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[Autonarrada - Rango E] Ruidos en el Piso de Arriba
Yokubari
Rango Chuunin
Clan Senju
Nivel 17
Estadísticas
Generales
Fuerza140(5)
Destreza10(1)
Ctrl. de Chakra100(5)
Inteligencia45(2)
Especiales
Salud10
Velocidad30
Tenketsu20
Sigilo15
805
830
Enlace al Post
18-06-2026, 06:42 PM
Última modificación: 18-06-2026, 06:42 PM por Yokubari.
Ruidos en el Piso de Arriba
Día 3 de verano, Año 150
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Yokubari Ben leyó la misión con la misma cara con la que otros hombres miraban una mancha en la pared. Día 3 de verano, Año 150. Zona residencial de Konoha. Una anciana con problemas de ruido. Un inquilino del piso de arriba. Un papel de desalojo. Un genin solicitado para acompañarla. Todo sonaba pequeño, doméstico, casi ofensivo para alguien que todavía caminaba con el peso de guerras viejas metido en los huesos. Ben sostuvo la hoja entre los dedos, la miró una vez más y soltó una exhalación seca por la nariz. No se quejó. No pidió otra misión. No dijo que aquello era una pérdida de tiempo. Solo aceptó con esa obediencia rígida que todavía le quedaba de soldado antiguo. El problema era simple: una persona débil tenía miedo de enfrentar a una persona abusiva. Y para Ben, eso bastaba. Se guardó el aviso de desalojo en una mano, sacó tabaco con la otra y empezó a trabajar el papel de la misión con una calma grosera. Lo enrolló con cuidado, lo apretó entre los labios y lo encendió sin ceremonia. La primera bocanada le raspó la garganta. El humo le subió por la cara, lento, mientras sus ojos avellana se quedaban fijos en la calle. Después echó a andar. Armadura oscura, botas pesadas, hombros firmes. No parecía un muchacho recién metido en misiones sencillas. Parecía un problema enviado a resolver otro problema.

Cuando llegó a la vivienda, la anciana lo recibió con esa mezcla de alivio y vergüenza que tenía la gente cuando debía pedir ayuda por algo que llevaba demasiado tiempo soportando. Era una casa sencilla, de madera vieja, con paredes delgadas y una escalera lateral que subía al segundo piso. La mujer le explicó lo mismo que había puesto en la queja, pero con más cansancio en la voz. Llevaba noches sin dormir. Primero eran pasos fuertes. Luego muebles arrastrados. Después golpes secos contra el suelo. Había intentado hablar con el inquilino, pero el hombre la había intimidado. También había intentado entregarle el aviso de desalojo una vez, y desde entonces prefería no subir sola. Ben escuchó sin interrumpir. No mostró ternura, ni paciencia amable, ni esa educación suave que otros ninjas usaban para tranquilizar civiles. Se limitó a mirar el techo cuando un nuevo golpe retumbó arriba. La anciana se encogió apenas, por costumbre. Ben notó ese movimiento. Eso fue suficiente. Recibió el documento, lo dobló una sola vez y lo sostuvo entre los dedos. Después asintió. No necesitaba más contexto. No le interesaban las excusas del inquilino. No había nada complejo allí.

Subió las gradas sin apuro, aunque cada pisada suya sonó pesada en la madera. La escalera crujió bajo sus botas, y desde arriba se escucharon voces apagadas, movimiento, algo cayendo al suelo y luego una risa corta. Ben llegó frente a la puerta del apartamento y tocó con los nudillos. Un golpe. Dos. Tres. La puerta vibró apenas, pero nadie respondió. Del otro lado el ruido bajó por un instante. Había gente dentro. Él lo sabía. Su vista y su tacto le daban demasiadas señales para aceptar una mentira tan barata. Volvió a tocar, esta vez más fuerte. Otra pausa. Un murmullo. Luego nada. Ben bajó la mirada hacia la cerradura. Su mandíbula se tensó bajo la barba. No estaba ahí para negociar con cobardes detrás de una puerta. Levantó la pierna y pateó de lleno, sin advertencia, sin drama. La madera reventó alrededor del marco con un chasquido seco, y la puerta se abrió de golpe contra la pared interior. El apartamento quedó expuesto en un segundo: muebles mal puestos, botellas sobre una mesa, ropa tirada, marcas recientes en el suelo y un hombre de pie en medio del cuarto, sorprendido, furioso y demasiado lento para entender quién acababa de entrar.

El inquilino empezó a reclamar apenas recuperó la voz. Movía las manos, señalaba la puerta rota, inflaba el pecho y se acercaba a Ben con esa valentía falsa de quien solo se siente fuerte frente a gente más pequeña. Ben ni siquiera terminó de escucharlo. Avanzó un paso, le agarró el rostro con una mano abierta y grande, apretándole la mandíbula y los pómulos hasta cortarle la protesta en la boca. El hombre intentó forcejear. Fue inútil. Ben lo empujó contra la pared con una fuerza brutal y controlada, un golpe seco que hizo temblar un cuadro torcido y levantó polvo de la madera. El cuerpo del inquilino perdió firmeza al instante. Las piernas se le doblaron, los ojos se le fueron en blanco y cayó inconsciente antes de tocar bien el suelo. Los otros presentes se quedaron paralizados. Nadie quiso moverse. Nadie quiso probar suerte. Ben miró alrededor, respirando humo viejo y rabia vieja, y dejó el aviso de desalojo sobre la mesa, bien visible, aplastándolo con dos dedos contra la superficie. Después tomó al hombre inconsciente por la ropa, lo levantó sin esfuerzo y se lo acomodó sobre el hombro, como una carga molesta que había que sacar de la casa. No revisó si alguien tenía algo que decir. La respuesta ya estaba dada.

Bajó las gradas con el inquilino encima, mientras la anciana esperaba abajo con las manos juntas, sin saber si sentirse agradecida o asustada. Ben se detuvo frente a ella y le informó, de forma simple, que el asunto estaba listo. No adornó la frase. No pidió disculpas por la puerta. No prometió que el hombre aprendería una lección. Solo le dejó claro que ya no tendría que subir a entregar nada, que el documento estaba donde debía estar y que el ruido se había terminado por esa noche. La anciana asintió varias veces, demasiado rápido, todavía mirando el cuerpo colgado del hombro del ninja. Ben no esperó bendiciones ni agradecimientos. Se dio media vuelta y se marchó por la calle residencial, atravesando el calor quieto del verano con la misma calma con la que había llegado. Caminó varias cuadras hasta una zona apartada, lejos de la casa, lejos de la anciana y lejos de cualquier vecino curioso. Allí dejó caer al inquilino en el suelo, sin delicadeza, pero sin rematarlo. Solo lo dejó tirado, respirando, con suficiente dolor para recordar que las amenazas contra viejas indefensas tenían consecuencias. Ben encendió otro cigarro, ajustó la cadena bajo su armadura donde colgaba el anillo de su esposa y siguió caminando. Para Konoha, aquello había sido una misión de rango E. Para él, apenas había sido una corrección menor. Una puerta rota, un abusivo dormido en la calle y una anciana que por fin podría descansar.
Moderador 6
Rango Genin
Clan Yamanaka
Nivel 2
Estadísticas
Generales
Fuerza0(1)
Destreza0(1)
Ctrl. de Chakra0(1)
Inteligencia0(1)
Especiales
Salud9
Velocidad9
Tenketsu9
Sigilo9
180
180
Enlace al Post
18-06-2026, 09:19 PM
Última modificación: 18-06-2026, 09:20 PM por Moderador 6.
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🔒 Tema cerrado
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