la realidad hacia atrás con palabras.

— Lo mejor para todos es que esto se quede aquí. Usted sigue con sus misiones, yo sigo con mi vida. —Y al final, ya sin disfraz alguno, lo soltó directamente, casi en un susurro tenso— Déjeme en paz... —El hombre mantenía la espalda ligeramente inclinada hacia la puerta, esperando que aquello bastara para que el shinobi simplemente se diera la vuelta y desapareciera entre la niebla, pero ¿Sería suficiente para el Hoshigaki?
Orión Hoshigaki
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23-06-2026, 08:29 PM
Última modificación: 23-06-2026, 08:35 PM por Orión Hoshigaki.
El silencio devoró el porche de un solo bocado. No como una ausencia, sino como una criatura llena de dientes y rabiosa. Una de esas que nacen de las historias para no dormir la siesta de Kirigakure y se alimentan de palabras jamás cantadas. Orión la dejó crecer.

El hombre habló. Los gestos, la mirada, los movimientos, un mentiroso. Y el tiburón odiaba las mentiras. Qué flagelo inútil. Al final las mentiras siempre salen a la luz, como un cadáver arrojado al mar. El hombre intentaba jalar la realidad con las manos vacías, pero las verdades eran imposibles de arrastrar hacia atrás.

El joven permaneció inmóvil. Jugó con el tempo. Dejó que la niebla contorneara la silueta de ambos, lenta, espesa, como si el mar estuviera dispuesto a cotillear con ellos. Las branquias se abrieron con suavidad, lo suficientemente lentas para destacar toda la fealdad que portaba como línea de sangre. Olfateó. La tristeza de una finca que llevaba un puñado de años esperando algo.
Sus ojos abandonaron el rostro ajeno. Recorrieron la casa, las tablas vencidas por la humedad, el jardín descuidado, la pintura ajada y descascarada por enteras madrugadas de lluvia. Pequeñas heridas. Las primeras. Las que aparecen mucho antes del derrumbe.

-Curioso, como un oso.

Su voz nació grave, como si el infierno se hubiera convertido en garganta. Profunda. Más cercana al rumor de un esbirro que a la de un hombre.

-Las casas son como las personas.

Señaló una flor marchita que luchaba por vivir en el deteriorado jardín, donde los dientes de león apenas conservaban los tallos.

-Al principio las grietas no calan. No duelen. No hacen torcer los nervios hasta destrozar lo cotidiano de estar vivo. Y al final todos terminan viéndolas. El marronero y la res.

El océano se hizo escuchar a lo lejos. Orión devoró la mirada del hombre con sus intensos ojos negros. No había dureza. Tampoco compasión. Solo la calma de alguien que sabe que la tormenta aún no ha comenzado.

-Llevo días escuchando tus preguntas.

Dejó que la frase floreciera.

-Las escuché en el mercado, en el puerto, en los labios de los hombres que se las contaban a otros hombres. En callejones. En tabernas. En cervezas apuradas de un sorbo. En los sueños. En lo cotidiano.

Agachó la cabeza para nivelarse con el ser que tenía delante y dijo, casi irónicamente.

-¿Qué pasaría si tu vecino no es tu vecino?

Repitió sin tragar saliva.

-¿Qué pasaría si tu esposa no es tu esposa?

La niebla ayudó al interrogatorio, haciendo cercana pero gigante la distancia entre ambos.

-Pero nadie parece preguntarse qué pasaría si las cosas son como son.

Apretó los nudillos dentro de los bolsillos.

-Si una deuda fuera una deuda. Si el miedo fuera miedo. Si la vergüenza fuera vergüenza.

El tiburón observó el cielo gris, invisible detrás de la bruma.

-Los pescadores me contaron historias. Ciertas o no. Probablemente no.

Se le escapó una diminuta sonrisa. Breve.

-Dicen que cuando una red se rompe en el fondo del mar, los peces tardan semanas en darse cuenta. Siguen nadando. Creen que siguen en cautiverio. Creen que todavía hay algo que los sujeta.

La sonrisa desapareció.

-Hasta que descubren que la libertad siempre estuvo ahí.

Invocó nuevamente al silencio. Lento. Más vivo. Orión volvió a mirarlo somo esperando una respuesta a la absurda historia que había contado.

-No creo en los fantasmas. Pero sí en los muertos. Y el mar me enseñó algo hace bastante tiempo.

Las branquias se volvieron a abrir.

-Los cadáveres flotan. Las mentiras también.

La mirada oscura como la noche permaneció inmóvil. Descabellada. Inquietante.

- Por eso estoy aquí.

Una pausa.

-Para saber qué tarda menos en flotar.

Y una carcajada bestial irrumpió en la serenidad, como si todo aquello hubiera sido un chiste contado por un ser tan loco como gigante. La risa murió tan rápido como había nacido.

-Detrás de un hombre que apuesta todo lo que tiene suele haber una gran mujer.

Inclinó apenas la cabeza.

-Por favor.

Señaló la puerta con el mentón.

-¿La llamas tú o la llamo yo?
Koga
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23-06-2026, 09:46 PM
El silencio que siguió no fue el mismo de antes; ya no era una criatura acechante ni una presencia paciente, sino algo más feo y más humano, el tipo de vacío que aparece cuando alguien se da cuenta de que ya no tiene espacio para inventar otra versión de la realidad y que, por mucho que intente sostenerla, la mentira simplemente ha dejado de ser viable. El hombre dejó de intentar mantener la postura, y su espalda, antes rígida contra la puerta, perdió tensión mientras los hombros caían apenas unos centímetros, como si el peso acumulado de días, semanas y excusas finalmente hubiera encontrado un punto donde apoyarse. Su mirada bajó al suelo del porche, incapaz de sostener la de Orion por más tiempo, mientras su respiración se quebraba en un patrón irregular que delataba que ya no estaba controlando nada de lo que ocurría.

Intentó hablar una vez, pero no salió nada, y cuando lo intentó de nuevo, la palabra apenas logró formarse antes de deshacerse. — Yo... — empezó, aunque la voz se le quedó atrapada en la garganta, y tuvo que tragar saliva con fuerza antes de volver a intentarlo, esta vez sin defensa, sin tono fingido, sin estrategia. — No.. no es eso... — dijo al fin, pero ya sin la intención de convencer a nadie, ni siquiera a sí mismo, porque la voz se le quebró ligeramente al final de la frase y sus manos comenzaron a temblar de forma casi imperceptible, como si no supieran dónde colocarse ahora que ya no había mentira que sostenerlas.

Entonces cayó de esa manera más común y más humana, la rendición lenta de alguien que ha estado sosteniendo una fachada demasiado tiempo hasta que simplemente ya no puede más, y con el aire volviéndose más pesado alrededor del porche soltó, — Perdón... — con un hilo de voz que apenas parecía suyo,— Perdón, de verdad... — mientras finalmente subía la mirada hacia Orion sin desafío alguno, sin engaño, solo con una mezcla cruda de vergüenza y algo peor, el miedo de ser visto completamente sin ningún filtro que lo proteja.

— No quería que esto llegara tan lejos... — continuó apresurado, como si el hecho de hablar pudiera evitarle enfrentar el resultado de todo lo que había hecho, — solo perdí el control, las apuestas, las deudas... pensé que si decía cualquier cosa rara, si la gente empezaba a hablar de otra cosa, si mi esposa creía que era... otra cosa, quizá no lo vería como realmente es. — Se detuvo un segundo, como si la siguiente parte le quemara la garganta antes de admitirla, y añadió al fin, casi en un susurro derrotado, —No es un genjutsu. No es nada de eso. Soy yo. Solo yo.

El peso de la confesión lo dejó más quieto todavía, como si el mundo alrededor se hubiera encogido sin moverse, y la niebla de Kirigakure no hiciera más que reforzar esa sensación de encierro invisible. Se pasó una mano por el rostro, frustrado consigo mismo, incapaz de sostener la vergüenza que ahora lo atravesaba, antes de mirar de nuevo a Orion con una tensión distinta, más desesperada que defensiva. — Te lo ruego... — dijo entonces, y por primera vez su voz sonó realmente humana, sin capas encima ni excusas disfrazadas— No lo lleves con la gente, no con los vecinos, ni con ella.

Su mirada se tensó al mencionar a su esposa, como si ese nombre fuera el único punto aún sensible en una estructura ya colapsada, y fue ahí donde la rendición se volvió completa, sin reservas ni escapatoria posible. — Si esto sale a la luz... se acabó todo. —tragó saliva con dificultad antes de continuar— Yo no quiero perderla. No quiero perder mi casa tampoco. — Dio un paso mínimo hacia adelante, no como quien intenta huir, sino como quien se acerca a algo inevitable que ya ha decidido su destino, y finalmente dejó caer lo último sin orgullo, sin truco, sin máscara— Ayúdame... — dijo— no sé cómo arreglar esto sin destruirlo todo. Solo quería… ganar tiempo. Eso fue todo. Un maldito intento de ganar tiempo.
[Imagen: RoaK1gc.png]
Orión Hoshigaki
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24-06-2026, 02:06 PM
La niebla se arremolinó entre ambos, entre las confesiones, entre los deseos de no destruir lo que había construido desde el amor. El Hoshigaki se mantuvo tieso, lento, paciente. Escuchó con precisión, empatizó, entendió que eran asuntos urgentes y que las mentiras destruían la vida, la aldea y los ideales; por eso las odiaba. No interrumpió en ningún momento, aunque oportunidades no faltaron. Simplemente lo contempló mientras las confesiones aseguraban que luego de las tormentas sale el sol.

Las palabras de verdad habían llegado al fin, arrastrándose fuera de semanas enteras de preguntas absurdas, rumores de taberna y vecinos demasiado imaginativos. Habían emergido de la misma forma que emergían los restos de un naufragio, tarde, golpeadas y mucho menos impresionantes de lo que las historias prometían.

Frunció la nariz. El aire llenó sus pulmones. Era como un gran suspiro luego del diálogo. La misma mezcla de fragancias que antes, pero ahora la armonía dejaba una estela menos pesada. La misma que había acompañado toda aquella investigación desde el primer día.

Sus ojos negros volvieron a juguetear con la vivienda, la cerca, el jardín y los yuyos muertos, la madera castigada, las manchas oscuras que se dibujaban irregulares luego de años. Llevó una mano al interior del chaleco y extrajo el pequeño cuaderno. Lo abrió, recordó con exactitud dónde detenerse al pasar las páginas castigadas por el mar y con la punta de un carbón rozó el papel. Una línea, luego otra. Nada espectacular, nada heroico ni aprendido. Era el resumen de la misión, solo trabajo, la rutina convertida en tinta. Cuando terminó cerró el cuaderno; las tapas se quejaron al cerrarse de golpe.

Números. Qué bien se le daban al joven.


-Bien.

La palabra abandonó su garguero con delicadeza, aunque fuera entonada con presencia. Grave.
Dura. Simple. Tierna. No marcó celebración, tampoco alivio, solo aprobación. El tiburón volvió a relojear la puerta que había estado allí durante toda la conversación.

-Deja de esconderte.

No elevó la voz ni marcó sentencia mientras devolvía la vista a las calles, al barrio tras la morada.

-Los acreedores ya conocen mi nombre. Tú conoces los suyos. No sumemos plegarias a los santos.

La luz del cielo comenzaba a apagarse junto con la actividad de las calles y el océano se sentía más presente con cada ola que rompía en la bahía.

-Necesito que mañana sigas diciendo lo mismo que me acabas de decir hoy.

Una pausa breve.

-La verdad. Las deudas se pagan, puedes financiarlas, los rumores se apagan y la confianza se gana.

Una pequeña sonrisa puntiaguda escoltó un pequeño chiste.

- Aunque no siempre en ese orden.

La investigación había finalizado. Lo que venía después dependía de la valentía de aquel hombre que parecía entender en exceso lo que era perder el amor por una adicción. Pertenecía a los acreedores aceptando las migajas que podían recibir. A las conversaciones que debían ocurrir del otro lado de la puerta. A la verdadera batalla.

El joven observó por última vez la vivienda. No parecía una prisión. Aunque gastada, era solo una casa. Y seguramente eso lo volvía aún más complicado.

-Mañana será un día largo.

Fue lo último que dijo.

[Imagen: l93r50D.png]

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24-06-2026, 05:45 PM
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Con ésto, Orion Hoshigaki ha cumplido la misión. ¡Ya puedes dejar éste tema en el tema de recompensas!
[Imagen: RoaK1gc.png]
Moderador 6
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24-06-2026, 09:15 PM
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Misión Revisada. Recompensas Asignadas

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