22-07-2026, 07:32 PM
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El sol del día 39 de verano apenas comienza a filtrarse a través del espeso dosel de hojas del Bosque de Konoha, proyectando haces de luz dorada sobre la imponente estructura de piedra y madera de la Torre de Vigía del Perímetro Este. El aire de la mañana aún conserva la pesada humedad y el leve olor a ozono residual de la fuerte tormenta eléctrica que azotó la zona la noche anterior.
En la base de la torre, un oficial encargado de la vigilancia del sector —con el uniforme reglamentario ligeramente arrugado y los brazos cruzados con frustración— aguarda junto a un atril lleno de planos y herramientas de precisión. A lo largo de los enormes troncos circundantes, las líneas de cobre y los hilos sensores que conectan las campanas de alerta oscilan flojos o demasiado tensos, meciéndose levemente con la brisa.
Al percatarse de la llegada del joven Hyūga, el guardia exhala un suspiro cargado de fastidio y se adelanta unos pasos para recibirlo:
—¡Qué bueno que te mandan, Hyūga! La tormenta de anoche hizo estragos en el sistema de aviso temprano del sector este. Las líneas de cobre están completamente desajustadas entre la corteza de los árboles y los contrapesos de las poleas se descalibraron; con cada racha de viento o el simple paso de una ardilla, las campanas empiezan a sonar como si media aldea estuviera bajo ataque, provocando falsas alarmas que traen de cabeza a la división de patrullaje —explica el oficial, señalando con un dedo enguantado hacia el intrincado enmarañado de cables que se pierde entre las ramas altas y los mecanismos de contrapeso situados en los costados de la torre—. Necesito que realices una inspección técnica minuciosa de todo el cableado a lo largo del perímetro de los árboles y reconfigures los contrapesos antes de que el alto mando pierda la paciencia con tanto ruido innecesario.
El oficial se aparta ligeramente, dejando el acceso libre al panel de control y a los primeros soportes del sistema para que el shinobi comience con la calibración.
El sol del día 39 de verano apenas comienza a filtrarse a través del espeso dosel de hojas del Bosque de Konoha, proyectando haces de luz dorada sobre la imponente estructura de piedra y madera de la Torre de Vigía del Perímetro Este. El aire de la mañana aún conserva la pesada humedad y el leve olor a ozono residual de la fuerte tormenta eléctrica que azotó la zona la noche anterior.
En la base de la torre, un oficial encargado de la vigilancia del sector —con el uniforme reglamentario ligeramente arrugado y los brazos cruzados con frustración— aguarda junto a un atril lleno de planos y herramientas de precisión. A lo largo de los enormes troncos circundantes, las líneas de cobre y los hilos sensores que conectan las campanas de alerta oscilan flojos o demasiado tensos, meciéndose levemente con la brisa.
Al percatarse de la llegada del joven Hyūga, el guardia exhala un suspiro cargado de fastidio y se adelanta unos pasos para recibirlo:
—¡Qué bueno que te mandan, Hyūga! La tormenta de anoche hizo estragos en el sistema de aviso temprano del sector este. Las líneas de cobre están completamente desajustadas entre la corteza de los árboles y los contrapesos de las poleas se descalibraron; con cada racha de viento o el simple paso de una ardilla, las campanas empiezan a sonar como si media aldea estuviera bajo ataque, provocando falsas alarmas que traen de cabeza a la división de patrullaje —explica el oficial, señalando con un dedo enguantado hacia el intrincado enmarañado de cables que se pierde entre las ramas altas y los mecanismos de contrapeso situados en los costados de la torre—. Necesito que realices una inspección técnica minuciosa de todo el cableado a lo largo del perímetro de los árboles y reconfigures los contrapesos antes de que el alto mando pierda la paciencia con tanto ruido innecesario.
El oficial se aparta ligeramente, dejando el acceso libre al panel de control y a los primeros soportes del sistema para que el shinobi comience con la calibración.