Independientemente de la hora en las manecillas, la oscuridad es ama y señora de aquella isla y, con absoluta soberanía, impone su dominio sobre las débiles lámparas, haciendo que su alcance llegue apenas a las inmediaciones de las mismas y poco más, mientras que quedan grandes claros umbrosos entre ellas.
El aire lleva consigo varios olores, algunos agradables, otros nauseabundos, pero en la mezcla hay un empalagamiento que reduce el apetito de quien sea, como si por existir la comida se corrompiera. Miasma etéreo que recorre las calles, dando la idea de apariciones que se desvanecen a la distancia para reaparecer metros más adelante, o por detrás.
Caminando por los senderos circundantes de la feria, una bruna figura se abre paso con calma y firmeza por igual. Su andar no se escucha, es apenas perceptible, debido a su costumbre de andar por la vida sin anunciarse, mas su alta figura es claramente visible. Su rostro altivo parece indicar ser un noble descendiente de la misma noche que reina, su cabellera da la idea de haber sido hecha del mismo cielo nocturno sin estrellas que acontece arriba, mientras que sus atuendos, llenos de motivos celestes ajenos al día, de repente son vislumbrados al pasar por algún candil callejero.
Bajo su amplio sombrero, su mirada va de un lado a otro, no parece buscar nada en particular, más bien se aprecia como quien disfruta del entorno desconocido, mirando con cierta curiosidad el paisaje lúgubre. Pero el desconocimiento de aquel sitio no es algo que le genere conflicto, sus hombros relajados y su pecho salido le dan un aire de seguridad regia.
Camuflado entre los colores de su atuendo, su portakunais permanece en su pierna derecha y su bolsa ninja a su espalda, teñida con los mismos colores para no ser fácilmente apreciada. Los que sí podrían verse a simple vista son su katana y su tantō, ambos colgando de su cintura para un desenfunde veloz, mientras que el resto de su equipamiento permanece distribuido de forma ortodoxa.