Yo tuve que ocultarme junto con Bakura, luchando por sobrevivir de la tierra, por suerte la montaña Heiwa era clemente, no como los imperialistas que entraron al templo para destruirlo... A fin de cuentas ahora había una nueva deidad tangible, otras religiones no eran permitidas. Ambos logramos hacernos una choza, el Templo estaba lleno de buena madera, además de tener muchos utensilios y demás cosas útiles, aunque apenas ya quedasen muros y esculturas en pie, aunque Iwagakure lo pasó aún peor, no porque fuera destruida, sino porque no lo hicieron, condenando a vivir a sus habitantes bajo un represor yugo, el nuevo gobernador de la Aldea de la Roca era estricto con sus normas y sádico con sus castigos. Sin embargo, las personas acostumbran a crecer ante las desgracias e Iwagakure No Sato ya tenía experiencia levantándose tras una enorme caída, tarde o temprano volvería a ser tan esplendoroso como siempre fue.
Ahora, con todo mas estable, podía volver a viajar, tanto tiempo sin mostrarme en público hizo que me olvidasen, llevar un perfil bajo era duro, pero mereció la pena; ya solo quedaban rumores mas que antiguos en los que mi nombre no era mentado. Las cinco aldeas habían rehecho su vida en los años posteriores a la gran catástrofe, adaptándose y evolucionando pese a ella, yo tan solo viajé para poder comprobar en que estado se encontraba el mundo, ayudando a los pobres que lo habían perdido todo. En Kirigakure, o bueno... La ciudad de Jouki, Habían sufrido bastante, podía notarse en los ánimos de la gente, aunque ahora estaban bastante recuperados, ya no había escombros y los edificios habían sido reconstruidos; eso si, podía notarse la aumentada vigilancia por parte de los imperialistas. Sus calles eran tranquilas, como para no, y su niebla se respiraba triste y lúgubre, Se oían los ruidos de la gente, sin embargo apenas había barullo, le sentía pesadumbre... Aquella aldea me recordaba a una antigua colina silenciosa que se veía arropada por la niebla.