16-08-2026, 08:38 PM
Última modificación: 16-08-2026, 09:12 PM por Kami Inuzuka.
10 de Verano del 150
El calor del día había convertido las calles de la aldea en un lugar bastante poco agradable para pasear, así que había decidido hacer algo sencillo: comprar una buena rebanada de sandía y buscar un sitio tranquilo donde sentarme con Balto. Bueno... una rebanada para cada uno. Había aprendido hacía tiempo que compartir una sola era una mala idea.
El problema era que Balto nunca parecía entender cuándo había suficiente.
Me encontraba todavía terminando mi trozo cuando escuché un ruido extraño a mi espalda. Al girarme, vi a Balto alejándose a toda velocidad con una sandía entera entre los dientes.
— ... ¡No!
Me quedé mirándolo durante un segundo, completamente paralizada.
— ¡BALTO!
El perro no solo ignoró mi grito, sino que aceleró. La sandía golpeaba contra el suelo con cada zancada, hasta que finalmente se abrió por un costado y empezó a dejar un rastro de pulpa roja por toda la calle. Balto, lejos de detenerse, parecía encantado con la situación. Cada pocos metros mordía la fruta o la dejaba caer contra el suelo para romperla un poco más, salpicando el pavimento y haciendo que varias personas tuvieran que apartarse.
Yo solo quería desaparecer.
Antes de salir corriendo detrás de él, me acerqué al puesto con pasos rápidos y torpes, sin atreverme a levantar demasiado la mirada. Dejé unas monedas sobre el mostrador con manos ligeramente temblorosas, asegurándome de que fueran suficientes para pagar la sandía… y quizá un poco más, por si acaso.
— P-perdón… lo siento mucho…
En cuanto dejé el dinero, bajé la cabeza y salí corriendo, sintiendo el rostro arderme mientras escuchaba de fondo la risa del comerciante. Por su tono, no parecía enfadado, pero eso no evitó que yo me sintiera aún peor.
— ¡Balto, suéltala! ¡Ya te has comido un trozo! ¡Una entera no necesitas!
El ladrido alegre que recibí como respuesta no hizo más que confirmar que, para él, aquello no era un robo, era una oportunidad.