27-07-2026, 06:34 AM
El sol de la tarde comenzaba a teñir de tonos cobrizos los tejados del distrito comercial, proyectando largas sombras sobre los adoquines de las calles principales. Tras una jornada exigente y la rigurosidad habitual que exigía su disciplina, Adarel avanzaba con paso firme y pausado entre el bullicio de los transeúntes. Para la mayoría de los habitantes de la aldea, el joven Hyūga era la imagen viva del control y la frialdad estratégica; sin embargo, existía un pequeño ritual semanal que rompía momentáneamente con la sobriedad de su rutina: su visita al establecimiento de Kenji.
El negocio de Kenji no llamaba la atención de los visitantes casuales. Escondido al final de un pintoresco callejón flanqueado por faroles de papel y madera oscura, el pequeño local olía desde la entrada a una mezcla única de hojas secas, especias orientales y madera de cedro. Kenji, un anciano de pocas palabras pero de ojo clínico para los placeres terrenales, llevaba décadas abasteciendo a los shinobis más exigentes de la villa con tabaco de alta gama e importaciones exclusivas.
Una campanilla de bronce resonó suavemente sobre la puerta cuando Adarel cruzó el umbral. El aire denso y cálido de la tienda lo recibió al instante, marcando un claro contraste con el frío viento del exterior.
Detrás del mostrador de roble pulido, el viejo Kenji levantó apenas la mirada por encima de sus gafas de lectura. Al reconocer la túnica pulcra y la compostura inconfundible del miembro del clan Hyūga, una leve sonrisa arrugó aún más la piel de su rostro curtido.
—Puntual como de costumbre, muchacho —murmuró Kenji con una voz carraspera pero afable, dejando a un lado la pipa de madera que limpiaba con un paño—. Pensé que las misiones de esta semana te mantendrían ocupado en la periferia.
—Los deberes se cumplen en su debido momento, Kenji-san —respondió Adarel, manteniendo una modulación serena en su voz mientras se acercaba al mostrador—. Pero hay hábitos que requieren el mismo nivel de constancia. Hoy me llevaré tres cajas.
Sin necesidad de que el joven especificara más detalles, el comerciante se giró hacia las estanterías traseras. Con movimientos pausados y casi litúrgicos, retiró de un compartimento de madera barnizada tres petacas de metal idénticas, cada una grabada con sellos de conservación hermética. En su interior se guardaba la reserva del tabaco premium que Adarel prefería: una hebra fina, cosechada en las laderas cálidas del país del Fuego, curada con notas de miel silvestre y resina de pino.
Kenji colocó las tres cajas sobre la superficie de madera, una al lado de la otra, dando un suave golpe con los nudillos antes de deslizarlas hacia Adarel.
—El lote que llegó esta semana es excepcionalmente bueno —comentó el anciano, observando con atención la serenidad en la mirada del joven—. El secado fue perfecto, así que el aroma será más denso y parejo al encenderlo. Con tres cajas tendrás reservas de sobra para aguantar las guardias más pesadas o las misiones largas.
Adarel extendió la mano para tomar el pedido. Al rozar el metal frío de la primera petaca, el Hyūga canalizó una imperceptible fluctuación de chakra para constatar la calidad del sellado en cada una de ellas, un reflejo profesional del que rara vez podía desprenderse. Satisfecho con la frescura del producto, sacó la cantidad exacta de monedas de su bolsa y las depositó sobre el mostrador sin generar un solo ruido metálico excesivo.
—La calidad de tu género nunca ha estado en duda —dijo Adarel con un leve asentimiento de cabeza a modo de respeto—. Tener reservas suficientes es una medida preventiva. Es un matiz de calma necesario tras días donde el análisis y la tensión constante suelen saturar los sentidos.
—A veces, incluso la mente más analítica necesita un momento para contemplar el humo desvanecerse en el aire —replicó Kenji con una chispa de sabiduría en los ojos mientras guardaba las monedas en el cajón.
Adarel guardó las tres petacas en los bolsillos interiores de su túnica blanca, asegurándolas junto a sus pertenencias. Tras cambiar un último saludo formal con el comerciante, se giró y abandonó la tienda. La campanilla volvió a repicar suavemente tras sus espaldas mientras regresaba a la brisa del callejón. Con sus provisiones premium aseguradas para las próximas semanas, el Hyūga reanudó su marcha con paso elegante, listo para disfrutar de su merecido momento de contemplación al caer la noche.
El negocio de Kenji no llamaba la atención de los visitantes casuales. Escondido al final de un pintoresco callejón flanqueado por faroles de papel y madera oscura, el pequeño local olía desde la entrada a una mezcla única de hojas secas, especias orientales y madera de cedro. Kenji, un anciano de pocas palabras pero de ojo clínico para los placeres terrenales, llevaba décadas abasteciendo a los shinobis más exigentes de la villa con tabaco de alta gama e importaciones exclusivas.
Una campanilla de bronce resonó suavemente sobre la puerta cuando Adarel cruzó el umbral. El aire denso y cálido de la tienda lo recibió al instante, marcando un claro contraste con el frío viento del exterior.
Detrás del mostrador de roble pulido, el viejo Kenji levantó apenas la mirada por encima de sus gafas de lectura. Al reconocer la túnica pulcra y la compostura inconfundible del miembro del clan Hyūga, una leve sonrisa arrugó aún más la piel de su rostro curtido.
—Puntual como de costumbre, muchacho —murmuró Kenji con una voz carraspera pero afable, dejando a un lado la pipa de madera que limpiaba con un paño—. Pensé que las misiones de esta semana te mantendrían ocupado en la periferia.
—Los deberes se cumplen en su debido momento, Kenji-san —respondió Adarel, manteniendo una modulación serena en su voz mientras se acercaba al mostrador—. Pero hay hábitos que requieren el mismo nivel de constancia. Hoy me llevaré tres cajas.
Sin necesidad de que el joven especificara más detalles, el comerciante se giró hacia las estanterías traseras. Con movimientos pausados y casi litúrgicos, retiró de un compartimento de madera barnizada tres petacas de metal idénticas, cada una grabada con sellos de conservación hermética. En su interior se guardaba la reserva del tabaco premium que Adarel prefería: una hebra fina, cosechada en las laderas cálidas del país del Fuego, curada con notas de miel silvestre y resina de pino.
Kenji colocó las tres cajas sobre la superficie de madera, una al lado de la otra, dando un suave golpe con los nudillos antes de deslizarlas hacia Adarel.
—El lote que llegó esta semana es excepcionalmente bueno —comentó el anciano, observando con atención la serenidad en la mirada del joven—. El secado fue perfecto, así que el aroma será más denso y parejo al encenderlo. Con tres cajas tendrás reservas de sobra para aguantar las guardias más pesadas o las misiones largas.
Adarel extendió la mano para tomar el pedido. Al rozar el metal frío de la primera petaca, el Hyūga canalizó una imperceptible fluctuación de chakra para constatar la calidad del sellado en cada una de ellas, un reflejo profesional del que rara vez podía desprenderse. Satisfecho con la frescura del producto, sacó la cantidad exacta de monedas de su bolsa y las depositó sobre el mostrador sin generar un solo ruido metálico excesivo.
—La calidad de tu género nunca ha estado en duda —dijo Adarel con un leve asentimiento de cabeza a modo de respeto—. Tener reservas suficientes es una medida preventiva. Es un matiz de calma necesario tras días donde el análisis y la tensión constante suelen saturar los sentidos.
—A veces, incluso la mente más analítica necesita un momento para contemplar el humo desvanecerse en el aire —replicó Kenji con una chispa de sabiduría en los ojos mientras guardaba las monedas en el cajón.
Adarel guardó las tres petacas en los bolsillos interiores de su túnica blanca, asegurándolas junto a sus pertenencias. Tras cambiar un último saludo formal con el comerciante, se giró y abandonó la tienda. La campanilla volvió a repicar suavemente tras sus espaldas mientras regresaba a la brisa del callejón. Con sus provisiones premium aseguradas para las próximas semanas, el Hyūga reanudó su marcha con paso elegante, listo para disfrutar de su merecido momento de contemplación al caer la noche.