Día: 01 de verano
Año: 150
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A las seis de la mañana, Kirigakure apenas empezaba a estirarse entre la niebla baja y el olor salado que venía desde los muelles. En el Distrito Comercial, cerca del Puerto Shinobi Funato, las casas de madera húmeda abrían sus ventanas una por una, dejando salir humo de cocinas, voces roncas y el golpe seco de sandalias contra la calle. Algunas viviendas estaban levantadas sobre bases altas, preparadas para las subidas del agua, con techos inclinados, cuerdas colgando de los balcones y redes viejas secándose contra las paredes. Los pescadores revisaban canastos, los vendedores barrían la entrada de sus negocios y algún niño medio dormido era jalado de la mano por su madre antes de que se escapara a jugar. El clima estaba fresco, pesado de humedad, con esa bruma típica de Kiri que volvía cada esquina un poco más lentaa. Era una mañana de trabajo, de hambre, de gente empezando el día antes de que el sol terminara de decidir si iba a salir o no.
Doña Gertrudis ya estaba sentada frente a su tienda, en una silla de pino verde que parecía llevar más años allí que algunos vecinos del barrio... Era una mujer baja, ancha de hombros, con la espalda algo encorvada, el cabello blanco amarrado en un moño apretado y unos brazos fuertes de tanto cargar baldes, cajas de hielo y canastos de mariscos. Tenía la piel curtida por el viento marino, los ojos pequeños pero atentos, y una cara de pocos amigos que no necesitaba levantar la voz para hacerse respetar. Su negocio, Mariscos Gertrudis, era una tiendita estrecha pero famosa: mostradores de madera, cubetas con agua salada, redes colgadas del techo, cuchillos bien ordenados y un letrero pintado a mano que ya estaba medio despintado por la lluvia. En esta temporada, los cangrejos no eran un lujo; eran la venta fuerte. Venían familias a comprarlos para sopas, caldos, guisos y conservas. Los restaurantes pequeños los pedían desde temprano, los pescadores los cambiaban por herramientas, y más de una casa dependía de ese movimiento para llenar la mesa. Por eso, cuando unos niños revoltosos tumbaron la pecera y los cangrejos salieron disparados hacia el mar, Doña Gertrudis supo que era gran pérdida, una ofensa y claro; un problema urgente. Ahora esperaba a los tres ninjas con los brazos cruzados, el pie golpeando la madera y la mirada clavada en la orilla.
El mar frente a la tienda no estaba bravo, pero tampoco quieto. Se movía con fuerza baja, constante, golpeando los bordes del muelle y metiéndose entre las rocas con espuma blanca. El agua tenía un tono oscuro, verdoso, de esos que dejan ver apenas lo justo antes de esconder el fondo. Entre los pilotes, las sogas y las algas pegadas a la madera, pequeños movimientos delataban a los fugitivos: patas finas entrando en grietas, caparazones húmedos brillando un segundo antes de perderse, burbujas subiendo donde no debían. Y más lejos, algunos botes se balanceaban despacio, y las patrullas marítimas de los Kiri Hayate seguían su ruta habitual alrededor de la aldea, recordándole a cualquiera que en Kirigakure hasta una mañana tranquila seguía vigilada. El trabajo parecía simple: bajar, mojarse, meter las manos donde los cangrejos no querían que las metieran y traer de vuelta todos los que pudieran. Pero cualquiera que conociera la costa sabía una cosa: un cangrejo suelto era molesto; ¿Veinte cangrejos sueltos? Eso era una burla organizada. Y esa mañana, la burla tenía patas, pinzas y demasiados escondites.
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