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Un lugar para compartir contigo
Akira Hyuuga
Rango Chuunin
Clan Hyuga
Nivel 20
Estadísticas
Generales
Fuerza100(5)
Destreza100(5)
Ctrl. de Chakra100(5)
Inteligencia20(1)
Especiales
Salud15
Velocidad25
Tenketsu20
Sigilo8
755
885
Enlace al Post
Hace 6 horas
El problema de preparar una salida sencilla, descubriría Akira Hyūga aquella mañana, era que su idea de lo sencillo parecía tener muy poco que ver con la de cualquier persona razonable.

Todo habría comenzado con una decisión bastante inocente. Aprovechando que disponía de tiempo libre y que el día prometía ser agradable, había decidido invitar a Asuna a pasar unas horas fuera de la rutina de la aldea. Nada de entrenamientos programados, ejercicios ni obligaciones que atender. Solo un paseo hasta el Río Natsume, un lugar tranquilo junto al agua y algo de comida para compartir bajo los árboles.

La idea le había parecido perfecta durante aproximadamente cinco minutos.

Después había empezado a pensar en los detalles.

—Comida, algo de fruta, dulces y té. Una manta para sentarnos y listo. Sencillo, ¿ves, Makey? Hasta yo puedo organizar algo sin convertirlo en una expedición.

El gato blanco, instalado sobre el escritorio de la habitación, no demostraría el menor interés por aquella declaración. Sus ojos de distinto color seguirían los movimientos de Akira mientras este sacaba una cesta de un armario y la colocaba sobre la mesa.

—No pongas esa cara. Ni siquiera he empezado.

En realidad, Makey no habría puesto ninguna cara especial. Pero Akira ya estaba demasiado acostumbrado a interpretar los silencios del felino como respuestas perfectamente razonables.

Comenzaría por reunir lo imprescindible. Un recipiente con comida preparada, varias piezas de fruta, una pequeña selección de dulces y una tetera que pudiera transportar sin derramar su contenido por el camino. Añadiría dos tazas, un par de utensilios y una manta doblada con cuidado.

Hasta ahí, todo marcharía bastante bien.

El inconveniente aparecería cuando contemplara el espacio que todavía quedaba disponible dentro de la cesta.

Akira inclinaría la cabeza, evaluándolo con la misma seriedad que dedicaría a cualquier problema que exigiera una solución inmediata. Había sitio para algo más. No mucho, pero suficiente.

—Quizá debería llevar algo salado por si nos apetece comer otra cosa más tarde.

Makey parpadearía.

—Y un poco más de fruta. No sabemos cuánto tardaremos en volver.

El gato se incorporaría.

—No significa que vayamos a pasar la noche allí. Solo estoy siendo previsor.

Unos minutos después, la cesta contendría más comida de la que dos personas necesitarían para pasar una tarde junto al río. Akira habría añadido una pequeña porción extra de dulces, unas bolitas de arroz adicionales y otra ración que, según su razonamiento, siempre podría venir bien si el paseo se prolongaba.

Al cerrar la cesta, descubriría que pesaba considerablemente más de lo previsto.

La levantaría del escritorio, probaría su peso y observaría el resultado con cierta satisfacción.

—Perfecto. Ahora sí que estamos preparados.

Makey aprovecharía aquel instante para saltar desde el escritorio hasta el borde de la cesta.

Sus patas delanteras desaparecerían entre la manta y uno de los recipientes antes de que Akira pudiera reaccionar.

—¡Eh! ¿Qué estás haciendo?

El gato comenzaría a acomodarse, dando una vuelta sobre sí mismo como si hubiera encontrado el lugar más apropiado de toda la residencia.

Akira lo tomaría con cuidado por debajo del cuerpo y lo levantaría para sacarlo de allí.

—Ni lo sueñes. Esto es un picnic, no tu nueva cama.

Makey protestaría con un maullido y apoyaría las patas contra el pecho de su dueño.

—Sí, ya sé que la manta es cómoda. Precisamente por eso la he elegido. La diferencia es que yo pienso sentarme encima de ella sin llenarla de pelos antes de llegar.

Dejaría al felino sobre el tatami y volvería a acomodar la manta, comprobando que los recipientes permanecieran bien colocados. Después cerraría la cesta y la dejaría junto a sus pertenencias.

Makey lo observaría desde el suelo.

—No te preocupes. Cuando vuelva te traeré algo rico. Pero tendrás que conformarte con eso, porque no pienso llevarte hasta el río para que pases toda la tarde intentando robarme la comida.

El gato giraría la cabeza, aparentemente ofendido.

Akira soltaría una carcajada.

Por lo menos, en aquel asunto, no tendría que preocuparse de encontrar las palabras adecuadas. Con Makey, podía hablar sin preparar de antemano cada frase, bromear sin preguntarse si una pausa sería demasiado larga y aceptar que, muchas veces, su interlocutor sencillamente tenía hambre.

Con Asuna era diferente, aunque comenzaba a resultarle cada vez más fácil disfrutar de aquella diferencia.

Mientras revisaba que llevara todo lo necesario, sus pensamientos regresarían brevemente a ella. No a las dudas que antes lo habían mantenido frente a una carta durante horas, sino a algo mucho más sencillo: la ilusión de compartir una tarde juntos.

Quería enseñarle aquel rincón del río, encontrar un sitio donde pudieran extender la manta y dejar pasar el tiempo sin necesidad de buscar constantemente algo que hacer. Quizá hablarían de sus días, quizá se burlarían el uno del otro, o quizá acabarían permaneciendo en silencio mientras observaban el agua.

Cualquiera de aquellas posibilidades le parecía buena.

Y, aun así, no podría evitar dedicarle una última mirada a la cesta.

—Creo que me he pasado un poco con la comida.

Makey maullaría desde el tatami.

—No necesito que estés de acuerdo conmigo.

Con una última comprobación, Akira se prepararía para salir. Se acomodaría las prendas, tomaría la cesta y cerraría tras de sí la puerta de la habitación, no sin antes mirar una vez más al gato.

—Compórtate mientras no estoy. Y no intentes convencer al servicio de que te han abandonado. Te conozco.

Makey respondería con un maullido que Akira decidiría interpretar como una promesa poco fiable.

El Hyūga abandonaría la residencia familiar y tomaría las calles que conducían desde el Complejo Hyūga hacia la zona centro-sur de Konohagakure. La mañana ya había cobrado vida a su alrededor. Comerciantes y trabajadores comenzaban a atender sus establecimientos, algunos vecinos conversaban frente a sus viviendas y el sonido de pasos y voces se mezclaba con el movimiento habitual de la aldea.

Akira avanzaría a buen paso, llevando la cesta sin demasiadas dificultades, aunque de vez en cuando tendría que cambiarla de mano para descansar el brazo.

Al atravesar las calles próximas a la Lonja de Comerciantes, dirigiría una mirada distraída hacia los establecimientos que comenzaban a recibir a sus primeros clientes. No se detendría. Ya había comprado todo lo que necesitaba y, considerando la cantidad de provisiones que llevaba, cualquier tentación de añadir algo más debía quedar descartada.

Al continuar hacia el este y ligeramente al sur, pasaría por las inmediaciones del Almacén General de Suministros antes de internarse en las calles que conducían al Distrito Uchiha.

La cesta volvería a cambiar de mano.

—Definitivamente, la próxima vez llevaré menos cosas.

Lo diría con la convicción de quien estaba completamente seguro de haber aprendido la lección, aunque una parte de él ya estuviera pensando en qué podría preparar para una futura ocasión.

Al llegar al Distrito Uchiha, su atención se centraría en encontrar la vivienda de Asuna. Conocía el camino hasta el sector, pero eso no significaba que pudiera dirigirse a cualquier casa sin prestar atención. Ajustaría el paso, observaría las fachadas y seguiría las indicaciones que recordaba hasta reconocer el lugar.

Entonces se detendría frente a la puerta.

Por un instante, bajaría la mirada hacia la cesta que llevaba consigo. Todo estaba preparado: la comida, la manta, el té y los pequeños detalles con los que había imaginado aquella tarde junto al Río Natsume.

Inspiraría suavemente, acomodaría la cesta en una mano y alzaría la otra.

Sus nudillos golpearían la madera con un par de toques firmes.

Akira esperaría frente a la puerta de la casa de Asuna, con una sonrisa que difícilmente podría ocultar.
[Imagen: JK2RddW.png]
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