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[Misión | D] ¡Pulgoso!
Naoto
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11-08-2026, 04:38 AM
11 de Verano del año 150,
Konohagakure - Zona Comercial
Misión protagonizada por Carina Aburame
Narrada por Naoto Heizu
¡Pulgoso!

Otro día en la oficina.

La encargada impartía órdenes a cada minuto. La cantidad de dinero que movían los servicios shinobi era exagerada. Todos eventualmente necesitarían contratar a soldados capacitados para resolver todo tipo de problemas. Las mesas estaban llenas de formularios, solicitudes y pequeños informes comerciales. Varias mesas se estiraban en un gran salón donde cada persona tomaba un problema en crudo, un dato, y lo procesaba culminando en un informe que, valga la redundancia, se transformaba en información. Y la información es dinero.

La oficinista con la tarea de entregar la misión a Carina era una joven. Novata. Encargada de misiones de rango E y D.

—Ejem… ¿Carina Aburame, cierto? —se aclaró la garganta y bajó la mirada para releer de nuevo lo que había escrito—. El informe indica que debes ir al distrito comercial. La zona sur, específicamente, porque los vecinos se están quejando de una infestación de pulgas. Es un trabajo sencillo. Descubrir el origen y eliminarlo.

La chica se acomodó los lentes y miró a un costado, hacia el mapa de Konoha, buscando en su cabeza alguna pieza que faltara explicar.

—Mmm… ¡Ah, sí! El comerciante que llegó con este problema es Tenma, de la Casa de Tejidos Yamase. Deberías empezar por allí.

Finalmente sintió que no debía agregar nada más y le entregó el pergamino de la misión a Carina para que pudiera examinarlo por ella misma.

—Buena suerte —dijo, sonriente.

Distrito comercial de Konohagakure no Sato
Zona sur


La zona comercial en general era amplia y poblada. Una mayor actividad se notaba en pleno verano, donde la gente se paseaba por el lugar buscando no solo las compras diarias, sino también visitando tiendas. Los mercados comunes y casas comerciales se entremezclaban con los festivales y eventos que diariamente se hacían en la ciudad a fin de contentar a la plebe. Puestos de los más variados se presentaban ante Carina: frutas, pescaderías, carnicerías, restaurantes, tiendas de ropa, vendedores ambulantes y almacenes. Las calles apenas podían mantener todo ese tráfico sin colapsar y, a los laterales, los estrechos callejones sucios eran utilizados como basural y zona de carga de mercancía. Junto a los caminos, pequeñas canaletas y drenajes despojaban el agua.

Pero a medida que uno ingresaba en la zona sur podía percatarse con rapidez de que los clientes disminuían y los comercios presentaban carteles improvisados que indicaban el cierre de la tienda hasta nuevo aviso. Durante el paseo que Carina daba, notó a los comerciantes sacudiendo sus alfombras, trabajadores hirviendo telas y arrojando agua sobre los suelos; otros movían sus pertenencias hacia el exterior.

La gente estaba inquieta.

Un hombre se sacudió el pantalón desesperadamente junto a la Aburame, a la par que una vecina acusaba a la dueña de una tienda de mascotas por haber desperdigado pulgas con sus animales. No faltaba quien podía ver una mina de oro sobre un problema cotidiano: vendedores ofreciendo repelentes milagrosos intentaban engañar a los clientes menos avispados y desesperados. Algunos lo conseguían.

Un perro mestizo, mediano, de pelaje marrón claro bastante desprolijo y orejas caídas estaba acostado cerca de un puesto de comida. Se rascaba una y otra vez. Algunos comerciantes lo espantaban cuando se acercaba demasiado, mientras otros parecían haberse acostumbrado a su presencia y hasta le dejaban restos de comida. El animal no parecía pertenecer a nadie en particular, aunque evidentemente conocía demasiado bien aquellas calles como para ser un recién llegado.

Casa de Tejidos Yamase

Su fachada tenía un cartel de madera que indicaba el nombre. El escaparate parecía haber tenido en el pasado grandes telas expuestas al público, pero ahora estaba todo vacío. Sus cortinas estaban levantadas y afuera estaban las alfombras colgadas para que la brisa veraniega las ventilara. Dos trabajadores se encargaban de golpearlas utilizando largas varas de madera, mientras junto a ellos descansaban cubetas con agua y algunos productos que habían sido comprados recientemente para intentar controlar la plaga.

Un cartel improvisado dejaba en claro la situación.

CERRADO TEMPORALMENTE.

Uno de los empleados observó a Carina antes de asomarse hacia el interior y llamar a su dueño. Tenma Yamase no tardó demasiado en aparecer. Era un hombre robusto que rondaba los cincuenta años, vestido con prendas sencillas de trabajo y un delantal que seguramente utilizaba para manipular los tejidos. Varias pequeñas marcas rojizas resaltaban sobre sus antebrazos, acompañadas por otras tantas que se había provocado él mismo de tanto rascarse.

—¿Usted es la ninja que enviaron? —preguntó primero, aunque la respuesta pareció importarle poco cuando escuchó el apellido de Carina—. ¿Aburame? Mejor. Por fin alguien que debe saber qué hacer con estos bichos.

Tenma se hizo a un lado para dejarla pasar. Su alivio no impidió que inmediatamente comenzara a descargar todo lo que llevaba acumulando durante los últimos días.

—Empezó hace cuatro días. Primero uno de mis empleados se quejó de unas picaduras, después encontramos pulgas entre las alfombras y al día siguiente ya estaban en los rollos. Limpiamos todo. Compré productos, lavamos, fumigamos... funcionan por unas horas y después aparecen otra vez. Tuve que cerrar porque nadie quiere comprar una tela y llevarse una familia de pulgas de regalo.

El interior mantenía el orden que podía esperarse de una casa dedicada a los tejidos, aunque la limpieza reciente había alterado bastante su aspecto habitual. Había estantes casi vacíos, rollos de diferentes colores apartados unos de otros y varias telas cubiertas mientras esperaban ser revisadas. Algunas pulgas podían encontrarse todavía desplazándose entre las grietas del suelo o escondiéndose entre los pliegues. También había ejemplares muertos cerca de los lugares donde habían utilizado los productos, una pequeña prueba de que los métodos empleados no eran completamente inútiles.

Entonces Tenma señaló hacia la calle.

—Yo ya sé de dónde vienen.

El perro que Carina había visto durante su llegada continuaba acostado casi en el mismo lugar, rascándose nuevamente detrás de una oreja.

—Ese pulgoso —dijo el comerciante con total convencimiento—. Lleva meses dando vueltas por aquí. Se mete a los negocios buscando sombra, duerme donde quiere y ahora no deja de rascarse. Desde que empezaron a aparecer las pulgas intento mantenerlo lejos, pero siempre vuelve.

El animal levantó brevemente la cabeza al escuchar algunos sonidos provenientes del negocio. Miró hacia ellos, bostezó y volvió a acostarse.

Tenma parecía tener su caso resuelto.

—Pulgoso. Así empezaron a llamarlo todos. No me vas a decir que el nombre no le queda.

Aun así, la propia distribución del problema ofrecía algunas dudas. El perro frecuentaba principalmente la entrada y la calle, pero Tenma explicó que aquel no había sido el primer lugar donde encontraron los parásitos. Después de avanzar entre los estantes condujo a Carina hasta la parte trasera del establecimiento, donde una puerta separaba el área comercial del depósito.

La habitación era considerablemente más pequeña y oscura. Grandes rollos de tela se acumulaban contra las paredes junto con cajas de madera, alfombras y algunas mercancías que todavía no habían sido puestas a la venta. Allí la cantidad de pulgas parecía mayor. Algunas desaparecían entre las fibras apenas se producía movimiento, mientras otras saltaban desde las grietas del suelo. También había varios ejemplares muertos producto de la fumigación del día anterior.

—Aquí fue donde empezó —explicó Tenma, esta vez deteniéndose en la entrada—. Uno de los muchachos estaba moviendo cajas y de repente tenía las piernas llenas. Limpiamos todo el depósito esa misma tarde. A la mañana siguiente estaban otra vez.

No había nada extraordinario a simple vista, aunque el depósito ofrecía bastante más para investigar que el salón principal. Algunas zonas inferiores de las paredes presentaban pequeños daños y marcas antiguas entre la madera. El polvo se acumulaba bajo las cajas más pesadas y, en distintos rincones, podían encontrarse restos que seguramente llevaban bastante tiempo sin ser limpiados.

Al fondo existía también una segunda salida.

La puerta trasera daba hacia uno de los estrechos callejones comerciales. Varias cajas vacías se acumulaban contra las paredes, acompañadas por bolsas de basura y desperdicios provenientes de diferentes negocios. Una canaleta atravesaba uno de los laterales hasta terminar cerca de una rejilla de drenaje. Desde allí el callejón continuaba detrás de los establecimientos vecinos, comunicando depósitos, cocinas y pequeños almacenes entre sí.

—Puedes revisar todo lo que quieras —comentó Tenma, señalando el depósito con ambas manos—. Pregunte a mis empleados, mueva cajas, mire las telas. Lo que necesites. Mientras encuentres de dónde salen esas cosas, me da igual.

El hombre comenzó a regresar hacia el salón principal, aunque antes volvió a mirar hacia la calle.

Pulgoso seguía rascándose.

—Y si resulta que realmente fue ese perro, por favor llévatelo bien lejos.

Tenma regresó entonces junto a sus empleados, dejando a Carina con libertad para comenzar su trabajo. El problema parecía sencillo.

Había un perro callejero cubierto de pulgas prácticamente frente al establecimiento y un comerciante completamente convencido de su culpabilidad. Pero la infestación había comenzado en el depósito trasero, precisamente uno de los lugares donde el animal menos acostumbraba entrar. Los productos utilizados habían conseguido matar parte de los parásitos y, aun así, cada mañana aparecían nuevos ejemplares. Por algún lugar estaban llegando.

Carina solamente tenía que descubrir por dónde.


Cita:● Nombre de la Misión: ¡Pulgoso!
● Información de la Misión: Durante los últimos días, comerciantes y clientes de la zona comercial de Konohagakure han comenzado a sufrir una extraña infestación de pulgas. Lo que inicialmente parecía un problema aislado en algunos animales callejeros se ha extendido rápidamente entre puestos, almacenes, telas y mercancías, obligando a varios negocios a cerrar temporalmente. Los métodos habituales para eliminarlas apenas han funcionado y, para empeorar la situación, algunos comerciantes aseguran haber visto concentraciones anormalmente grandes de estos diminutos parásitos desplazándose por determinados callejones. Carina deberá localizar el origen de la infestación, descubrir qué está provocando su rápida propagación y encontrar una forma de eliminarla antes de que alcance otras zonas de la aldea.
● Rango y Tipo de la Misión: Misión Normal / Rango D
● Fecha y Lugar: 11 de Verano del año 150 / Konohagakure - Zona Comercial
● Cantidad de Usuarios: Carina
● Cantidad máxima de horas por ronda: 48hs
Carina Aburame
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12-08-2026, 09:30 AM
Había algo particularmente maravilloso en recibir una misión relacionada con una infestación de insectos y descubrir, apenas llegar, que todos parecían estar haciendo exactamente lo contrario de lo que deberían hacer. Fumigar. Hervir. Sacudir. Culpar al perro. Sonreí.

-Sí, soy Aburame. Pero eso no significa que pueda preguntarles amablemente a las pulgas dónde viven.

Aunque sería extraordinario. Escuché a Tenma sin interrumpirlo mientras mis ojos recorrían el negocio detrás de los lentes de corazón. Cuatro días. Aparición inicial entre las mercancías. Limpieza completa. Fumigación. Desaparición temporal. Reaparición al día siguiente. Aquello último hizo que inclinara ligeramente la cabeza. Si estaban matando a los ejemplares presentes y aparecían nuevamente, entonces existía una fuente que no estaban alcanzando. Cuando señaló al perro, seguí la dirección de su dedo. Pulgoso. Lo observé durante unos segundos mientras se rascaba detrás de la oreja.

-Es adorable.

Probablemente aquella no era la conclusión profesional que Tenma esperaba de una kunoichi enviada para solucionar su problema.

-Y tiene pulgas. Muchas, seguramente. Pero tener pulgas no significa necesariamente haber iniciado una infestación. También podría ser otra víctima. Aunque admito que llamarlo Pulgoso antes de demostrar su culpabilidad perjudica muchísimo la imparcialidad de esta investigación.

Le dediqué una pequeña sonrisa antes de seguirlo hacia el depósito. Ahí fue cuando la misión dejó de ser una tarea desagradable y empezó a ponerse interesante. Me agaché cerca de una de las grietas del suelo. No necesitaba tocar inmediatamente los ejemplares. Primero quería observar. ¿Hacia dónde saltaban cuando algo perturbaba el suelo? ¿Había zonas con mayor concentración? ¿Adultos solamente? ¿Restos orgánicos? ¿Huevos? ¿Larvas? ¿Algún hospedador que nadie hubiese considerado todavía?

-Cuatro días visibles no significan cuatro días de infestación...

Murmuré más para mí misma que para Tenma mientras llevaba un dedo hacia mis labios. Mis dientes presionaron suavemente la uña durante unos segundos mientras ordenaba las posibilidades dentro de mi cabeza. Después miré hacia la puerta trasera. Depósito. Callejón. Basura. Canaleta. Drenaje. Ah. Eso estaba mucho mejor.

-No muevan nada todavía. Si limpian mientras investigo van a destruir precisamente las cosas que necesito encontrar.

Me incorporé y me acerqué primero a las cajas y mercancías acumuladas. Revisaría los espacios inferiores, grietas, restos abandonados y cualquier indicio de animales pequeños que pudieran estar utilizando aquel lugar como refugio. No buscaba únicamente pulgas. Buscaba pelos, excrementos, material de nido, pequeñas aberturas, huellas o cualquier señal capaz de demostrar que algún hospedador estaba entrando y saliendo del depósito sin ser visto. Después comprobaría la conexión con el exterior. La puerta trasera y el callejón resultaban muchísimo más interesantes que la entrada principal. Especialmente aquella rejilla. Me agaché frente a ella.

-Vamos a necesitar ojos más pequeños.

Una sonrisa fue creciendo lentamente sobre mi rostro. Desde mi cuerpo emergió uno de los integrantes de mi colonia, pequeño incluso comparado con los Kikaichū que normalmente utilizaba. Extendí la mano y permití que el insecto explorador avanzara hasta la punta de mi dedo.

-Tú eres perfecto.

Lo acerqué a la abertura. Mi intención era sencilla, enviarlo por aquellos lugares donde mi cuerpo no pudiera entrar. La rejilla del drenaje, huecos bajo las estructuras, grietas profundas entre las paredes y cualquier conducto conectado con el depósito serían recorridos potenciales. No necesitaba que encontrara inmediatamente el origen; necesitaba información. Saber hasta dónde continuaban aquellos espacios, si existían acumulaciones anormales de pulgas, restos animales, nidos o conexiones con otros establecimientos ya sería suficiente para reducir las posibilidades. Mientras él exploraba, nosotros haríamos exactamente lo contrario. Salí nuevamente hacia la calle. Pulgoso seguía allí. Me acerqué despacio y me agaché a cierta distancia del animal, apoyando los antebrazos sobre mis rodillas. Mis coletas cayeron hacia delante mientras lo estudiaba con una atención que seguramente habría resultado incómoda de tratarse de una persona.
✔Aprendida · 28-07-2026
◈Yang
✦Nivel: 1
#ID: ABUR003R
◔Coste
30 de Chakra
▣Descripción

El usuario ha desarrollado la capacidad de manipular dos tipos especiales de insectos individuales dentro de sus enjambres, manteniendo los mismos requisitos que los Kikaichū normales. La primera variante es el Insecto Explorador, un único insecto capaz de desplazarse a una zona específica para observarla y luego regresar al usuario para transmitir información visual detallada. Este viaje debe realizarse en dos turnos distintos, uno de ida y otro de vuelta, y el insecto tarda aproximadamente 2 segundos en entregar la información tras su retorno. Gracias a esto, el usuario puede reconocer el terreno o detectar enemigos sin exponerse directamente.

La segunda variante es el Insecto Reina, una unidad completamente inmóvil que actúa como punto de referencia para el resto de los insectos, guiándolos mediante la emisión constante de feromonas. Esta Reina no puede moverse por sí sola, por lo que debe ser colocada manualmente sobre una superficie, objeto, persona o estructura por el propio usuario. Tanto los enjambres como los Exploradores pueden localizar y regresar a su posición, y sus movimientos o ataques pueden ser dirigidos para que siempre se orienten hacia donde ella se encuentre. Además, gracias al rastro de feromonas, el Insecto Explorador puede informar al usuario de la dirección exacta en la que se encuentra la Reina sin necesidad de acercarse a ella. La Reina tiene un tiempo limitado fuera del cuerpo del usuario, y tras cualquier interacción con los insectos, al menos un enjambre prioriza su retorno seguro al cuerpo del Aburame. Si la Reina muere, no podrá ser reemplazada durante el resto del tema.

✧Efecto
2 (MCCK) de Turnos para la Reina Fuera del Cuerpo - 30 (MDES) de Rango Máximo
✔Aprendida · 05-08-2026
◈Especialidad
✦Nivel: Cero
#ID: ABUR301E
◔Coste
Sin coste indicado
▣Descripción

Esta especialidad permite un control superior sobre los dos insectos principales de la técnica Kikaichū: Kansen to Michibiki. El insecto explorador, al ser liberado, es capaz de cumplir su trayecto de ida y vuelta en un solo turno, transmitiendo su información al instante, en apenas un segundo, incluso si se encuentra dentro del cuerpo del usuario. Esta conexión directa permite que el usuario reciba datos precisos sin necesidad de interacción externa. Si el insecto se mantiene dentro del cuerpo, este puede detectar acciones sigilosas dirigidas al usuario, reduciendo la efectividad de técnicas de sigilo enemigas en ofensivas contra él. Para lograr esto, el usuario deberá mantener al insecto activo dentro de sí, pagando su costo y utilizando un enjambre para mantenerlo presente.

Por otro lado, la reina adquiere mayor autonomía. Esta podrá desplazarse por el área como cualquier otro kikaichū, sin causar efectos ni recibir daño alguno, permitiéndole una mayor movilidad estratégica dentro del combate. Aunque ahora puede moverse libremente, seguirá estando siempre escoltada por un enjambre propio que la acompaña en todo momento durante sus acciones, ya sea en desplazamiento o al regresar al usuario. Esta sincronización avanzada con ambos insectos amplifica las posibilidades tácticas del usuario, perfeccionando su red de control y comunicación.

✧Efecto
3 (MDES) de Reducción de Sigilo


-A ver, sospechoso número uno.

No pretendía espantarlo. Si me permitía acercarme, observaría su pelaje, las zonas donde más se rascaba y la intensidad aparente de la infestación. También quería saber si presentaba heridas, desnutrición o cualquier otra señal que indicara cuánto tiempo llevaba parasitado. Pero había algo todavía más importante. Quería saber dónde dormía. Un perro callejero podía recorrer medio distrito durante el día y regresar siempre al mismo refugio durante la noche. Si Pulgoso estaba relacionado con la infestación, seguir sus desplazamientos podía conducir hasta el verdadero foco. Y si no lo estaba, descubrirlo evitaría que acabaran expulsando al pobre animal simplemente porque alguien necesitaba un culpable fácil. Me acomodé los lentes con un dedo. 

-Tranquilo. Nosotros no creemos en culpables sin evidencia.

Hice una pausa.

-Bueno y si eres culpable, tampoco te preocupes. Solo queremos saber cómo lo hiciste.

Volví a sonreír. Aquello ya no parecía una simple misión para matar pulgas. Era una investigación. Y eso era muchísimo más divertido.
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12-08-2026, 06:42 PM
La afirmación de Carina consiguió que Tenma permaneciera unos segundos en silencio. Su mirada pasó de la joven hacia el perro, después nuevamente hacia ella, intentando encontrar qué parte de aquel animal desprolijo, rascándose con una pata trasera y tumbado al costado de la calle podía resultar adorable. Uno de los empleados que trabajaba junto a las alfombras tuvo que contener una sonrisa; el comerciante, en cambio, dejó escapar aire por la nariz y terminó encogiéndose de hombros. Si la kunoichi quería concederle el beneficio de la duda al principal sospechoso, no sería él quien discutiera con una Aburame sobre parásitos.

—Víctima o culpable, mientras deje de traer esas cosas a mi negocio me doy por satisfecho —respondió Tenma, acompañando sus palabras con otro vistazo poco amistoso hacia Pulgoso.

La siguiente indicación de Carina provocó una reacción bastante más inmediata. Uno de los empleados se quedó con una caja levantada entre las manos, otro dejó de golpear una alfombra y Tenma abrió la boca dispuesto a preguntar cuánto tiempo debían permanecer de aquella manera. Finalmente decidió obedecer. Después de cuatro días limpiando sin éxito, detenerse durante algunos minutos difícilmente podía empeorar las cosas.

El depósito permaneció entonces prácticamente inmóvil.

Sin manos sacudiendo telas ni cajas desplazándose de un lado hacia otro, resultaba mucho más sencillo reconocer aquello que había sobrevivido a las sucesivas limpiezas. Las pulgas no parecían distribuirse de forma homogénea entre la mercancía. Había ejemplares escondidos entre algunas alfombras y tejidos, pero las concentraciones más evidentes aparecían cerca del suelo, particularmente alrededor de las paredes y debajo de los muebles que llevaban más tiempo sin ser desplazados. Allí podían encontrarse pequeños puntos oscuros mezclados con el polvo, pelos cortos de tonalidades grisáceas y marrones, además de fibras arrancadas de algunas telas que habían sido amontonadas dentro de una abertura cercana al zócalo.

No pertenecían al perro.

Las marcas sobre la madera tampoco parecían recientes. Había pequeños sectores roídos alrededor de dos agujeros suficientemente grandes para permitir el paso de un animal pequeño y, detrás de unas cajas, los restos acumulados formaban algo semejante a un antiguo refugio improvisado con pedazos de papel, fibras textiles y fragmentos de embalaje. Varias pulgas desaparecieron rápidamente dentro de aquellas grietas cuando Carina perturbó las cercanías.

Todo indicaba que otros animales habían utilizado el depósito.

Sin embargo, ninguno apareció.

No hubo chillidos debajo de las cajas, carreras repentinas entre las paredes ni movimiento proveniente de los huecos. Los rastros estaban allí y algunos parecían bastante recientes, pero el lugar permanecía extrañamente silencioso para haber albergado una presencia tan constante.

El pequeño kikaichū enviado por Carina encontró un camino diferente.

Su tamaño le permitió atravesar los espacios de la rejilla y descender por una canalización considerablemente más amplia debajo de la calle. El conducto no transportaba demasiada agua durante aquella época del año; entre los pequeños cursos que todavía circulaban existían sectores secos cubiertos por polvo, desperdicios y materia acumulada durante meses. Numerosas aberturas laterales comunicaban aquella vía principal con otras canaletas y desagües pertenecientes a los negocios cercanos, formando una red bastante más extensa de lo que podía apreciarse desde la superficie.

Los rastros vistos en el depósito continuaban allí abajo.

Pelos.

Fibras.

Pequeñas marcas entre los residuos.

Y pulgas.

Al principio aparecían de forma ocasional, escondidas entre la suciedad o saltando ante cualquier perturbación. Conforme el recorrido continuaba hacia uno de los laterales del callejón, la presencia de los diminutos parásitos aumentaba. No parecían provenir únicamente de la Casa Yamase; aquella red inferior conectaba diferentes construcciones y ofrecía suficientes escondites para que cualquier pequeño animal pudiera desplazarse entre ellas sin necesidad de salir a las calles principales.
Varios metros más adelante, entre una acumulación de basura atrapada contra una pequeña bifurcación, había algo diferente.

Un roedor permanecía inmóvil sobre uno de sus costados.

El cadáver estaba parcialmente oculto entre trozos de papel húmedo y restos vegetales. No parecía reciente, aunque tampoco llevaba allí demasiado tiempo. Su pelaje conservaba pequeñas zonas irritadas y costras alrededor del cuello y el vientre, señales compatibles con la presencia anterior de numerosos parásitos. Curiosamente, sobre el cuerpo apenas quedaban pulgas. La mayoría se encontraba alrededor: sobre los desperdicios, entre las grietas cercanas y desplazándose por las zonas secas del conducto.

No había una colonia particularmente extraña.

Solo un animal muerto y demasiados parásitos sin demasiado interés en permanecer sobre él.

Mientras aquel reconocimiento continuaba bajo tierra, Pulgoso ofrecía una resistencia bastante menor en la superficie.

El perro observó a Carina acercarse sin abandonar su posición. Levantó ligeramente la cabeza cuando ella se agachó delante suyo y olfateó el aire varias veces antes de acercar el hocico hacia la mano que tenía delante. No parecía asustado por las personas; todo lo contrario. Después de comprobar que aquella nueva visitante no pretendía espantarlo, movió lentamente la cola contra el suelo y terminó inclinando el cuerpo hacia un costado para facilitarle involuntariamente el examen.
Pulgoso hacía honor a su nombre.

Había pulgas entre su pelaje, especialmente alrededor del cuello, detrás de las orejas y cerca de la base de la cola. Algunas pequeñas irritaciones cubrían la piel en los sectores donde más se rascaba, aunque no había heridas profundas ni señales de una infestación prolongada durante meses. El animal estaba algo sucio y su alimentación seguramente dependía demasiado de la generosidad de los comerciantes, pero su estado general era razonablemente bueno para tratarse de un perro callejero.

Las marcas provocadas por los parásitos parecían recientes.

Pulgoso soportó el examen con sorprendente paciencia hasta que algo procedente de uno de los puestos cercanos captó su atención. Las orejas se levantaron, el hocico giró y, pocos segundos después, el animal se puso de pie. Caminó entre los comercios con la confianza de quien conocía perfectamente el lugar, recibió un pequeño trozo de comida de un vendedor y continuó después hacia una de las calles laterales.

No se dirigió demasiado lejos.

Atravesó el mismo callejón situado detrás de la Casa Yamase y terminó acomodándose debajo de unas cajas, protegido del sol por la sombra proyectada entre dos edificios. A pocos metros se encontraba otra rejilla perteneciente al mismo sistema de drenaje que recorría el subsuelo.

El supuesto culpable dormía prácticamente encima del problema.

Desde la puerta trasera, uno de los empleados observó durante un momento cómo Carina examinaba las marcas del depósito. Era un muchacho bastante joven que había permanecido casi todo el tiempo ayudando con las alfombras. Cuando vio los pequeños restos acumulados detrás de las cajas, ladeó la cabeza y señaló hacia ellos.

—Eso debe ser de las ratas —comentó con naturalidad—. Antes entraban bastante por aquí.

Tenma, que regresaba en aquel momento cargando uno de los productos utilizados durante la fumigación, se detuvo.

—Ya no tenemos ratas —aclaró rápidamente, como si aquello representara al menos una victoria dentro de toda aquella desgracia—. Ese problema sí lo solucionamos.

El empleado asintió.

—Hace una semana todavía se escuchaban durante la noche.

La diferencia entre ambas fechas quedó flotando unos instantes.

Una semana.

Las pulgas habían comenzado a resultar evidentes hacía cuatro días.

Tenma dejó el frasco sobre una mesa y señaló vagamente hacia el callejón.

—No era solamente aquí. La carnicería, el almacén de la esquina y otros dos negocios estaban igual. Se metían por los depósitos y rompían los sacos. Entre varios comerciantes contratamos a un exterminador. Trabajó por toda esta parte, colocó productos en los callejones y dentro de los desagües. Desde entonces no hemos vuelto a ver una sola.

El hombre pareció satisfecho con aquella explicación hasta que reparó en la expresión atenta de quienes lo rodeaban.

—¿Qué? —preguntó, mirando primero a Carina y después hacia los agujeros de la pared—. Las ratas desaparecieron. Ese problema está resuelto.

Debajo de ellos, el pequeño explorador todavía tenía ante sí el cadáver de una.

Y no muy lejos, entre las bifurcaciones del drenaje, parecían continuar los mismos rastros hacia zonas donde la concentración de pulgas era todavía mayor.
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14-08-2026, 09:38 AM
Durante unos segundos me quedé completamente quieta. Una semana. Cuatro días. Mis ojos fueron desde los restos encontrados detrás de las cajas hasta Tenma, después al empleado y finalmente regresaron hacia los pequeños agujeros roídos en la madera. Una sonrisa comenzó a dibujarse lentamente en mis labios. 

-Ohhh...

Las ratas habían estado allí hasta hacía aproximadamente una semana. Después alguien había distribuido productos para eliminarlas por los depósitos, callejones y desagües. Las ratas desaparecieron y, pocos días después, las pulgas comenzaron a convertirse en un problema visible. Eso era muchísimo más interesante que un perro pulgoso. Me acerqué un poquito a Tenma, invadiendo casi inconscientemente ese pequeño espacio personal que las personas parecían considerar tan importante, y levanté un dedo delante suyo. 

-Corrección. Las ratas desaparecieron. No significa necesariamente que el problema se resolviera. Tenían una población de roedores viviendo debajo y alrededor de varios comercios. Esos roedores tenían parásitos. Contrataron a alguien para eliminar a sus hospedadores y pocos días después aparecieron montones de pulgas buscando algo nuevo de lo que alimentarse.

Incliné ligeramente la cabeza, todavía entretenida con aquella posibilidad. 

-Eso no demuestra todavía que una cosa causara la otra... pero es una coincidencia temporal preciosa. 

Preciosa científicamente, claro. Probablemente bastante menos preciosa para todos los comerciantes que llevaban cuatro días rascándose. La información transmitida por mi pequeño explorador terminó de desplazar mi atención hacia el suelo. Había encontrado pelos, fibras, marcas y pulgas siguiendo aquella red subterránea. También un cadáver de roedor con señales de haber sufrido una infestación considerable, aunque los parásitos prácticamente lo habían abandonado. Un hospedador muerto dejaba de resultar particularmente útil y una pulga hambrienta no tenía motivos para respetar los límites de una propiedad comercial.

-Pulgoso. 

Giré la cabeza buscando al acusado hasta encontrarlo cómodamente instalado bajo aquellas cajas, prácticamente encima de otra rejilla. Solté una pequeña risita. 

-Tienes una defensa bastante convincente. Duermes sobre una autopista de pulgas. 

Además, sus irritaciones parecían recientes. Aquello encajaba mucho mejor con otro afectado por el problema que con el responsable de haberlo originado. Sin embargo, todavía faltaba algo. La concentración de pulgas aumentaba conforme mi pequeño avanzaba por el drenaje. Detenerme ahora sería aceptar una respuesta antes de llegar al final de la pregunta y eso era simplemente inaceptable. Me agaché junto a la rejilla, apoyando los dedos sobre el borde mientras concentraba toda mi atención en la información que recibía del Kikaichū. 

-Continúa.

Le ordenaría avanzar siguiendo la dirección donde aumentara la presencia de parásitos, procurando no alterar innecesariamente el entorno. Quería conocer hasta dónde llegaba aquella concentración y, especialmente, encontrar cualquier acumulación de cadáveres, roedores todavía vivos, nidos, restos de alimentos, sustancias extrañas o conexiones con otros establecimientos. Si existían bifurcaciones, priorizaría aquella donde la presencia de pulgas y rastros de roedores fuese mayor.
Después me incorporé y regresé junto a Tenma, jugando distraídamente con uno de mis mechones mientras organizaba la siguiente pregunta. 

-Quiero saber quién fue el exterminador. Qué producto utilizó, dónde lo colocó exactamente y qué hizo con las ratas muertas. Especialmente esa última parte. 

Porque matar una población de hospedadores era una cosa. Dejar sus cadáveres infestados dentro de una red de drenajes era otra bastante distinta.
Mis ojos descendieron nuevamente hacia el suelo. 


-Y todavía no fumiguen nada. Mis pequeños están trabajando. Sería terriblemente descortés intoxicarlos mientras intentan arreglar el problema de ustedes. 

Finalmente miré hacia Pulgoso y sonreí. -

-Y nadie toca al perro. Por ahora pasó de sospechoso a muestra de campo. 

Hice una pequeña pausa antes de añadir, completamente seria. 

-Eso es un ascenso.
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14-08-2026, 04:18 PM
Tenma no pareció compartir el entusiasmo que Carina encontraba en aquella preciosa coincidencia temporal. Permaneció unos segundos mirándola después de escuchar la explicación, con los brazos cruzados y una expresión que lentamente abandonaba la seguridad que había mostrado hasta entonces. Miró hacia el depósito, después hacia el callejón y finalmente hacia Pulgoso, que seguía descansando debajo de las cajas ajeno al juicio que acababa de ganar parcialmente.

—¿Me estás diciendo que pagamos para solucionar el problema de las ratas y ahora tenemos pulgas porque solucionamos el problema de las ratas? —preguntó, con una visible molestia mientras intentaba encontrar alguna falla en aquella lógica.

El muchacho que anteriormente había mencionado a los roedores bajó la vista para disimular una sonrisa.

—Todavía no —respondió otro empleado desde el interior—. Dijo que es una coincidencia preciosa.

Tenma le dedicó una mirada que bastó para devolverlo inmediatamente al trabajo.

No tardaron demasiado en encontrar la información que Carina había solicitado. La contratación había sido compartida entre varios negocios, y Tenma conservaba el recibo precisamente porque cada comerciante había aportado una parte del dinero. El hombre revolvió algunos cajones detrás del mostrador hasta encontrar un pequeño papel doblado entre facturas y comprobantes. Allí aparecía el nombre de Genbei Maruta, un exterminador particular que trabajaba habitualmente en distintos sectores comerciales de Konoha.

—Vino hace siete días —explicó, entregándole el papel—. Revisó nuestros depósitos y dijo que el problema venía principalmente de los desagües. Utilizó un cebo tóxico. Lo puso en los agujeros, detrás de algunas cajas y también abajo.

Tenma señaló con un dedo hacia el suelo.

—¿Y las ratas muertas? —preguntó uno de sus trabajadores, adelantándose accidentalmente a la cuestión que Carina ya había planteado.

El comerciante abrió la boca. Tardó un poco más de lo esperado en responder.

—Supongo que... abajo.

La respuesta no fue demasiado convincente.

Genbei había retirado los ejemplares que murieron dentro de los establecimientos o aquellos que quedaron visibles en los callejones, pero nadie había ingresado en el sistema de drenajes. Según les explicó entonces, los demás animales consumirían el producto, regresarían hacia sus refugios y morirían allí. Los comerciantes habían aceptado aquello sin demasiadas preguntas; al fin y al cabo, dejaron de escuchar carreras durante las noches, dejaron de encontrar sacos rotos por las mañanas y, en cuestión de pocos días, las ratas desaparecieron.

Nadie se había preocupado demasiado por averiguar adónde.

Hasta ahora.

La exploración de Carina comenzaba a dar una respuesta bastante desagradable.

El pequeño kikaichū continuó siguiendo la ruta donde la concentración de parásitos aumentaba. La primera bifurcación conducía hacia otro establecimiento, pero allí la cantidad volvía a disminuir. El segundo recorrido resultó diferente. La canalización descendía ligeramente y atravesaba varios metros por debajo de las construcciones hasta alcanzar una cámara donde diferentes drenajes convergían antes de continuar hacia una tubería mayor.

Aquello había servido durante bastante tiempo como refugio.

Pedazos de tela, papel, paja, restos de comida y desperdicios formaban varios nidos improvisados contra las paredes. Había agujeros entre las piedras y pequeñas galerías abiertas detrás de unas viejas tablas abandonadas. Las señales de actividad eran numerosas.

Las ratas también.

Solo que ninguna se movía.

El primer cadáver encontrado por el explorador no había sido una excepción. Había más cuerpos desperdigados alrededor de los refugios, algunos parcialmente ocultos entre residuos y otros amontonados cerca de los sectores secos. Unos pocos parecían llevar muertos casi una semana; otros posiblemente varios días menos, como si el veneno hubiese actuado progresivamente sobre aquella colonia.

Las pulgas, en cambio, estaban muy vivas.

No permanecían sobre los cadáveres. Se encontraban entre los nidos, el polvo, las fibras y las pequeñas grietas de aquel lugar. Algunas saltaban alrededor de los conductos que comunicaban con los negocios mientras otras permanecían escondidas entre los desperdicios acumulados. La cantidad era considerablemente superior a cualquier concentración observada hasta el momento en la superficie.

Entre los residuos de los nidos podían distinguirse pequeños organismos blanquecinos, diminutos incluso comparados con los ejemplares adultos. Larvas. En otras zonas se encontraban huevos mezclados con polvo, materia orgánica y restos producidos por los propios parásitos. La fumigación de los comercios podía eliminar a las pulgas que saltaban sobre las telas o picaban a las personas, pero no alcanzaba aquella cámara ni buena parte de las grietas interiores.

El problema estaba reproduciéndose debajo de sus pies.

Y cada vez que una nueva generación necesitaba alimentarse, las conexiones del drenaje ofrecían múltiples caminos hacia arriba.

La ruta que había seguido el kikaichū permitió ubicar aproximadamente el punto desde la superficie. No se encontraba demasiado lejos de la Casa Yamase. Siguiendo el callejón hasta la parte posterior de una carnicería, existía una vieja tapa rectangular de mantenimiento prácticamente oculta bajo dos cajas vacías y una tabla apoyada contra la pared. La suciedad acumulada alrededor demostraba que nadie la abría desde hacía bastante tiempo.

Cuando Tenma fue informado del hallazgo, abandonó el negocio junto a dos de sus empleados y siguió la dirección señalada. Apartaron las cajas y dejaron al descubierto el acceso. Un asa metálica oxidada permanecía incrustada en el centro.

—Eso lleva años ahí —comentó uno de ellos—. Pensé que era parte del desagüe.

Tenma se llevó ambas manos a la cintura.

—Es parte del desagüe.

—Bueno. Entonces tenía razón.

Otra mirada consiguió terminar con aquella conversación.

La tapa cedió después de hacer algo de fuerza. Apenas levantaron uno de sus extremos, el olor encerrado en las canalizaciones salió hacia el callejón y obligó a los tres hombres a alejarse casi simultáneamente. Tenma se cubrió la nariz con el antebrazo y observó la abertura con una mezcla bastante evidente de asco y arrepentimiento.
No hacía falta descender para confirmar todo aquello que el insecto había encontrado.

La luz que entraba desde arriba alcanzaba parcialmente el fondo y permitía distinguir desperdicios, restos de nidos y al menos dos cuerpos de roedores cerca del acceso. Algunas pulgas comenzaron a saltar entre los bordes perturbados por la apertura, provocando que uno de los trabajadores retrocediera inmediatamente.

—Ciérralo. Ciérralo. Ciérralo —pidió Tenma, señalando la tapa con insistencia.

La dejaron apoyada nuevamente, aunque esta vez las cajas no regresaron encima.

Pulgoso se había acercado atraído por el movimiento. El perro olfateó desde algunos metros de distancia antes de recibir una orden bastante más amable que las anteriores.

—Tú ni te acerques —murmuró Tenma.

El comerciante permaneció observándolo unos segundos.

—Supongo que te debemos una disculpa.

Pulgoso se sentó.

—No exageremos.

La situación, al menos, comenzaba a tener sentido. La colonia de ratas había vivido durante meses alrededor de los comercios, utilizando los desagües como rutas entre depósitos y fuentes de alimento. Sobre aquellos animales también existía una población de pulgas que difícilmente había llamado la atención mientras tuviera hospedadores disponibles. El exterminio terminó con buena parte de los roedores en muy poco tiempo, pero sus cadáveres, nidos y parásitos permanecieron en el subsuelo.

Sin animales vivos de los cuales alimentarse, las pulgas habían comenzado a dispersarse.

Los perros callejeros, gatos, comerciantes, clientes y cualquier otro cuerpo caliente que apareciera en las cercanías se convirtieron en alternativas bastante convenientes.

Matar las pulgas visibles nunca había atacado el verdadero foco.

Tenma regresó la atención hacia Carina. Había perdido cualquier deseo de defender su teoría inicial y, por primera vez desde que ella llegó, parecía más interesado en escuchar que en explicar.

—Muy bien, señorita Aburame —dijo mientras se rascaba nuevamente uno de los antebrazos y miraba de reojo la tapa del drenaje—. Usted tenía razón. El perro no empezó esto y las pulgas están saliendo de ahí abajo.

Hizo una pausa.

—¿Y ahora qué hacemos?

No bastaría con fumigar nuevamente la Casa Yamase. Había varios negocios conectados al mismo sistema, una cámara repleta de cadáveres y nidos que retirar, animales callejeros que ya habían adquirido los parásitos y mercancías donde algunos ejemplares podían permanecer ocultos.

Esta vez, si querían que no regresaran al día siguiente, tendrían que limpiar todo de una sola vez.
Carina Aburame
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17-08-2026, 09:16 AM
La pregunta de Tenma consiguió que mis ojos se abrieran un poquito más detrás de los lentes de corazón. ¿Qué hacíamos ahora? Una sonrisa apareció inmediatamente en mi rostro. Aquellas eran palabras preciosas. No porque significaran que finalmente me estaba dando la razón, aunque eso siempre tenía cierto encanto, sino porque habíamos superado la etapa aburrida de descubrir qué estaba ocurriendo. Ahora podíamos experimentar con la solución. 

-Ahora hacemos las cosas bien. 

Mis dedos se entrelazaron delante de mi cuerpo mientras miraba hacia la tapa. 

-Ohhh, esto va a ser divertido.

Caminé alrededor del acceso como si acabaran de enseñarme la entrada a un laboratorio maravilloso en lugar de una alcantarilla llena de cadáveres, desperdicios y parásitos. Mi cabeza ya estaba separando mentalmente el problema en pequeñas partes. El foco no era una pulga, ni una rata, ni siquiera aquella cámara. Era un ciclo. Un sistema diminuto funcionando perfectamente mientras nosotros llevábamos días intentando combatir únicamente aquello que conseguíamos ver. 

-¿Entiendes lo bonito que es esto, Tenma? 

Pregunté, girándome hacia él con una expresión completamente fascinada. 

-Ustedes estaban luchando contra individuos. Pero los individuos no importan demasiado cuando el sistema que los produce sigue funcionando.

Hice una pequeña pausa y mi sonrisa creció todavía más. 

-Es casi como una colonia. Una bastante desagradable, pero no voy a discriminarla por eso.

Entonces levanté una mano antes de que alguno interpretara mi entusiasmo como permiso para empezar a arrojar productos dentro del agujero. 

-Nadie hace nada todavía. 

La frase salió alegre, aunque la orden era bastante seria. Si cada comerciante comenzaba a limpiar su pequeño pedazo por separado, solo conseguiríamos volver a desplazar el problema. Quería saber qué negocios estaban conectados a aquella misma red y hasta dónde alcanzaba realmente el foco antes de tocarlo. Mi pequeño explorador todavía podía hacer muchísimo trabajo sin necesidad de mandar personas a gatear por conductos infestados. 

-Primero hacemos un mapa. Después atacamos todo junto. Si empezamos a molestarlas desde un extremo antes de cerrar los demás, podemos conseguir que nuestra preciosa población hambrienta busque nuevos lugares donde vivir. Y personalmente preferiría no descubrir hasta dónde pueden extenderse por ensayo y error.

Volví a concentrarme en mi pequeño. Ahora que conocíamos el foco principal, cambiaría ligeramente su trabajo. Quería recorrer las conexiones inmediatas de aquella cámara y determinar qué salidas llevaban hacia negocios, callejones u otros accesos que pudieran servir como rutas de dispersión. No necesitaba explorar cada centímetro del sistema de drenaje; me interesaban especialmente los puntos donde todavía aparecieran concentraciones importantes de pulgas, huevos, larvas o restos de antiguos nidos. Si existían otros focos secundarios, debíamos conocerlos antes de iniciar cualquier limpieza. Mientras esperaba aquella información, dirigí mi atención hacia los comerciantes. 

-Necesito que avisen a todos los negocios afectados. Nadie fumiga por su cuenta, nadie mueve mercancías infestadas hacia otro sitio y, por favor, nadie decide que una excelente solución sería tirar todas sus alfombras llenas de pulgas en el callejón del vecino. 

Miré durante un instante al empleado bromista. 

-Aunque científicamente sería interesante observar cuánto tarda en comenzar una guerra comercial, hoy estamos investigando otra cosa.

Después señalé hacia el acceso. 

-Cuando sepamos hasta dónde llega, habrá que retirar los cadáveres, los nidos y toda esa materia acumulada. No solamente matar lo que salta. Todo. 

Mis manos acompañaron la explicación con movimientos cada vez más animados. 

-Y después tratamos simultáneamente los puntos conectados. Depósitos, grietas, zonas de descanso de animales y cualquier mercancía donde puedan esconderse. Si dejamos uno de esos lugares intacto, tendremos supervivientes y volveremos a empezar. 

Aquella última posibilidad me produjo una expresión momentáneamente pensativa. Repetir el experimento sería interesante. Tener que repetir la misión porque deliberadamente había dejado pulgas vivas, probablemente menos defendible frente a la administración. Mis ojos terminaron encontrando nuevamente a Pulgoso. Me acerqué hasta él y me agaché frente a su hocico con absoluta seriedad. 

-Y tenemos pacientes. 

Extendí lentamente una mano para acariciarle la cabeza si me lo permitía. 

-Tú necesitas tratamiento, señor muestra de campo. Y tus compañeros también. 

Si otros perros o gatos frecuentaban aquella zona, expulsarlos simplemente llevaría las pulgas adheridas a ellos hacia otros sectores. Lo razonable sería identificar a los animales afectados y conseguir que recibieran tratamiento mientras se eliminaba el foco ambiental. Permanecí acariciando al perro unos segundos más antes de mirar hacia Tenma. 

-Así que necesito tres cosas. Comerciantes coordinados, alguien capaz de retirar y destruir todo ese material sin repartirlo por media Konoha y tratamiento para los animales infestados. 

Levanté tres dedos mientras enumeraba cada punto y después bajé lentamente uno de ellos. 

-Bueno, cuatro. Quiero hablar con Genbei. 

Mi sonrisa reapareció de inmediato. 

-Tengo muchísimas preguntas sobre su veneno.

Solo imaginar aquella conversación consiguió que comenzara a jugar con uno de mis mechones. ¿Cuánto había utilizado? ¿Qué sustancia? ¿Cuánto tardaba en actuar? ¿Había calculado dónde morirían los animales? ¿Había considerado los ectoparásitos? ¿Había observado algún comportamiento extraño antes de abandonar el lugar? Cada pregunta producía otras dos y aquellas otras dos generaban cuatro más. Mordí suavemente mi pulgar mientras intentaba ordenar aquella pequeña explosión dentro de mi cabeza.

-Mmm...

Cerré los ojos durante un par de segundos. Mucho mejor. Cuando volví a abrirlos, señalé hacia la tapa con una sonrisa peligrosamente entusiasmada. 

-Primero terminamos de observar. Después limpiamos. Después comprobamos si funcionó. 

Me incliné ligeramente hacia Tenma. 

-Y después volvemos a comprobarlo. Porque asumir que algo está solucionado solo porque dejamos de verlo fue precisamente lo que nos trajo hasta aquí.

Me enderecé satisfecha y llevé ambas manos detrás de la espalda. La misión que inicialmente consistía en encontrar unas pulgas acababa de convertirse en una pequeña investigación ecológica sobre hospedadores, parásitos, reproducción y alteración artificial de un ecosistema urbano. Era difícil pedir algo mejor. Miré nuevamente hacia el agujero. 

-Qué criaturas tan maravillosas.

Entonces recordé a los comerciantes rascándose.

-Las pulgas. No ustedes.
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18-08-2026, 08:17 PM
Para desgracia de Tenma, hacer las cosas bien resultó ser considerablemente más trabajoso que culpar a un perro.

La noticia recorrió aquella parte del distrito comercial con una velocidad sorprendente. Los propietarios de los establecimientos afectados comenzaron a reunirse en el callejón detrás de la Casa Yamase, algunos atraídos por la posibilidad de abrir nuevamente sus negocios y otros porque querían comprobar personalmente qué demonios había estado viviendo debajo de sus pies. La explicación tuvo que repetirse más de una vez: las pulgas que llevaban días intentando exterminar no aparecían por generación espontánea entre las alfombras, tampoco habían llegado en las mercancías y Pulgoso podía conservar, por el momento, su dudosa inocencia. El verdadero problema se encontraba en los drenajes, donde la exterminación de la antigua población de ratas había dejado cadáveres, nidos y una considerable cantidad de parásitos sin hospedador.

No todos parecieron especialmente encantados al descubrir que solucionar aquello implicaría abrir nuevamente los conductos que habían preferido olvidar durante años. Sin embargo, la posibilidad de seguir cerrados terminó siendo mucho más desagradable. Los comerciantes suspendieron temporalmente toda actividad en aquella hilera de negocios y organizaron el trabajo de manera conjunta. Las alfombras y tejidos ya no fueron sacudidos indiscriminadamente en plena calle; se separó la mercancía contaminada, los productos que podían lavarse fueron apartados para recibir tratamiento y los establecimientos dejaron de fumigarse de forma individual. Si cada uno limpiaba por su cuenta, las pulgas simplemente encontrarían otra puerta abierta pocos metros más adelante.

Genbei Maruta llegó aproximadamente una hora después.

El exterminador apareció cargando una pequeña bolsa de herramientas y con una expresión inicialmente confundida, que se transformó bastante rápido cuando Tenma señaló la tapa del drenaje y comenzó a explicarle lo ocurrido. Era un hombre delgado, de cabello oscuro recogido hacia atrás, acostumbrado aparentemente a recibir quejas sobre ratas muertas pero no sobre las consecuencias indirectas de haberlas matado. Escuchó la explicación completa sin interrumpir y, cuando terminó, permaneció observando la abertura durante algunos segundos.

—El cebo era de acción lenta —explicó finalmente—. Lo distribuí en las rutas que utilizaban para que alcanzara también a las que permanecían escondidas. La idea era precisamente que regresaran a los nidos antes de morir.

Funcionó.

Quizás demasiado bien.

Genbei confirmó que había retirado todos los cadáveres visibles que encontró dentro de los negocios y callejones, pero nunca había ingresado en las cámaras interiores del sistema. Tampoco había considerado que una colonia tan numerosa de roedores pudiera sostener una población semejante de pulgas. Cuando los animales comenzaron a morir al mismo tiempo, sus parásitos simplemente hicieron lo que correspondía: abandonaron cuerpos que ya no podían alimentarlos y comenzaron a buscar otros.

El hombre se rascó la nuca con cierta incomodidad cuando aquella parte quedó clara.

—Supongo que debí pensar en eso.

Tenma cruzó los brazos.

—Supongo.

La mirada que le dedicó duró bastante más que la palabra.

El acceso permaneció abierto y esta vez nadie volvió a cerrarlo por el olor. Con mascarillas improvisadas, guantes y recipientes adecuados fueron retirando los cadáveres encontrados en las cámaras cercanas, además de los restos de nidos, fibras, alimentos podridos y desperdicios que habían permitido sobrevivir tanto a las ratas como a las diferentes etapas de desarrollo de las pulgas. Genbei colaboró señalando los lugares donde había colocado el cebo y abrió otros puntos de mantenimiento para evitar que toda la limpieza se hiciera desde una única entrada. Los restos fueron introducidos en recipientes cerrados antes de ser trasladados para su eliminación, evitando precisamente convertir aquella operación sanitaria en una procesión de pulgas atravesando el distrito comercial.
Cuando las cámaras quedaron vacías comenzó el tratamiento propiamente dicho. Esta vez no se limitaron a rociar aquello que podían ver. Grietas, rincones, depósitos, zonas inferiores de las estanterías y accesos al drenaje fueron tratados al mismo tiempo. Las mercancías contaminadas permanecieron aisladas y los comerciantes recibieron instrucciones de repetir la limpieza después de varios días, cuando cualquier ejemplar que hubiera sobrevivido en otra etapa de su desarrollo terminara apareciendo. El objetivo nunca había sido matar únicamente a las pulgas adultas; era interrumpir el ciclo que permitía que nuevas aparecieran cada mañana.
Aquello incluía también a los animales.

Los gatos de los alrededores resultaron bastante menos colaboradores que los comerciantes, circunstancia que produjo persecuciones bastante más humillantes de lo que cualquier shinobi habría querido admitir. Pulgoso, en cambio, aceptó su destino con una resignación ejemplar. Después de varios intentos de escapar del agua, el mestizo terminó completamente empapado mientras limpiaban su pelaje y aplicaban un tratamiento contra los parásitos. Su aspecto desprolijo empeoró temporalmente hasta límites difíciles de defender y, cuando finalmente consiguió sacudirse, logró bañar a Tenma, a dos empleados y buena parte de las telas que habían dejado demasiado cerca.

El comerciante se quedó inmóvil.

Pulgoso movió la cola.

Nadie se atrevió a decir nada.

Las horas siguientes fueron considerablemente menos emocionantes. Justamente por eso resultaron mucho más importantes.

No aparecieron nuevas concentraciones en los callejones después de la limpieza. Al revisar nuevamente la Casa Yamase, todavía pudieron encontrarse algunos ejemplares aislados escondidos entre tejidos y grietas, algo esperable después de varios días de infestación, pero la diferencia era evidente. Ya no existía aquel flujo constante desde el depósito ni podían encontrarse cantidades crecientes alrededor de los accesos al drenaje. Los comerciantes mantuvieron sus establecimientos cerrados durante el resto de la jornada y repitieron el tratamiento antes de marcharse.

A la mañana siguiente realizaron una nueva inspección.

Tenma fue el primero en levantar la tapa del depósito, quizá porque después de toda aquella experiencia necesitaba verlo por sí mismo. Esperó unos segundos. Movió una caja. Después otra. Revisó las grietas donde antes bastaba alterar el suelo para provocar pequeños saltos alrededor de sus zapatos.
Nada.

Un empleado encontró una pulga muerta debajo de una estantería y la levantó con tanta solemnidad como si acabara de presentar el cadáver del último enemigo de una guerra.

—Encontré una.

Tenma lo miró.

—Está muerta.

—Por eso.

La Casa de Tejidos Yamase abrió nuevamente aquella misma mañana. Los otros negocios fueron haciendo lo mismo conforme comprobaban que las cantidades habían disminuido hasta desaparecer. Durante los siguientes días continuarían revisando depósitos, tratando mercancías y controlando los accesos al drenaje, pero el foco había sido eliminado. Esta vez las pulgas no reaparecieron en masa al día siguiente.

La pequeña crisis que había cerrado parte del distrito comercial terminó siendo exactamente aquello que parecía al principio: un problema cotidiano. Solo que uno provocado por haber observado únicamente la parte visible de otro problema cotidiano.

Pulgoso también regresó a su lugar habitual.

Limpio, considerablemente menos pulgoso y aparentemente incapaz de comprender que durante varios días había sido considerado responsable de una catástrofe comercial, el perro volvió a acostarse cerca del puesto de comida. Tenma pasó frente a él cuando colocaba nuevamente algunas telas en el escaparate y se detuvo unos segundos.

Ambos se observaron.

El comerciante suspiró, regresó al interior y volvió con un pequeño recipiente de agua que dejó cerca de la sombra.

—No entres al depósito.

Pulgoso movió la cola.

Parecía un acuerdo razonable.

La misión que había comenzado con comerciantes rascándose, negocios cerrados y un perro declarado culpable antes siquiera de comenzar la investigación terminó sin ningún enemigo al que derrotar. Las ratas estaban muertas, las pulgas habían perdido los refugios desde los cuales se propagaban y los comerciantes habían aprendido, probablemente a su pesar, que dejar de ver un problema no significaba necesariamente que hubiese desaparecido.

En aquella ocasión, por lo menos, comprobarlo dos veces había valido la pena.
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19-08-2026, 09:33 AM
Me quedé observando aquella pulga muerta que el empleado sostenía con semejante solemnidad y tuve que llevarme una mano a la boca para contener una sonrisa. Después de todo lo ocurrido, aquel diminuto cadáver parecía haberse convertido en una especie de trofeo de guerra. Una guerra microscópica, desproporcionadamente complicada y, desde mi punto de vista, absolutamente maravillosa.

-Guárdala.

La expresión del muchacho consiguió que mi sonrisa terminara escapándose.

-¿Qué? Es nuestro último sospechoso conocido. Merece respeto. Además, quiero verla.

Extendí la mano esperando que me entregara el ejemplar. Probablemente para ellos una pulga muerta significaba que el problema había terminado. Para mí significaba que todavía podía observarla, compararla y, con un poquito de suerte, aprender algo. Era fascinante pensar que criaturas tan pequeñas hubieran conseguido cerrar varios negocios, movilizar comerciantes, convertir un perro inocente en enemigo público y obligarnos a reorganizar completamente la limpieza de una parte del distrito. Todo aquello sin estrategia, inteligencia ni intención. Simplemente siguiendo las necesidades básicas de su ciclo biológico.

Mientras los comerciantes comenzaban a recuperar la normalidad, yo recorrí una última vez aquellos lugares que habíamos investigado. No buscaba otra gran revelación. Precisamente quería comprobar que no existiera ninguna. Me detuve frente a algunas grietas, observé debajo de las estanterías y presté especial atención a los lugares donde anteriormente había existido mayor actividad. También envié nuevamente a mi pequeño explorador hacia los primeros tramos accesibles del drenaje. No necesitaba recorrer toda aquella red otra vez; solamente confirmar que los puntos cercanos al antiguo foco ya no presentaran aquella concentración absurda de actividad.

Era la parte menos espectacular del método científico y posiblemente una de mis favoritas. Comprobar. Repetir. Comparar. No enamorarse tanto de una explicación como para dejar de intentar demostrar que estaba equivocada. Bueno... podía enamorarme un poquito. Aquella explicación era preciosa.

-Sin concentraciones nuevas, sin flujo desde los drenajes y sin pulgas saltando cada vez que alguien mueve una caja.

Levanté un dedo.

-Ahora sí podemos utilizar la palabra "solucionado".

Miré inmediatamente a Tenma.

-Provisionalmente.

Levanté un segundo dedo antes de que pudiera protestar.

-Si dentro de unos días sigue igual, puedes quitarle el "provisionalmente". La ciencia también enseña paciencia. Es horrible, lo sé.

Dejé que los demás continuaran preparando los negocios mientras caminaba hacia la calle. Allí estaba el otro asunto pendiente. Pulgoso había recuperado su rincón habitual y ahora parecía casi otra criatura. Me detuve frente a él, contemplándolo desde arriba durante unos segundos antes de agacharme hasta quedar cerca de su altura. Mi atención pasó del perro al recipiente de agua que Tenma había dejado junto a la sombra y luego regresó hacia el comerciante. Sonreí.

-Tenma.

Esperé hasta conseguir su atención y señalé discretamente el recipiente.

-Eso fue adorable.

Antes de permitirle defenderse, regresé inmediatamente hacia Pulgoso y acerqué una mano para rascarlo detrás de una oreja, precisamente uno de los lugares donde antes había encontrado mayor cantidad de parásitos.

-Mírate. Limpio, absuelto y con indemnización en forma de agua. Has tenido una semana extraordinaria.

Mis dedos continuaron recorriendo su pelaje durante unos segundos mientras observaba casi automáticamente el estado de su piel. Probablemente aquella sería la última vez que pudiera justificar científicamente pasar varios minutos examinando a un perro durante una misión, así que pensaba aprovecharlo.

-Nosotros sabíamos que eras inocente.

Me detuve.

-Bueno, sospechábamos que quizá fueras inocente.

Otra pausa.

-Está bien. No teníamos idea. Pero no te condenamos sin investigar, que es bastante mejor que lo que hicieron ellos.

Señalé con el pulgar hacia los comerciantes y luego acerqué un poco el rostro al hocico del animal, como si estuviera compartiendo información confidencial.

-Entre nosotros, yo también habría culpado al que se llama Pulgoso.

Solté una risita y finalmente me puse de pie. La misión había comenzado prometiendo una simple infestación y había terminado convirtiéndose en una demostración maravillosa de cómo alterar una pequeña parte de un sistema podía producir consecuencias completamente distintas en otra. Ratas, pulgas, perros, personas, drenajes, alimentos y refugios. Todos relacionados aunque nadie hubiera pensado en observarlos como un conjunto hasta que el problema comenzó a picarlos literalmente en las piernas.

Me llevé el pulgar a la boca y lo mordí suavemente mientras contemplaba por última vez la Casa Yamase abierta. Mi cabeza seguía produciendo preguntas. ¿Cuánto habría tardado la población de pulgas en disminuir naturalmente sin hospedadores? ¿Qué proporción habría utilizado a Pulgoso? ¿Cuántos animales callejeros habían funcionado como vectores temporales? ¿Existirían diferencias entre las concentraciones encontradas en cada negocio dependiendo de la distancia al refugio principal? ¿Qué ocurriría si...? Cerré los ojos. No. Si continuaba por ahí terminaría solicitando permiso para reconstruir la infestación. Abrí nuevamente los ojos y retiré lentamente el dedo de entre mis dientes.

-Nosotros hemos terminado.

Di apenas dos pasos antes de detenerme y mirar nuevamente hacia Tenma.

-Aunque si vuelves a tener ratas, pulgas, escarabajos, ácaros, termitas o cualquier otra cosa con seis u ocho patas.

Mi sonrisa se ensanchó detrás de los lentes de corazón.

-No llames al exterminador primero. Llámame a mí.

Continué caminando antes de agregar, casi como si acabara de recordar un detalle fundamental.

-Y no le pongas nombre al culpable antes de investigarlo.

Miré hacia Pulgoso una última vez.

-Confunde muchísimo los resultados.
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19-08-2026, 12:40 PM
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