Unas fornidas manos destruyeron de un tirón una red de pesca, en una playa del País del Agua, liberando en el acto a una tortuga anciana que se había quedado atrapada. La red estaba cortada, por lo que no pertenecía a ningún barco, y al parecer esas medidas eran incluso ilegales. Sólo había una respuesta para Mako: piratas o pesqueros de otras tierras que estaban apropiándose de su fauna marina. — Tsk. Hijos de puta. — Apretó los dientes enfadado el grandulón de apellido Kajiki, y liberó al animal de hermoso caparazón para que regrese al agua.
Tras finalizar con su tarea, subió un poco la costa hacia una zona de llanura con ondulaciones, separada de la playa por un barranco de unos 2 metros que no le costó más de un salto al Capitán subir. Se sacudió las manos y se tronó el cuello, mirando al cielo durante algunos segundos. Aquel no era un día tranquilo sin dudas: pasado el mediodía, sería recogido por una embarcación naval para custodiar las rutas que conectaban a Kiri con los territorios de ultramar del sur del Mar del Este. Embarcaciones con gente importante y algunos shinobis se dirigían desde Getsugakure hacia la Niebla en aquella tarde, y la amenaza de posibles polizontes o rebeldes que intentasen atacar al Imperio del Agua era siempre un dolor de cabeza.
A menos que algo lo interrumpiese, el Yondai Senchō tenía pensado hacerse con su almuerzo pescando algo, y cocinarlo antes de que su trabajo comenzase pasadas las 12.
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