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Paseadora de cuatro patas (misión rango E)
Douma Kodon
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29-07-2026, 06:53 PM
El sol de la mañana comenzaba a entibiar las calles residenciales cercanas al Parque Este, proyectando la sombra de tres vecinos que aguardaban junto a las verjas de sus viviendas. Al divisar a la joven shinobi aproximarse a paso firme por el camino de piedra, las expresiones de preocupación en los rostros de los propietarios dieron paso a un visible suspiro de alivio. Cada uno sostenía con firmeza las correas de sus respectivas mascotas, listos para hacer la entrega formal de la responsabilidad.

La muchacha no alcanzó a dar el último paso sobre la acera cuando el primer dueño, un anciano que regentaba una panadería cercana, avanzó un par de metros para extenderle la correa de un imponente perro de pelaje claro que no dejaba de dar brincos.

—¡Por aquí, por favor! —exclamó el anciano, intentando mantener el equilibrio mientras el animal seguía con la mirada el vuelo de una hoja seca—. Este es Kuromaru. Es un excelente chico, pero tiene un problema serio: persigue absolutamente todo lo que se mueva. Un pájaro, un insecto o una hoja al viento bastan para que dé un tirón brutal. Mantén la correa corta y no le quites el ojo de encima –.

Casi al mismo tiempo, la segunda propietaria, una mujer joven de aspecto atareado, se acercó apresuradamente conduciendo a un can de porte mediano que, al ver la presencia de la ninja, decidió sentarse de golpe sobre el suelo, negándose rotundamente a dar un paso más —El mío se llama Kara —explicó la mujer con gesto de apuro, entregándole la segunda correa— Como verás, es extremadamente terco. Si no siente atención constante, caricias o palabras de aliento, se echa en medio de la calle y no hay fuerza humana que lo mueva. Vas a necesitar mucha paciencia y afecto para que complete el circuito sin quedarse plantado –.

Por último, un hombre con vestimenta de cazador se aproximó con un perro esbelto y de hocico alargado que mantenía la nariz completamente pegada al barro húmedo de la acera, soltando breves sollozos de frustración mientras olfateaba las grietas del camino.

—Y este es Tora —concluyó el cazador, depositando la tercera correa en manos de la joven— Tiene un olfato absurdamente desarrollado. Si capta el rastro de algún animal silvestre, ignorará cualquier orden e intentará escapar a toda velocidad para seguir la pista. Asegura bien el agarre y evita que se meta entre los arbustos densos del parque —.

Con las tres correas finalmente unificadas en manos de la kunoichi, los vecinos le agradecieron rápidamente antes de retirarse a sus actividades diarias, dejándola sola en medio de la calle frente al primer gran reto del día: gestionar a tres perros de personalidades totalmente opuestas.

Datos
¡Hola! En tu primer post escoge a alguno de los tres perros. Narra como se te dificulta y como logras solventarlo. Esa primera ronda la dejo a tu interpretación
Carina Aburame
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29-07-2026, 07:30 PM
Aquella mañana salí de casa bastante antes de la hora acordada. La verdad es que me había despertado sola unos minutos antes de que sonara el despertador, lo cual siempre me genera cierta desconfianza. ¿Y si mi cuerpo sabe la hora? ¿Cómo? ¿Tiene un reloj escondido? Algún día voy a averiguarlo. Me acomodé las coletas frente al espejo, me puse el abrigo verde de Konoha, ajusté mis lentes con forma de corazón y emprendí el camino hacia el Parque Este. No llovía, una lástima, pero el aire olía a tierra húmeda y las hojas todavía conservaban ese perfume que dejan los árboles cuando el sol apenas empieza a calentarlos. Me encanta ese olor. Da la sensación de que el bosque todavía no terminó de despertarse.
 
Mientras caminaba, mi oído iba haciendo lo suyo sin pedirme permiso. Escuché a una pareja discutir porque alguien había olvidado comprar arroz, un carpintero martillando desde una calle más allá, dos gorriones peleándose por un pedazo de pan y a un niño intentando convencer a su madre de que los deberes seguramente eran opcionales porque los llamaban "tareas" y no "obligaciones". No pude evitar reírme.

-Tiene buenos argumentos jurídicamente son pésimos, pero buenos.

Doblé la esquina que daba a la zona residencial del parque y enseguida vi a los tres vecinos esperándome junto a las verjas de sus casas. Antes incluso de saludarlos ya podía escuchar tres respiraciones completamente distintas. Una rápida y ansiosa. Otra pesada y tranquila. La última era constante, interrumpida únicamente por el sonido de una nariz olfateando el suelo con una concentración admirable. Me acerqué levantando una mano.

-¡Buenos días! Prometo devolverlos con la misma cantidad de patas con la que me los entregan. Bueno, cuatro. Espero que sean cuatro.

Hubo alguna risa nerviosa y comenzaron las presentaciones. Escuché con atención absoluta mientras cada propietario describía a su compañero. No porque fuera educada. Bueno, también por eso. Pero sobre todo porque las personas siempre revelan mucho más de sí mismas cuando hablan de aquello que quieren. El panadero hablaba de Kuromaru con una mezcla de orgullo y resignación. Sonreía cada vez que el perro daba un salto, aunque inmediatamente volvía a sujetar la correa con fuerza. La mujer que acompañaba a Kara parecía agotada, pero aun así le acariciaba la cabeza casi de manera inconsciente mientras explicaba lo testarudo que podía llegar a ser. El cazador, en cambio, apenas apartaba la vista de Tora, como si esperara que saliera corriendo en cualquier momento. Los tres terminaron de hablar y las correas acabaron en mis manos. 

Silencio. Bueno silencio para los demás. Yo seguía escuchando respiraciones, colas golpeando el suelo, uñas raspando la piedra y un pájaro que acababa de aterrizar sobre un tejado cercano. Bajé la vista hacia mis nuevos compañeros.

-A ver... ustedes no hablan mi idioma, pero yo tampoco entiendo por qué los humanos insistimos en escribir con pinceles cuando las plumas ya existen, así que estamos bastante igualados.

Me agaché lentamente hasta quedar a la altura de los tres. Kara evitaba incluso mirarme; parecía convencido de que el esfuerzo físico era una decisión profundamente inmoral. Tora tenía la nariz pegada al suelo como si el universo entero estuviera escrito entre las baldosas. Y Kuromaru. Kuromaru seguía una hoja seca que daba vueltas con el viento. No la perseguía. Todavía. Pero la seguía con una intensidad casi... científica. Incliné la cabeza. Después sonreí.

-Ah.

Se me escapó una pequeña risa.

-Creo que ya sé contigo por dónde empezar.

Me acerqué hasta Kuromaru y extendí despacio una mano para acariciarle el cuello. Apenas lo hice, su cola empezó a moverse con tanta fuerza que parecía querer despegar.

-¿Sabes por qué te elijo primero? Porque los dos tenemos exactamente el mismo problema. Tú ves algo moverse y dejas de pensar en cualquier otra cosa. Yo escucho una conversación interesante o aparece una pregunta en mi cabeza y soy incapaz de pensar en nada más hasta encontrar una respuesta. La diferencia es que tú corres detrás de hojas y yo detrás de ideas.

Sonreí todavía más.

-Así que, entre curiosos, seguro nos entendemos.

Tomé únicamente su correa y devolví las otras dos a sus respectivos dueños.

-¿Les parece si empezamos de a uno? Creo que será mucho menos estresante para ellos... y muchísimo más seguro para mí. Además, quiero conocerlos de verdad, no solo arrastrarlos por el parque.

Esperé la respuesta con una sonrisa tranquila mientras Kuromaru seguía vigilando de reojo aquella hoja sospechosa que, por suerte para ambos, todavía no había decidido echar a correr.
Douma Kodon
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30-07-2026, 09:14 PM
Los tres propietarios se miraron entre sí, intercambiando muecas de sorpresa antes de asentir en silencio. La propuesta de la joven shinobi tenía lógica: manejar a las tres personalidades al mismo tiempo amenazaba con convertirse en un caos absoluto, y la idea de darles atención individualizada pareció tranquilizarlos. La mujer de Kara suspiró con alivio y volvió a tomar la correa del perro terco, que no hizo el menor intento de levantarse, mientras que el cazador volvió a sujetar con firmeza a Tora, manteniéndolo al margen.

—Bueno... si crees que es lo mejor, confiamos en tu criterio —comentó el anciano panadero con una sonrisa amable, despidiéndose mientras los otros dos vecinos regresaban hacia la sombra de sus verjas para aguardar su turno— ¡Mucha suerte! Y recuerda: ¡mantenlo corto si ves volar algo! –.

Al quedarse a solas con la kunoichi, Kuromaru pareció percatarse de que el grupo se había reducido a solo ellos dos. Dejó caer el trasero sobre el suelo durante un segundo, ladeando la cabeza mientras sus orejas se erguían para procesar el tono de voz de la muchacha. La cola volvió a azotar las baldosas con entusiasmo al sentir la caricia en el cuello, pero la tregua duró poco.

Apenas la ninja dio los primeros pasos en dirección a la entrada del Parque Este, el entorno cobró vida para poner a prueba los reflejos de la muchacha.

El primer inconveniente no tardó ni medio minuto en presentarse. Un viento suave sopló desde la copa de los árboles del parque, despejando un grupo de gorriones que reposaban sobre un arbusto bajo a la orilla del camino. Las aves alzaron el vuelo al unísono con un aleteo ruidoso. Al escucharlo, Kuromaru tensó cada músculo de su cuerpo, soltó un mudo gemido de excitación y se lanzó en un pique explosivo hacia la derecha, buscando arrastrar a la joven directamente hacia el matorral para perseguir a los pájaros.

Si lograba sortear ese primer tirón y mantener la estabilidad sobre el camino empedrado, el trayecto hacia el interior del parque no ofrecería un descanso prolongado.

Unas calles más adelante, un vendedor ambulante avanzaba empujando un carro de madera cuyas ruedas metálicas chirriaban rítmicamente contra el suelo. Atado al costado del carro, un colorido remolino de papel giraba violentamente impulsado por la brisa. Para Kuromaru, aquel objeto brillante y en constante rotación resultaba una provocación intolerable: el perro clavó las uñas en la tierra húmeda, soltó un ladrido agudo y comenzó a dar brincos en el sitio, pugnando por abalanzarse sobre el puesto rodante para atrapar el juguete de papel.

Por si fuera poco, la ruta principal del parque desembocaba en una pequeña plaza circular donde varios niños jugaban a lanzarse una pelota de cuero desgastada. El esférico rebotaba con un sonido seco contra las piedras, rodando peligrosamente en dirección al camino por donde avanzaban la shinobi y el can.

Kuromaru fijó la mirada en la pelota en movimiento, dilató las pupilas y agachó el lomo, listo para realizar un salto definitivo en cuanto el objeto cruzara frente a sus patas.

La muchacha se encontraba de lleno en el circuito del Parque Este, sosteniendo la correa de un perro dispuesto a reaccionar ante cualquier estímulo visual o sonoro, obligándola a buscar una forma creativa de redirigir su desbordante atención antes de que la caminata se saliera de control.
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31-07-2026, 02:20 AM
Me despedí con un gesto de la mano mientras los otros dos propietarios regresaban junto a sus perros. Me gustó que aceptaran mi propuesta sin discutir demasiado. Eso significaba dos cosas: o realmente confiaban en mi criterio o estaban desesperados por librarse de ellos durante un rato. Honestamente, cualquiera de las dos opciones me parecía perfectamente razonable. Esperé unos segundos hasta que todos se alejaran y volví a mirar a Kuromaru. Él también me observó. Bueno durante exactamente dos segundos. Después volvió a fijar toda su atención en una hoja que giraba perezosamente sobre el empedrado. Sonreí. Sí. Había elegido al correcto. Éramos dos curiosos profesionales incapaces de ignorar cualquier estímulo interesante.
 
- Tenemos que trabajar tu capacidad de concentración... aunque, siendo sincera, probablemente tú estés pensando exactamente lo mismo de mí.

Comencé a caminar hacia la entrada del Parque Este manteniendo la correa relativamente corta. No porque desconfiara de Kuromaru. Desconfiaba del mundo. Había demasiadas cosas moviéndose al mismo tiempo y el universo parecía decidido a ponerlas todas delante de nosotros. Apenas cruzamos la entrada, mi oído captó el sonido de varias alas batiéndose al unísono antes incluso de que pudiera verlas. Los gorriones levantaron vuelo desde un arbusto cercano formando una nube gris que atravesó el sendero. No necesité bajar la vista para saber qué estaba ocurriendo. Sentí la correa tensarse de golpe.

-No.

Aquella única palabra salió antes de que él terminara de lanzarse. En lugar de tirar hacia atrás, giré mi cuerpo acompañando ligeramente el impulso para no perder el equilibrio y, aprovechando esos primeros pasos, me coloqué delante de su trayectoria. Kuromaru seguía mirando a los pájaros con una intensidad absoluta, como si el futuro de Konoha dependiera de alcanzarlos.

-Pregunta completamente seria ¿qué pensabas hacer exactamente cuando los atrapases? Porque vuelan. Tú no. Hay un pequeño fallo metodológico en tu plan.

Los gorriones desaparecieron sobre las copas de los árboles y la tensión de su cuerpo comenzó a relajarse poco a poco. Aproveché el momento para acariciarle el cuello.

-Eso estuvo mucho mejor. Experimento superado.

Seguimos avanzando mientras yo dejaba de observar aquello que llamaba su atención y empezaba a estudiarlo a él. Era increíblemente predecible. Antes de cada tirón levantaba las orejas, tensaba ligeramente el cuello y cambiaba el ritmo de su respiración. Su cuerpo anunciaba la locura unos instantes antes de cometerla. Me hizo gracia descubrirlo.

-Qué curioso tú también avisas antes de tomar una mala decisión.

No tardó en aparecer el siguiente desafío. Un chirrido metálico empezó a acercarse desde una calle lateral. Giré la cabeza y vi a un vendedor ambulante empujando un carro de madera. Atado a uno de los laterales giraba un remolino de papel lleno de colores que el viento hacía rotar sin descanso. Apenas lo vi comprendí el problema. Kuromaru también. Sus orejas volvieron a levantarse. La cola dejó de moverse. Las patas delanteras buscaron impulso.

-Ni se te ocurra...

Soltó un ladrido corto y comenzó a dar pequeños brincos sin dejar de mirar el remolino. Antes de que pudiera lanzarse me coloqué nuevamente delante de él y levanté una mano frente a su hocico.

-Mírame.

Ni caso. Suspiré divertida y rebusqué en uno de mis bolsillos hasta encontrar una pequeña tira de carne seca que había llevado por si hacía falta ganarme su confianza. En cuanto el olor llegó a su nariz, el remolino dejó de existir. Sus ojos se clavaron inmediatamente en mi mano.

-Ajá... ahora sí estamos hablando el mismo idioma.

Esperé unos segundos antes de darle el premio.

-Muy bien. Acabas de demostrar una teoría importantísima. La comida puede ganarle a un molino de papel. No sé si algún científico escribió eso alguna vez, pero debería.

Le rasqué detrás de las orejas mientras masticaba feliz y el vendedor continuó su camino completamente ajeno a que había estado a punto de protagonizar la persecución más absurda de la mañana. Pensé que, quizá, el resto del paseo sería tranquilo. Naturalmente me equivoqué. Porque apenas entramos en la pequeña plaza del parque escuché el golpe seco de una pelota rebotando sobre las piedras. Alcé la vista justo a tiempo para verla rodar en nuestra dirección. Antes incluso de que llegara hasta nosotros vi cómo las pupilas de Kuromaru se agrandaban. Agachó el cuerpo, desplazó el peso hacia las patas traseras y volvió a tensar el cuello exactamente igual que las veces anteriores. Suspiré.

-Definitivamente esta misión no consiste en pasear un perro.

Sonreí mientras reajustaba el agarre sobre la correa.

-Consiste en convencer a un curioso profesional de que no todo lo que se mueve merece una persecución. Créeme... llevo años intentando aprender exactamente la misma lección.
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04-08-2026, 02:35 AM
El tiempo del paseo concluyó sin mayores contratiempos. La combinación entre anticipación física, palabras pausadas y el estratégico uso del trozo de carne seca demostró ser una fórmula imbatible para amortiguar el entusiasmo desmedido de Kuromaru. Para cuando la pelota de cuero terminó de rodar y fue recogida por uno de los niños de la plaza, el can de pelaje claro ya marchaba al lado de la shinobi con un ritmo mucho más dócil, masticando gustoso el premio recibido y con la atención puesta en la joven más que en el entorno.

De regreso en la zona residencial del Parque Este, el anciano panadero recibió a su mascota con una enorme sonrisa de satisfacción, agradeciendo efusivamente la paciencia de la muchacha al ver que el animal regresaba entero, tranquilo y con las cuatro patas intactas sobre el suelo.

Sin perder tiempo, la kunoichi se dirigió hacia la sombra de la verja donde aguardaba el cazador. Tora, el perro esbelto de hocico alargado, continuaba con la nariz pegada a la tierra húmeda, emitiendo breves resoplidos de impaciencia. En cuanto el hombre entregó la correa por segunda vez, el animal ni siquiera esperó a que la shinobi terminara de ajustar el agarre: dio un estirón seco hacia adelante, arrastrado completamente por las corrientes de aire que traía la brisa matutina.

Apenas cruzaron nuevamente el perímetro del parque, el fino olfato de Tora comenzó a ser puesto a prueba por la biodiversidad del lugar.

El primer estímulo no tardó en manifestarse. Cerca de un estanque ornamental, un pequeño mapache silvestre cruzó presuroso el camino de tierra para esconderse tras unas rocas. El animal no hizo ruido alguno ni fue visible a simple vista, pero el rastro fresco dejó una huella aromática brutal en el aire. Tora frenó en seco, levantó el hocico, dilató las fosas nasales y, sin emitir un solo ladrido, pegó la cabeza al suelo y se lanzó en una carrera frenética hacia la maleza tupida que bordeaba el agua, ignorando por completo la presencia de su conductora.

Si la muchacha lograba frenar esa primera embestida y desviarlo de la cacería del mapache, el trayecto interno le reservaba una trampa aún más compleja.

En un cruce de senderos, unos jardineros habían dejado desatendidos varios sacos de abono orgánico y compost húmedo recién removido. El olor penetrante a tierra fértil, raíces y descomposición vegetal saturaba el ambiente por completo, creando una verdadera "muro aromático". Para un perro acostumbrado a rastrear, semejante sobrecarga sensorial amenazaba con saturar su olfato, volviéndolo errático y haciendo que comenzara a dar vueltas en círculos sobre sí mismo, tirando violentamente de la correa en direcciones opuestas mientras intentaba descifrar la maraña de olores.

Por si fuera poco, más adelante, la ruta bordeaba una zona de matorrales densos y espinosos. Desde el corazón de las zarzas, el rastro rasante de una madriguera de conejos de monte descendía en diagonal hacia una grieta profunda. Tora captó la pista al instante: clavó las patas delanteras, bajó la cadera y comenzó a reptar con fuerza bruta para meterse de cabeza entre las espinas, dispuesto a arrastrar a la ninja directo hacia los arbustos punzantes con tal de no perder la presa.

La shinobi se encontraba ahora frente a Tora, un perro que no respondía a estímulos visuales ni a juguetes brillantes, sino a un mapa invisible de olores que la obligaría a buscar una forma creativa de controlar su potente instinto de rastreo antes de terminar metida entre las zarzas.
Carina Aburame
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04-08-2026, 09:22 AM
Observé cómo el anciano recibía a Kuromaru con esa mezcla de orgullo y alivio que solo tienen las personas cuando alguien les devuelve a un ser querido exactamente igual a como lo dejaron... o quizá un poquito mejor. El enorme perro movía la cola con tanta fuerza que parecía decidido a derribar la verja de su propia casa, pero ya no intentaba perseguir cada hoja que el viento se atrevía a mover delante de él. Me agaché para rascarle una última vez detrás de las orejas antes de devolver la correa.

-Buen trabajo, compañero. Sigues siendo un desastre... pero ahora eres un desastre con un poquito más de autocontrol. Yo también estoy trabajando en eso.

El anciano soltó una carcajada y agradeció el paseo varias veces seguidas. Me despedí con una inclinación de cabeza y giré sobre mis talones hacia la siguiente verja, donde el cazador ya esperaba con los brazos cruzados. A su lado, Tora parecía vivir en un mundo completamente distinto al nuestro. Mientras todos mirábamos alrededor, él tenía el hocico pegado al suelo, respirando con una intensidad casi obsesiva. Era curioso. Kuromaru perseguía lo que veía. Tora perseguía lo que ni siquiera existía para mis ojos. Me agaché lentamente frente a él.

-Bueno tú eres diferente. Eso me gusta. Obliga a cambiar la forma de pensar.

El cazador me entregó la correa y apenas mis dedos terminaron de rodearla sentí un tirón seco que casi me hizo adelantar un paso. Ni siquiera había empezado el paseo y Tora ya estaba siguiendo un olor que solo él conocía.

-¡Eh, eh! Espera un segundo. Ni siquiera me saludaste.

Naturalmente me ignoró. No me ofendí. Los investigadores también solemos hacer eso cuando encontramos algo interesante. Nos internamos nuevamente en el Parque Este y, esta vez, decidí caminar casi completamente en silencio. Con Kuromaru había aprendido observando su cuerpo. Con Tora tendría que aprender escuchando el mío. El sonido constante de su respiración era casi un idioma propio. Cada inhalación era larga, profunda, medida. No olía el mundo. Lo estudiaba. Entonces ocurrió.
Yo no vi absolutamente nada. Pero él sí. Bueno lo olió. Su cabeza se levantó apenas unos centímetros. Las fosas nasales comenzaron a moverse con una rapidez increíble. Después volvió a pegar el hocico contra la tierra y salió disparado hacia la maleza con una fuerza sorprendente.

El tirón fue brutal. Clavé un pie sobre el sendero y acompañé apenas el movimiento para no perder el equilibrio mientras buscaba con la vista aquello que había despertado semejante reacción. Nada. Solo árboles. Piedras. Un pequeño estanque. Fruncí el ceño.

-Espera.

Guardé silencio. Respiré. Escuché. Entonces lo entendí. Un leve chapoteo. Pequeñísimo. Casi imperceptible. Sonreí.

-Mapache.

No porque lo hubiera visto. Porque no había otra explicación para ese patrón. El cazador había dicho que seguiría cualquier rastro silvestre. El animal seguramente ya había cruzado hacía unos segundos y Tora estaba leyendo una historia escrita en olores que mi nariz jamás sería capaz de comprender. Aflojé ligeramente la tensión de la correa. No para dejarlo correr. Solo para que dejara de luchar contra ella. Me acerqué despacio hasta quedar a su lado y apoyé una mano sobre su cuello.

-Ya sé que está ahí.

Esperó. Seguía oliendo.

-Y probablemente tengas razón.

Le acaricié detrás de las orejas.

-Pero nuestra misión no consiste en encontrar mapaches.

Su respiración comenzó a hacerse un poco más lenta. Esperé. Sin tirar. Sin obligarlo. Solo esperando. Al cabo de unos segundos dio un pequeño paso hacia atrás.
Sonreí satisfecha.

-Gracias.

Seguimos caminando. No tardó en aparecer el segundo problema. Un olor intensísimo inundó el sendero incluso para mí. Tierra húmeda, raíces, materia vegetal removida... los jardineros habían dejado varios sacos de compost abiertos junto al camino. Yo apenas hice una mueca. Tora, en cambio, pareció perder completamente el norte. Empezó a girar sobre sí mismo. Una vez. Dos. Tres. La correa cambiaba de dirección cada pocos segundos mientras intentaba descifrar aquella maraña infinita de aromas. Incliné la cabeza.

-¿Demasiada información?

Qué curioso. Siempre había pensado que tener un sentido extraordinariamente desarrollado solo podía ser una ventaja. Qué equivocada estaba. Demasiados olores.
Demasiadas posibilidades. Demasiadas preguntas. Mi sonrisa desapareció poco a poco. Porque esa sensación la conocía perfectamente. Me agaché otra vez hasta quedar junto a él.

-Ahora te entiendo de verdad.

Le acaricié lentamente el cuello mientras esperaba a que dejara de girar.

-Mi cabeza hace exactamente lo mismo cuando aparecen demasiadas ideas al mismo tiempo. Todo empieza a mezclarse y ninguna parece más importante que la anterior.

Respiré despacio. Él también. Esperé unos segundos más antes de comenzar a caminar otra vez, marcando un ritmo lento y constante. Sin darme cuenta, Tora terminó acompasando sus pasos con los míos. Poco a poco dejó de mirar en todas direcciones y volvió a avanzar siguiendo únicamente el sendero.

-Eso es una cosa a la vez.

Pensé que ya había aprendido suficiente sobre él. Naturalmente estaba equivocada. Porque el último desafío nos esperaba junto a unos matorrales espesos.
No escuché nada. No vi nada. Pero sentí cómo toda la musculatura de Tora se contraía al mismo tiempo. Bajó el cuerpo. Las patas delanteras comenzaron a empujar.
Intentó meterse de cabeza entre las zarzas con una determinación admirable. Esta vez ni siquiera reaccioné tirando de la correa. Me lancé hacia un costado antes que él. Me arrodillé justo delante de su trayectoria y rodeé suavemente su cuello con ambos brazos para detener el impulso sin hacerle daño. Las espinas quedaron apenas a unos centímetros de mi rostro. Seguía intentando avanzar. Le apoyé la frente sobre la cabeza.

-No.

Esperé. Respiraba deprisa. Yo también.

-Sé que hay algo ahí.

Esperé otra vez.

-Y también sé que, si entras, vas a salir lleno de espinas.

Le rasqué lentamente debajo del mentón. Después detrás de una oreja. Luego sobre el pecho. El movimiento fue disminuyendo. Primero dejó de empujar. Después levantó la cabeza. Finalmente me miró por primera vez desde que había comenzado el paseo. Sonreí de oreja a oreja.

-¡Ahí estás! Pensé que solo existía una nariz con patas.

No pude evitar reírme. Durante el camino de regreso ya no hubo más tirones. Tora seguía oliéndolo absolutamente todo, claro. Eso jamás iba a cambiar. Pero dejó de intentar perseguir cada rastro que encontraba. Caminaba a mi lado, deteniéndose apenas unos instantes cuando algún aroma despertaba su curiosidad, para luego continuar avanzando conmigo. Cuando regresamos a la vivienda del cazador, este abrió mucho los ojos al ver a su compañero caminar tranquilo, sin intentar escapar hacia el primer olor interesante. Le entregué la correa con una sonrisa.

-Tiene un don extraordinario. Solo necesita recordar de vez en cuando que no todos los caminos que encuentra con la nariz merecen ser recorridos.

El hombre agradeció varias veces mientras Tora volvía a apoyarle el hocico contra la pierna. Me alejé despacio del lugar con las manos en los bolsillos y una sonrisa imposible de ocultar. Aquella misión había empezado siendo un simple paseo de perros. Terminó convirtiéndose en algo completamente distinto. Kuromaru me recordó que la curiosidad necesita paciencia. Tora me enseñó que incluso un talento extraordinario puede convertirse en un problema cuando el mundo ofrece demasiados estímulos al mismo tiempo. Y Kara bueno todavía me esperaba. La mayoría diría que solo pasé la mañana paseando mascotas. Qué poca imaginación tienen algunas personas. Yo había aprendido muchísimo más que eso.
Narro - Hablo - Pienso
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Masashi Kishimoto
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04-08-2026, 06:12 PM
¡Recompensas de Misión Entregadas!

Tema: Paseadora de cuatro patas (misión rango E) (TID 14367)
Tipo: Misión Normal · Rango: E
  • Douma Kodon — Narrador No Oficial (100%): 250 Ryos, 0 Tobis, 35 Exp, Pergamino PERG001
  • Carina Aburame — Participante (100%): 250 Ryos, 2 Tobis, 50 Exp

¡Felicidades a todos los shinobi involucrados en esta misión! Que sigan forjando su leyenda.
Moderador Himawari
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04-08-2026, 06:12 PM
閉
🔒 Tema cerrado
Este tema ha sido cerrado.
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