El tiempo había transcurrido desde aquel primer encuentro que los había llevado de ser desconocidos a buenos conocidos. Pero en ese día, las intenciones de Kano no eran precisamente benignas. Sus motivos para actuar eran profundos y personales, especialmente porque giraban en torno a aquel oscuro culto del formaba parte. Habían sido ellos mismos quienes le habían dado las órdenes que cumpliría a rajatabla, aunque eso significara perder la simpatía de una de las pocas personas con las que mantenía una relación medianamente cercana. A pesar de compartir creencias en el mismo dios, la manera en que habían llegado a ese punto marcaba una gran diferencia entre ellos.
La figura de Saito se recortó en la bruma mientras se acercaba, y Kano dibujó una sonrisa amigable en sus labios, simulando entusiasmo. ― ¡Saito! ¡Qué alegría verte! ― exclamó, saludándole con un gesto casual y tímido, una característica suya. ― He estado pensando que podríamos entrenar juntos hoy. Encontré un lugar tranquilo en las afueras de la aldea, ¿te gustaría unirte? ― propuso, manteniendo su expresión relajada y amigable.
Mientras charlaban, Kano estudiaba la reacción de Saito. Era consciente de que el otro shinobi no tenía ni idea de sus verdaderas intenciones. Una vez estuvieran lo suficientemente alejados de las miradas curiosas, Kano planeaba revelar su verdadero propósito. Para él, la lucha que se avecinaba era más que un simple enfrentamiento físico; representaba una batalla por su fe y su conexión con Jashin.
![[Imagen: cb295f99ee3d24361583b9ee05fd2168.jpeg]](https://mobimg.b-cdn.net/v3/fetch/cb/cb295f99ee3d24361583b9ee05fd2168.jpeg)