20-06-2026, 03:22 AM
La noche había caído suavemente sobre la aldea, un manto de oscuridad cálida interrumpido únicamente por la luz de los faroles y el resplandor que escapaba de restaurantes, tabernas y pequeños comercios que aún permanecían abiertos. El tercer día del verano había traído cielos despejados y temperaturas agradables, invitando a muchos habitantes a permanecer en las calles mucho después del atardecer. Para la mayoría era una noche tranquila. Los comerciantes cerraban sus puestos, los trabajadores regresaban a sus hogares y grupos de amigos permanecían reunidos en plazas y callejones disfrutando del aire fresco que seguía al calor del día.
Para otros como Yuguen, sin embargo, aquella noche estaba dedicada al deber más que al descanso.
La misión asignada por la administración de la aldea era una de las más sencillas que podía recibir un shinobi. Un encargo de rango E pensado menos como una prueba de capacidad combativa y más como un ejercicio de vigilancia y servicio comunitario. La tarea era simple: patrullar las calles de Konoha y asegurarse de que cualquier disputa provocada por el alcohol terminara antes de convertirse en un problema real. No era una labor gloriosa ni especialmente emocionante, pero seguía siendo necesaria. Después de todo, la paz de una aldea no dependía únicamente de protegerla de invasiones o enemigos externos; también requería mantener el orden en los pequeños asuntos cotidianos que podían alterar la vida de sus habitantes.
Durante gran parte de la noche, la misión había resultado extraordinariamente tranquila. El distrito comercial permanecía ordenado, los barrios residenciales descansaban bajo la luz tenue de los faroles y las conversaciones que escapaban de algunas ventanas abiertas eran poco más que murmullos transportados por la brisa. A lo lejos podían escucharse risas provenientes de alguna taberna concurrida, así como fragmentos dispersos de canciones interpretadas por clientes que habían consumido más sake del recomendable.
Las pocas personas ebrias encontradas hasta el momento no habían representado ningún inconveniente. Algunos caminaban de regreso a casa mientras entonaban melodías desafinadas. Otros eran acompañados por amigos o familiares que se aseguraban de guiarlos hasta sus hogares sin mayores incidentes. Incluso había quienes intentaban iniciar largas conversaciones con cualquier transeúnte dispuesto a escucharlos, solo para olvidar el tema principal a mitad de sus propias historias. Nada peligroso. Nada que requiriera intervención. La noche parecía empeñada en mantenerse pacífica.
Sin embargo, la experiencia enseñaba que los problemas rara vez anunciaban su llegada de manera evidente. Casi siempre comenzaban como algo insignificante: una palabra mal interpretada, una broma tomada como ofensa, una vieja rivalidad que resurgía bajo los efectos del alcohol. Continuó avanzando por calles cada vez más silenciosas, atravesando intersecciones iluminadas por faroles y senderos donde las sombras de los edificios se extendían sobre el empedrado hasta que finalmente dió con algo que rompió la calma.
Voces. Aquello no era extraño en una aldea todavía despierta, especialmente cerca de las zonas donde se servía bebida hasta altas horas de la noche. Sin embargo, había una tensión particular en aquellas voces, una dureza que las distinguía de cualquier conversación ordinaria. Provenían de la siguiente esquina y aumentaban de volumen con cada instante que pasaba.
— ¡Te digo que estabas haciendo trampa!
— ¡¿Trampa?! ¡Perdiste porque no sabes contar!
— ¡Claro que sé contar! ¡Tú moviste las fichas cuando nadie estaba mirando!
— ¡Eso es una mentira!
Una voz interrumpía a la otra sin dejar espacio para responder.
— ¡Siempre haces lo mismo cuando bebes!
— ¡Y tú siempre buscas excusas cuando pierdes!
El intercambio se volvía más agresivo a medida que continuaba.
—¡Llevo años soportándote!
—¡Pues nadie te obliga a sentarte conmigo!
Después llegó una breve pausa, seguida por el sonido de pasos sobre la piedra y el inconfundible tono de dos personas acercándose demasiado la una a la otra.
— ¿Ah, sí? ¡Repítelo!
— ¡Lo repetiré las veces que haga falta!
Aunque la esquina todavía ocultaba la escena, la tensión parecía extenderse desde ella como una cuerda estirada al límite, dos hombres se encontraban al otro lado.
Ambos estaban ebrios y ambos habían alcanzado ese punto en el que la razón comenzaba a ceder terreno ante el orgullo.
Su discusión, cualquiera que hubiese sido el motivo inicial, había dejado atrás la categoría de simple desacuerdo. Algunos peatones redujeron el paso al escuchar los gritos. Otros dirigieron una mirada rápida hacia el origen de la disputa antes de decidir que era mejor tomar una ruta diferente, observando la situación durante unos segundos y luego desapareciendo rápidamente, dejando claro que no deseaban verse involucrado en lo que estaba a punto de suceder.
Para otros como Yuguen, sin embargo, aquella noche estaba dedicada al deber más que al descanso.
La misión asignada por la administración de la aldea era una de las más sencillas que podía recibir un shinobi. Un encargo de rango E pensado menos como una prueba de capacidad combativa y más como un ejercicio de vigilancia y servicio comunitario. La tarea era simple: patrullar las calles de Konoha y asegurarse de que cualquier disputa provocada por el alcohol terminara antes de convertirse en un problema real. No era una labor gloriosa ni especialmente emocionante, pero seguía siendo necesaria. Después de todo, la paz de una aldea no dependía únicamente de protegerla de invasiones o enemigos externos; también requería mantener el orden en los pequeños asuntos cotidianos que podían alterar la vida de sus habitantes.
Durante gran parte de la noche, la misión había resultado extraordinariamente tranquila. El distrito comercial permanecía ordenado, los barrios residenciales descansaban bajo la luz tenue de los faroles y las conversaciones que escapaban de algunas ventanas abiertas eran poco más que murmullos transportados por la brisa. A lo lejos podían escucharse risas provenientes de alguna taberna concurrida, así como fragmentos dispersos de canciones interpretadas por clientes que habían consumido más sake del recomendable.
Las pocas personas ebrias encontradas hasta el momento no habían representado ningún inconveniente. Algunos caminaban de regreso a casa mientras entonaban melodías desafinadas. Otros eran acompañados por amigos o familiares que se aseguraban de guiarlos hasta sus hogares sin mayores incidentes. Incluso había quienes intentaban iniciar largas conversaciones con cualquier transeúnte dispuesto a escucharlos, solo para olvidar el tema principal a mitad de sus propias historias. Nada peligroso. Nada que requiriera intervención. La noche parecía empeñada en mantenerse pacífica.
Sin embargo, la experiencia enseñaba que los problemas rara vez anunciaban su llegada de manera evidente. Casi siempre comenzaban como algo insignificante: una palabra mal interpretada, una broma tomada como ofensa, una vieja rivalidad que resurgía bajo los efectos del alcohol. Continuó avanzando por calles cada vez más silenciosas, atravesando intersecciones iluminadas por faroles y senderos donde las sombras de los edificios se extendían sobre el empedrado hasta que finalmente dió con algo que rompió la calma.
Voces. Aquello no era extraño en una aldea todavía despierta, especialmente cerca de las zonas donde se servía bebida hasta altas horas de la noche. Sin embargo, había una tensión particular en aquellas voces, una dureza que las distinguía de cualquier conversación ordinaria. Provenían de la siguiente esquina y aumentaban de volumen con cada instante que pasaba.
— ¡Te digo que estabas haciendo trampa!
— ¡¿Trampa?! ¡Perdiste porque no sabes contar!
— ¡Claro que sé contar! ¡Tú moviste las fichas cuando nadie estaba mirando!
— ¡Eso es una mentira!
Una voz interrumpía a la otra sin dejar espacio para responder.
— ¡Siempre haces lo mismo cuando bebes!
— ¡Y tú siempre buscas excusas cuando pierdes!
El intercambio se volvía más agresivo a medida que continuaba.
—¡Llevo años soportándote!
—¡Pues nadie te obliga a sentarte conmigo!
Después llegó una breve pausa, seguida por el sonido de pasos sobre la piedra y el inconfundible tono de dos personas acercándose demasiado la una a la otra.
— ¿Ah, sí? ¡Repítelo!
— ¡Lo repetiré las veces que haga falta!
Aunque la esquina todavía ocultaba la escena, la tensión parecía extenderse desde ella como una cuerda estirada al límite, dos hombres se encontraban al otro lado.
Ambos estaban ebrios y ambos habían alcanzado ese punto en el que la razón comenzaba a ceder terreno ante el orgullo.
Su discusión, cualquiera que hubiese sido el motivo inicial, había dejado atrás la categoría de simple desacuerdo. Algunos peatones redujeron el paso al escuchar los gritos. Otros dirigieron una mirada rápida hacia el origen de la disputa antes de decidir que era mejor tomar una ruta diferente, observando la situación durante unos segundos y luego desapareciendo rápidamente, dejando claro que no deseaban verse involucrado en lo que estaba a punto de suceder.
![[Imagen: RoaK1gc.png]](https://i.imgur.com/RoaK1gc.png)
![[Imagen: fukasaku-approved.png]](https://i.ibb.co/C50XCMtC/fukasaku-approved.png)