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Sencillamente
Kaito Sarutobi
Rango Genin
Clan Sarutobi
Nivel 9
Estadísticas
Generales
Fuerza15(1)
Destreza25(2)
Ctrl. de Chakra65(3)
Inteligencia30(2)
Especiales
Salud8
Velocidad10
Tenketsu10
Sigilo17
395
460
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16-07-2026, 07:44 PM
El tablón de misiones de la Torre Hokage tenía ese mismo olor de siempre: papel viejo, tinta y un poco de polvo de tiza acumulado en las esquinas de madera. Kaito Sarutobi recorrió con la mirada los pergaminos clavados con chinches, uno tras otro, hasta detenerse en uno que, comparado con los demás, parecía casi ridículo por su sencillez.

"Se busca genin para devolver objeto extraviado. Caja de madera con ornamentaciones doradas. Recompensa estándar."

Sonrió apenas. Después de la tensión de las últimas semanas —el águila negra sobrevolando los tejados, el humo rojo filtrándose desde la Floristería Yamanaka, la sombra de Renji y sus hombres moviéndose entre las sospechas— una misión de rango D se sentía casi como una broma del universo. Casi un descanso. Se quedó un momento mirando el pergamino, dejando que la idea de un día simple, sin sobresaltos, se asentara en su cabeza como algo extraño pero bienvenido.

Desprendió el papel de la chinche y fue a buscar los detalles con el chūnin encargado del tablón, un hombre de mediana edad que llevaba el pelo recogido en una coleta baja y hablaba con la calma aburrida de quien ha repetido la misma explicación cien veces.

—Un comerciante que pasó por la aldea hace dos días perdió una caja en algún punto entre la entrada este y el mercado central —le explicó, señalando un mapa aproximado dibujado a mano sobre el mostrador—. La caja tiene grabados dorados, no muy grande, del tamaño de una caja de té. Si la encontrás, hay que devolvérsela a su dueño, que está esperando noticias en la aldea.

—Entendido —respondió Kaito, guardándose el pergamino en el bolsillo interno del chaleco.

—Ah, y una cosa más— agregó el chūnin, ya con la vista puesta en el siguiente trámite: —no hace falta que la abras ni que confirmes el contenido. Solo encontrarla y devolverla. El dueño se encargará del resto.—

Kaito asintió y salió de la Torre Hokage bajo un sol de pleno verano, de esos que caen a plomo sobre los tejados y hacen brillar el polvo del camino. Las calles de Konoha bullían con el movimiento normal de un día de mercado: vendedores ambulantes ofreciendo fruta y pescado seco, niños corriendo entre los puestos con las sandalias golpeando contra el suelo de tierra, algún ninja de rango superior cruzando por los tejados sin apuro, como si el calor no le afectara en absoluto.

Kaito caminó hacia la entrada este, decidido a rastrear el camino que probablemente había tomado el comerciante. Antes de empezar, se detuvo un instante bajo la sombra de un toldo y repasó mentalmente lo que sabía: alguien que viaja cargado de mercancía, que entra a la aldea por la puerta principal, que recorre las calles comerciales en dirección al centro. Un trayecto lógico, predecible. Si algo se le había caído en el camino, tenía sentido buscar en los puntos donde la gente tiende a detenerse: esquinas con sombra, puestos de descanso, lugares donde uno deja las cosas en el suelo por un segundo y se olvida de levantarlas.

El trayecto entre la entrada este y el mercado central no era corto, pero tampoco especialmente complicado. Kaito fue caminando por el borde de la calle principal, con los ojos entrenados para notar lo que no encajaba: un bulto fuera de lugar, un destello dorado entre la tierra, cualquier cosa que rompiera el paisaje cotidiano de la aldea.

Pasó primero por la zona de los puestos de té, donde el aroma a hojas tostadas se mezclaba con el vapor de las teteras. Revisó entre los cajones apilados junto a uno de los puestos, sin resultado. Luego avanzó hacia el callejón donde los artesanos exhibían sus trabajos de laca y cerámica, deteniéndose a mirar debajo de las mesas plegables y entre los canastos de mimbre. Nada tampoco ahí.

Se detuvo un momento a pensar, con los brazos cruzados y la vista perdida en el movimiento de la calle. Si el comerciante venía cargado —como suele pasar con quienes recorren varias aldeas vendiendo mercancía— era probable que hubiera hecho alguna parada para descansar. Un lugar con sombra, quizás cerca de un puesto de agua, donde pudiera bajar sus cosas por un rato sin perderlas de vista. O eso pensaba él, al menos.
Con esa idea en mente, dirigió sus pasos hacia la pequeña plaza donde se juntaban los puestos de bebidas frías, un punto de descanso habitual para viajeros y comerciantes de paso. El lugar tenía varios toneles apilados contra una pared, bancos de madera desgastados por el sol y toldos de tela remendada que daban algo de sombra a quienes se sentaban a esperar el mediodía más fresco.

Kaito fue revisando los rincones con paciencia: detrás de los toneles, bajo los bancos, entre las bolsas de arpillera que alguien había dejado amontonadas contra una de las paredes de piedra. El sol le pegaba de lleno en la nuca y sintió, por un momento, la tentación de sentarse también él a tomar algo frío. Pero siguió buscando.

Fue justo entonces, medio escondida entre un montículo de sacos vacíos y la sombra alargada de un toldo, cuando la vio: una caja de madera oscura, no más grande que una caja de té, con vetas doradas talladas en los bordes que brillaban tenues bajo la luz del mediodía. Estaba apenas cubierta por uno de los sacos, como si alguien la hubiera dejado ahí un momento y se hubiera olvidado por completo de ella.

Kaito se acercó y la levantó con cuidado, sosteniéndola con ambas manos. Pesaba poco, pero al moverla sintió un leve traqueteo interno, como si contuviera algo pequeño y sólido, tal vez envuelto en tela para amortiguar el golpe. Recordó las palabras del chūnin: no hacía falta abrirla ni confirmar el contenido. Solo encontrarla y devolverla. Le pareció razonable no forzar esa indicación por simple curiosidad, así que la sostuvo bajo el brazo, revisó que no tuviera daños visibles en la madera, y emprendió el camino de regreso hacia el centro de la aldea, satisfecho de que la búsqueda hubiera sido más simple de lo esperado.

De camino, se cruzó con un par de genin de su misma generación que discutían animadamente sobre alguna misión reciente, y con un grupo de niños jugando a perseguirse entre los puestos, esquivando por poco a los adultos que cargaban bolsas de compras. Konoha en verano tenía ese ritmo particular: caluroso, ruidoso, lleno de gente que iba y venía sin demasiada prisa.

Preguntando en el mercado central por el paradero del comerciante que había reportado la pérdida, no tardó en dar con él: un hombre de rostro cansado, sentado en el borde de una fuente pública, con la mirada fija en el suelo como quien lleva días dándole vueltas a la misma preocupación. Tenía a su lado un carromato pequeño cargado de mercancía cubierta con lonas, señal de que no pensaba moverse de la aldea hasta recuperar lo que había perdido.

Kaito se acercó y, sin decir nada todavía, extendió la caja hacia él.

El hombre levantó la vista, y su expresión cambió de golpe al reconocer los grabados dorados. La tomó con ambas manos, casi con torpeza por la premura, como si temiera que fuera a desvanecerse entre sus dedos.

—Es ella— dijo, con la voz entrecortada por el alivio. —No puedo creer que la hayan encontrado tan rápido.—

—Estaba cerca de los puestos de bebidas, junto a unos sacos— explicó Kaito. —Por suerte nadie la había tocado.—

El comerciante abrió la caja apenas una rendija, lo suficiente para comprobar que el contenido seguía intacto, y suspiró aliviado antes de cerrarla de nuevo con cuidado. No dio más explicaciones sobre qué había adentro, y Kaito tampoco preguntó.

—No tenés idea de lo que esto significa para mí— dijo el hombre, y buscó entre sus cosas una bolsa pequeña que le entregó a Kaito como recompensa acordada —Gracias, de verdad. Muchas gracias.—

—Es mi trabajo— respondió Kaito, con un gesto simple de cabeza, antes de despedirse y dejar que el comerciante volviera a acomodar sus pertenencias en el carromato.

Salió de vuelta hacia el centro de la aldea con la recompensa guardada en el bolsillo y el sol todavía alto sobre Konoha. Una misión sencilla, sin sobresaltos, que le sentó bien después de tanta tensión acumulada en las últimas semanas. A veces, pensó mientras caminaba entre el bullicio del mercado, lo más simple era también lo más necesario.
[Imagen: Y9dbWyr.png]
Masashi Kishimoto
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16-07-2026, 11:14 PM
¡Recompensas de Misión Entregadas!

Tema: Sencillamente (TID 14031)
Tipo: Misión Autonarrada · Rango: D
  • Kaito Sarutobi — Autor (100%): 500 Ryos, 5 Tobis, 70 Exp

¡Felicidades a todos los shinobi involucrados en esta misión! Que sigan forjando su leyenda.
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