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Shinobi Gaiden - Foro Rol de Naruto   ›   Mundo   ›   Pais del Agua   ›   Kirigakure no Sato
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El Dragón el la morada
Hachibi
Rango Chuunin
Clan Heizu
Nivel 13
Estadísticas
Generales
Fuerza50(3)
Destreza40(2)
Ctrl. de Chakra100(5)
Inteligencia25(2)
Especiales
Salud10
Velocidad21
Tenketsu10
Sigilo15
570
635
Enlace al Post
27-08-2026, 06:48 AM
Última modificación: 27-08-2026, 07:43 AM por Hachibi.
Día 4 de Verano, año 150
Cansancio.
 
Ese día Hachibi entrenó menos de lo habitual. No lo llamó descanso, tal vez por orgullo o porque, técnicamente, había pasado parte de la mañana en el patio de entrenamientos. Completó los ejercicios matutinos, practicó algunos lanzamientos y replanteó varias veces los desplazamientos que habían fallado durante los enfrentamientos del segundo día, pero el cuerpo todavía conservaba suficientes recuerdos de las jornadas anteriores. El torrente de Sayuri seguía presente en sus brazos y el resto se confundía entre golpes, cansancio y dos misiones consecutivas durante el día anterior.
 
Regresó a casa antes de que el calor húmedo del verano terminara de apoderarse de Kirigakure, se cambió la ropa empapada y comenzó a limpiar sus armas. Había avanzado poco cuando escuchó la puerta. Su oído entrenado podía reconocer sutilezas, pero aquello carecía de delicadeza alguna: la cerradura giró, la madera se abrió y unos pasos atravesaron la entrada sin la menor intención de pasar desapercibidos. Una bolsa cayó sobre la mesa, algo metálico chocó contra ella y otra pieza de equipaje terminó junto a una silla.
 
Hachibi ni siquiera levantó una kunai. Permaneció sentado en el comedor, con el porta-kunais abierto frente a él y el resto de sus armas distribuidas sobre la mesa siguiendo un orden casi geométrico.
 
—Qué calor de mierda.
 
Ai Umi Terumi había regresado.
 
Entró mientras terminaba de soltarse el cabello negro y abundante, pegado todavía en algunos puntos por el sudor del viaje. Era alta incluso entre shinobi, de hombros amplios y una musculatura evidente bajo una vestimenta que priorizaba la movilidad sobre cualquier intento de disimularla. Sus brazos no estaban hechos para alardear fuerza, sino que tenían la densidad de alguien que llevaba demasiados años utilizándola. Los ojos azul grisáceos recorrieron la estancia hasta encontrar a su hijo y su expresión se iluminó.
 
—Mira nada más.
 
Hachibi permaneció sentado. Quieto. No parecía alerta y, sin embargo, había algo en aquella inmovilidad que recordaba a un animal tratando de confundirse con su entorno.
 
Ai dejó caer los guantes junto a las armas y se acercó sin esperar permiso. Le sujetó la mandíbula, le giró el rostro hacia un lado y luego hacia el otro, apartó varios mechones de la frente y retrocedió medio paso para abarcarlo entero.
 
—Otra vez creciste.
 
La barbilla del muchacho comenzó a elevarse por costumbre.
 
Ai levantó una ceja.
 
El movimiento fue insignificante. La memoria no.
 
Una palma descendiendo sobre su coronilla años atrás y devolviéndole la cabeza a una posición considerablemente menos altiva resonó en algún rincón antiguo de su memoria. Hachibi corrigió apenas el mentón antes de que aquella mano tuviera siquiera que levantarse.
 
Ai entrecerró los ojos, divertida.
 
—Al menos no se te olvidó todo.
 
Le revolvió el cabello antes de apartarse y el muchacho comenzó inmediatamente a corregir los mechones. Para entonces su madre ya estaba en otra cosa. Dio dos pasos hacia la sala, se detuvo, regresó, abrió un armario, luego otro y pasó un dedo por una repisa. La yema salió limpia.
 
—¿Quién o qué pasó aquí?
 
Hachibi guardó la kunai que estaba limpiando y comenzó a replegar despacio el resto de sus armas, como si retirarlas de la mesa pudiera librarlas también de aquella inspección. Ai abrió otro mueble y encontró los utensilios alineados por tamaño; comprobó la cocina, las provisiones, la ropa y varias superficies que no tenían ninguna necesidad real de ser revisadas. Todo estaba limpio, organizado y corregido hasta en esos pequeños desniveles que una persona razonable habría ignorado.
 
Finalmente abrió una ventana. Hachibi la había dejado a la altura precisa para permitir el paso del aire sin convertir la casa en refugio de polvo, insectos o cualquier cosa suficientemente pequeña para aprovechar la abertura.
 
Ai la abrió de par en par.
 
—Parece que esperabas una auditoría... o la visita de la suegra.
 
La ocurrencia pareció darle escalofríos a ella misma. Solo imaginar aquella presencia en la casa, con su dedo metiche, aquella forma de encontrar defectos donde no los había y los comentarios pasivoagresivos que podían envenenar una habitación como si fuera Kodon en lugar de Heizu, consiguió que torciera el gesto.
Hachibi atendió primero la ventana, luego a su madre y finalmente terminó de guardar las armas.
 
—Déjala respirar.
 
La Terumi continuó recorriendo la casa, movió una silla con la rodilla, dejó una cinta para el cabello donde encontró un espacio visible y abrió incluso un recipiente cuyo interior no tenía motivo alguno para interesarle. La inspección doméstica terminó solamente cuando recordó que había otra cosa que revisar.
 
—Ven.
 
Él ya sabía lo que significaba.
 
Ai le hizo levantar los brazos y comenzó por los antebrazos. Recorrió hombros, costillas y cuello sin preocuparse por invadir un espacio personal que cualquier otra persona habría tenido que negociar con bastante más cuidado. Apartaba tela, comprobaba marcas y tanteaba con los dedos allí donde encontraba algo sospechoso hasta detenerse junto a uno de sus costados.
 
—¿Y esto?
 
—Entrenamiento...
 
La respuesta no la convenció. Bastó el silencio sostenido para que Hachibi entendiera que no había terminado.
 
—Sayuri Yuki.
 
Ai presionó con dos dedos sobre el golpe y el abdomen del muchacho se endureció.
 
—Dolió.
 
No obtuvo respuesta.
 
—Entonces sí dolió.
 
Soltó la tela y continuó revisándolo. Encontró otras marcas menores, ninguna preocupante, y terminó inspeccionando sus manos.
 
—Tres días y ya parece que te estuvieron usando para probar jutsus.
 
Cuando Hachibi bajó los brazos, la venda alrededor del antebrazo izquierdo de su madre quedó demasiado expuesta para ser ignorada.
 
—Esto... no es nada.
 
Ai giró el brazo para demostrarlo, aunque la tensión del músculo contradijo ligeramente la despreocupación con la que intentaba despachar el asunto. El muchacho entrecerró los ojos.
 
Ella resopló.
 
—Puedo moverlo.
 
La expresión acusatoria no cambió.
 
—Está bien. Mira.
 
Se sentó junto a la mesa y comenzó a deshacer el nudo. La herida ya había cerrado, aunque un corte relativamente largo cruzaba parte del antebrazo y todavía había inflamación alrededor. Hachibi tomó el extremo de la venda antes de que cayera, la retiró por completo y comprobó la cicatrización. El índice recorrió con cuidado la piel cercana a la lesión, apenas un roce exploratorio que alertó la zona sin llegar a lastimarla; después volvió a vendarla con bastante más atención de la que probablemente había recibido en la primera curación.
Ai aprovechó aquellos minutos para seguir inspeccionando la habitación desde su silla.
 
—Realmente está demasiado limpia.
 
Hachibi terminó la tercera vuelta, aseguró la venda y mantuvo la palma sobre ella unos segundos, comprobando que no fuera a zafarse o quizá permitiéndose un gesto de cuidado que podía disfrazarse fácilmente de revisión.
 
Su madre flexionó los dedos, probó la movilidad y mostró los dientes en una sonrisa amplia.
 
—Mejor.
 
Aquello fue todo el agradecimiento que necesitó.

Desayuno
 
Ai había traído víveres. No demasiados, pero sí suficientes para convertir lo que Hachibi tenía pensado comer esa mañana en algo considerablemente más abundante. Sacó pescado seco, frutas y un paquete de arroz mientras él preparaba agua y terminaba de despejar la mesa.
Se sentaron frente a frente dejando un tercer puesto entre ambos.
 
Ninguno lo utilizó.
 
Ai mordió una fruta y comenzó a hablar antes incluso de que Hachibi terminara de acomodarse.
 
—Pasamos por el País de la Hierba. Había un festival cuando llegamos. No era parte de la misión, pero ya estábamos allí y uno no puede despreciar la cultura local.
 
Masticó otro pedazo mientras él continuaba con las preparaciones.
 
—Había puestos de comida, juegos, música... y sake. Mucho sake.
 
Hachibi dejó el vaso sobre la mesa.
 
Su madre lo señaló inmediatamente con la fruta.
 
—No me mires así. Estaba fuera de servicio.
 
Continuó describiendo los puestos, las decoraciones verdes y amarillas, las calles llenas de visitantes y una competencia donde había que acertar tres blancos pequeños con proyectiles de madera.
 
—El hombre del puesto dijo que nadie acertaba los tres. Me pareció que le hacía falta enterarse de que estaba equivocado, pero el muy cabrón hacía trampa. Tenía un mecanismo que movía el blanco justo antes del impacto y hacía parecer que habías tirado mal.
 
Ai se levantó a mitad de la explicación, atravesó la habitación y comenzó a rebuscar entre las cosas que había abandonado sobre la mesa.
 
—Y hablando de eso...
 
Encontró un pequeño pergamino y se lo lanzó. Hachibi reaccionó a tiempo para atraparlo antes de que le golpeara el pecho.
 
—Me gané esto.
 
Rompió el sello y desplegó el contenido. Una nudillera kunai apareció sobre la mesa, compacta, pesada y mucho más apropiada para una confrontación cercana que las armas que normalmente prefería utilizar a distancia. El acero estaba bien trabajado y pulido; el cuerpo devolvía el comedor en tonos plomizos mientras el filo respondía con un reflejo mucho más claro.
 
—Yo no la necesito —dijo Ai mientras recuperaba su asiento—. Tú sabrás qué hacer con ella.
 
Hachibi recorrió el arma con los dedos, comprobó su construcción y terminó volviéndola a guardar.
 
—Gracias.
 
—De nada.
 
Ai retomó la fruta.
 
—Después se incendió un puesto.
 
Las cejas del muchacho se alzaron apenas.
 
Ella comenzó a reír.
 
—No ese.
 
La explicación continuó sin que hiciera falta preguntarle.
 
—Había un tipo que decidió que un «no» significaba que tenía que insistir. Yo había bebido un poco.
 
La Terumi se encogió de hombros mientras terminaba otro bocado.
 
—El fuego fue accidental...
 
Elevó la vista intentando reconstruir sus propios recuerdos.
 
—Más o menos.
 
Con alcohol de por medio, era posible que algunos detalles se le estuvieran escapando de verdad.
 
La segunda historia nació prácticamente de la primera.
 
—También escoltamos a un comerciante durante cuatro días. Hablaba sin detenerse.
 
Se llevó ambas manos a la cabeza.
 
—Cuatro días.
 
Hachibi siguió comiendo.
 
—Preguntaba de todo: de dónde era, qué edad tenía, por qué llevaba el cabello así, si estaba casada... Al segundo día me preguntó si podía tocarme el cabello. Al tercero aprendió a caminar con una pierna lastimada.
 
La ceja volvió a levantarse.
 
—¡No fui yo, lo juro!
 
Ai soltó una carcajada y dejó caer ambas manos sobre la mesa.
 
—No directamente.
 
Aquello no mejoraba demasiado la historia.
 
Sin advertirlo, tanta expresividad empezó a filtrarse en el rostro del muchacho. No llegó a sonreír, pero la rigidez habitual había cedido lo suficiente para que escucharla dejara de parecer una actividad solemne.
 

Mediodía
 
Después del desayuno, Hachibi salió a limpiar el pequeño espacio exterior y revisar algunas cosas que había dejado pendientes. Ai permaneció dentro y todavía durante varios minutos siguió hablando desde la ventana cada vez que recordaba algún detalle adicional del comerciante.
 
En algún momento dejó de hacerlo.
 
Cuando el muchacho entró por agua, la encontró recostada en la silla, con los brazos cruzados y los ojos cerrados. La venda nueva seguía en su sitio. No dijo nada y volvió afuera.
 
Las siguientes tareas las hizo con menos ruido. Barrió, limpió el borde exterior de las ventanas y revisó una pequeña filtración junto al marco. Cerca de una hora después, al regresar, Ai abrió un ojo.
 
—No estaba dormida. Solo descansaba los ojos.
 
La afirmación terminó en un bostezo profundo.
 
Hachibi dejó la escoba.
 
Su madre se incorporó, estiró ambos brazos por encima de la cabeza y añadió:
 
—Es diferente.
 
El escepticismo del muchacho debió de resultar suficientemente evidente porque Ai decidió cambiar de tema. Se puso de pie, lo agarró por el cuello de la ropa y lo arrastró hacia afuera como si transportara a una cría felina. Hachibi tuvo que reajustarse toda la camisa cuando finalmente lo soltó.
 
—Enséñame cómo estás bloqueando.
 
Adoptó posición y Ai tardó pocos segundos en encontrar algo que desaprobar.
 
—Demasiado rígido.
 
Se plantó frente a él, apoyó una mano sobre su hombro y la otra en el costado.
 
—Si algo viene con suficiente fuerza para moverte, no siempre conviene demostrarle que eres más terco.
Empujó.
 
Hachibi resistió.
 
Ai aumentó la presión hasta que los pies comenzaron a deslizarse.
 
—Eso... estás intentando detenerlo todo.
 
Volvió a colocarlo en posición, girándole ligeramente la cadera.
 
—Deja que una parte pase.
 
El siguiente empuje encontró menos resistencia. Hachibi desplazó el peso y permitió que la fuerza recorriera un costado en lugar de recibirla de frente.
 
—Mejor. Contra agua funciona especialmente bien.
 
La utilidad de aquella observación habría sido particularmente apreciada dos días antes.
 
Ai enseñó los dientes.
 
—El moratón era bastante obvio.
 
Repitieron el ejercicio varias veces. La Terumi corrigió hombros, cadera y posición de los pies hasta quedar satisfecha.
 
—No siempre tienes que ganarle al golpe. A veces basta con no estar donde termina.
 
Hachibi repitió una vez más.
 
—También evité que Issei me partiera con sus espadas kunai.
 
Ai quedó inmóvil por un momento. Primero por escuchar una frase tan larga de boca de su hijo; después por el nombre.
 
El resto de la explicación llegó en fragmentos austeros. Niebla. Aokigan completo. Las flechas descendentes. Shikan Bakudan. El avance con ambas espadas. Retirada.  Ai pasó durante el relato de la incredulidad a la preocupación, luego a una indignación difícil de esconder y finalmente a un suspiro pesado cuando comprendió que  Hachibi había tenido el buen juicio de no responder a las provocaciones y continuar una pelea que no podía ganar.
 
Al menos aquella cabezonería no la había heredado completa.
 

Comida
 
Al mediodía prepararon algo sencillo, aunque prepararon era una palabra generosa. Hachibi cocinaba; Ai abría recipientes, robaba ingredientes y dejaba cada cosa donde no correspondía. En algún punto él abandonó el intento de limpiar detrás de ella.
 
Su madre cortaba verduras de tamaños completamente distintos y parecía más interesada en hacer que el filo golpeara la tabla que en producir cortes uniformes.
 
—...Era un pueblo junto a un río. Había llovido durante días y medio lugar estaba inundado.
Hachibi tomó varios trozos y volvió a cortarlos.
 
—¡Se cocinan igual! En cualquier caso, el puente estaba destruido y el barquero quería cobrarnos el triple.
 
Ai arrojó otro pedazo al bol.
 
—Le dije que no.
 
Esta vez Hachibi dejó de corregir las verduras.
 
—Nos cruzó gratis.
 
Una expresión peligrosamente satisfecha apareció en el rostro de la Terumi.
 
—Cuando le conté la historia del mercader que quería tocarme el cabello, simplemente reconsideró.
 
La cuarta historia llegó durante la comida. Ai había pasado por una ciudad costera donde una enorme criatura marina quedó atrapada entre redes de pesca. La misión original consistía en encontrar a un contrabandista, pero de alguna manera había terminado ayudando a liberar al animal.
 
—Era enorme.
 
Extendió ambos brazos.
 
—Más grande.
 
Los abrió todavía más.
 
Hachibi masticaba lentamente, completamente atento.
 
—Uno de los pescadores dijo que podía arrancarte un brazo.
 
La venda de Ai hizo inevitable cierta asociación.
 
—No fue eso —aclaró ella sin necesidad de que preguntara—. Esto fue otra cosa.
 
La criatura, según explicó, no había intentado atacarla. Estaba atrapada, agotada y aterrorizada. Ai cortó las redes mientras otros trataban de mantenerla quieta y, en cuanto consiguió liberarse, el animal salió disparado hacia mar abierto.
 
—Casi se llevó una barca.
 
Se rio mientras recordaba la escena.
 
—El pescador seguía dentro.
 
Hachibi dejó los palillos.
 
—¿Vivió?
 
—Sí.
 
Ai tomó otra porción.
 
—Creo.
 
El silencio del muchacho consiguió sacarle otra carcajada.
 
—Vivió. Lo que sí es seguro es que se hizo en los pantalones.
 
Después de comer, Ai volvió a ocupar la casa como si jamás se hubiera marchado. Abrió las ventanas más de lo que Hachibi prefería, movió cosas de un sitio a otro y pasó buena parte de la tarde hablando de lugares que él no conocía. No hacía falta preguntarle demasiado; cualquier silencio, objeto o bifurcación podía convertirse en otra historia.
 
Hachibi simplemente permanecía cerca y escuchaba.
 
La casa, normalmente silenciosa, estuvo llena de su madre durante horas.
 

La cena
 
Al caer la tarde, Ai insistió en preparar parte del pescado. Hachibi desistió de intervenir y buscó limones y fresas para preparar una bebida fresca.
 
—Hubo una vez —empezó ella mientras calentaba el sartén— que nos enviaron detrás de un hombre en el País de los Ríos. Un tipo enorme, barba roja, sombrero ridículo...
 
Hachibi partía las fresas y exprimía los limones dentro de un pichel.
 
—Había conseguido convencer a media aldea de que era un monje. No sabía una sola oración, ni un cántico siquiera.
 
Ai condimentó el pescado y lo dejó caer sobre la grasa caliente. La carne siseó mientras la llama se avivaba debajo.
 
—Pero era bastante...
 
Golpearon la puerta.
 
Tres toques cortos, separados con precisión.
 
Ai dejó el utensilio sobre la barra y apartó el pescado del fuego prácticamente en el mismo movimiento. La relajación acumulada durante la tarde desapareció mientras atravesaba la casa. Abrió y recibió un pergamino de manos de un shinobi que no necesitó entrar.
 
Rompió el sello.
 
Leyó.
 
—Claro.
 
Nada más.
 
El mensajero desapareció y Ai regresó enrollando nuevamente el documento. Desde la cocina, Hachibi exprimió el último limón, añadió las fresas y comenzó a revolver.
 
No preguntó.
 
Ella tampoco explicó.
 
Ai comenzó a recoger el equipo que había dejado disperso durante todo el día. El pescado volvió al fuego y Hachibi ocupó su lugar mientras su madre aseguraba herramientas, guardaba pergaminos y comprobaba el contenido de una bolsa.
 
La historia del hombre de barba roja quedó inconclusa.
 
Hachibi terminó el pescado, repartió el arroz y preparó varios envoltorios con velocidad inhumana. Separó la cena, añadió parte de lo que había quedado de la comida, algunas frutas, más arroz y dos botellas con la bebida fresca, acomodándolas junto al hielo para conservarlas frías durante el trayecto. Finalmente abrió la bolsa de papel que todavía guardaba del día anterior.
  
Quedaban panes.
 
Tomó tres y los añadió al equipaje.
 
Ai estaba demasiado ocupada ajustándose una protección sobre el brazo para reparar en todo lo que su hijo había ido colocando dentro, o para notar cómo el rostro del muchacho había recuperado poco a poco su habitual neutralidad.
 
—No necesito tanto.
 
Hachibi cerró el paquete y se lo sostuvo enfrente, no dijo nada, tampoco la miró. Ai dejó escapar el aire.
 
—Está bien.
 
Lo tomó sin discutir ni negociar.
 
Terminó de acomodarse el equipo, recogió los guantes y se dirigió hacia la entrada. Al pasar junto al mueble cercano a la puerta, el bolso rozó varias cosas y algo de cerámica raspó apenas contra la madera, perdido entre el resto del movimiento.
 
Ninguno se detuvo.
 
Ai abrió la puerta y permaneció un instante de espaldas a su hijo.
 
—Espero volver pronto...
 
La mano se cerró alrededor del marco. La madera crujió bajo sus dedos.
 
—Te extraño.
 
Hachibi no respondió. Ai tampoco se giró para buscar una respuesta. La puerta se cerró detrás de ella.
 
El silencio regresó.
 
Hachibi permaneció unos segundos donde estaba y después volvió a la cocina. Cenó, guardó lo que quedaba de comida, lavó los utensilios y limpió las superficies. Las sillas regresaron a su posición, las ventanas quedaron nuevamente abiertas a la altura correcta, retiró las migas y volvió a alinear los recipientes. La cinta para el cabello que Ai había dejado terminó guardada donde correspondía y la nudillera kunai encontró un sitio junto al resto de sus armas.
 
Después se bañó. El agua eliminó el sudor del entrenamiento de la mañana, el olor de la cocina y el calor acumulado durante el día. Se puso ropa de casa y, antes de retirarse, comenzó la última revisión.
 
Puerta trasera, ventanas, cerrojos, cocina, fuego apagado.Todo había recuperado su sitio.
 
Al volver hacia la entrada para comprobar una última vez el cierre principal encontró la única excepción.
 
El florero había quedado desplazado sobre el mueble, apenas unos centímetros y con una ligera rotación que amenazaba con acercarlo demasiado al borde. Hachibi se acercó y extendió la mano.
 
Espero volver pronto...
 
La figura de Ai regresó a su memoria de espaldas, ocupando el marco de la puerta con una mano aferrada a la madera.
 
Te extraño.
 
Los dedos se detuvieron antes de tocar la cerámica. La severidad habitual abandonó lentamente sus ojos y dejó paso a una melancolía tranquila que no necesitaba ocultar porque ya no había nadie allí para verla. Sus labios se curvaron apenas. Una sonrisa pequeña. Dolía más profundo que el torrente de Sayuri. El florero permaneció donde Ai Umi lo había dejado sin darse cuenta y Hachibi terminó la revisión.
 
Todo estaba en orden.
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Salto de foro:

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