16-08-2026, 10:53 PM
50 de Verano del año 150
País de las Olas
El santuario olía a madera mojada, piedra vieja y sal. Orión decidió que aquello era una buena señal. Los lugares cercanos al mar debían oler al mar; cualquier otra cosa era sospechosa. Permaneció unos segundos frente a la construcción, contemplando el techo parcialmente desmontado, los tablones apilados junto al sendero y las cuerdas utilizadas por los trabajadores para subir materiales. El edificio se encontraba sobre una elevación rocosa del País de las Olas, suficientemente cerca de la costa para recibir constantemente la brisa marina, pero bastante alto como para que las olas solamente pudieran amenazarlo durante las peores tormentas. Según le habían explicado, llevaba generaciones allí. Orión no sabía cuántas generaciones eran exactamente. Cuando los ancianos hablaban de esas cosas siempre utilizaban palabras como «ancestral» en lugar de proporcionar números útiles.
-Se perdió durante las obras
Explicó nuevamente el encargado, señalando un pedestal vacío dentro del santuario
-Es pequeña. De piedra gris. Tiene forma de criatura marina.
Orión observó el hueco.
-¿Pez?
-No exactamente.
-¿Tiburón?
-Tampoco.
-¿Pulpo?
El hombre frunció ligeramente el ceño.
-Nadie está completamente seguro.
Orión asintió lentamente.
-Buen escultor.
No hubo respuesta. El Hoshigaki tampoco esperaba una. Se agachó frente al pedestal y apoyó dos dedos sobre la piedra. Había polvo alrededor de la base, excepto por una superficie irregular donde había descansado la reliquia. Aquello confirmaba al menos que la estatuilla había estado allí recientemente. No era una de esas historias donde alguien denunciaba la desaparición de algo que nadie veía desde hacía cuarenta años. Después miró alrededor. Había demasiadas personas entrando y saliendo del santuario como para confiar únicamente en las huellas, trabajadores, sacerdotes, habitantes que colaboraban con la restauración y algún curioso habían contaminado el suelo durante días.
Orión aspiró lentamente por la nariz. Madera. Sudor. Aceite. Polvo. Salitre. Algas. Un perfume demasiado dulce que le produjo una mueca inmediata.
-Puaj.
-¿Encontraste algo?
-Perfume.
-¿Y eso ayuda?
-No.
Se incorporó y comenzó a caminar alrededor del pedestal. No buscaba solamente marcas evidentes. Observaba las pequeñas incoherencias: una herramienta desplazada, polvo removido, una cuerda cortada, algo que hubiese cambiado después de retirar la pieza. Finalmente encontró una pequeña raspadura sobre la madera de una de las paredes laterales y, debajo, diminutos restos de piedra gris. La estatuilla había pasado por allí. Probablemente dentro de algún saco o envuelta en tela, porque no había daños suficientes para indicar que hubiese sido arrastrada directamente. Salió del santuario. No preguntó inmediatamente quién podía haberla robado. Esa clase de preguntas tenía la mala costumbre de conseguir exactamente la respuesta que cada persona quería proporcionar. Preguntó quién había trabajado allí durante los últimos días, quién transportaba los escombros y dónde terminaban los materiales retirados. Descubrió entonces que varias carretillas descendían diariamente hasta un depósito improvisado cercano al pueblo. Madera reutilizable hacia un lado, piedra hacia otro y desperdicios directamente hacia una zona donde posteriormente eran recogidos.
Orión miró el camino, después miró el santuario y finalmente volvió a mirar el camino.
-Je, je, je...
El encargado levantó una ceja.
-¿Qué ocurre?
-Puede que vuestro ladrón sea bastante estúpido.
-¿Por qué?
Orión comenzó a descender. -
-Porque quizás no existe.
El camino estaba húmedo y conservaba algunas marcas de las carretillas utilizadas durante la restauración. Orión avanzó sin apresurarse. Contó sus pasos casi por costumbre mientras dejaba que el aire transportara los olores del lugar. Ciento diecisiete. Ciento dieciocho. Ciento diecinueve. En el ciento veintitrés encontró algo interesante junto al margen del sendero: una pequeña esquirla de piedra gris. La recogió, la olió y finalmente la mordió. Permaneció inmóvil durante un instante.
-Piedra. Evidentemente.
Guardó la esquirla y continuó hasta el depósito. Allí la investigación se volvió bastante menos elegante. Había montones de madera podrida, fragmentos de tejas, sogas, sacos, herramientas rotas y piedras retiradas durante la restauración. Orión permaneció frente a aquella montaña de desperdicios con las manos apoyadas en la cintura.
-Camarón que se duerme se lo lleva la corriente...
Resopló mientras observaba el montón
-Y tiburón que acepta misión termina revolviendo basura.
Comenzó a buscar. No encontró la estatuilla. Encontró un anzuelo oxidado que terminó inmediatamente dentro de uno de sus bolsillos. Encontró también una moneda agujereada, tres clavos torcidos y un pequeño fragmento de red endurecida por la sal. El segundo objeto también desapareció dentro de sus pertenencias. Técnicamente aquello no formaba parte de la misión, pero el mar y sus alrededores tenían una costumbre curiosa de abandonar cosas frente a él y Orión consideraba descortés ignorarlas. Después encontró el saco. Estaba debajo de varias tablas, abierto por uno de sus extremos. Entre el polvo permanecían pequeños fragmentos de piedra gris idénticos al recogido anteriormente. Orión lo levantó y descubrió una abertura irregular en el tejido. No parecía realizada con una herramienta. Algo pesado había golpeado desde dentro hasta romper las fibras. Siguió el suelo con la mirada. Una pequeña marca descendía hacia la costa. Luego otra. Después otra. Como si un objeto hubiese caído, rodado y continuado pendiente abajo. Orión permaneció unos segundos completamente quieto antes de levantar la mirada hacia el océano. El sendero terminaba en un desnivel rocoso. Abajo estaba el mar. Y la marea estaba subiendo.
Orión permaneció en lo alto del desnivel observando cómo el agua golpeaba las rocas. No necesitaba demasiada imaginación para reconstruir lo ocurrido. La estatuilla había terminado accidentalmente entre los materiales retirados del santuario, había sido transportada dentro de aquel saco y, en algún punto del recorrido, atravesó la tela. La pendiente hizo el resto. No había ladrón, conspiración ni profanador de reliquias. Solo una sucesión bastante eficiente de errores humanos. El problema era que explicarlo sin recuperar la pieza seguía significando regresar con las manos vacías.
-Qué bien.
Descendió. Las primeras rocas resultaron sencillas. Las siguientes estaban cubiertas de algas y exigieron mayor cuidado. Orión avanzó lentamente, clavando las botas antes de trasladar el peso de su enorme cuerpo. Abajo, el oleaje entraba y salía de pequeñas cavidades abiertas entre las piedras. Cada retirada del agua dejaba unos segundos de superficie expuesta antes de cubrirla nuevamente. Observó. Esperó. Contó. Una ola. Dos. Tres. Había un ritmo. El mar siempre tenía uno.
Orión descendió hasta una plataforma inferior y aspiró profundamente. Allí su olfato servía de poco; todo era sal, humedad, peces y vegetación marina. Así que utilizó los ojos. Buscó fragmentos grises entre piedras oscuras, señales de golpes recientes y cualquier trayectoria lógica desde la pendiente. Encontró otra esquirla. Después una segunda. La dirección llevaba hacia una grieta parcialmente inundada.
Se agachó frente a ella. El espacio era suficientemente grande para introducir un brazo, aunque no para observar cómodamente el interior. Metió la mano. Nada. Retiró el brazo cuando llegó la siguiente ola. Esperó. Volvió a intentarlo. Sus dedos tocaron piedra, conchas y algo que se movió rápidamente. Orión retiró la mano y miró la grieta. Introdujo nuevamente el brazo y esta vez avanzó más. Tanteó el fondo hasta encontrar una superficie tallada. Cerró los dedos alrededor del objeto justo cuando escuchó romper una ola contra las rocas exteriores.
-Mierda.
El agua entró con violencia. Orión apoyó el otro brazo contra la piedra y soportó el impacto mientras la espuma le cubría medio cuerpo. Durante unos segundos únicamente existieron el estruendo del agua y la presión intentando empujarlo hacia atrás. Cuando la corriente retrocedió, continuaba allí. También seguía sujetando algo.
Sacó lentamente el brazo. Una criatura marina de piedra apareció entre sus dedos. Orión la contempló. Tenía cuerpo redondeado, varias protuberancias semejantes a aletas, una boca exageradamente grande y unos ojos tallados en direcciones ligeramente distintas. Comprendió inmediatamente por qué nadie había podido decirle qué animal representaba. "Eres feo." La estatuilla permaneció en silencio. Orión arqueó una comisura. "Nos vamos a llevar bien."
Regresó al santuario cuando el sol comenzaba a caer. Llegó empapado desde la cintura hacia abajo y con algas enganchadas en una de las botas. El encargado salió a recibirlo apenas distinguió su silueta subiendo por el sendero.
-¿La encontraste?
Orión levantó la mano. La expresión del hombre cambió inmediatamente.
-¡La encontraste!
Varias personas abandonaron sus tareas y se acercaron. Orión entregó la estatuilla sin ceremonia. El encargado la sostuvo con ambas manos, comprobando rápidamente los pequeños daños producidos durante la caída.
-¿Quién la tenía?
-El mar.
-¿El mar?
Orión señaló el depósito con el pulgar.
-La metieron en un saco con los escombros. Se rompió. Rodó pendiente abajo.
El silencio posterior resultó incómodo. Uno de los trabajadores miró hacia otro lado. Otro fingió encontrar extremadamente interesante una tabla. Orión observó aquella reacción colectiva y entendió que probablemente acababa de resolver también quién había preparado los sacos, aunque no veía ninguna utilidad en señalarlo. Nadie había intentado robar nada. Alguien había cometido un error y después el miedo había hecho crecer la historia. El encargado bajó la mirada hacia la reliquia.
-Los ancianos dicen que protege a quienes navegan estas aguas. Pensamos que alguien podía haberla robado para venderla.
Orión miró la figura. Después observó el océano.
-Mal protector.
El hombre parpadeó.
-¿Cómo?
-Se cayó al agua.
Un trabajador soltó una carcajada que intentó convertir inmediatamente en tos. Orión permaneció completamente serio durante dos segundos más antes de dejar escapar su característica risa grave.
-Je, je, je.
La estatuilla regresó a su pedestal. Orión comprobó personalmente que esta vez quedara suficientemente estable antes de apartarse. Cuando los trabajadores retomaron sus tareas, abandonó el santuario y descendió nuevamente hacia la costa. No tenía necesidad de quedarse. La misión estaba terminada.
Antes de marcharse, se sentó sobre una roca frente al océano. Sacó de su bolsillo el anzuelo oxidado encontrado entre los escombros. Lo hizo girar entre sus enormes dedos mientras contemplaba el horizonte. No tenía ningún valor. Precisamente por eso le gustaba. Otro cachivache sin importancia para cualquiera que no fuese él. Otro momento. Sacó su cuaderno. Escribía únicamente frente al mar, así que aquel era un lugar tan bueno como cualquier otro. Permaneció varios segundos pensando antes de dejar unas pocas palabras sobre el papel. "Si algo que protege a los navegantes termina perdido en el mar, quizá hasta los guardianes necesitan que alguien los saque del agua de vez en cuando." Lo leyó. Frunció el ceño. Demasiado profundo. Tachó una parte. "La piedra no sabe nadar." Mucho mejor. Guardó el cuaderno y después depositó el anzuelo junto a los demás objetos de su colección. La brisa le golpeó el rostro y Orión permaneció allí unos segundos más, inmóvil, escuchando las olas. Se puso de pie y emprendió el camino de regreso sin mirar atrás. El mar continuó golpeando las piedras exactamente igual que antes de su llegada, indiferente a reliquias, misiones y hombres. Orión prefería que fuera así. Al menos el mar nunca fingía ser otra cosa.
![[Imagen: l93r50D.png]](https://i.imgur.com/l93r50D.png)
Hablo - Pienso