18-06-2026, 05:18 AM
El humo del incienso llenaba la estancia de olores, llenaban su olfato de fragancias conocidas, unas que siempre solían adornar el cuerpo de su madre, y también, las ropas que ostentaba. La piel de su madre solía ser tersa, blanca como la nieve, y rara vez el sudor opacaba su olor, sin embargo, su hedor siempre fue fácilmente reconocible. Sabía bien que esa fragancia no lograba ocultar cuando ella se agitaba y corría por la estancia, cuando se iba con sus canes a entrenar, cuando no se había ido aún a las termas familiares a limpiar su cuerpo. Sabía bien que ese sudor estaba presente, en sus axilas, en su cuello, en su rostro, y ese... ese era el verdadero aroma de su madre. No este incienso que opacaba todo, el olor de la madera, tampoco el olor de la ropa que Ibuki vestía, ni el olor de aquel mapache que jugaba en su regazo.
Aquel era el problema. Todo estaba cubierto. Todo estaba escondido. Los olores estaban escondidos. Las personas estaban escondidas. Incluso ella estaba escondida.
Ibuki cerró los ojos por unos segundos y respiró profundo. El incienso volvió a entrar por su nariz. Dulce. Floral. Pesado. Demasiado pesado. Era un olor que pertenecía a aquella casa. A aquellos salones. A aquellas reuniones donde la gente sonreía demasiado y hablaba demasiado bajo. Nunca le había gustado. No porque fuera desagradable, sino porque siempre le daba la sensación de que intentaba ocultar algo.
Como si la familia quisiera cubrirse a sí misma. Como si el perfume pudiera borrar el barro. Como si el perfume pudiera borrar el sudor. Como si el perfume pudiera borrar la sangre. - Ibuki-dono, ya es hora. - Dijo una joven criada al otro lado de la mampara de papel, agachando la cabeza.
Ibuki, apenas cómoda, simplemente asintió. Se sentía rara. Se sentía extraña dentro de su propio cuerpo. Pero no podía hacer más. Era una tradición. O mejor dicho, era algo que le inculcaron. Debía hacerlo.
Aquel Kimono rojo... no le hacía sentir cómoda. Prefería sus trapos que alguna vez fueron blancos y manchados de sudor, quería sentir el aroma de la tierra y el barro entre sus telas, quería sentir el sudor de su axila y de su pecho recorrer la tela, quería sentir sus piernas libres para correr, quería sentir el aire golpear su rostro sin preocuparse por arruinar algo.
Pero no.
Ahora su cuerpo estaba bañado en talco. Su rostro estaba pintado como la nieve. Su maquillaje era demasiado... abrupto. No parecía ella.
Era tanto lo que le habían moldeado, que hasta su cabello estaba rígido y duro sobre ese tomate engomado. Ninguno de sus pelos se escapaba. Todo estaba atrapado en aquellas horquillas de metales preciados, tan hermosas y con tantos adornos que podrían cegar a cualquiera.
Pero ella no se sentía hermosa. No se sentía elegante. No se sentía importante.
Solo se sentía atrapada. Como un perro amarrado. Como un ave enjaulada.
Como un mapache obligado a comportarse como una dama.
Bajó la mirada hacia el pequeño animal que seguía jugando sobre sus piernas. El mapache no entendía de tradiciones. No entendía de ceremonias. No entendía de nombres antiguos ni de ancestros muertos hacía generaciones.
Y lo envidiaba. Lo envidiaba mucho. Porque él podía ser él mismo.
Ella no.
Las puertas se abrieron. El sonido de las cuerdas llenó la estancia.
Lento.
Separado.
Con pausas extrañas.
Como si cada nota estuviera pensada para obligar a la gente a recordar.
Ibuki avanzó.
Paso tras paso.
Podía sentir las miradas. No podía reconocerlas. No podía identificar sus rostros. No podía reconocer sus olores. Aquello era lo peor.
Si cerraba los ojos frente a sus canes, podía distinguirlos uno por uno. Si cerraba los ojos frente a su madre, podía encontrarla entre una multitud.
Pero allí no.
Allí todo olía igual. Todo olía a incienso.
Todo olía a perfume. Todo olía a mentira.
Sin esos olores que podría reconocer, nada. Solo rostros nuevos. Rostros sin identidad. Pero sabía muy bien que eran su familia.
O al menos, eso le habían dicho.
Oh, rito es... - empezó a cantar - el caaanto de quienes hoy...
Bajó la manga y presentó los coloridos adornos de su Kimono. - No puedo ver. Oh Ba, oh baba, Ba Sing Se, del Se no hay que ver...
Alzó los brazos al cielo. Las cuerdas continuaron. Una nota. Otra. Silencio.
Otra más. - Oh Baba... no ha de caer...
Ibuki se arrodilló al suelo y bajó la cabeza. - O Ba Sing Se, tu espada dejó caer... Oh Ba Sing Se... el sello has de pro te ger...
Continuó el rito, bajando el moño, al sonido de aquellas cuerdas que sonaban una tras otra, en una tonalidad lenta, y en un acorde separado uno de otro, con tiempos tan desiguales, que, extrañamente, sonaban bien ante aquel relato. - Oh, Ba Sing Se.
Era la canción de la Baba. La abuela de la familia. La mujer que dio nombre a generaciones enteras. La mujer que lloraban incluso aquellos que jamás la conocieron. En nombre de su amado, quien murió protegiendo el sello de los monstruos. La familia lloraba ante tal recuerdo. Algunos bajaban la cabeza. Otros limpiaban sus lágrimas. Otros simplemente observaban en silencio. Y aunque Ibuki los veía hacerlo, no lograba entenderlo.
No entendía cómo podían llorar por alguien que jamás conocieron. No entendía cómo podían sentir tanto por una historia tan antigua. No entendía cómo podían recordar con tanto cariño a los muertos, mientras apenas parecían conocer a los vivos. Tal vez era ella quien estaba mal. Tal vez era ella quien no entendía algo importante.
O tal vez... Tal vez estaba cansada de fingir que entendía. La canción continuó. Las cuerdas continuaron. El incienso continuó.
Y mientras todos recordaban a los héroes del pasado, Ibuki permaneció allí, arrodillada, inmóvil, sintiendo el peso de las joyas sobre su cabeza, el peso del maquillaje sobre su rostro.
![[Imagen: 9NUo9td.gif]](https://i.imgur.com/9NUo9td.gif)
Aquel era el problema. Todo estaba cubierto. Todo estaba escondido. Los olores estaban escondidos. Las personas estaban escondidas. Incluso ella estaba escondida.
Ibuki cerró los ojos por unos segundos y respiró profundo. El incienso volvió a entrar por su nariz. Dulce. Floral. Pesado. Demasiado pesado. Era un olor que pertenecía a aquella casa. A aquellos salones. A aquellas reuniones donde la gente sonreía demasiado y hablaba demasiado bajo. Nunca le había gustado. No porque fuera desagradable, sino porque siempre le daba la sensación de que intentaba ocultar algo.
Como si la familia quisiera cubrirse a sí misma. Como si el perfume pudiera borrar el barro. Como si el perfume pudiera borrar el sudor. Como si el perfume pudiera borrar la sangre. - Ibuki-dono, ya es hora. - Dijo una joven criada al otro lado de la mampara de papel, agachando la cabeza.
Ibuki, apenas cómoda, simplemente asintió. Se sentía rara. Se sentía extraña dentro de su propio cuerpo. Pero no podía hacer más. Era una tradición. O mejor dicho, era algo que le inculcaron. Debía hacerlo.
Aquel Kimono rojo... no le hacía sentir cómoda. Prefería sus trapos que alguna vez fueron blancos y manchados de sudor, quería sentir el aroma de la tierra y el barro entre sus telas, quería sentir el sudor de su axila y de su pecho recorrer la tela, quería sentir sus piernas libres para correr, quería sentir el aire golpear su rostro sin preocuparse por arruinar algo.
Pero no.
Ahora su cuerpo estaba bañado en talco. Su rostro estaba pintado como la nieve. Su maquillaje era demasiado... abrupto. No parecía ella.
Era tanto lo que le habían moldeado, que hasta su cabello estaba rígido y duro sobre ese tomate engomado. Ninguno de sus pelos se escapaba. Todo estaba atrapado en aquellas horquillas de metales preciados, tan hermosas y con tantos adornos que podrían cegar a cualquiera.
Pero ella no se sentía hermosa. No se sentía elegante. No se sentía importante.
Solo se sentía atrapada. Como un perro amarrado. Como un ave enjaulada.
Como un mapache obligado a comportarse como una dama.
Bajó la mirada hacia el pequeño animal que seguía jugando sobre sus piernas. El mapache no entendía de tradiciones. No entendía de ceremonias. No entendía de nombres antiguos ni de ancestros muertos hacía generaciones.
Y lo envidiaba. Lo envidiaba mucho. Porque él podía ser él mismo.
Ella no.
Las puertas se abrieron. El sonido de las cuerdas llenó la estancia.
Lento.
Separado.
Con pausas extrañas.
Como si cada nota estuviera pensada para obligar a la gente a recordar.
Ibuki avanzó.
Paso tras paso.
Podía sentir las miradas. No podía reconocerlas. No podía identificar sus rostros. No podía reconocer sus olores. Aquello era lo peor.
Si cerraba los ojos frente a sus canes, podía distinguirlos uno por uno. Si cerraba los ojos frente a su madre, podía encontrarla entre una multitud.
Pero allí no.
Allí todo olía igual. Todo olía a incienso.
Todo olía a perfume. Todo olía a mentira.
Sin esos olores que podría reconocer, nada. Solo rostros nuevos. Rostros sin identidad. Pero sabía muy bien que eran su familia.
O al menos, eso le habían dicho.
Oh, rito es... - empezó a cantar - el caaanto de quienes hoy...
Bajó la manga y presentó los coloridos adornos de su Kimono. - No puedo ver. Oh Ba, oh baba, Ba Sing Se, del Se no hay que ver...
Alzó los brazos al cielo. Las cuerdas continuaron. Una nota. Otra. Silencio.
Otra más. - Oh Baba... no ha de caer...
Ibuki se arrodilló al suelo y bajó la cabeza. - O Ba Sing Se, tu espada dejó caer... Oh Ba Sing Se... el sello has de pro te ger...
Continuó el rito, bajando el moño, al sonido de aquellas cuerdas que sonaban una tras otra, en una tonalidad lenta, y en un acorde separado uno de otro, con tiempos tan desiguales, que, extrañamente, sonaban bien ante aquel relato. - Oh, Ba Sing Se.
Era la canción de la Baba. La abuela de la familia. La mujer que dio nombre a generaciones enteras. La mujer que lloraban incluso aquellos que jamás la conocieron. En nombre de su amado, quien murió protegiendo el sello de los monstruos. La familia lloraba ante tal recuerdo. Algunos bajaban la cabeza. Otros limpiaban sus lágrimas. Otros simplemente observaban en silencio. Y aunque Ibuki los veía hacerlo, no lograba entenderlo.
No entendía cómo podían llorar por alguien que jamás conocieron. No entendía cómo podían sentir tanto por una historia tan antigua. No entendía cómo podían recordar con tanto cariño a los muertos, mientras apenas parecían conocer a los vivos. Tal vez era ella quien estaba mal. Tal vez era ella quien no entendía algo importante.
O tal vez... Tal vez estaba cansada de fingir que entendía. La canción continuó. Las cuerdas continuaron. El incienso continuó.
Y mientras todos recordaban a los héroes del pasado, Ibuki permaneció allí, arrodillada, inmóvil, sintiendo el peso de las joyas sobre su cabeza, el peso del maquillaje sobre su rostro.
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