Hace 9 horas
El Tesoro Perdido
─¡Vengan, acérquense! Mis guisos son los mejores que hay en este lado de la isla.
Una voz temblorosa clamaba por la atención de la gente. Venía de una humilde carreta, hecha de tablones de madera unidos por clavos y con unos taburetes altos para sentarse. Tenía una barra que podía acomodar fácilmente a cinco personas sin apretujarse; nueve, en un buen día en que los comensales no fueran quisquillosos. El vapor salía por unas ventilas pequeñas en la parte más alta y llenaba el aire de olores especiados; las notas de clavo, pimienta, ajo y cebolla podían percibirse a decenas de metros de distancia.
Un par de gaviotas caminaba entre las cajas amontonadas cerca del embarcadero, disputándose los restos que algunos trabajadores dejaban caer mientras descargaban mercancías. Más allá, un perro flaco seguía el rastro de los aromas, olfateando el suelo y deteniéndose de vez en cuando junto a los puestos. No era el único atraído por la comida.
Tres personas caminaban por el lugar: dos mujeres platicando y un pequeño que parecía ser llamado por el aroma que le había hecho crujir las tripas. Las mujeres lo tomaban del brazo y no lo dejaban ir, mientras él luchaba por desviarse, como si el canto de una sirena se hubiera convertido en un estofado. Una de ellas tuvo que tirar de él cuando el pequeño comenzó a caminar de lado, sin apartar los ojos de la carreta. La otra soltó una risa y miró hacia la cocinera, quizá para disculparse por el espectáculo que estaban dando, pero terminó por apresurar el paso cuando sus miradas parecieron encontrarse.
La arena de la costa se extendía bastante hacia el interior de la isla y el embarcadero cercano seguía trayendo personas venidas de todos lados. Entre quienes bajaban de las embarcaciones, algunos cargaban sus pertenencias, otros preguntaban por el camino hacia los establecimientos más cercanos y unos cuantos se detenían a observar los negocios antes de decidir a dónde ir. Sin embargo, un hombre se ocupaba de entregar folletos a quienes desembarcaban.
─Vayan y coman al Deshuesadero del Muelle. Donde no hay muertos... bueno, en sus platos.
Terminó riendo el hombre mientras entregaba los croquis de cómo llegar al lugar que lo patrocinaba. Algunos recibían los papeles con una sonrisa, otros negaban con la cabeza y continuaban su camino. Hubo incluso quien, después de escuchar el nombre del establecimiento, miró por encima del hombro hacia la carreta antes de guardar el folleto. El hombre parecía acostumbrado a aquellas reacciones y no tardaba en dirigir su atención al siguiente grupo de recién llegados.
Dentro de la carreta, una anciana encorvada miraba a la gente a la distancia. Entre sus párpados no se lograba ver ojo alguno; tan cerrados y abultados estaban que solo mostraban dos líneas ennegrecidas por donde parecía ver. Los pliegues de su rostro eran tantos que se abultaban unos sobre otros. Sus pellejos colgaban de sus huesos por todos lados; desde los dedos hasta los hombros, su viejo esqueleto era apreciable. Sin embargo, era especialmente ancha del tronco, y la barra no dejaba ver su cuerpo de la cintura para abajo.
De vez en cuando, la mujer alzaba la cabeza hacia las voces que se detenían cerca de su negocio. No parecía seguirlas con la mirada, aunque su rostro terminaba orientado hacia quienes hablaban, incluso cuando estos se encontraban a varios pasos de distancia. Si alguien llegaba a fijarse en ella durante demasiado tiempo, la anciana volvía a sus cacerolas sin dedicarle mayor atención, removiendo los preparados con una cuchara de madera o revisando el contenido de alguna olla.
Frente a ella, cacerolas con distintos preparados burbujeaban, dejando escapar sus aromas, y a un costado se veía una hilera de platos viejos, pero limpios. Aquello era una cocina completa y, pese al calor que emanaba, la mujer parecía especialmente fría. Su piel grisácea apenas contrastaba con su blanca filipina, y el gorro de cocinero evitaba que sus largos cabellos canos llegaran a los alimentos.