21-06-2026, 07:29 PM
Última modificación: 21-06-2026, 07:35 PM por Koga.
La niebla de Kirigakure había descendido sobre la aldea mucho antes de que el último rastro de luz desapareciera del horizonte. Como ocurría en la Villa Oculta de la Niebla, la noche no traía consigo solamente un silencio apacible, sino una quietud densa, casi opresiva, donde cada sonido parecía amortiguado por la humedad y cada sombra adquiría formas inciertas. Las lámparas de aceite colgadas en las fachadas apenas lograban perforar aquel manto blanquecino, formando pequeños islotes de luz anaranjada entre un océano de bruma.
El barrio al que había sido asignada la misión se encontraba en uno de los sectores residenciales más antiguos de la aldea, un entramado de calles estrechas donde vivían muchos de los habitantes de mayor edad de Kirigakure. Las viviendas se alzaban unas junto a otras, separadas por estrechos callejones y pequeños patios interiores. Durante el día era un lugar tranquilo, sinn embargo, al caer la noche, el sector adquiría un aspecto completamente distinto ultimamente.
Las autoridades habían reunido suficientes testimonios para establecer un patrón. El ladrón había atacado siempre en la misma zona, aprovechando la escasa vigilancia y la presencia habitual de ancianas que regresaban tarde de visitas familiares o de pequeños negocios. Cuatro víctimas en apenas unas semanas habían sido suficientes para convertir al responsable en una molestia para la administración y en motivo de preocupación para los residentes.
La calle principal del distrito se extendía delante, larga y silenciosa, delimitada por casas de dos plantas y pequeños puestos de venta que ahora permanecían cerrados, con las persianas de madera aseguradas para la noche. Más adelante, el camino se bifurcaba en un estrecho cruce donde la niebla se acumulaba con mayor densidad. Era precisamente aquel lugar el que figuraba en todos los informes.
Un viejo farol colgaba inclinado sobre la intersección, proyectando una luz temblorosa que apenas alcanzaba a iluminar los adoquines húmedos. Varias de las víctimas habían afirmado haber sido abordadas allí, justo antes de doblar hacia las calles secundarias. Desde aquel punto se podía escapar en varias direcciones, perderse entre los callejones y desaparecer entre la neblina antes de que alguien pudiera reaccionar.
La noche se encontraba en uno de esos momentos extraños en los que la aldea parecía contener la respiración. No se escuchaban conversaciones, ni pasos lejanos, ni el sonido de puertas cerrándose. Solo el ocasional goteo del agua acumulada en los tejados y el murmullo constante de la brisa marina que se filtraba desde los canales. El escenario estaba preparado. En algún lugar de aquellas calles silenciosas se ocultaba un ladrón que creía haber encontrado presas fáciles entre los ancianos de Kirigakure, ignorante de que, aquella noche, la aldea había decidido tenderle una trampa.
Aunque, claro... Eso dependía en mayor parte de que tan buena fuera la estrategia del Hozuki.
El barrio al que había sido asignada la misión se encontraba en uno de los sectores residenciales más antiguos de la aldea, un entramado de calles estrechas donde vivían muchos de los habitantes de mayor edad de Kirigakure. Las viviendas se alzaban unas junto a otras, separadas por estrechos callejones y pequeños patios interiores. Durante el día era un lugar tranquilo, sinn embargo, al caer la noche, el sector adquiría un aspecto completamente distinto ultimamente.
Las autoridades habían reunido suficientes testimonios para establecer un patrón. El ladrón había atacado siempre en la misma zona, aprovechando la escasa vigilancia y la presencia habitual de ancianas que regresaban tarde de visitas familiares o de pequeños negocios. Cuatro víctimas en apenas unas semanas habían sido suficientes para convertir al responsable en una molestia para la administración y en motivo de preocupación para los residentes.
La calle principal del distrito se extendía delante, larga y silenciosa, delimitada por casas de dos plantas y pequeños puestos de venta que ahora permanecían cerrados, con las persianas de madera aseguradas para la noche. Más adelante, el camino se bifurcaba en un estrecho cruce donde la niebla se acumulaba con mayor densidad. Era precisamente aquel lugar el que figuraba en todos los informes.
Un viejo farol colgaba inclinado sobre la intersección, proyectando una luz temblorosa que apenas alcanzaba a iluminar los adoquines húmedos. Varias de las víctimas habían afirmado haber sido abordadas allí, justo antes de doblar hacia las calles secundarias. Desde aquel punto se podía escapar en varias direcciones, perderse entre los callejones y desaparecer entre la neblina antes de que alguien pudiera reaccionar.
La noche se encontraba en uno de esos momentos extraños en los que la aldea parecía contener la respiración. No se escuchaban conversaciones, ni pasos lejanos, ni el sonido de puertas cerrándose. Solo el ocasional goteo del agua acumulada en los tejados y el murmullo constante de la brisa marina que se filtraba desde los canales. El escenario estaba preparado. En algún lugar de aquellas calles silenciosas se ocultaba un ladrón que creía haber encontrado presas fáciles entre los ancianos de Kirigakure, ignorante de que, aquella noche, la aldea había decidido tenderle una trampa.
Aunque, claro... Eso dependía en mayor parte de que tan buena fuera la estrategia del Hozuki.
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