03-07-2026, 03:35 AM
Día 26 de Verano | Año 150 | Kirigakure no Sato.
Habían pasado apenas nueve días desde la última vez que visité aquella casa. Cuando vi el nombre de la misión supe inmediatamente de quién se trataba. Lupita seguía enferma, la primera medicina había conseguido bajar la fiebre y devolverle algo de energía, pero no había sido suficiente para curarla por completo. Supongo que las enfermedades son como algunos ninjas, cuando parece que ya las venciste, encuentran la forma de volver a levantarse. La madre me recibió con una expresión mucho más tranquila que la primera vez, aunque el cansancio seguía marcado bajo sus ojos. Al entrar, el ambiente ya no desprendía aquel intenso olor a fiebre que recordaba, sino una mezcla de infusiones, paños húmedos y madera vieja. Lupita permanecía acostada, pero al verme sonrió con tanta naturalidad que por un instante resultó difícil creer que siguiera enferma. —Sabía que volverías. —
—Yo también, aunque hace diez segundos no lo sabía.— La niña soltó una risa breve antes de comenzar a toser. Su madre me explicó que el médico había descubierto que sus pulmones continuaban debilitados y necesitaba preparar una infusión especial con varias plantas que solo crecían en los humedales cercanos a Kirigakure. Mi trabajo consistía en recoger una muestra en el consultorio, encontrar las hierbas correctas y regresar antes del anochecer para que conservaran todas sus propiedades, por eso en cuanto termine de escuchar a la señora, me acerque a Lupita, coloque mi mano en su frente y pude sentir que tenia algo de fiebre pero no era como la ultima vez, eso al menos era un poco alentador. —Volveré pronto, Kunoichi— Entonces me despedí y sali con dirección al medico.
El médico me esperaba con varias muestras cuidadosamente envueltas. Antes de marcharme observé cada una durante unos segundos y terminé acercándolas a mi nariz. Memorizar un olor siempre era más sencillo que memorizar una forma, sali de su consultorio y me fui directo a los humedales, las hojas podían cambiar de tamaño o de color según la estación, pero el aroma seguía siendo prácticamente el mismo. El bosque estaba cubierto por la neblina habitual de Kirigakure. La humedad impregnaba cada árbol y el suelo cedía ligeramente bajo mis pasos. Había decenas de especies creciendo unas junto a otras, muchas tan parecidas que cualquiera podría confundirlas, pero mi olfato distinguía sin demasiados problemas las diferencias. Una desprendía un ligero aroma amargo, otra recordaba al musgo húmedo, la correcta tenía un fondo dulce muy particular. Fui cortándolas con cuidado y guardándolas en una bolsa de tela procurando no dañar las raíces.
Mientras buscaba la última planta, un aroma que conocía demasiado bien hizo que me detuviera de golpe, era miel. Giré lentamente la cabeza hasta descubrir una enorme colmena colgando de un viejo árbol. Permanecí inmóvil durante unos segundos observando a las abejas entrar y salir como si custodiaran un castillo. —Oh no amigas, no. — Ellas siguieron con su vida. —Yo tampoco quiero problemas.— Decidí rodear toda la zona. Algunos dirían que un shinobi debe enfrentarse a cualquier peligro. Yo diría que un shinobi inteligente sabe cuándo un enemigo no merece el esfuerzo. Además, soy alérgico a la miel, morir por culpa de unas abejas sería un final demasiado ridículo, incluso para mí.
Regresé a la aldea cuando el sol comenzaba a descender. El médico recibió las plantas y confirmó que todavía conservaban toda su frescura, justo lo que necesitaba para preparar la infusión. Mientras esperaba, Lupita no dejaba de hacer preguntas sobre el bosque, los animales y cómo era salir de misión. Escucharla hablar con tanta ilusión después de verla tan débil días atrás hacía difícil no pensar que realmente llegaría lejos si conseguía recuperarse, antes de marcharme me miró con una determinación que no parecía propia de una niña de su edad. —Cuando sea kunoichi, quiero hacer una misión contigo. — La observé durante un instante y terminé asintiendo.
—Está bien, pero intenta no enfermarte otra vez. Dos misiones seguidas contigo empiezan a parecer una costumbre. — Levanté una mano para despedirme y abandoné la casa con la misma tranquilidad con la que había llegado. Aquella misión no había tenido combates, persecuciones ni grandes peligros, pero mientras caminaba entre la niebla de Kirigakure comprendí que no todas las victorias consistían en derrotar a un enemigo. Algunas simplemente consistían en darle a alguien la oportunidad de perseguir un sueño un día más y, por alguna razón, eso me parecía suficiente por ahora, aunque en verdad deseaba no tener que volver, no quería saber que pasaría la próxima vez, como estaría o si simplemente lograría sobrellevar esta semana, simplemente no lo sé.
Habían pasado apenas nueve días desde la última vez que visité aquella casa. Cuando vi el nombre de la misión supe inmediatamente de quién se trataba. Lupita seguía enferma, la primera medicina había conseguido bajar la fiebre y devolverle algo de energía, pero no había sido suficiente para curarla por completo. Supongo que las enfermedades son como algunos ninjas, cuando parece que ya las venciste, encuentran la forma de volver a levantarse. La madre me recibió con una expresión mucho más tranquila que la primera vez, aunque el cansancio seguía marcado bajo sus ojos. Al entrar, el ambiente ya no desprendía aquel intenso olor a fiebre que recordaba, sino una mezcla de infusiones, paños húmedos y madera vieja. Lupita permanecía acostada, pero al verme sonrió con tanta naturalidad que por un instante resultó difícil creer que siguiera enferma. —Sabía que volverías. —
—Yo también, aunque hace diez segundos no lo sabía.— La niña soltó una risa breve antes de comenzar a toser. Su madre me explicó que el médico había descubierto que sus pulmones continuaban debilitados y necesitaba preparar una infusión especial con varias plantas que solo crecían en los humedales cercanos a Kirigakure. Mi trabajo consistía en recoger una muestra en el consultorio, encontrar las hierbas correctas y regresar antes del anochecer para que conservaran todas sus propiedades, por eso en cuanto termine de escuchar a la señora, me acerque a Lupita, coloque mi mano en su frente y pude sentir que tenia algo de fiebre pero no era como la ultima vez, eso al menos era un poco alentador. —Volveré pronto, Kunoichi— Entonces me despedí y sali con dirección al medico.
El médico me esperaba con varias muestras cuidadosamente envueltas. Antes de marcharme observé cada una durante unos segundos y terminé acercándolas a mi nariz. Memorizar un olor siempre era más sencillo que memorizar una forma, sali de su consultorio y me fui directo a los humedales, las hojas podían cambiar de tamaño o de color según la estación, pero el aroma seguía siendo prácticamente el mismo. El bosque estaba cubierto por la neblina habitual de Kirigakure. La humedad impregnaba cada árbol y el suelo cedía ligeramente bajo mis pasos. Había decenas de especies creciendo unas junto a otras, muchas tan parecidas que cualquiera podría confundirlas, pero mi olfato distinguía sin demasiados problemas las diferencias. Una desprendía un ligero aroma amargo, otra recordaba al musgo húmedo, la correcta tenía un fondo dulce muy particular. Fui cortándolas con cuidado y guardándolas en una bolsa de tela procurando no dañar las raíces.
Mientras buscaba la última planta, un aroma que conocía demasiado bien hizo que me detuviera de golpe, era miel. Giré lentamente la cabeza hasta descubrir una enorme colmena colgando de un viejo árbol. Permanecí inmóvil durante unos segundos observando a las abejas entrar y salir como si custodiaran un castillo. —Oh no amigas, no. — Ellas siguieron con su vida. —Yo tampoco quiero problemas.— Decidí rodear toda la zona. Algunos dirían que un shinobi debe enfrentarse a cualquier peligro. Yo diría que un shinobi inteligente sabe cuándo un enemigo no merece el esfuerzo. Además, soy alérgico a la miel, morir por culpa de unas abejas sería un final demasiado ridículo, incluso para mí.
Regresé a la aldea cuando el sol comenzaba a descender. El médico recibió las plantas y confirmó que todavía conservaban toda su frescura, justo lo que necesitaba para preparar la infusión. Mientras esperaba, Lupita no dejaba de hacer preguntas sobre el bosque, los animales y cómo era salir de misión. Escucharla hablar con tanta ilusión después de verla tan débil días atrás hacía difícil no pensar que realmente llegaría lejos si conseguía recuperarse, antes de marcharme me miró con una determinación que no parecía propia de una niña de su edad. —Cuando sea kunoichi, quiero hacer una misión contigo. — La observé durante un instante y terminé asintiendo.
—Está bien, pero intenta no enfermarte otra vez. Dos misiones seguidas contigo empiezan a parecer una costumbre. — Levanté una mano para despedirme y abandoné la casa con la misma tranquilidad con la que había llegado. Aquella misión no había tenido combates, persecuciones ni grandes peligros, pero mientras caminaba entre la niebla de Kirigakure comprendí que no todas las victorias consistían en derrotar a un enemigo. Algunas simplemente consistían en darle a alguien la oportunidad de perseguir un sueño un día más y, por alguna razón, eso me parecía suficiente por ahora, aunque en verdad deseaba no tener que volver, no quería saber que pasaría la próxima vez, como estaría o si simplemente lograría sobrellevar esta semana, simplemente no lo sé.