24-07-2026, 04:07 AM
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El sol del verano del año 150 castigaba con fuerza los pesados adoquines de la Puerta Sur de Konoha. El ambiente en la estación de peaje era un bullicio ensordecedor: carretas de bueyes repletas de sacos de grano rechinaban sobre el suelo, mercaderes de distintas regiones negociaban a los gritos, y los oficiales de aduana intentaban mantener el orden en medio del caos provocado por la inmensa afluencia de caravanas atraídas por la cumbre comercial.
Cerca de la garita principal de control, un supervisor de aduanas, con la frente sudorosa y rodeado de rimeros de pergaminos con manifiestos de entrada, levanta la vista al percatarse de la presencia del genin en el puesto asignado.
—¡Vaya, al fin mandan refuerzos! —exclama el funcionario con un evidente suspiro de alivio, extendiendo hacia el área de control un pesado portapapeles de madera y una pequeña llave de calibración de bronce—. La fila de carretas no hace más que crecer y los inspectores regulares no dan abasto con tanto volumen.
Señala con la mano enguantada una larga hilera de vehículos detenidos a pocos metros, donde varios comerciantes observan con rostros impacientes y miradas esquivas.
—Ya conoces el protocolo: verifica que las básculas de bronce mantengan el calibrado correcto, inspecciona de forma preventiva los empaques y cruza cada dato con los manifiestos oficiales. Los mercaderes de la región este son astutos y no sería la primera vez que intentan colar contrabando. El puesto es tuyo.
El sol del verano del año 150 castigaba con fuerza los pesados adoquines de la Puerta Sur de Konoha. El ambiente en la estación de peaje era un bullicio ensordecedor: carretas de bueyes repletas de sacos de grano rechinaban sobre el suelo, mercaderes de distintas regiones negociaban a los gritos, y los oficiales de aduana intentaban mantener el orden en medio del caos provocado por la inmensa afluencia de caravanas atraídas por la cumbre comercial.
Cerca de la garita principal de control, un supervisor de aduanas, con la frente sudorosa y rodeado de rimeros de pergaminos con manifiestos de entrada, levanta la vista al percatarse de la presencia del genin en el puesto asignado.
—¡Vaya, al fin mandan refuerzos! —exclama el funcionario con un evidente suspiro de alivio, extendiendo hacia el área de control un pesado portapapeles de madera y una pequeña llave de calibración de bronce—. La fila de carretas no hace más que crecer y los inspectores regulares no dan abasto con tanto volumen.
Señala con la mano enguantada una larga hilera de vehículos detenidos a pocos metros, donde varios comerciantes observan con rostros impacientes y miradas esquivas.
—Ya conoces el protocolo: verifica que las básculas de bronce mantengan el calibrado correcto, inspecciona de forma preventiva los empaques y cruza cada dato con los manifiestos oficiales. Los mercaderes de la región este son astutos y no sería la primera vez que intentan colar contrabando. El puesto es tuyo.