Koga había sido asignado a una tarea aparentemente menor, una de esas órdenes de trabajo civil que los mandos militares solían delegar para mantener a los genin ocupados o, quizás en su caso, alejados de zonas de mayor relevancia estratégica debido a las murmuraciones que siempre arrastraba su presencia. El estigma de su pasado y su innata capacidad para crispas los nervios de quienes le rodeaban no le hacían el candidato favorito del sector, pero las leyes de la fortaleza exigían eficiencia, no simpatía.
Al llegar a la zona indicada, el ambiente pragmático de la aldea se hacía notar. Un comerciante de víveres, un hombre de mediana edad con el rostro curtido por el sol y ropas sencillas pero ordenadas bajo la normativa civil, esperaba a una distancia prudencial en la esquina de una callejuela sin salida. Al ver acercarse a Koga, el hombre arrugó el entrecejo con evidente incomodidad; los rumores vuelan rápido en los pasillos de la fortaleza y la reputación del shinobi le precedía. No hubo saludos corteses ni formalidades innecesarias.
—Llegas tarde, shinobi —escupió el comerciante, manteniendo los brazos cruzados y señalando con barbilla hacia el fondo del callejón—. Un perro callejero... una de esas alimañas sarnosas que bajan de los límites del bosque perimetral buscando desperdicios. Espantó al hijo del herrero mientras jugaba. El crío entró en pánico y se metió en esa maldita estructura abandonada.
El comerciante señaló una edificación al fondo: una antigua caseta de control logístico, ahora clausurada. Sus ventanas de vidrio reforzado estaban cubiertas de mugre y la pesada puerta de madera y refuerzos de hierro requería una palanca o un mecanismo manual para abrirse desde fuera si el pestillo exterior caía, cosa que, por desgracia, había ocurrido. El niño estaba atrapado dentro, asustado, pero el verdadero problema custodiaba el umbral.
—El animal está descontrolado. Tiene garras como cuchillas y no deja que nadie se acerque a tres metros de la entrada sin lanzar dentelladas. Deshazte de la bestia y saca al niño antes de que el toque de queda bloquee este sector. Y hazlo sin causar un alboroto innecesario; los guardias de la patrulla nocturna no quieren desórdenes hoy.
Tras dejar las instrucciones con una mezcla de recelo y urgencia, el comerciante retrocedió unos pasos más, dejándole toda la responsabilidad al ninja, sin intención alguna de ofrecer ayuda.
Al adentrarse unos metros en el callejón, el silencio denso del atardecer fue roto por un gruñido bajo, gutural y cargado de una vibración salvaje. Desde las sombras del porche de la casa abandonada, un enorme perro de pelaje enmarañado, color ceniza y con cicatrices que delataban una vida de pura supervivencia en las zonas salvajes, se puso en pie. Sus ojos, inyectados en sangre, se fijaron directamente en Koga. El animal enseñó los colmillos, de los cuales goteaba una saliva espesa, y tensó los músculos de sus patas traseras, listo para abalanzarse sobre cualquiera que diera un paso en falso.
A través del sucio cristal de la ventana de la caseta, se alcanzaba a ver la silueta temblorosa del niño, golpeando débilmente el vidrio en busca de auxilio, aterrorizado tanto por el encierro como por la bestia que custodiaba su única salida. El escenario estaba dispuesto. Koga se encontraba solo ante la mirada hostil del comerciante a lo lejos, la ferocidad inminente del can y la urgencia de abrir una puerta bloqueada. ¿Cómo procedería el shinobi ante la mirada desconfiada de una Konoha que apenas toleraba su presencia?
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