19-06-2026, 10:55 PM
El Aviario de Konohagakure en particular que se les había indicado se encontraba en uno de los sectores menos transitados de la aldea, apartado del bullicio constante de los mercados y de los campos de entrenamiento donde los jóvenes shinobi solían pasar la mayor parte de sus días. Era un recinto amplio, protegido por cercas de madera reforzada y cubierto parcialmente por grandes redes que evitaban que las aves más valiosas escaparan hacia los bosques que rodeaban la villa. Desde la distancia ya podía escucharse el incesante coro de graznidos, chillidos y aleteos que se mezclaban en una cacofonía constante.
La mañana era cálida cuando los gemelos Hyūga llegaron al lugar con la documentación de la misión en mano. La responsable del aviario los esperaba junto a la entrada principal, una mujer de edad avanzada cuyo rostro reflejaba el agotamiento acumulado de varios días de trabajo que no habían sido suficientes para realizar todo lo que buscaba hacer. Bastó una mirada al interior para comprender por qué la petición había terminado convertida en una misión oficial.
El panorama era desastroso.
Las aves ocupaban prácticamente cada rincón disponible. Algunas permanecían tranquilas en sus perchas, mientras que otras revoloteaban libremente por los pasillos, levantando nubes de plumas que flotaban lentamente bajo los rayos de sol que atravesaban la malla superior. El suelo apenas podía distinguirse bajo la acumulación de suciedad. Restos de alimento se encontraban desperdigados por todas partes, mezclados con semillas rotas, cáscaras vacías y montículos que llevaban demasiado tiempo sin ser retirados.
Varias jaulas presentaban recipientes de agua volcados. Otras estaban cubiertas por manchas secas que se habían adherido a los barrotes después de días de abandono. Los comederos rebosaban de restos fermentados que desprendían un olor desagradable capaz de percibirse incluso desde la entrada. En algunos rincones, pequeños grupos de pájaros habían comenzado a construir nidos improvisados utilizando cualquier material que encontraban a su alcance, incluyendo trozos de cuerda, hojas arrastradas por el viento e incluso partes de antiguos utensilios de limpieza.
La encargada explicó la situación con evidente frustración. Durante las últimas semanas varios trabajadores habían enfermado o habían sido reasignados a otras labores relacionadas con el esfuerzo de reconstrucción de ciertas infraestructuras de la aldea. Como resultado, el mantenimiento diario del aviario había quedado cada vez más descuidado. Lo que normalmente requería unas pocas horas de trabajo constante se había convertido en un problema considerable.
Mientras hablaba, una bandada de aves atravesó el recinto de un extremo al otro, levantando una nueva lluvia de plumas. Algunas terminaron posándose sobre estanterías cubiertas de polvo mientras que otras aterrizaban directamente sobre pilas de sacos abiertos cuyos contenidos quedaron inmediatamente esparcidos por el suelo. Era evidente que aquello estaba muy lejos de ser una simple tarea rápida.
Las aves nusnas, ajenas a la gravedad del problema, continuaban con su rutina diaria. Algunas se perseguían entre las estructuras de madera y ocupaban cualquier espacio libre que encontraban. El resultado era una escena caótica donde el ruido, el desorden y la suciedad parecían haberse acumulado durante semanas.
— ¿Necesitan algo más? —Les preguntó la mujer, después de indicarles en donde podían encontrar escobas, cepillos, y otros artefactos de limpieza.
La mañana era cálida cuando los gemelos Hyūga llegaron al lugar con la documentación de la misión en mano. La responsable del aviario los esperaba junto a la entrada principal, una mujer de edad avanzada cuyo rostro reflejaba el agotamiento acumulado de varios días de trabajo que no habían sido suficientes para realizar todo lo que buscaba hacer. Bastó una mirada al interior para comprender por qué la petición había terminado convertida en una misión oficial.
El panorama era desastroso.
Las aves ocupaban prácticamente cada rincón disponible. Algunas permanecían tranquilas en sus perchas, mientras que otras revoloteaban libremente por los pasillos, levantando nubes de plumas que flotaban lentamente bajo los rayos de sol que atravesaban la malla superior. El suelo apenas podía distinguirse bajo la acumulación de suciedad. Restos de alimento se encontraban desperdigados por todas partes, mezclados con semillas rotas, cáscaras vacías y montículos que llevaban demasiado tiempo sin ser retirados.
Varias jaulas presentaban recipientes de agua volcados. Otras estaban cubiertas por manchas secas que se habían adherido a los barrotes después de días de abandono. Los comederos rebosaban de restos fermentados que desprendían un olor desagradable capaz de percibirse incluso desde la entrada. En algunos rincones, pequeños grupos de pájaros habían comenzado a construir nidos improvisados utilizando cualquier material que encontraban a su alcance, incluyendo trozos de cuerda, hojas arrastradas por el viento e incluso partes de antiguos utensilios de limpieza.
La encargada explicó la situación con evidente frustración. Durante las últimas semanas varios trabajadores habían enfermado o habían sido reasignados a otras labores relacionadas con el esfuerzo de reconstrucción de ciertas infraestructuras de la aldea. Como resultado, el mantenimiento diario del aviario había quedado cada vez más descuidado. Lo que normalmente requería unas pocas horas de trabajo constante se había convertido en un problema considerable.
Mientras hablaba, una bandada de aves atravesó el recinto de un extremo al otro, levantando una nueva lluvia de plumas. Algunas terminaron posándose sobre estanterías cubiertas de polvo mientras que otras aterrizaban directamente sobre pilas de sacos abiertos cuyos contenidos quedaron inmediatamente esparcidos por el suelo. Era evidente que aquello estaba muy lejos de ser una simple tarea rápida.
Las aves nusnas, ajenas a la gravedad del problema, continuaban con su rutina diaria. Algunas se perseguían entre las estructuras de madera y ocupaban cualquier espacio libre que encontraban. El resultado era una escena caótica donde el ruido, el desorden y la suciedad parecían haberse acumulado durante semanas.
— ¿Necesitan algo más? —Les preguntó la mujer, después de indicarles en donde podían encontrar escobas, cepillos, y otros artefactos de limpieza.
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