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Shinobi Gaiden - Foro Rol de Naruto   ›   Mundo   ›   Pais del Agua   ›   Kirigakure no Sato   ›   Hospitales   ›   [Común] Entre libros, sangre y silencio, social abierto a cualquiera de Kiri
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Entre libros, sangre y silencio, social abierto a cualquiera de Kiri
Kairo
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18-08-2026, 08:32 PM
Última modificación: 19-08-2026, 03:36 AM por Kairo.
Primero de verano del 150.

La noche había caído sobre Kirigakure hacía ya varias horas. Desde fuera, la vivienda de Kairo no parecía especialmente distinta a cualquier otra de la aldea. Una luz permanecía encendida tras una de las ventanas, proyectando una tenue silueta sobre las cortinas, alguna sombra que se movía de vez en cuando al otro lado del cristal y, después, silencio. Mucho silencio. El tipo de silencio que parecía envolverlo todo cuando la mayoría de los habitantes de la aldea ya habían regresado a sus hogares.
Kairo pasaba buena parte de su tiempo allí dentro. No era precisamente alguien al que pudiera encontrarse con facilidad recorriendo las calles de Kiri, entrando en establecimientos concurridos o conversando despreocupadamente con otros jóvenes de su edad. Salía poco, lo estrictamente necesario, en realidad, y cuando lo hacía acostumbraba a hacerlo solo. No porque despreciara a los demás, sino porque nunca había aprendido demasiado bien cómo acercarse a ellos. Kairo era introvertido, observador y bastante más cómodo entre sus propios pensamientos que rodeado de personas. Podía permanecer varios minutos en una habitación escuchando una conversación sin intervenir una sola vez, mientras su cabeza registraba cada palabra, cada gesto y cada pequeño detalle. No tenía demasiadas amistades, ni vínculos especialmente estrechos, y mucho menos personas a las que pudiera llamar íntimas. Conocía a poca gente. Y, probablemente, poca gente lo conocía realmente a él.
Quizá por eso aquel pequeño laboratorio se había convertido, con el tiempo, en el lugar donde más cómodo se sentía. Sobre una de las mesas había varios libros abiertos, algunos pertenecientes a la biblioteca familiar y otros documentos mucho más antiguos, escritos a mano y cuidadosamente conservados. Pero la mayor parte de aquel material tenía algo en común: pertenecía a su madre. Kairo llevaba semanas revisando sus apuntes, estudiando tratados de anatomía, notas sobre circulación de chakra, estudios sobre heridas, primeros auxilios, informes médicos, observaciones sobre intoxicaciones y apuntes acerca de los efectos del chakra sobre el cuerpo humano. Incluso aquellos documentos cuya letra resultaba difícil de descifrar habían terminado llenándose de pequeñas anotaciones realizadas por él. El laboratorio comenzaba a parecer menos una habitación de trabajo y más el reflejo de una mente incapaz de abandonar una pregunta hasta encontrar una respuesta.
La luz de la lámpara iluminaba parcialmente su rostro mientras Kairo acercaba uno de los documentos hacia sí. Sus ojos recorrieron lentamente varias líneas antes de detenerse en un punto concreto. Frunció ligeramente el ceño y volvió a leerlo. Después comparó aquella información con otra página que había dejado abierta a su lado. Durante unos segundos permaneció inmóvil, hasta que finalmente tomó el lápiz y realizó una pequeña anotación en uno de los márgenes.
—Esto no puede ser correcto...

Volvió a leer una de las páginas. Después otra. Tomó un cuaderno y comenzó a comparar las observaciones de su madre con otro documento médico que había encontrado horas antes. No buscaba convertirse en un médico de la noche a la mañana. Ni siquiera estaba completamente seguro de tener el talento necesario para conseguirlo. Pero había tomado una decisión, quizá una de las pocas decisiones importantes que había tomado pensando realmente en su futuro. Algún día quería convertirse en un ninja médico al servicio de Kirigakure. No lo hacía por reconocimiento. Tampoco por prestigio. Ni siquiera porque le interesara especialmente que los demás supieran de lo que era capaz. Había algo mucho más sencillo detrás de aquella voluntad: quería aprender a mantener con vida a alguien cuando todo lo demás hubiera fallado. En una aldea shinobi como Kiri, donde las heridas, las misiones y la violencia formaban parte de la vida cotidiana, alguien tenía que ser capaz de permanecer al lado de un compañero cuando la batalla terminaba. Alguien tenía que saber qué hacer cuando el cuerpo dejaba de responder, cuando la sangre no dejaba de brotar o cuando el chakra de una persona comenzaba a agotarse. Kairo quería ser esa persona.
Aunque todavía no estuviera preparado. Aunque apenas conociera a nadie. Aunque su mundo se hubiera reducido durante demasiado tiempo a cuatro paredes, libros y la voz de su propia mente. Quizá existía cierta ironía en ello. Pretendía aprender a cuidar de otras personas cuando apenas sabía cómo relacionarse con ellas. Quería convertirse en alguien capaz de salvar vidas mientras pasaba la mayor parte de las suyas encerrado entre páginas y anotaciones. Pero Kairo no parecía encontrar ninguna contradicción en ello. Para él, simplemente eran cosas diferentes. Comprender un cuerpo era mucho más sencillo que comprender a una persona.

Pasó otra página.

Entonces encontró una anotación de su madre. La leyó una vez. Después otra.Y finalmente se quedó mirándola en silencio.

Durante unos segundos, su expresión cambió. Era difícil saber qué estaba pensando. Quizá recordaba a su madre. Quizá simplemente acababa de encontrar una pieza que llevaba días buscando. Sus dedos recorrieron ligeramente el borde de la página antes de que tomara el lápiz y escribiera cuidadosamente en el margen.
—Volver a comprobar.

Después cerró el libro. Solo durante unos segundos. Porque inmediatamente volvió a abrirlo. Era una costumbre casi absurda. Una página más. Una comprobación más.
Una duda más. Aquella noche tampoco dormiría demasiado. Mientras Kairo continuaba estudiando bajo la tenue luz del laboratorio, completamente ajeno a lo que pudiera estar sucediendo al otro lado de aquellas paredes, una cosa comenzaba a quedar clara. Todavía era un desconocido para muchos. Un muchacho solitario que rara vez se dejaba ver, alguien cuya presencia podía pasar inadvertida durante semanas entre la multitud de Kirigakure. No tenía demasiados amigos, no compartía intimidad con demasiadas personas y tampoco parecía tener especial interés en cambiar aquella situación de inmediato. Su mundo era pequeño, quizá demasiado pequeño, pero dentro de él había comenzado a crecer una ambición silenciosa.

Entre aquellos libros y aquellos apuntes estaba empezando a construirse el camino de un futuro ninja médico. Uno que todavía no sabía cuánto tendría que aprender, ni cuánto tendría que cambiar, ni a cuántas personas terminaría conociendo en el camino. Quizá tampoco sabía que aprender medicina significaría, tarde o temprano, tener que enfrentarse a algo mucho más complicado que los libros: las personas.

Por ahora solo tenía sus apuntes, sus dudas y una voluntad silenciosa de aprender. La noche siguió avanzando. Fuera, Kirigakure permanecía envuelta en humedad y oscuridad. Dentro, la lámpara continuaba encendida. Kairo pasó otra página.
Douma Kodon
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19-08-2026, 12:21 AM
La noche avanzada traía consigo ese aire denso y saturado de humedad que solía calar hasta los huesos en los pasillos de las instalaciones del clan. Douma avanzaba a paso silencioso por el corredor del laboratorio, con una carpeta rígida bajo el brazo y las manos albergadas en los bolsillos de su chaqueta. Como Genin y miembro del clan Kodon, le había tocado cumplir con la entrega de reactivos de inventario antes de dar por cerrada su jornada de ayuda.

Al cruzar frente a una de las divisiones de trabajo, la luz tenue filtrada bajo la puerta llamó su atención. No esperaba encontrar a nadie a esas horas; la mayoría de los investigadores y boticarios del clan solían recoger sus muestras bastante antes de la medianoche, y mucho menos un rostro que no tenía registrado.

Pospuso el paso y empujó la puerta con un movimiento ligero de nudillos, abriéndola lo justo para observar el interior. Allí, entre montañas de tratados de anatomía, notas médicas y documentos antiguos desperdigados sobre el escritorio, vio a un joven desconocido. Douma repasó mentalmente las fichas y rostros habituales del sector, confirmando al instante que nunca antes lo había visto. Sus ojos oscuros evaluaron la escena con frialdad táctica: el chico examinaba un volumen impresionante de apuntes sobre circulación de chakra e intoxicaciones con una devoción casi obsesiva.

—Vas a fundirte la vista si sigues usando esa lámpara tan baja —comentó Douma, rompiendo el silencio del espacio con su voz pausada y serena mientras terminaba de entrar y dejaba la carpeta sobre una mesa auxiliar.

Sus ojos recorrieron por un instante la mesa repleta de diagramas corporales e informes de primeros auxilios. La dedicación era evidente, pero encontrarse a un extraño revisando archivos a esas horas requería una mínima verificación.

—El inventario creo que ya está cerrado. Por si buscas algo—añadió el pelinegro, apoyando la cadera con naturalidad contra el borde de una mesa alta y cruzándose de brazos mientras sostenía la mirada sobre el muchacho— Si estás buscando fórmulas de neutralización o registros de trauma, los tomos más recientes los guardan en el ala oeste, no en estos archivos —.

Hizo una breve pausa, manteniendo esa calma observadora que lo caracterizaba antes de soltar la pregunta directa.—Te va a dar el amanecer aquí si pretendes revisar todo eso de un tirón —comentó con tono distendido pero atento—. Por cierto, no suelo ver caras nuevas a estas horas en el laboratorio. ¿Quién eres? —.
Kairo
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19-08-2026, 02:17 AM
La voz ajena atravesó el silencio del laboratorio con una facilidad que hizo que Kairo detuviera por completo el movimiento de su lápiz. Hasta aquel instante, el único sonido que había acompañado la habitación había sido el tenue roce del grafito contra el papel, el pasar ocasional de alguna página y el murmullo casi imperceptible de la humedad golpeando los cristales. No esperaba compañía. De hecho, a aquellas horas había asumido que prácticamente nadie tendría motivos para acercarse hasta aquella zona de las instalaciones del clan. Por eso, durante unos segundos, no respondió. El lápiz permaneció suspendido sobre el margen del documento mientras sus ojos se desviaban lentamente hacia la figura que acababa de entrar.
Lo primero que hizo Kairo no fue hablar.
Fue observar.
Sus ojos recorrieron al desconocido con una atención discreta, casi clínica, deteniéndose primero en la carpeta que llevaba consigo, después en la ropa, en la postura relajada y finalmente en su rostro. No parecía un investigador veterano, aunque tampoco tenía la apariencia de alguien que hubiera llegado allí por simple curiosidad. Había entrado con la seguridad suficiente como para saber dónde se encontraba y, por la forma en la que había hablado sobre los archivos, parecía conocer bastante bien la distribución del laboratorio. Kairo almacenó aquella información sin decir nada. No era exactamente desconfianza. Era, sencillamente, la manera en la que funcionaba su cabeza cuando alguien nuevo aparecía frente a él.
Finalmente bajó la mirada hacia la lámpara.
La observó durante un instante.
Después volvió a mirar sus documentos.
No parecía particularmente preocupado por sus ojos.
—Probablemente.
La respuesta salió con una naturalidad casi desconcertante, sin dramatismo alguno. Kairo dejó el lápiz sobre la mesa y se recostó ligeramente contra el respaldo de la silla. Durante unos segundos pareció valorar si aquello merecía alguna explicación adicional. Finalmente señaló con la mirada el montón de documentos que tenía delante.
—Pero si la bajo más, no voy a poder distinguir algunas de las anotaciones. Y si la subo demasiado, la tinta antigua se refleja sobre el papel.
Su mirada volvió entonces hacia el muchacho.
—Así que supongo que estoy eligiendo qué parte de mis ojos quiero destruir primero.
No había sarcasmo particularmente marcado en su voz. Más bien una especie de humor seco y tranquilo, casi involuntario. Kairo tomó de nuevo el documento que estaba estudiando y lo acercó ligeramente hacia la luz antes de volver a dejarlo sobre la mesa. La observación acerca del inventario, sin embargo, había llamado su atención de una forma distinta.
Aquello sí era información que podía resultarle útil.
Kairo dirigió la mirada hacia la carpeta que Douma había dejado sobre la mesa auxiliar. Después observó nuevamente los documentos que tenía delante, como si estuviera haciendo una rápida comprobación mental de todo aquello que había revisado durante las últimas horas.
—No estaba buscando nada del inventario.
Hizo una pequeña pausa.
—Aunque quizá debería haberlo hecho.
Con dos dedos tomó uno de los libros abiertos y lo cerró lentamente, dejando a la vista la cubierta envejecida. Era uno de los tratados que había pertenecido a su madre. Kairo mantuvo la mano sobre él durante unos segundos antes de apartarla.
—Estoy intentando entender algunas de las notas de estos archivos. La mayoría son de mi madre. Algunas están bastante bien explicadas. Otras parecen escritas pensando que quien las leyera ya sabía exactamente de qué estaba hablando.
Su mirada se desplazó hacia una de las páginas llenas de anotaciones.
—Y eso resulta bastante poco útil cuando precisamente estás intentando aprender.
Aquella última frase fue acompañada por un leve suspiro. Kairo no parecía avergonzarse de admitir que no comprendía algo. De hecho, había cierta honestidad en la forma en la que hablaba. No pretendía aparentar un conocimiento que todavía no poseía. Si algo no lo entendía, lo estudiaba. Si seguía sin entenderlo, volvía a estudiarlo. Y si después de todo aquello continuaba sin encontrar una respuesta, simplemente seguía buscando.
La indicación sobre el ala oeste hizo que Kairo alzara ligeramente las cejas. No demasiado. Pero lo suficiente como para dejar claro que aquella información había conseguido captar su interés.
—¿Los más recientes están en el ala oeste?
Por primera vez desde que Douma había entrado, Kairo pareció mostrar algo parecido a curiosidad genuina.
Apartó uno de los documentos y dejó espacio sobre la mesa.

—Eso no lo sabía.
Su mirada se quedó unos instantes sobre el otro Genin.

—¿Trabajas aquí habitualmente?
No había formulado la pregunta por simple cortesía. Era evidente que quería saberlo. Si Douma conocía la organización de los archivos, probablemente podría indicarle qué documentos merecía la pena consultar y cuáles no. Y para Kairo, encontrar a alguien que conociera aquel lugar resultaba bastante más interesante que mantener una conversación por el simple hecho de conversar.
Entonces llegó la última pregunta. Quién eres.
Kairo se quedó callado durante un momento.
Era una pregunta sencilla.
Ridículamente sencilla.
Y, sin embargo, se encontró pensando en ella más de lo necesario.
No porque no supiera su nombre. Eso sería absurdo. Sino porque no estaba acostumbrado a tener que presentarse ante desconocidos. La mayoría de las veces, cuando alguien quería saber algo sobre él, bastaba con que preguntara a otra persona. Kairo no era precisamente una presencia habitual dentro de las instalaciones del clan y tampoco había hecho demasiado esfuerzo por cambiar aquello.
Finalmente tomó aire y apoyó un brazo sobre la mesa.

—Kairo. Kairo Kodon.
Su mirada permaneció sobre Douma durante unos segundos antes de desviarse nuevamente hacia los libros.

—Soy Genin. Y estoy intentando aprender todo lo que pueda sobre medicina antes de tener que descubrir por las malas cuánto me falta por aprender.
La frase quedó suspendida en el aire durante unos instantes.
Kairo volvió a mirar el documento que tenía delante, pero esta vez no continuó leyendo inmediatamente.

—No suelo venir aquí a estas horas.
Una pequeña pausa.
—Aunque tampoco suelo hablar demasiado con gente que aparece de repente en mi laboratorio mientras intento estudiar.
No parecía una acusación.
Más bien una constatación.
Y, quizá por primera vez, una pequeña sonrisa apareció fugazmente en su rostro.
—Así que supongo que los dos estamos haciendo algo que no solemos hacer.
Kairo tomó nuevamente el lápiz y lo hizo girar lentamente entre sus dedos.
—Tú interrumpir a un desconocido a mitad de la noche. Yo responderle en lugar de fingir que no te he oído.
Su expresión recuperó aquella calma habitual.
—Podría ser peor.
Durante unos segundos volvió a mirar la carpeta que Douma había dejado sobre la mesa.
—Si realmente conoces los archivos del ala oeste, quizá puedas decirme qué debería buscar. Llevo varias horas intentando encontrar información sobre métodos de neutralización de toxinas sin tener que revisar otros veinte tratados de anatomía que ya he leído dos veces.
Kairo deslizó uno de los documentos hacia un lado, dejando libre una pequeña parte de la mesa.
—Y si no lo sabes, tampoco pasa nada.
Volvió a mirarlo.
—Pero ya que has conseguido encontrarme a estas horas, sería bastante absurdo que te fueras sin decirme al menos dónde están esos registros.
La habitación volvió a quedarse en silencio después de aquello.
Sin embargo, ya no era exactamente el mismo silencio.
Kairo no había vuelto todavía a sus apuntes.
Por primera vez aquella noche, parecía más interesado en la persona que tenía delante que en las páginas que llevaba horas estudiando.
[Imagen: e2e57210-3a42-4797-8ba3-9903ac2ca2e0-1.jpg]
Douma Kodon
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19-08-2026, 02:17 PM
Un matiz de ligera diversión cruzó el rostro de Douma ante la respuesta sobre la lámpara y la paulatina destrucción de la vista. Apreció la lógica franca del muchacho. No había rastro de altivez en sus palabras, solo un enfoque casi clínico sobre su propio cansancio y la tarea que tenía enfrente —Douma —respondió el pelinegro con voz pausada, dando un paso más hacia el interior de la estancia— Douma Kodon. También soy Genin —. 

Escuchar el apellido del otro muchacho hizo que ladeara levemente la cabeza, encajando las piezas con una mirada de rápida evaluación. Eso explicaba de golpe su presencia a altas horas en una zona restringida a los miembros de la familia y el acceso a los textos personales de su madre. La dedicatoria de Kairo hacia la medicina del clan cobró un sentido mucho más claro.

—Eso explica qué haces aquí metido a estas horas —añadió, apoyando los antebrazos sobre el respaldo de una silla vacía mientras observaba la montaña de tratados— Y sobre lo de interrumpirte... la verdad es que ver una luz encendida donde no debería haber nadie despierta cierta curiosidad. Considera que tuvimos suerte los dos: tú no tuviste que fingir que no estabas y yo no tuve que asumir que eras un infiltrado con pésimo sentido del horario —.

Douma dirigió la vista hacia el montón de libros sobre toxinas cuando Kairo le preguntó directamente por los registros del ala oeste. Se acomodó el cuello de la chaqueta, midiendo lo que realmente sabía para no venderle falsas expectativas.

—Trabajo ayudando con el inventario y la logística de reactivos cuando me asignan la guardia, pero no soy boticario ni médico —aclaró con total honestidad pragmática— Sé exactamente en qué estantes están los compendios de neutralización de toxinas del ala oeste porque me toca desempolvar los lomos y organizar las fichas, pero no me pidas que te explique la composición de los reactivos. Si quieres ir directo al grano sin leerte veinte tomos de anatomía, los registros de sintomatología y antídotos de emergencia están en el tercer anaquel del fondo, bajo el sello del clan. Son bastante más directos que las notas antiguas —.

Iba a sugerirle que podían ir a echar un vistazo rápido antes de que la luz del sol arruinara del todo la jornada, cuando un chasquido seco e inconfundible cortó el aire del pasillo.

!CRACK!

El sonido de vidrio grueso fracturándose y colapsando contra el suelo de baldosa resopló desde el fondo del corredor, seguido por un silencio denso y repentino.

Douma dio un salto sutil hacia atrás por puro reflejo, conteniendo el aliento un segundo mientras la mano derecha bajaba de forma instintiva hacia la funda de shuriken en su cadera. Un sobresalto genuino le recorrió la espalda; a esas horas de la madrugada, con el inventario cerrado y las presiones del laboratorio estabilizadas, el derrame o rotura de un contenedor no era algo normal en absoluto.

Recuperando la compostura con una exhalación rápida, se giró hacia la puerta y luego miró a Kairo con las cejas fruncidas y los ojos bien abiertos — De acuerdo... eso no sonó como un frasco pequeño cayéndose de una repisa —comentó Douma en un susurro tenso pero controlado, soltando su mano pero manteniendo la postura alerta— En este sector no hay nadie trabajando ahora. ¿Quieres ir a revisar qué fue eso? Porque definitivamente no es normal que el cristal del laboratorio se rompa solo a mitad de la noche —.
Kairo
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19-08-2026, 02:46 PM
Kairo se levantó de la silla con calma y comenzó a recoger algunos de los documentos que tenía desperdigados sobre la mesa. La idea de acercarse al ala oeste no parecía preocuparle demasiado; de hecho, la posibilidad de consultar aquellos registros había conseguido despertar bastante más interés en él que el hecho de tener que recorrer los pasillos del laboratorio a aquellas horas. Estaba a punto de guardar uno de los cuadernos cuando un sonido seco y repentino atravesó el silencio del pasillo.

¡CRACK!

Kairo se quedó completamente quieto. Durante unos segundos no hizo nada. Ni siquiera pareció respirar. Su mirada permaneció fija en la puerta, intentando localizar el origen exacto de aquel ruido. La punta del lápiz que todavía sostenía entre los dedos dejó caer una pequeña gota de tinta sobre una de las hojas. Kairo bajó la mirada hacia la mancha, como si aquello fuese, de alguna manera, lo más importante que acababa de ocurrir.
Después volvió a mirar hacia el pasillo y finalmente dirigió los ojos hacia Douma.

—Eso tampoco estaba en mis apuntes.

Había algo ligeramente absurdo en la situación. Hacía apenas unos instantes estaban hablando tranquilamente sobre documentación médica, registros de toxinas y antídotos, y ahora el propio laboratorio parecía haber decidido interrumpir la conversación por iniciativa propia. Kairo dejó finalmente el lápiz sobre la mesa y se acercó hasta la puerta, asomando ligeramente la cabeza para intentar ver algo entre la tenue iluminación del corredor.
Al principio no distinguió absolutamente nada.

Solo el pasillo vacío.

Sin embargo, unos segundos después pudo apreciar una especie de nube blanquecina que se desplazaba lentamente cerca del suelo. Kairo entrecerró los ojos mientras intentaba comprender qué estaba viendo.

—Eso definitivamente tampoco estaba ahí antes.

Retrocedió un paso y volvió a mirar a Douma. Su expresión seguía siendo tranquila, aunque resultaba evidente que empezaba a tomarse aquella situación bastante más en serio.

¿Tus conocimientos de inventario incluyen qué hacer cuando un laboratorio empieza a echar humo?

La pregunta salió con una seriedad casi absoluta, aunque una pequeña sonrisa terminó apareciendo en su rostro. Kairo no parecía estar especialmente alarmado todavía, pero tampoco tenía intención de quedarse sentado esperando a descubrir qué demonios estaba ocurriendo.

Tomó uno de los kunai que había dejado sobre la mesa y salió al corredor. No podía decir que tuviera demasiada experiencia enfrentándose a situaciones como aquella, pero quedarse dentro del laboratorio fingiendo que no había escuchado nada tampoco parecía precisamente una buena idea.

Siguió el rastro de aquella nube durante unos metros hasta llegar al origen del ruido. Allí encontró uno de los carros utilizados para transportar reactivos junto a la pared. Uno de los recipientes había terminado en el suelo y el cristal se encontraba completamente destrozado. Un líquido oscuro se había extendido alrededor de los fragmentos y comenzaba a desprender un olor extraño que Kairo no reconoció inmediatamente.
Se quedó observándolo durante unos segundos antes de mirar de nuevo a Douma.

—Bueno...

Se agachó ligeramente, manteniendo todavía cierta distancia respecto al líquido y evitando tocar cualquiera de los restos.

—Creo que ya sabemos de dónde ha venido el ruido.

Sus ojos recorrieron lentamente el recipiente roto y después el resto del carro. Algo no terminaba de convencerle. Había algo extraño en aquella escena, aunque todavía no conseguía determinar exactamente qué era.

—Y también creo que ahora entiendo por qué los registros de antídotos están en el ala oeste.

La curiosidad que había mostrado hasta entonces comenzó a desaparecer poco a poco mientras examinaba con mayor atención el carro. No parecía haberse volcado. De hecho, la mayoría de los recipientes continuaban perfectamente colocados en su sitio. Solo uno había terminado en el suelo.
Aquello no tenía demasiado sentido.

Kairo se inclinó un poco más, aunque mantuvo en todo momento la distancia suficiente para no tocar nada. Entre los fragmentos de cristal pudo distinguir una pequeña marca sobre el soporte metálico donde había estado colocado el recipiente.
Sus ojos se quedaron fijos en ella.

—Espera... continuó observando aquella marca durante unos segundos, intentando encontrarle algún sentido. Finalmente levantó la mirada hacia Douma. —Douma, creo que esto no se ha caído solo.

Por primera vez desde que aquel ruido había interrumpido su estudio, la expresión de Kairo cambió realmente. Ya no había diversión ni curiosidad en sus ojos, sino una preocupación mucho más evidente.

Miró una última vez el recipiente roto y después la nube que continuaba extendiéndose lentamente por el suelo.
—Será mejor que averigüemos qué ha pasado antes de que alguien termine respirando algo que no debería. La madrugada, que hasta hacía unos minutos parecía destinada únicamente a libros, apuntes y largas horas de estudio, acababa de complicarse bastante más de lo que Kairo habría esperado.
[Imagen: e2e57210-3a42-4797-8ba3-9903ac2ca2e0-1.jpg]
Douma Kodon
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24-08-2026, 10:56 PM
La seriedad en las palabras de Kairo sobre la marca en el carro cambió por completo la dinámica en el pasillo. La extrañeza del humo flotando a ras del suelo y el recipiente destruido dejaron de parecer un torpe descuido de almacén para convertirse en algo que requería una atención mucho más inmediata.

Douma avanzó un par de pasos firmes hasta colocarse junto a Kairo, manteniendo la distancia justa para no pisar el charco de líquido oscuro que se extendía sobre las baldosas. Se agachó levemente para examinar el metal doblado del soporte, siguiendo la misma línea de visión que su compañero. La deformación era clara: la pestaña metálica había cedido por una presión puntual, no por el balanceo natural del coche de transporte —Tienes razón, no fue un accidente —murmuró Douma, incorporándose de nuevo mientras echaba un vistazo rápido a lo largo del corredor iluminado a medias— La marca es demasiado limpia. Alguien forzó el frasco o estuvo aquí hace nada. Y si no hay nadie tirado en el suelo, significa que esta mezcla simplemente hace ruido y humo, pero no es tóxica —.

El pelinegro se giró hacia el resto de las salas que bordeaban el pasillo, descartando de golpe la idea de ponerse a limpiar el desastre en ese preciso instante. Si la sustancia no representaba un peligro real, perder el tiempo con paños y escobillas solo le daría ventaja a quienquiera que hubiese provocado la caída —El bote ya se rompió y la sustancia no es peligrosa —agregó Douma, señalando con la cabeza hacia una de las habitaciones contiguas al fondo del pasillo, cuya puerta de madera permanecía entornada — El ruido vino de este carro, pero la persona que lo causó no pudo haber salido por la entrada principal sin que nos cruzáramos con ella. La única opción es que se haya metido en el depósito secundario antes de que llegáramos —.

Echó a andar hacia esa estancia con paso medido y constante, manteniendo la mirada atenta a cualquier sombra. Con un empujón suave, abrió del todo la puerta de madera y ambos se adentraron en el lugar.

La habitación era un depósito auxiliar para el material de laboratorio, bastante más estrecho y penumbroso que el pasillo. Las paredes estaban cubiertas de estanterías de madera pesada abarrotadas de frascos vacíos, morteros de piedra y viejos rollos de papiro encuadernados. El ambiente olía a polvo acumulado y a hierbas secas. Sin embargo, lo que llamó la atención de Douma de inmediato fue el desorden reciente: en la mesa de trabajo del centro, varias cajas de madera estaban ligeramente desplazadas, y un par de rollos de etiquetas para reactivos yacían en el suelo, como si alguien los hubiera tirado al pasar a toda prisa.

Al fondo de la estancia, junto a una ventana alta con rejas de hierro por la que entraba la tenue luz de la luna, el pelinegro notó otro detalle clave: el pestillo de madera de la ventana estaba suelto y sobre el marco de piedra descansaba una fina capa de polvo que había sido removida recientemente, dejando las marcas frescas de unos dedos que se habían apoyado allí para impulsarse hacia arriba o para asomarse. Douma se detuvo a medio metro de la ventana, recorriendo con la vista las cajas desordenadas y las huellas sobre la piedra antes de girarse levemente hacia Kairo.

—Bueno... parece que llegamos un minuto tarde —comentó con su serenidad habitual, indicando con la cabeza las marcas del marco — Quienquiera que haya tirado el frasco no quería enfrentarse a nadie. Se metió aquí a toda prisa, desordenó este material buscando algo o tratando de esconderse, y al escuchar que veníamos, prefirió usar la ventana para salir hacia los tejados —.
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