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[Automisión|C] Dientes entre las Rocas
Hachibi
Rango Chuunin
Clan Heizu
Nivel 13
Estadísticas
Generales
Fuerza50(3)
Destreza40(2)
Ctrl. de Chakra100(5)
Inteligencia25(2)
Especiales
Salud10
Velocidad21
Tenketsu10
Sigilo15
570
635
Enlace al Post
22-09-2026, 10:54 PM
Cita:● Nombre de la Misión: Dientes entre las Rocas
● Información de la Misión: Durante los últimos días, algunos habitantes de Villa de Pedralba han asegurado haber visto una criatura de gran tamaño moviéndose entre las aguas poco profundas y las zonas rocosas que rodean la isla. Hasta ahora los avistamientos habían sido tratados como simples encuentros con fauna marina, pero durante la noche anterior una de las ovejas de la villa desapareció de su corral.

Sus restos fueron encontrados cerca de la costa, parcialmente devorados y con señales de haber sido arrastrados hacia el agua.

Pedralba cuenta con pocos animales de ganado y cada pérdida representa un problema considerable para sus habitantes, por lo que se ha solicitado la intervención de shinobi antes de que la criatura vuelva a acercarse a las viviendas o ataque a una persona.

Hachibi y Amida deberán investigar los alrededores de la villa, localizar al animal responsable y evitar que continúe rondando Pedralba. Dependiendo de su comportamiento, podrán intentar ahuyentarlo, capturarlo o eliminarlo si representa un peligro inmediato para los habitantes.
● Rango y Tipo de la Misión: Automisión C
● Fecha y Lugar: 04 de Otoño del año 150 — Villa de Pedralba, País de las Montañas
● Cantidad de Usuarios: 1
● Cantidad máxima de horas por ronda: N/A



Dientes entre las Rocas


Villa de Pedralba, País de las Montañas
04 de Otoño de 150
Ajeno.

Los ojos de Hachibi se cerraban poco aquellas noches. La cama no era el problema, el algodón sobre la paja era increíblemente suave y suficientemente robusto. La humedad tampoco era tan distinta. Pero sin duda no se habituaba aún a no ver las paredes de su habitación o las cosas que durante tantos años acomodó.

La silla del escritorio en aquella habitación jamás encontró la orientación correcta frente a la ventana, el sol entraba y salía sin que en ningún momento cruzara ningún umbral; los desusos de los anteriores inquilinos habían dejado tantas marcas que hacer de aquel lugar su hogar era más un tema de locura que de posibilidad.

Amida no presentaba los mismos problemas, o tal vez ya había aprendido a saber sus límites. Su posición de descanso no cambió durante las seis horas de sueño; si no fuera por el leve cambio de altura de su torso, pensaría que era un cadáver en su ataúd. Sus manos apoyadas una sobre otra, ocultando una kunai, su apacible rostro imperturbable y su respiración que no emitía ruido alguno hacían que Hachibi se cuestionara si en realidad estaba durmiendo o solamente fingiendo.

Ambos se alistaron antes del amanecer y bajaron a desayunar en el área común. Al principio, el mayor no pareció prestar mucha atención a su hijo, pero cuando lo vio chocar con una mesa que claramente estaba ahí, su mirada no se apartó por mucho tiempo de él, notando sus torpes movimientos impropios del silente.

─¡Oh, ahí está Don Amida!

La voz del alcalde hizo girar los ojos del experimentado Jōnin, pero el Genin demoró un par de segundos más en atender, como si aquello le hubiera llegado bastante más tarde.

─Ocupamos de sus servicios. Esta mañana encontramos a una oveja devorada por Dientes.

─¿Dientes?

Amida repitió con escepticismo.

─Es el nombre que le dimos a la criatura que ronda Pedralba. Es una bestia enorme y rara vez se separa mucho del agua, pero perder una oveja nos quita más que solo alimento…

─Entiendo. Supongo que quieren que lidiemos con la criatura.

Se anticipó el hombre antes de beber un poco de su té. El alcalde rió con nerviosismo.

─Entiendo que ustedes los ninja tienen algo así como una jerarquía de misiones.

─Soy un Jōnin, mi estimado alcalde. No realizo misiones por debajo de B; no valen mi tiempo y su criatura no es un peligro que catalogue en ese ámbito.

La mirada de Amida se apartó del hombre y volvió a su comida. Su elegancia no ocultaba la falta de interés en el asunto, pero tampoco había dejado demasiado margen para que en el futuro alguien de Pedralba confundiera nuevamente la clase de trabajo por la que podían solicitarlo.

─Hachi es Genin, sin embargo.

La mirada del menor se afiló un poco. El tema con los padres es que ellos parecen disponer de sus hijos sin consultar; prácticamente le estaba diciendo que él se encargaría porque al mayor no le apetecía. El alcalde, por su parte, miró al joven y le pareció un poco cruel que alguien tan joven fuera mandado a acabar con algo que podría matarlo en un abrir y cerrar de ojos.

─Les dije que la bestia debía ser eliminada, ¿no les dije?

Del fondo del lugar se escuchó una voz rasposa y poco articulada. El hombre se sostenía de pie solo por tener el hombro recargado en una pared y parecía que no es que hubiera empezado temprano a beber, sino que no había acabado de hacerlo desde hacía días, o tal vez meses.

La expresión del alcalde cambió una vez más. Hachibi dirigió su atención al sujeto; su mirada altiva parecía estudiarlo, como si hubiese algo más que su llamativa entrada que le impidiera ignorarlo.

─Genzō…

Hachibi regresó la mirada al alcalde. Ese nombre otra vez. Luego volvió al sujeto, cuya mirada de desprecio ya se había ganado tan solo por llamarse así.

─La criatura no había sido un peligro…

─Pero lo es ahora, ¿eh? Ya nos hubiéramos librado de una pena si me hubieran escuchado, pero no, Genzō Nikoru es tan solo el ebrio del lugar.

Amida alzó la mirada. Su hijo despedía Sakki, lo que en el mundo ninja se traduce como sed de sangre o instinto asesino, una característica habitual en los Terumi que terminaba por crear terror en combate, aunque por ahora ningún movimiento ofensivo se había hecho.

─Hachi…

La sola mención bastó para hacer evidente que lo había notado.

─Hachibi.

Corrigió el menor al alcalde con un tono serio. El hombre rascó su nuca un poco por la crudeza de su respuesta, que le hizo medir sus palabras un poco más. Aun sentado, desde la aparición del molesto vecino, había algo en él que ya no lo hacía ver como un joven nada más.

─Señorito Hachibi, ¿podría ayudarnos con el tema de Dientes? Le daremos la compensación de la categoría Cé de las misiones.

El menor demoró un segundo, luego asintió y se levantó, quedando por encima del alcalde.

─Hachi… ─su padre lo detuvo─ termina tu desayuno.

Como si hubiera sido congelado, su cuerpo permaneció inmóvil antes de, articuladamente, volverse a sentar, tomar aire y retomar los alimentos que apenas había tocado minutos antes.

─Oh, sí, termina tu desayuno. Cuando lidien con la criatura, estaré en mi casa.

Y tras decir esto, se marchó dejando a los dos hombres terminar sus alimentos. Hachibi, más alerta que en la mañana, no retiraba la mirada de Genzō, aunque ya se había recluido a la barra y la incomodidad del propio cantinero se podía apreciar a la distancia. Amida permaneció en silencio, atendiendo más a las reacciones de su hijo que al hombre que las había provocado.

Alrededor de una hora más tarde, el sol comenzó a dar señales del salir. Hachibi ya caminaba hacia el primer lugar de aquella investigación, el corral. A su lado iba Amida, quien elevó una mano hasta comparar la altura de ambos.

─No me di cuenta en qué momento me alcanzaste, hace unas semanas aún estaba por encima.

Expresó con naturalidad. Hachibi lo miró de reojo, sosteniendo sobre él una duda que parecía tener menos relación con su estatura que con el hecho de que su padre estuviera midiéndola en mitad del camino.

─Tengo interés en conocer a este animal.

Aseguró el mayor mientras devolvía la mirada al frente. Un grupo de mujeres cruzó por su camino mirando a ambos shinobi con peculiar interés, sus ojos viajando despacio por cada parte del cuerpo de los dos.

La atención ajena no pareció molestar demasiado a Amida. Hachibi, en cambio, siguió con la mirada a las mujeres durante algunos segundos, especialmente a una que continuó viéndolos después de haberlos cruzado. Su padre advirtió el movimiento, aunque no hizo comentario alguno y ambos continuaron por el camino que bordeaba las últimas viviendas de Pedralba.

La villa comenzaba a despertar alrededor de ellos. Algunas puertas se abrían para dejar salir animales, dos hombres descargaban cajas de un pequeño carro y desde alguna construcción cercana llegaba el golpeteo irregular de una herramienta contra madera; el olor de los desayunos escapaba todavía por algunas ventanas, aunque conforme avanzaban era reemplazado por el aire húmedo que ascendía desde la costa.

El corral se encontraba hacia uno de los extremos de la villa, donde las casas comenzaban a separarse y el terreno se volvía demasiado irregular para continuar construyendo sobre él. Una cerca de madera rodeaba una extensión de pasto corto y tierra endurecida, suficiente para poco más de una docena de ovejas reunidas cerca del lado opuesto. Hachibi se detuvo antes de entrar y recorrió la estructura con la mirada hasta encontrar, en el extremo sur, tres tablones desplazados hacia afuera, uno de ellos roto cerca de la base. La puerta seguía cerrada y la madera dañada no parecía haber cedido desde el exterior.

El Jōnin se aproximó hasta tener una perspectiva similar, pero guardó silencio. Hachibi apoyó dos dedos sobre uno de los tablones y lo movió apenas; varias hebras de lana habían quedado atrapadas alrededor de una astilla y, más abajo, la tierra estaba removida por suficientes pezuñas para volver difícil separar unas pisadas de otras. Abrió la puerta en lugar de pasar por el hueco y recorrió lentamente el interior siguiendo las impresiones hasta donde el suelo endurecido comenzaba a mezclarse con piedras y pasto. Algunas desaparecían bajo las marcas posteriores de quienes habían entrado durante la mañana, aunque cerca de la abertura podía apreciarse que al menos uno de los animales se había desplazado con rapidez hacia aquel punto.

─Encontraron la ausencia esta mañana.

Hachibi levantó los ojos hacia su padre y regresó inmediatamente al terreno. La cantidad de calzado superpuesto entre las pezuñas explicaba por sí sola cuánto había sido alterado el lugar.

Salió por la abertura de la cerca y descendió por una pendiente suave donde la tierra comenzaba a retener mejor la humedad. El mar todavía quedaba oculto por el desnivel, pero su sonido era más claro y aparecía de manera constante entre los ruidos de la villa. A poco menos de veinte metros encontró las primeras manchas de sangre, dos secas sobre la superficie de una piedra y otras dispersas entre el pasto, separadas por varios pasos y continuando en la misma dirección que las huellas.

Se agachó junto a una de ellas sin tocarla y recorrió con los ojos el terreno por delante.

─No murió aquí.

El rastro se volvió menos evidente conforme descendían. Sobre las zonas de piedra desaparecía casi por completo, pero en los espacios donde se acumulaba tierra húmeda aparecieron impresiones distintas a las pezuñas, anchas e irregulares, con uno de sus extremos hundido bastante más que el resto. Hachibi encontró otra algunos pasos después y luego una tercera; ninguna conservaba una forma suficientemente clara para asociarla de inmediato con una extremidad concreta, aunque todas continuaban en dirección a la costa.

La vegetación se hizo más escasa conforme aumentaba la presencia de roca desnuda, primero en pequeñas superficies grises que sobresalían de la tierra y más adelante formando desniveles que los obligaban a modificar continuamente el paso. Entre ellas crecían grupos de plantas bajas inclinadas por el viento, cada vez menos frecuentes hasta que el terreno terminó abriéndose frente al mar.

La costa no formaba una playa propiamente dicha. Grandes extensiones de piedra descendían hacia el agua creando canales estrechos, pozas y plataformas bajas que la marea cubría parcialmente antes de retirarse; algunos tramos podían cruzarse sin dificultad, mientras otros obligaban a subir entre las rocas o separarse temporalmente del agua. Conforme avanzaban, el olor salobre comenzó a mezclarse con otro más pesado que condujo al muchacho hasta un grupo de piedras situado varios metros por encima de la línea de marea.

Los restos de la oveja habían quedado atrapados entre dos rocas. Faltaba una de las patas traseras y buena parte del abdomen; la lana de uno de sus costados estaba endurecida por sangre seca, mientras la zona inferior permanecía húmeda y cubierta por arena fina, pequeños fragmentos de algas y material arrastrado desde la orilla.

Hachibi se aproximó para examinar las heridas alrededor del cuello y el costado. Había varias perforaciones parcialmente ocultas entre la lana, algunas superficiales y otras lo bastante profundas para atravesar el tejido; su distribución resultaba más útil que el tamaño individual, pues se repetían en grupos numerosos, relativamente cortos y separados entre sí a intervalos similares. Se arrodilló sobre una roca seca y acercó el rostro hasta que escuchó a su padre pronunciar su nombre.

─Hachibi.

Al alzar la mirada lo encontró señalándose la nariz. El menor retrocedió lo suficiente para que el olor volviera a imponerse sobre su concentración y contrajo ligeramente el rostro. Amida dejó caer la mano y no añadió nada.

Hachibi se incorporó y rodeó los restos. La lana de la parte inferior estaba apelmazada en dirección hacia el agua y, bajo el cuerpo, varias piedras pequeñas habían dejado surcos sobre el terreno. Los siguió cuesta abajo hasta una zona todavía húmeda, donde las impresiones encontradas anteriormente reaparecían con bastante más claridad: dos apoyos anchos a ambos lados de una franja central poco profunda producida por el roce del cuerpo contra el suelo. La distancia variaba según la superficie y terminaba perdiéndose al alcanzar una de las pozas formadas entre las rocas.

Extendió una mano sobre una de las marcas para comparar el tamaño sin llegar a tocarla. Era considerablemente mayor que la huella de cualquier animal terrestre que hubiera esperado encontrar rondando un corral, aunque tampoco parecía corresponder con las dimensiones que seguramente habían adquirido los relatos después de varios días circulando entre los habitantes.

Su padre permaneció detrás mientras retomaba el rastro. A partir de allí las señales eran irregulares; desaparecían sobre la roca seca y regresaban en pequeñas acumulaciones de arena o entre las algas dejadas por la marea, obligándolo varias veces a detenerse, volver algunos pasos y descartar rastros demasiado pequeños pertenecientes a otros animales de la costa. El cansancio de la noche tampoco había desaparecido del todo. En dos ocasiones calculó mal la altura de una roca y golpeó contra ella la punta de la sandalia; Amida redujo el paso ambas veces, pero no señaló ninguna.

El terreno terminó obligándolos a separarse algunos metros del agua cuando una formación rocosa avanzó hacia el mar formando una pared baja que no podía rodearse sin entrar casi hasta las rodillas. Hachibi subió por encima y alcanzó una plataforma desde la que podía distinguir buena parte de los canales poco profundos del otro lado; el agua era suficientemente clara para mostrar peces pequeños, acumulaciones de algas y sectores donde el fondo descendía con rapidez hasta adquirir un tono mucho más oscuro.

Entre esas irregularidades había una forma que inicialmente confundió con otra de las rocas cubiertas de algas. La diferencia se hizo evidente cuando aquella masa se removió y comenzó a avanzar pegada al fondo. Hachibi levantó una mano antes de que su padre alcanzara la misma altura y el hombre se detuvo sin preguntar.

La cabeza del animal apareció al llegar a una sección menos profunda, baja y ancha en proporción con el resto del cuerpo. En lugar de nadar de manera continua, se impulsaba apoyando las patas contra el fondo cada vez que encontraba dónde afirmarse y volvía a hundirse parcialmente al atravesar los canales de mayor profundidad. Algunos metros después alcanzó una formación rocosa, clavó las extremidades delanteras contra la superficie y arrastró buena parte del cuerpo fuera del agua.

Desde aquella posición podían distinguirse cuatro patas cortas y robustas, una cola gruesa que todavía permanecía parcialmente sumergida y una cabeza dominada por una mandíbula considerable. La piel oscura y mojada parecía cubierta por pequeñas placas o escamas irregulares y, fuera de sus proporciones, no había nada en su aspecto que permitiera considerarlo particularmente anormal. Las dimensiones coincidían bastante bien con la profundidad de las impresiones encontradas junto a los restos.

Amida permaneció unos pasos por detrás mientras Hachibi estudiaba al animal. Había podido reconocer buena parte de aquellas correspondencias desde que salió del canal, pero no adelantó las conclusiones ni tomó el lugar de su hijo en la investigación.

La criatura siguió sobre la roca, bajando de vez en cuando la cabeza hacia el agua mientras esta escurría de su cuerpo; desde aquella distancia todavía no era posible saber si había advertido su presencia y tampoco mostraba intención de abandonar la costa o aproximarse nuevamente a la villa.

La criatura siguió sobre la roca, bajando de vez en cuando la cabeza hacia el agua mientras esta escurría de su cuerpo. No parecía que algo lo llevara aún a abandonar el lugar y, tras acomodarse sobre las patas delanteras, permaneció casi inmóvil, con la cola moviéndose ligeramente cada vez que el agua alcanzaba la plataforma. Desde aquella distancia todavía no era posible saber si había advertido su presencia y tampoco mostraba intención de aproximarse nuevamente a la villa. Hachibi mantuvo la vista sobre ella mientras comparaba sus proporciones con las señales que habían seguido desde el corral; el ancho del cuerpo podía explicar el roce central y la separación de las extremidades correspondía bastante bien con las impresiones irregulares encontradas en la tierra húmeda.

Unos pasos detrás, Amida acabó prestando menos atención a Dientes que al muchacho que tenía delante. No había nada especialmente extraño en su forma de investigar: comprobaba varias veces aquello que parecía haber comprendido y regresaba sobre sus propios pasos cuando algo no encajaba. Lo inusual empezaba a encontrarse en otra parte. El experimentado shinobi había podido resolver buena parte de aquellas observaciones por sí mismo mucho antes y, aun así, llevaba desde el corral permitiendo que Hachibi marcara el ritmo.

La bestia se removió sobre la roca y, al asentarse de nuevo, dejó buena parte del peso sobre la pata delantera derecha. Hachibi siguió inmediatamente la izquierda con la mirada; Amida hizo lo mismo y guardó la indicación que había estado a punto de darle.

─Estoy hablando demasiado.

Hachibi volvió el rostro hacia él durante un instante, sin mostrar molestia ni responder, y regresó después al animal. Su padre tampoco añadió nada.

Dientes alzó la cabeza hacia uno de los canales y luego hacia las rocas más altas. Al abrir la boca dejó visible una hilera de piezas cortas y numerosas que coincidía bastante bien con las heridas encontradas en la oveja, aunque no produjo sonido alguno ni mostró por el momento una respuesta agresiva.

El Genin descendió un poco el centro de gravedad sin abandonar la plataforma. Desde allí distinguía la línea entre las zonas húmedas y la piedra seca y, varios metros más adelante, algunas marcas recientes que ascendían desde el canal. Las más cercanas al agua apenas habían desplazado arena, mientras una de las superiores se hundía de forma más marcada hacia uno de sus lados. Cuando la criatura volvió a caminar, siguió la extremidad correspondiente y reparó en que la pata delantera izquierda permanecía un poco menos de tiempo apoyada que la derecha; la diferencia era pequeña y todavía insuficiente para atribuirla a una lesión.

Bajó por el mismo punto por el que había subido y recorrió unos metros en paralelo a la costa, procurando no acortar demasiado la distancia. Amida descendió después de él y permaneció a su espalda. Durante años había acostumbrado decidir casi automáticamente desde dónde debía vigilar un espacio, dónde colocar a quienes trabajaban con él y qué camino convenía tomar después; ahora esperaba a que su hijo escogiera primero la ruta y solo entonces ajustaba la propia. Reconoció la diferencia sin detenerse demasiado en buscarle una causa.

Desde el nuevo ángulo se apreciaba mejor uno de los costados de la bestia. Había cicatrices dispersas sobre el lomo y una zona más clara alrededor de la pata izquierda, aunque a esa distancia no podía saberse si correspondía a una herida reciente o simplemente a una diferencia en la piel. Fuera del agua avanzaba con bastante más dificultad, el cuerpo balanceándose ligeramente entre cada paso mientras la cola terminaba de abandonar el canal.

Volvió la cabeza hacia su padre. Amida se encontró con sus ojos y esperó durante un instante, pero el menor no hizo ningún gesto adicional; simplemente regresó la atención a la pata izquierda, como si hubiese esperado que alguna observación acompañara aquella mirada. El hombre mantuvo silencio.

La extremidad tocó el suelo esta vez sin una diferencia tan evidente y la criatura continuó hasta una acumulación de algas secas, donde apartó parte del material con el hocico y encontró debajo un pez pequeño atrapado probablemente durante la última marea. Lo tomó entre las mandíbulas, lo tragó prácticamente entero y siguió hurgando entre los restos.

Su comportamiento no coincidía del todo con la imagen que podía desprenderse de la oveja. En ese momento no recorría la costa buscando una presa grande ni parecía interesado en alejarse demasiado del agua; aprovechaba alimento sencillo cuando lo encontraba y hasta entonces había mantenido distancia de los shinobi. Eso no eliminaba el problema, pues desde allí todavía se distinguían algunos tejados de Pedralba por encima del desnivel y el corral estaba lo bastante cerca para que pudiera alcanzarlo nuevamente durante la noche.

El muchacho buscó brevemente a su padre con la mirada una segunda vez. El gesto fue tan corto que habría resultado fácil confundirlo con una revisión del entorno, pero Amida llevaba demasiado tiempo estudiando movimientos ajenos para no distinguir cuándo unos ojos se detenían específicamente sobre él. Esta vez tampoco dijo nada, aunque su silencio comenzaba a parecer menos natural que el exceso de palabras que había pretendido corregir.

Poco después, el viento dejó de cruzar lateralmente la costa y comenzó a entrar desde tierra firme. Las algas secas se agitaron alrededor de Dientes y el animal dejó de hurgar entre ellas; levantó la cabeza, olfateó el aire durante unos instantes y terminó volviendo el hocico hacia los dos shinobi.

Hachibi se detuvo mientras la lengua aparecía brevemente entre los dientes y volvía a ocultarse. La bestia permanecía todavía de costado, aunque había dejado de prestar atención a la comida.

La mano de Amida se acomodó cerca de la kunai con la naturalidad de un gesto repetido durante décadas. Al mismo tiempo avanzó medio paso y terminó ligeramente por delante de su hijo, ocupando la línea más directa entre él y el animal sin haber tenido que pensarlo.

Hachibi se desplazó unos centímetros hacia un lado para recuperar una visión completa y el movimiento hizo que su padre reparara en la posición que había tomado. Bajó los ojos un instante hacia el espacio que ocupaba entre ambos y volvió después hacia Dientes, sin apartarse.

La criatura se volvió algo más hacia ellos, afirmando mejor las cuatro patas contra la roca antes de abrir la mandíbula. No avanzó ni buscó de inmediato el agua. El menor permaneció atento a su respuesta y a la extremidad izquierda, mientras Amida se mantenía apenas por delante y a un costado.

Pasaron unos instantes antes de que Hachibi volviera a mirarlo. Esta vez su padre respondió.

─No está cargando bien la izquierda.

Los ojos del menor regresaron a la pata. Amida hizo lo mismo, alcanzando a percibir antes una ligera curvatura en los labios de su hijo.

La mandíbula permaneció abierta durante algunos segundos. De su garganta salió un sonido bajo y áspero, acompañado por una expulsión de aire que apenas se imponía sobre el movimiento del agua; el cuerpo no avanzó durante la advertencia y la pata izquierda volvió a soportar menos peso que la otra.

Ambos permanecieron donde estaban. La distancia todavía era considerable y Amida, apenas adelantado respecto a su hijo, tampoco encontró motivo para intervenir. Dientes terminó cerrando la boca y retrocedió con cierta dificultad sobre la roca hasta que la parte trasera del cuerpo cayó dentro del canal; una vez en el agua se movió con mucha mayor facilidad, hundiéndose poco a poco hasta dejar únicamente una silueta oscura bajo la superficie. Durante un rato permaneció entre las zonas más profundas y después se alejó, dejando tras de sí algunas ondulaciones que acabaron mezclándose con el oleaje.

Hachibi esperó antes de acercarse al lugar que había ocupado. Las marcas llegaban desde el canal hasta la roca y se repetían en algunos espacios húmedos cercanos, pero al reconstruir el recorrido en sentido contrario apareció una diferencia que ya había estado presente durante buena parte de la mañana: cuanto más se alejaban del agua, menos señales quedaban del reptil. Las últimas impresiones reconocibles terminaban mucho antes de la pendiente que conducía al corral.

Su padre recorrió el mismo tramo y se detuvo cerca.

─No llegó hasta el corral.

El regreso comenzó por el mismo camino que habían utilizado para descender. Cerca de las ovejas habían encontrado pezuñas, calzado humano y los tablones vencidos hacia afuera; después aparecían las primeras manchas de sangre y solo bastante más abajo, cuando el terreno comenzaba a acercarse a la costa, surgían las impresiones anchas acompañadas por el roce del vientre y la cola. El rastro de Dientes no explicaba cómo había salido la oveja del cercado ni buena parte del recorrido anterior.

Al alcanzar nuevamente los restos, rodeó el cuerpo y apartó con cuidado la lana endurecida alrededor del cuello. Durante la primera revisión las perforaciones habían concentrado buena parte de su atención, pero la dentadura que acababan de ver hacía más evidente que no todas las lesiones pertenecían al mismo origen. Entre los grupos de heridas cortas y profundas había una abertura bajo la mandíbula que recorría el cuello de manera mucho más continua; las mordidas y el arrastre habían estropeado parte de los bordes, aunque no lo suficiente para confundirla con las marcas dejadas por aquellos dientes.

Amida se acercó cuando separó un poco más el pelaje y se agachó a su lado.

─Eso ocurrió antes de que comiera.

La conclusión coincidía con lo encontrado durante el descenso. Las primeras gotas de sangre aparecían mucho antes que las huellas del reptil, de modo que la oveja ya estaba herida cuando alcanzó la zona donde Dientes podía haberla encontrado.

Se incorporó y regresó algunos metros cuesta arriba, prestando ahora más atención a las pisadas humanas que durante la primera pasada. Había demasiadas alrededor del corral para distinguir a una sola persona: vecinos, curiosos y quienes encontraron los restos habían entrado y salido durante la mañana, pero muchas de aquellas marcas terminaban cerca de las viviendas o se desviaban hacia otros caminos. Conforme descendía por la pendiente, su número disminuía.

Cerca del punto donde habían aparecido las primeras gotas de sangre quedaba una impresión parcialmente protegida entre dos piedras. Correspondía a un pie calzado y el talón se hundía más por su extremo exterior; además, una pequeña sección de la suela no había dejado marca sobre la tierra, como si estuviera desgastada o le faltara parte del borde. Dentro de la misma impresión se había secado una gota de sangre sin quedar aplastada por el calzado, colocando la pisada antes que el sangrado sobre aquel punto del terreno.

Más abajo encontró otra marca semejante entre el pasto y después una tercera, mucho menos definida. Las tres acompañaban el mismo recorrido que habían seguido las pezuñas y las manchas.

─Alguien iba con ella.

Continuó hasta que la piedra volvió imposible conservar una impresión reconocible y regresó entonces hacia los restos buscando la misma irregularidad en sentido contrario. Cerca de la costa apareció otra huella orientada hacia Pedralba; el apoyo exterior del talón y la ausencia de una parte del borde coincidían con las anteriores. Alguien había descendido acompañando a la oveja y después había recorrido de vuelta buena parte del mismo trayecto, mientras las marcas de Dientes seguían limitadas a las cercanías del agua.

La versión con la que habían comenzado aquella mañana dejaba cada vez más cosas sin explicar. La oveja había abandonado el corral acompañada por una persona, comenzó a sangrar antes de alcanzar la costa y el animal al que pretendían atribuirle el ataque ni siquiera había dejado señales cerca de la villa. Que posteriormente hubiera mordido y comido parte del cadáver solo explicaba lo ocurrido al final del recorrido.

El camino de regreso hacia Pedralba comenzó sin necesidad de discutirlo. Amida siguió a su hijo y durante algunos minutos ninguno habló; al alcanzar nuevamente el terreno firme, las huellas terminaron mezclándose con el tránsito de los habitantes hasta dejar de ser útiles.

─Desde aquí ya no puedes seguir los pasos.

Hachibi se detuvo y reparó brevemente en el calzado de su padre. El hombre tardó poco en comprender la comparación y terminó haciendo lo mismo con sus propias sandalias.

─Pero la suela no cambia por entrar al pueblo.

Reanudaron la marcha.

A esas horas Pedralba estaba bastante más activa. Las puertas que encontraron cerradas al salir permanecían ahora abiertas, había animales en las calles y frente a los negocios se acumulaban botas, sandalias y zapatos cubiertos por diferentes cantidades de polvo o barro. Intentar encontrar una suela concreta revisando a cada habitante habría llamado más la atención de la necesaria, además de obligarlos a recorrer buena parte de la villa sin ninguna garantía de éxito.

La ruta desde la costa desembocaba, sin embargo, cerca del mismo sector por el que habían salido durante la mañana. Desde allí podían alcanzarse la plaza, varias viviendas y la taberna donde habían desayunado.

Tomó esa dirección.

El establecimiento tenía las puertas abiertas y el cantinero trabajaba detrás de la barra recogiendo algunas cosas que habían quedado desde temprano. Había menos clientes que durante el desayuno y ninguna voz rasposa llegaba desde el fondo del local.

Genzō no estaba.

El espacio donde lo habían visto recargado contra la pared conservaba barro seco alrededor de las mesas y cerca de la barra, nada extraño considerando el tránsito de la mañana. La limpieza, sin embargo, había dejado algunas impresiones incompletas junto al muro y una de ellas, pisada posteriormente por otros clientes, apenas conservaba la forma del talón.

Se agachó junto a ella.

En uno de los extremos faltaba el mismo segmento de suela que había encontrado camino a la costa.

La vivienda resultó fácil de reconocer aun sin conocer a su dueño. Era pequeña, levantada en piedra y madera sin demasiado cuidado por mantener una apariencia uniforme; junto a una de las paredes se acumulaban cajas vacías, una red enrollada y herramientas que habían pasado demasiado tiempo expuestas a la humedad. Cerca de la entrada había un banco bajo y, debajo, un par de botas cubiertas de tierra seca.

Una descansaba de lado.

Hachibi redujo la marcha y se agachó frente a ella. El borde exterior del talón estaba desgastado y una de sus secciones había desaparecido casi por completo; sacó el pergamino que llevaba utilizando desde el corral, lo desenrolló únicamente hasta alcanzar el dibujo de la huella y colocó ambos a suficiente distancia para compararlos sin mover todavía el calzado.

La ausencia estaba en el mismo lugar.

Entre las ranuras de la suela quedaban además restos de tierra oscura y pequeños granos de arena semejantes a los encontrados durante el descenso hacia la costa.

La puerta se abrió mientras terminaba de comprobarlo.

─¿Ahora qué quieren? ¿Ya mataron a la bestia?

El dueño de la casa apareció con la camisa mal cerrada y el cabello todavía más desordenado que durante el desayuno. Ya no parecía tan borracho como unas horas antes, aunque el olor a alcohol permanecía sobre él.

Hachibi terminó de enrollar el pergamino.

─¿Qué haces con mis botas?

El hilo ninja apareció entre sus dedos.

Genzō apenas alcanzó a separarse del marco antes de que el filamento rodeara una muñeca. Un tirón corto llevó el brazo hacia atrás y el segundo giro atrapó el contrario; el hombre perdió el equilibrio al intentar zafarse y terminó inclinado hacia delante mientras el muchacho aseguraba ambas manos a su espalda.

─¡¿Qué demonios haces?!

Amida permaneció junto al camino, contemplando el procedimiento con la misma tranquilidad con la que había seguido el resto de la investigación.

─Parece bastante evidente.

─¡Suéltame! ¡No pueden venir a mi casa y hacer esto por una maldita oveja!

La resistencia terminó por conseguirle otra vuelta de hilo alrededor de los antebrazos. Hachibi comprobó la tensión, recogió una de las botas y la sostuvo por la parte superior antes de comenzar a andar hacia la villa.

Genzō permaneció inmóvil unos segundos.

El hilo se tensó.

─¡¿También piensas arrastrarme?!

El Genin continuó caminando.

Su padre se incorporó al trayecto a su lado.

─Yo caminaría.

Aquello consiguió mejores resultados que cualquier explicación.

El regreso a Pedralba atrajo bastante más atención que la salida. Genzō alternó protestas, insultos y explicaciones que ninguno de los dos había solicitado; habló de Dientes, de los avistamientos anteriores, de la incompetencia de los vecinos y de aquello que eventualmente podía ocurrir si nadie se ocupaba del animal. Hachibi no intentó detenerlo ni obtener una confesión. Lo que el hombre quisiera decir durante el recorrido podía añadirse posteriormente como declaración espontánea, pero la detención no dependía de ella.

Al llegar ante el alcalde dejó la bota junto al escritorio y extendió el pergamino que había acompañado toda la investigación.

En la parte superior, donde horas antes había dejado espacio libre, ahora había un resumen.

REPORTE DE MISIÓN — DIENTES ENTRE LAS ROCAS

Conclusión preliminar: La muerte de la oveja no fue provocada inicialmente por la fauna marina identificada por los habitantes como «Dientes». Se encontraron indicios de intervención humana previa al contacto con el animal y evidencia compatible con el calzado de Genzō Nikoru. El ejemplar permanece en las costas de Pedralba y conserva capacidad suficiente para representar un riesgo independiente, por lo que la misión continúa.

Debajo permanecía la bitácora completa, organizada según el recorrido de aquella mañana: el estado del corral y la dirección de los tablones; la presencia de pisadas humanas entre las pezuñas; las primeras gotas de sangre antes de cualquier rastro atribuible al reptil; dibujos de las heridas encontradas en el cuello; la ubicación aproximada donde comenzaban las impresiones de Dientes; un esquema del animal, su dentadura y la dificultad apreciada en una de las patas delanteras; finalmente, el rastro humano de ida y regreso, acompañado por el dibujo de la suela incompleta y su comparación con la bota depositada frente al alcalde.

Hachibi sostuvo el extremo inferior del pergamino mientras el hombre leía y señaló sucesivamente el dibujo del talón y el calzado sobre el escritorio.

─¿Estás diciendo que él...?

El menor asintió.

Genzō volvió a tensar el hilo al intentar adelantarse.

─¡Lo que estoy diciendo es que esa cosa va a matar a alguien! ¡Nadie estaba haciendo nada y ahora resulta que yo soy el problema!

El alcalde continuó leyendo.

Las explicaciones quedaron a cargo del detenido.

Cuando terminó, enrolló despacio el documento y llamó a dos hombres de la villa para que asumieran su custodia mientras se revisaba formalmente lo ocurrido. Hachibi soltó el extremo del hilo únicamente después de que ambos se hicieron cargo de Genzō y dejó también la bota junto con el reporte como parte de lo entregado.
Una vez entregado Genzō junto con el reporte y las evidencias reunidas durante la mañana, todavía quedaba una anotación sin resolver. Dientes no había matado a la oveja, pero seguía siendo un animal de gran tamaño asentado demasiado cerca de Pedralba y, después de haber encontrado alimento en aquella zona, nada garantizaba que no regresara.

Hachibi extendió el pergamino sobre el escritorio y señaló la sección dedicada al ejemplar, donde había registrado su proximidad a la villa, la posible lesión en la pata delantera izquierda y la ausencia de una conducta abiertamente agresiva durante el encuentro. Su padre recorrió aquellas líneas antes de devolver el documento a la mesa.

─Yo me encargaré.

El menor alzó ligeramente la vista, pero el experimentado shinobi no añadió nada. Poco después tomó el camino hacia la costa, dejando a Hachibi en la villa para concluir la entrega del detenido y ordenar las últimas anotaciones del informe.

Pasaron varias horas antes de que regresara. La humedad alcanzaba la parte baja de sus prendas y algo de tierra se había adherido a las sandalias, pero fuera de aquello no había sangre, heridas ni señales de que hubiese sostenido un enfrentamiento. Cuando encontró a su hijo esperando alguna explicación, se limitó a acomodar una de las mangas antes de hablar.

─No volverá.

Aquello fue cuanto dijo sobre el asunto.

Los días posteriores terminaron respaldando la afirmación. Las impresiones que antes aparecían entre las zonas húmedas dejaron de encontrarse y quienes transitaban por aquel sector de la costa tampoco volvieron a informar de una figura grande moviéndose entre las rocas. Fuera cual fuera el método utilizado para alejarlo de Pedralba, Amida no consideró necesario incluirlo en ninguna conversación posterior y Hachibi tampoco llegó a conocerlo.
Masashi Kishimoto
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24-09-2026, 12:54 PM
¡Recompensas de Misión Entregadas!

Tema: [Automisión|C] Dientes entre las Rocas (TID 14987)
Tipo: Misión Autonarrada · Rango: C
  • Yato Hachibi — Autor (100%): 1000 Ryos, 10 Tobis, 90 Exp

¡Felicidades a todos los shinobi involucrados en esta misión! Que sigan forjando su leyenda.
Moderador Shinigami
Rango Staff
Clan Sin Clan
Nivel 3
Estadísticas
Generales
Fuerza0(1)
Destreza0(1)
Ctrl. de Chakra0(1)
Inteligencia45(2)
Especiales
Salud9
Velocidad9
Tenketsu12
Sigilo9
270
255
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24-09-2026, 12:55 PM
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