![[Imagen: GdS9OxI.jpeg]](https://i.imgur.com/GdS9OxI.jpeg)
● Nombre de la Misión: Un restaurante de monos
● Rango y Tipo de la Misión: Misión normal Rango D
● Fecha y Lugar: Dia despues del desfile, Konoha, Año 150
● Cantidad de Usuarios: Mayura Hyuga, Naoe Senju, Raizen Sarutobi. Narrador Akira Hyuuga
● Cantidad máxima de horas por ronda: Flexible
Aprobada aqui
Viene de aqui
La luz del amanecer se filtraría a través de las celosías de madera, iluminando las motas de polvo que danzarían en el aire viciado del restaurante. El aroma a aceite quemado y a especias olvidadas del día anterior se adheriría a las paredes, impregnando el ambiente con una sensación de caos contenido. El suelo de madera crujiría bajo el peso de los pasos de los tres jóvenes —Mayura Hyuga, Naoe Senju y Raizen Sarutobi— al cruzar el umbral, notando cómo la frescura de la mañana se disiparía instantáneamente ante el calor húmedo que emanaría desde la cocina, donde los estragos del desfile aún dictarían un ritmo de trabajo frenético y desordenado.
El teniente Kitsunai estaría allí, reclinado contra el marco de la puerta de servicio, con una expresión de tedio absoluto que rozaría la caricatura. El funcionario suspiraría ruidosamente, removiendo una pila de formularios arrugados con el codo, mientras sus ojos, cargados de bolsas oscuras producto de una noche sin descanso, observarían al trío con un desdén evidente que parecería marcar la distancia entre su indiferencia y la urgencia de la situación.
—Ah, los prodigios de ayer —musitaría él, dejando escapar una bocanada de humo gris que se disiparía lentamente en el aire viciado—. Parecería que el incidente del desfile les habría dejado con ganas de más aventura, pero la realidad sería mucho menos gloriosa. Un chef estaría de baja tras ese pequeño desastre, y este establecimiento estaría al borde del colapso.
Kitsunai lanzaría un fajo de papeles hacia la mesa más cercana, haciendo que la vajilla mal colocada tintineara con un sonido agudo y discordante que resonaría en la estancia vacía.
—Les daré esta misión. La registraría como nivel D para que sumen algo de experiencia oficial, aunque técnicamente el caos aquí sería de nivel C teniendo encuenta de quien es ese local. Si logran mantener el restaurante en pie durante todo el día sin romper nada más —y si, de casualidad, recordaran traer un par de esos ricos Dangos en su próximo relevo—, tal vez olvidaría mencionar en el reporte que llegaron justo a tiempo para ver cómo el lugar se hundía. ¿Trato hecho?
El aire dentro del «Chango Dango» se sentiría denso, saturado por el calor sofocante y el aroma dulzor empalagoso de la masa de arroz cocida que se adheriría a cada superficie. El encargado del local, un hombre cuya presencia recordaría a un sargento de infantería endurecido por años de instrucción, caminaría con una rigidez que haría que cada paso resonara con autoridad sobre las tablas de madera. Se detendría frente a los tres jóvenes shinobi, con sus facciones angulosas endurecidas por la exigencia y una mirada que barrería el grupo con un desdén calculador.
El hombre, con el ceño fruncido bajo la sombra que proyectarían sus cejas, se cruzaría de brazos, haciendo que las venas en sus antebrazos marcaran el pulso de su impaciencia.
—Escuchen bien, novatos. Esto no sería un patio de juegos, sería un negocio que Sarutobi Sama me habría confiado —tronaría su voz, rasposa y carente de cualquier atisbo de cortesía—. La disciplina sería la única ley en este establecimiento. Mayura, a la barra. ¡Ya! Quiero ver rapidez y eficiencia, no caras largas.
Se giraría hacia los otros dos genin, señalándolos con un dedo acusador mientras una leve mueca de desprecio curvaría sus labios.
—Y ustedes dos. Menos charla y más acción. Si quieren ganarse el pan hoy, que el destino decida su puesto. Piedra, papel o tijeras. El ganador se encargaría de la cocina; el perdedor, de la montaña de mugre que se acumularía en el fregadero. ¡Muévanse, que el tiempo valdría oro y aquí estaríamos perdiendo dinero!
En cuanto Mayura ocuparía su posición tras la barra de madera astillada, la realidad del servicio lo golpearía con la fuerza de un vendaval. Un pequeño cliente, con los ojos brillando ante la promesa de azúcar, se plantaría frente a él y, sin saludar, exigiría con un tono imperativo:
—¡Quiero una ración de dangos extra grande y que esté cubierta de canela! ¡Mucha canela!
Mientras tanto, en la cocina, la tensión se respiraría en el ambiente. El encargado mantendría la vista fija en cuatro comandas pendientes, las cuales se amontonarían sobre el mostrador, aguardando a que el responsable de los fogones comenzara su labor con urgencia. En la zona de lavado, el escenario sería radicalmente distinto y desesperante. La pila de utensilios sucios se elevaría como una montaña de loza grasienta, y el jabón, el objeto más preciado en ese momento, se hallaría reposando en una repisa elevada, fuera de alcance. Un mono, con una expresión de astucia casi humana, se encontraría sentado junto al detergente, aferrándolo con fuerza. El animal, al notar la presencia del genin, le sacaría la lengua y emitiría un chillido agudo, una risa burlona que resonaría en todo el local mientras se negaría a soltar el producto.
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