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[Autonarrada C] Carga bajo la Bruma
Yokubari
Rango Chuunin
Clan Senju
Nivel 17
Estadísticas
Generales
Fuerza140(5)
Destreza10(1)
Ctrl. de Chakra100(5)
Inteligencia45(2)
Especiales
Salud10
Velocidad30
Tenketsu20
Sigilo15
805
830
Enlace al Post
13-08-2026, 04:07 AM
[Autonarrada C] Carga bajo la Bruma
Día 48 de Verano, Año 150.
Misión Solicitada: Aquí
Misión

● Nombre de la Misión: Carga bajo la Bruma
● Información de la Misión: Tras el aumento de actividad entre las delegaciones de la gente del Bosque y del Mar en el País de las Olas, una carga de suministros médicos y herramientas de reparación debe ser trasladada desde la Oficina del Puerto hasta el Faro de Nami, donde un pequeño grupo de vigías permanece aislado por daños recientes en la Escalinata del Faro y problemas de acceso en los senderos del acantilado. Aunque el recorrido atraviesa zonas habitadas de Puerto de Nami, los reportes indican que varios saqueadores oportunistas han estado rondando el Barrio del Puerto y los caminos cercanos al Santuario Costero, esperando aprovechar el movimiento de mercancías para robar cajas o provocar disturbios. Se solicita la presencia de Yokubari “Ben” Senju para escoltar la carga desde la Oficina del Puerto, atravesar la zona del mercado y la bahía, mantener el orden durante el trayecto hacia el acantilado, proteger los suministros y asegurarse de que todo llegue completo al Faro de Nami antes del anochecer.
● Rango y Tipo de la Misión: C. Autonarrada
● Fecha y Lugar: Día 48 de Verano, Año 150. Puerto de Nami, País de las Olas. Desde la Oficina del Puerto hasta el Faro de Nami.
● Cantidad de Usuarios: 1 — Yokubari “Ben” Senju.
● Cantidad máxima de horas por ronda: Autonarrada.
La mañana del día cuarenta y ocho de verano encontró a Ben caminando hacia la Oficina del Puerto con la capucha negra cubriéndole buena parte del rostro y el escudo asegurado a la espalda. Puerto de Nami estaba despierto. Desde que las delegaciones del Bosque y del Mar habían comenzado a moverse por el País de las Olas, los muelles trabajaban y las calles se llenaban de pescadores, comerciantes, cargadores y mensajeros. Ben llevaba días acostumbrándose a aquel movimiento, pero todavía prefería observar antes de mezclarse con él. Después de lo ocurrido en Shioma, incluso una tarea sencilla merecía cautela.

La carga lo esperaba detrás del edificio en un carro de dos ejes tirado por una mula gris. Seis cajas ocupaban la plataforma. Tres contenían vendas, alcohol, ungüentos, medicamentos e instrumental; las otras guardaban clavos, cuerdas, martillos, piezas metálicas y herramientas destinadas al faro. Todo estaba cubierto por una lona gruesa y sujeto mediante correas. Ben revisó cada cierre, comprobó las ruedas, inspeccionó el enganche y memorizó la disposición de las cajas antes de comenzar. Si algo desaparecía durante el recorrido, quería saber exactamente cuándo había ocurrido.

El primer tramo transcurrió sin problemas. Desde la Oficina del Puerto descendió hacia la Plaza de la Marea, manteniéndose junto al carro mientras la mula avanzaba entre puestos, barriles y cestas de pescado. La zona estaba abarrotada. Ben no necesitó abrirse paso por la fuerza; su tamaño, la capucha y el enorme escudo bastaban para que muchos se apartaran. Aun así, mantuvo una mano cerca de la carga. En una multitud, el peligro no siempre estaba delante.

Lo comprobó cuando un muchacho chocó deliberadamente contra el carro mientras otro se acercaba desde atrás. Ben había visto al segundo reflejado en una ventana. Ignoró al primero, pero reaccionó al sentir un tirón sobre la lona. Giró y sujetó la muñeca del ladrón antes de que sacara una caja. No necesitó golpearlo. El joven soltó el paquete, escapó entre la gente y su compañero hizo lo mismo. Ben recolocó la caja, tensó las correas y continuó. Perseguirlos habría significado abandonar aquello que debía proteger.

La salida de la plaza lo condujo hacia el Barrio del Puerto, donde las calles se estrechaban entre casas y almacenes. Allí comenzó a notar hombres sin mercancías, encargos ni destino aparente. Tres aparecieron cerca de una esquina y dos más en la siguiente. Sus miradas seguían el carro. Ninguno actuó mientras permanecieron cerca de las viviendas, pero cuando el camino descendió hacia una franja menos transitada junto a la bahía, comenzaron a caminar detrás de él.

Ben siguió como si no los hubiera advertido. Esperó hasta llegar a una zona abierta antes de detener el carro. Los hombres se dispersaron para rodearlo. Eran cinco, como había calculado. Llevaban cuchillos, garrotes y herramientas convertidas en armas, aunque ninguno parecía entrenado. Uno avanzó hacia la mula mientras los demás buscaban distraerlo. Ben descolgó el escudo y lo apoyó frente a sí.

El primero cayó casi de inmediato. Ben interceptó el garrote con el borde del escudo, avanzó sobre el impacto y lo empujó contra dos compañeros. Otro intentó alcanzar el carro desde un costado, pero terminó arrojado sobre unas redes. Uno logró cortar una correa de la lona antes de que Ben golpeara el suelo delante de él con el escudo. El estruendo bastó para romperles el valor. Los saqueadores recogieron a los caídos y huyeron por los callejones. Ben no los persiguió. Sustituyó la correa con una cuerda de repuesto, revisó las seis cajas y siguió adelante.

Bordeó la bahía hasta dejar atrás la zona poblada. El faro se levantaba sobre el extremo rocoso de la península, visible contra el cielo. Después del Santuario Costero desaparecieron las casas y el sendero comenzó a elevarse. Los daños descritos en la solicitud aparecieron poco después: una sección del camino había cedido hacia el mar y apenas quedaba una franja de tierra compacta junto a la pared del acantilado. El carro no podía atravesarla cargado.

Ben desmontó las cajas y las llevó una por una hasta el otro lado. Después liberó a la mula y la condujo por la parte firme. Con el carro vacío, aseguró las ruedas mediante cuerdas y lo hizo avanzar lentamente mientras sostenía parte de su peso desde el costado. Una rueda resbaló cuando la tierra cedió, pero Ben consiguió estabilizarla antes de que el vehículo se inclinara hacia el vacío. Recuperado el terreno firme, volvió a montar la carga y continuó.

La Escalinata del Faro estaba peor de lo informado. Varias piedras se habían desprendido y una sección completa había desaparecido, dejando bloques quebrados sobre la pendiente. Ben podía subir, pero no el carro ni la mula. El sol comenzaba a descender. Aseguró al animal en una explanada protegida del viento, cubrió el carro y volvió a descargar las cajas. Desde allí tendría que terminar el trayecto cargándolas.

El ascenso se convirtió en una serie de viajes. Ben trasladaba una o dos cajas, según el peso, avanzaba entre los escalones dañados, las dejaba en una plataforma estable y descendía por las siguientes. Las herramientas eran las más pesadas. Durante uno de los recorridos, una piedra cedió bajo su pie y lo obligó a apoyar una rodilla mientras sujetaba la caja contra el pecho. Esperó hasta recuperar el equilibrio antes de moverse. No había nada espectacular en aquella parte de la misión; solamente fuerza, paciencia y la obligación de que todo llegara entero.

Cuando regresó por la última caja escuchó piedras rodando desde arriba. Tres figuras aparecieron entre los restos de la escalinata. Dos eran saqueadores que habían participado en el intento anterior; el tercero llevaba una ballesta corta. Habían tomado algún sendero lateral para adelantarse y ahora ocupaban el paso más estrecho. Ben dejó la caja protegida detrás de una roca y levantó el escudo en el momento exacto en que el virote fue disparado. La punta chocó contra la superficie con un golpe seco.

Antes de que el ballestero pudiera recargar, Ben comenzó a subir. El primer hombre descendió con un cuchillo, pero el ataque terminó contra el escudo y su propio impulso lo desplazó hacia un costado. El segundo intentó frenarlo desde arriba. Ben soportó el empuje, avanzó un escalón y obligó al saqueador a retroceder. El tercero abandonó la ballesta cuando comprendió que no tendría otro disparo. Cuando Ben alcanzó la plataforma, los tres huyeron por el sendero lateral. Esta vez nadie intentó conservar una apariencia de valentía.

Ben tampoco los siguió entonces. Regresó por la última caja, comprobó que seguía intacta y completó el ascenso mientras las sombras comenzaban a cubrir la costa. Los vigías salieron a recibirlo al verlo aparecer entre las rocas. Revisaron los paquetes, comprobaron los sellos y contaron el contenido. Seis cajas habían salido de la Oficina del Puerto y seis cajas habían llegado al Faro de Nami, junto con todas las herramientas y suministros médicos solicitados.

Desde la altura, Ben observó Puerto de Nami extendido alrededor de la bahía. Las primeras lámparas comenzaban a encenderse y varias embarcaciones regresaban hacia los muelles. Aquella misión había resultado menos simple de lo que prometía, aunque nada se acercaba a los misterios que seguían pendientes desde Shioma. Tal vez por eso agradeció la claridad del resultado. Había existido una carga, un destino y personas que la necesitaban. Por una vez, el problema terminaba sin símbolos extraños, sustancias inexplicables ni señales ocultas bajo el agua. Ben ajustó la capucha, dejó atrás el faro y emprendió el regreso hacia el puerto.
[Imagen: Chat-GPT-Image-17-jun-2026-08-28-14.png]
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