La Florería Yamanaka se alzaba entre los establecimientos más elegantes del distrito, con su fachada decorada por maceteros cuidadosamente dispuestos y exhibidores de madera pulida que seguían siendo visibles incluso después del cierre. Aunque las persianas ya habían sido bajadas por sus dueños y las puertas aseguradas para la noche, el edificio conservaba una apariencia acogedora que contrastaba notablemente con las quejas que habían llegado recientemente a la Oficina de Misiones.
Y sin embargo los informes habían sido consistentes.
Grupos de vagos habían comenzado a aparecer después del anochecer. Se reunían cerca de la entrada y permanecían allí durante horas. Obstruían parte del paso peatonal, discutían ruidosamente entre ellos y dejaban tras de sí restos de comida y botellas vacías. Los vecinos habían reportado golpes contra las persianas a altas horas de la noche. Otros afirmaban haber visto a algunos de los hombres observando el interior del local a través de rendijas y ventanas, como si estuvieran buscando algo, ¿Pero quién podría saber qué?. Ninguno de aquellos actos había llegado a constituir un crimen serio, pero la situación se había vuelto lo bastante molesta como para requerir intervención antes de que escalara.
El genin llegó antes de la hora señalada en las denuncias. El mercado todavía tenía un poco de actividad, y no todas las tiendas se encontraban cerradas, algunos comerciantes trasladaban cajas hacia el interior de sus negocios mientras que los ayudantes que tenía barrían los frentes de los locales, preparandose para retirarse. La florería parecía completamente normal: No había ventanas rotas o señales de intento de robo. No existían daños visibles de ningún tipo. Aún.
Sin embargo, permanecían algunos rastros de las molestias recientes.
Junto al borde de la calle descansaban varios trozos de papel arrugado que habían escapado a la atención de quienes limpiaban la zona. Una tenue marca podía apreciarse sobre una de las persianas cerradas... El pavimento frente a la entrada conservaba restos de manchas secas dejadas por bebidas derramadas. Pequeños detalles, insignificantes por sí solos, pero suficientes para demostrar que las quejas no habían sido exageradas.
Varios comerciantes cercanos notaron la presencia de un shinobi y parecieron visiblemente aliviados.
La noticia se había extendido con rapidez por el distrito. El establecimiento Yamanaka gozaba de cierto reconocimiento entre los vecinos. Algunos lanzaban miradas ocasionales hacia la florería mientras terminaban sus labores, como si esperaran que la simple presencia de un ninja de Konoha bastara para poner fin al problema. Uno a uno, los escaparates fueron apagando sus luces y cerrando las persianas, las conversaciones iban desapareciendo y el bullicio comercial se retiraba de las calles hasta que pronto solo quedarían algunos peatones dispersos atravesando el distrito de camino a sus hogares.
Si Ben tenía intención de hacer algunas preguntas a los vecinos que aún estaban terminando de cerrar, ahora sería el momento. Aunque también, podía simplemente buscar un lugar menos a la vista para esperar a quienes llegaban de noche, o simplemente esperarlos a la vista. La decision era suya.
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