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Shinobi Gaiden - Foro Rol de Naruto   ›   Mundo   ›   Pais del Fuego   ›   Konohagakure no Sato   ›   Zona Comercial
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El Pedido Equivocado [Mision Rango E] [Carina Aburame]
Makizu
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31-07-2026, 01:03 AM
15 de Primavera del Año 150
Konohagakure - Zona Comercial
 
El distrito comercial de Konohagakure rebosaba actividad desde primeras horas de la mañana. Comerciantes anunciaban sus productos con entusiasmo, clientes recorrían los puestos comparando mercancías y el inconfundible aroma del pan recién horneado se mezclaba con el de las especias y las infusiones que llenaban las calles de la villa. Entre los numerosos establecimientos, una pequeña tienda de té esperaba la llegada del shinobi asignado a una tarea poco habitual. Su propietario, un hombre de algo viejo y rancio con evidente preocupación en el rostro, caminaba de un lado a otro frente a varias cajas cuidadosamente apiladas.
 
Al percatarse de la llegada de la kunoichi, dejó escapar un suspiro de alivio tan profundo como si desde siempre hubiera estado conteniendo la respiración.
—Menos mal que has venido!!! Rápido rápido, esta mañana recibí un envío que no me pertenece. Debía llegar a otra tienda, pero el repartidor confundió las direcciones y ahora el verdadero destinatario lo está esperando desde hace horas, es terrible una calamidad!!! El universo se va a destruir!!!— Se inclinó junto a las cajas y retiró la lona que las cubría con mucha preocupación. Ambas eran de tamaño similar y estaban perfectamente cerradas. En uno de los laterales podía leerse, con una caligrafía prolija, una pequeña etiqueta indicando que contenían utensilios de cocina de cerámica y metal cuidadosamente embalados para evitar daños durante el transporte.
 
—No pesan demasiado, pero agradecería que las manipularas con cuidado. Algunas piezas son bastante delicadas y sería un problema que las cajas recibieran golpes o terminaran mezcladas con otros encargos. El establecimiento correcto se encuentra al otro lado de la zona comercial, cerca del barrio artesanal. Si te das prisa, llegarás antes de que cierren por hoy, por favor mi vida depende de ti— Menciono con la frente perlada por el sudor, el tendero entregó a la kunoichi una hoja con la dirección exacta del destinatario y señaló las cajas preparadas junto a la entrada. A esas horas, las calles comenzaban a llenarse de compradores, vendedores ambulantes y repartidores que iban y venían con mercancías de toda clase, haciendo del recorrido un trayecto sencillo, aunque no exento de distracciones.
 
Con el pedido listo para partir y el destino claramente indicado, la responsabilidad de que cada caja llegara intacta a su verdadero propietario quedaba ahora en manos de la responsable Ninja.
[Imagen: a327fec0-520b-47d4-99aa-a116d98e864b.png]
Carina Aburame
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31-07-2026, 02:38 AM
Había personas capaces de convertir un pequeño error en una tragedia, y luego estaba aquel hombre, que había conseguido elevar dos cajas mal entregadas a una posible amenaza para el equilibrio del universo. Me cayó bien al instante. No únicamente por el dramatismo, aunque admito que siempre me resultó entretenido observar cómo reacciona la gente bajo presión, sino porque los seres humanos son extraordinariamente predecibles cuando sienten ansiedad. Caminan más rápido de lo necesario, hablan cada vez más fuerte, repiten las mismas palabras creyendo que así adquirirán más importancia y, casi sin darse cuenta, dejan de observar cuanto ocurre a su alrededor. Él ya había dicho "rápido" tres veces antes de que pudiera responderle. Debía de ser un récord bastante respetable. Incliné apenas la cabeza, dejando que una de mis coletas cayera lentamente por delante del hombro mientras observaba aquellas dos cajas perfectamente alineadas junto a la entrada. Sonreí sin poder evitarlo. 

-¿El universo entero? Qué alivio por un momento pensé que solo era una entrega equivocada. Espero que, si realmente decide acabarse todo, tenga la cortesía de esperar unos minutos. Me molestaría muchísimo salvar unas tazas para que después desaparezca el planeta.

No espere una estúpida reacción. Ni siquiera me importaba si escucho el comentario. Me resulta fascinante medir cuánto tarda una persona en dejar de escuchar lo que digo para empezar a distraerse con cualquier otra cosa. Llevo años comprobando esa teoría y continúa funcionando sorprendentemente bien. Hay quien resiste veinte segundos, hay quien apenas cinco, y también están los que olvidan la conversación casi en el mismo instante en que sonrío. Los seres humanos son criaturas deliciosamente fáciles de distraer. No lo digo con desprecio. Lo digo con auténtica curiosidad científica.


Me agaché frente a las cajas con absoluta tranquilidad. La madera conservaba ese olor resinoso tan característico del pino recién trabajado, las cuerdas permanecían tensas y el polvo fino de la cerámica impregnaba discretamente el aire. Apoyé apenas un nudillo sobre uno de los laterales y golpeé con suavidad. Tac. Cerámica. Repetí el gesto sobre la segunda. Ton. Metal. Perfecto. Me encanta cuando las cosas hacen exactamente el ruido que esperaba. Hay una satisfacción muy difícil de explicar cuando una hipótesis se confirma con un simple sonido. 

-Curioso... 

Murmuré casi para mí misma mientras recorría la superficie con las yemas de los dedos. ¿Sabía que probablemente el mayor peligro para estas piezas no sea un golpe? Si la vibración adecuada se repite durante suficiente tiempo, una taza puede romperse sin que nadie la deje caer. Es maravilloso. La física destruyendo porcelana sin utilizar violencia. Casi parece poesía. Levanté la vista. El comerciante seguía observándome exactamente igual que antes, con esa expresión entre confundida y preocupada que tantas veces provoca mencionar un concepto científico fuera de contexto. Nunca dejará de sorprenderme que la gente considere perfectamente normal que un ninja invoque dragones de agua, pero hablar de resonancia mecánica les parezca extravagante. Definitivamente somos una especie curiosa.

Mientras sujetaba la primera caja sentí el leve cosquilleo bajo la piel del antebrazo. Mi colonia. Miles de pequeñas vidas compartiendo conmigo cada respiración, cada paso y cada decisión. Nunca entendí por qué tantos consideran extraño convivir con Kikaichū dentro del cuerpo. ¿Extraño comparado con qué? Los humanos viven rodeados de otras personas durante toda su existencia y aun así consiguen sentirse solos. Yo jamás estoy sola. Ni siquiera cuando cierro los ojos. Mi mano ascendió lentamente hasta el cuello del abrigo y separé apenas la tela. Entre la oscuridad apareció una diminuta figura azabache, inmóvil, delicada, casi elegante en su absoluta quietud. La Reina. Siempre me hizo gracia ese nombre. Cuando era pequeña imaginaba un insecto gigantesco, sentado sobre un trono de ramas, dando órdenes a todo el enjambre. Después aprendí que la realidad era infinitamente más hermosa. La Reina no dirige. No pelea. No corre. Ni siquiera necesita moverse. Simplemente existe, y toda la colonia reorganiza el mundo a su alrededor. Me parece una de las demostraciones más elegantes de que el verdadero liderazgo rara vez necesita hacerse notar. Sonreí mientras la sostenía apenas unos segundos sobre la punta del índice. 

-No pongas esa cara... a mí también me parece exagerado que dos cajas puedan decidir el destino del universo.

Con extremo cuidado la deposité en una de las cajas, protegida entre por el emboltorio donde ningún cliente podría verla accidentalmente. Perfecto. Ahora cualquier Kikaichū encontraría aquel punto sin necesidad de buscarlo. Invisible para cualquiera que caminara por el mercado. Evidente para toda una colonia.

Tomé finalmente ambas cajas y las acomodé contra mi cuerpo. No pesaban demasiado. Lo realmente complicado no era el transporte. Eran las personas. Los humanos poseen una habilidad extraordinaria para ocupar exactamente el espacio que uno necesita utilizar. Un anciano decide detenerse justo en medio del camino para discutir el precio de unas verduras. Dos niños descubren que el mejor lugar para correr es el paso principal del mercado. Una pareja camina tan pegada que parece haber olvidado que existen otras personas alrededor. Un vendedor invade media calle convencido de que absolutamente todos necesitan probar su pan recién horneado. Es fascinante. Una colonia de hormigas colapsaría en cuestión de horas funcionando de esa manera. Nosotros, en cambio, llevamos siglos haciéndolo y, de algún modo, seguimos llamándolo civilización.

Comencé a caminar despacio. No porque las cajas fueran frágiles, sino porque me apetecía escuchar. Siempre digo que la mayoría de las personas oye. Yo escucho de verdad. El roce de la paja amortiguando la porcelana, las ruedas de un carro varios metros detrás de mí, un comerciante elevando apenas el tono de voz para atraer clientes, un niño inspirando profundamente antes de estornudar. Cinco... cuatro... tres... dos... uno. Achís. Sonreí sin girarme. El polen de verano vuelve increíblemente predecibles a quienes creen que su cuerpo actúa por sorpresa. El aroma del pan recién hecho se mezclaba con el de las especias, la fruta madura, la madera, el hierro y la humedad de las plantas ornamentales que decoraban algunos puestos. Cada olor pertenecía a alguien. Cada conversación revelaba una historia distinta. Cada respiración cambiaba ligeramente el ritmo del mercado. Y pensar que había quienes describían aquello simplemente como "hacer un reparto". Negué despacio con la cabeza mientras seguía avanzando. Qué imaginación tan pobre tiene la gente. Antes siquiera de llegar al otro extremo de la calle, el mundo ya me había regalado media docena de preguntas nuevas y, sinceramente, pocas cosas me hacen más feliz que descubrir que todavía quedan respuestas por encontrar.

✔Aprendida · 28-07-2026
◈Yang
✦Nivel: 1
#ID: ABUR003R
◔Coste
30 de Chakra
▣Descripción

El usuario ha desarrollado la capacidad de manipular dos tipos especiales de insectos individuales dentro de sus enjambres, manteniendo los mismos requisitos que los Kikaichū normales. La primera variante es el Insecto Explorador, un único insecto capaz de desplazarse a una zona específica para observarla y luego regresar al usuario para transmitir información visual detallada. Este viaje debe realizarse en dos turnos distintos, uno de ida y otro de vuelta, y el insecto tarda aproximadamente 2 segundos en entregar la información tras su retorno. Gracias a esto, el usuario puede reconocer el terreno o detectar enemigos sin exponerse directamente.

La segunda variante es el Insecto Reina, una unidad completamente inmóvil que actúa como punto de referencia para el resto de los insectos, guiándolos mediante la emisión constante de feromonas. Esta Reina no puede moverse por sí sola, por lo que debe ser colocada manualmente sobre una superficie, objeto, persona o estructura por el propio usuario. Tanto los enjambres como los Exploradores pueden localizar y regresar a su posición, y sus movimientos o ataques pueden ser dirigidos para que siempre se orienten hacia donde ella se encuentre. Además, gracias al rastro de feromonas, el Insecto Explorador puede informar al usuario de la dirección exacta en la que se encuentra la Reina sin necesidad de acercarse a ella. La Reina tiene un tiempo limitado fuera del cuerpo del usuario, y tras cualquier interacción con los insectos, al menos un enjambre prioriza su retorno seguro al cuerpo del Aburame. Si la Reina muere, no podrá ser reemplazada durante el resto del tema.

✧Efecto
2 (MCCK) de Turnos para la Reina Fuera del Cuerpo - 30 (MDES) de Rango Máximo
Makizu
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02-08-2026, 03:37 AM
Las calles de Konohagakure continuaban rebosantes de actividad conforme la kunoichi se adentraba entre el incesante flujo de comerciantes y compradores. El mercado respiraba con vida propia; voces que se superponían unas a otras, ruedas de carros crujiendo sobre la piedra, el constante abrir y cerrar de puertas y el aroma mezclado de pan, té y especias componían un escenario tan cotidiano como caótico, durante varios minutos, el trayecto avanzó sin mayores contratiempos. Sin embargo, al aproximarse a uno de los cruces más transitados del distrito, una exclamación sobresaltó a los presentes.
 
—¡Atrápenlo!— Un joven repartidor corría desesperado tras un pequeño perro que había conseguido arrebatarle una bolsa de comida. El animal zigzagueaba entre los transeúntes con absoluta despreocupación, obligando a quienes se encontraban en su camino a apartarse apresuradamente. Una mujer dio un respingo para evitar tropezar con él, un anciano perdió momentáneamente el equilibrio y un vendedor, al intentar proteger su puesto, empujó involuntariamente un carro cargado con sacos de arroz.
 
El vehículo descendió apenas unos centímetros por la ligera pendiente de la calle antes de desviarse directamente hacia la trayectoria de la kunoichi. La situación apenas duró un instante. El carro se deslizo primero lento y después rápidamente mientras su propietario corría tras él entre una mezcla de disculpas y preocupación mientras un niño caminaba por ahí distraído haciendo su tarea mientras caminaba un maldito niño irresponsable que no hacia su tarea en casa.
 
El pequeño incidente provocó algunos gritos entre los curiosos. El perro, ajeno al revuelo ocasionado, desapareció doblando una esquina con su improvisado botín todavía entre los dientes, perseguido por el resignado repartidor. Con el camino nuevamente despejado, la joven pudo reanudar la marcha sin que el contenido del encargo hubiera sufrido el menor percance.
 
No pasó demasiado tiempo antes de que el paisaje comenzara a transformarse. Los grandes comercios fueron dejando paso a talleres donde el sonido de martillos, tornos y cinceles marcaba el ritmo de la jornada. La dirección entregada por el primer comerciante condujo finalmente hasta una tienda especializada en utensilios domésticos y cerámica artesanal, el propietario, un hombre de mediana edad con las mangas remangadas y las manos cubiertas por un fino polvo blanquecino, levantó la vista en cuanto distinguió las cajas.
 
Su gesto de preocupación se disipó de inmediato —¡Por fin! Temía que el envío se hubiera extraviado.— Recibió cuidadosamente ambos paquetes, comprobando primero el estado del embalaje antes de romper los sellos de una de las cajas. El suave tintinear de las piezas de porcelana confirmó que todo permanecía exactamente como había salido del almacén. Después revisó la segunda, encontrando igualmente intactos los utensilios metálicos.
 
Una sonrisa satisfecha apareció en su rostro. —Excelente... No falta nada y no hay una sola pieza dañada. Has hecho un trabajo impecable.— El artesano tomó entonces el comprobante de entrega, estampó el sello oficial de su establecimiento y lo entregó a la kunoichi como constancia de la recepción del pedido.
—Agradecería que transmitieras mis saludos al otro comerciante. Los errores ocurren, pero gracias a tu rapidez este no llegó a convertirse en un problema.— Con la mercancía finalmente en manos de su legítimo propietario y el incidente resuelto sin pérdidas ni desperfectos aparentemente, aquella supuesta catástrofe capaz de poner en peligro el universo terminaba reducida, al fin y al cabo, a lo que siempre había sido, un simple error de reparto solucionado gracias a la diligencia de una ninja de Konohagakure.
[Imagen: a327fec0-520b-47d4-99aa-a116d98e864b.png]
Carina Aburame
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02-08-2026, 02:36 PM
Última modificación: 02-08-2026, 05:20 PM por Carina Aburame.
El primer sonido que llamó mi atención no fue el del carro. Fue el de los pasos. No porque fueran especialmente fuertes. Al contrario. Eran demasiados. Cada persona caminaba siguiendo un ritmo distinto. Tac... tac... tac-tac... pausa... arrastre... otro paso. Si uno cerraba los ojos, el distrito comercial dejaba de parecer una calle y se convertía en un organismo gigantesco. Millones de pequeñas acciones independientes construyendo un único comportamiento colectivo. Ninguna hormiga entendería semejante desastre organizativo y, sin embargo, de alguna manera, los humanos conseguíamos que funcionara. Eso era precioso. Seguía pensando en ello cuando una voz atravesó el bullicio. "¡Atrápenlo!"

No necesité girarme inmediatamente. El tono bastó. Urgencia. Frustración. Respiración acelerada. Después llegaron los demás sonidos. Las uñas diminutas golpeando la piedra. Un jadeo. Una bolsa golpeando contra un pequeño cuerpo mientras corría. Sonreí. Perros. Jamás entenderé cómo una especie capaz de obedecer órdenes tan complejas puede olvidar absolutamente toda educación cuando descubre comida. Giré apenas el rostro justo a tiempo para ver al pequeño fugitivo zigzagueando entre la multitud con una felicidad casi contagiosa. Detrás de él venía un repartidor completamente convencido de que todavía existía alguna posibilidad de recuperarla. Admirable. Completamente inútil.

Mi mirada descendió apenas unos centímetros. Las ruedas. Siempre observo las ruedas. La mayoría mira aquello que se mueve. Yo prefiero mirar aquello que todavía no empezó a moverse. El vendedor empujó el carro sin querer. El desnivel hizo el resto. Ni siquiera terminé de suspirar.

-Mmm...Curioso.

El problema nunca fue el perro. Fue la pendiente. La gravedad tiene muy mala fama para ser una fuerza tan consistente. Las personas solemos culpar al último eslabón de una cadena larguísima de acontecimientos. "Fue culpa del perro". No. El perro solo fue el estímulo inicial. Después actuó el miedo del vendedor, la inclinación de la calle, la distribución del peso del carro, la posición del niño que caminaba leyendo completamente ajeno al mundo. 

Ah el niño. Lo vi incluso antes de que levantara la cabeza del cuaderno. Qué costumbre tan curiosa tienen algunos humanos. Aprender mientras dejan de observar aquello que puede matarlos. Apreté apenas los brazos contra las cajas. No por miedo. Por respeto. La porcelana tiene memoria. Cada vibración deja una historia diminuta en su estructura. No iba a permitir que aquellas piezas recordaran un accidente absurdo. Desplacé el peso apenas sobre mi pierna derecha. Un paso.
Nada más. El carro pasó exactamente por donde había estado un instante antes. El aire que desplazó movió apenas uno de mis mechones violetas. Sentí cómo rozaba mi mejilla y sonreí con una tranquilidad casi insultante.

-Demasiado lento.

Murmuré sin detenerme. El niño levantó finalmente la cabeza. El repartidor siguió persiguiendo al perro. El vendedor recuperó el carro. La multitud respiró aliviada. Es fascinante. Los humanos llamamos "caos" a cualquier fenómeno cuya cantidad de variables supera nuestra capacidad de comprenderlo. Las colonias jamás hacen eso. Si algo ocurre, simplemente buscan el patrón. 

Mientras continuaba caminando sentí, muy en el fondo, esa familiar tranquilidad que produce saber que nunca camino sola. La Reina permanecía oculta entre el embalaje. Invisible. Silenciosa. No necesitaba hacer nada. Bastaba con existir. Toda la colonia conocía su posición. Miles de individuos orientándose gracias a una criatura incapaz siquiera de desplazarse por sí misma. Siempre me pareció una idea ridículamente elegante. Quizá demasiado para los humanos. 

Llegué finalmente al barrio artesanal. Incluso el aire era distinto. Olía menos a comida y mucho más a piedra húmeda, madera recién cortada, barnices naturales y arcilla cocida. El sonido metálico de los cinceles rebotaba contra las fachadas formando una especie de música irregular que, curiosamente, terminaba resultando agradable. Cada oficio tiene su propio idioma. Los herreros hablan con golpes. Los panaderos con aromas. Los carpinteros con serrín. Los alfareros... Los alfareros hablan con paciencia.

Me detuve frente al establecimiento indicado. El hombre levantó la vista en cuanto me vio entrar. No dijo nada durante unos segundos. Solo observó las cajas.
Curioso. Las personas rara vez miran primero a quien trae una solución. Siempre miran el problema. Deposité ambos paquetes sobre el mostrador con una delicadeza casi ceremonial. Había tardado más de lo que cualquier otro shinobi habría necesitado. Probablemente también había pensado unas quinientas veces más. No me arrepentía de ninguna.

Mientras el artesano rompía los sellos permanecí completamente inmóvil. Me gustaba escuchar. La cuerda deslizándose. La madera cediendo. La paja desplazándose.
Y finalmente. Tlin. Porcelana. Intacta. Después. Clinc. Metal. Exactamente igual. No pude evitar sonreír. No porque hubiera cumplido la misión. Eso era lo esperable.
Sonreía porque una hipótesis acababa de confirmarse. La vibración había permanecido dentro de márgenes seguros durante todo el trayecto. Qué maravilla. El hombre revisó ambas cajas con una atención admirable antes de entregarme el comprobante sellado. "Has hecho un trabajo impecable." Tomé el papel entre los dedos y lo observé unos segundos. Después levanté la vista.

-En realidad todos lo hicimos.

Yo señalé distraídamente la calle detrás de mí.

-El repartidor que confundió la dirección, usted que esperó, el otro comerciante que decidió corregir el error en lugar de ocultarlo, incluso un perro que robó aquella comida.

Sonreí.

-Las colonias funcionan así. A veces un individuo se equivoca. Lo importante nunca fue evitar el error. Lo importante es que el resto siga trabajando para corregirlo.

Guardé el comprobante dentro de mi abrigo. Antes de marcharme apoyé suavemente una mano sobre una de las cajas ya abiertas. Entre la paja que protegía la porcelana, la diminuta Reina aguardaba exactamente donde la había dejado. Extendí apenas un dedo y el pequeño insecto ascendió con absoluta calma hasta posarse sobre mi piel. Bastó un leve contacto para que desapareciera nuevamente bajo la manga, perdiéndose entre el familiar cosquilleo de mi colonia. Nunca dejó de sorprenderme la naturalidad con la que cientos de vidas volvían a reunirse dentro de un mismo cuerpo. Solo entonces retiré la mano de la caja, satisfecha de que aquella pequeña soberana hubiera regresado al lugar al que realmente pertenecía

-Y, por cierto.

Incliné apenas la cabeza.

-Puede decirle al comerciante que el universo ha sobrevivido un día más.

Aunque sospecho que mañana volverá a estar en peligro por alguna tetera.
Makizu
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05-08-2026, 05:28 AM
El artesano recibió ambas cajas con una visible muestra de alivio. Tras agradecer nuevamente el esfuerzo realizado durante el reparto, comenzó a retirar con cuidado las cuerdas y los tablones que protegían la mercancía. Las primeras piezas aparecieron intactas, envueltas entre gruesas capas de paja. Tazas, cuencos y utensilios metálicos fueron ocupando poco a poco el mostrador mientras el hombre comprobaba el estado de cada uno con la meticulosidad propia de quien llevaba años dedicándose a aquel oficio.

Sin embargo, conforme avanzaba el recuento, su expresión comenzó a cambiar. La satisfacción dio paso primero a la duda y, apenas unos segundos después, a una creciente preocupación. El comerciante repasó el contenido una segunda vez, volvió a consultar la hoja del inventario y, finalmente, dejó escapar un profundo suspiro antes de rascarse la cabeza con evidente nerviosismo. Algo no cuadraba.

Según la relación de mercancías, el pedido debía incluir una pequeña tetera perteneciente al mismo juego de porcelana que acababa de descargar. Sin embargo, aquella pieza no aparecía por ninguna parte. Las cajas habían llegado completamente cerradas, los sellos permanecían intactos y ninguna mostraba señales evidentes de haber sido manipulada durante el trayecto. Durante unos instantes, el establecimiento quedó sumido en un incómodo silencio. El artesano revisó el interior de ambas cajas por tercera vez, apartando la paja con creciente desesperación, como si esperara que la tetera apareciera por arte de magia entre el embalaje. No ocurrió. Cuanto más buscaba, más convencido parecía que el problema era real.

La inquietud terminó por imponerse. —No puede ser... otra vez no...— El hombre dejó escapar un largo lamento antes de levantar la vista hacia la kunoichi —Esto... esto no estaba previsto. Si realmente falta una pieza, tendré que informar del incidente. Quizá se perdió durante el transporte... quizá nunca salió de la otra tienda... o, peor aún, alguien pudo manipular el envío antes de que llegara aquí.— Su mirada recorrió brevemente las cajas abiertas, el inventario y la puerta del establecimiento, como si cualquiera de aquellos lugares pudiera ofrecer una respuesta.

Fuera, el barrio artesanal seguía completamente ajeno al problema. Los martillos continuaban golpeando el metal, los alfareros trabajaban el barro húmedo y los clientes iban y venían entre los talleres sin sospechar que, en el interior de aquella pequeña tienda, una simple tetera acababa de convertirse en el centro de todas las preocupaciones. El comerciante respiró hondo, intentando serenarse. —No sé qué habrá ocurrido... pero agradecería cualquier ayuda para averiguarlo antes de dar parte del incidente.— La situación dejaba abiertas varias posibilidades. Tal vez la pieza jamás hubiera sido introducida en la caja durante el embalaje; quizá hubiese quedado olvidada en el primer establecimiento en medio de las prisas; existía incluso la posibilidad de que alguien hubiera manipulado el pedido antes de su entrega o que el propio inventario contuviera un error. A simple vista no parecía haber una respuesta evidente.

La decisión sobre cómo afrontar aquel inesperado contratiempo quedaba ahora en manos de la joven kunoichi.
[Imagen: a327fec0-520b-47d4-99aa-a116d98e864b.png]
Carina Aburame
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05-08-2026, 09:19 AM
Permanecí en silencio unos segundos más, dejando que el artesano continuara revolviendo la paja con movimientos cada vez más desesperados. Cuanto más buscaba, menos veía. Era un fenómeno curioso. La ansiedad estrecha el campo de visión hasta el punto de volver invisible aquello que uno tiene delante. Me acerqué despacio al mostrador y apoyé las manos sobre el borde de la caja abierta.

-¿Puedo intentarlo yo?

No esperé realmente una respuesta. Introduje ambas manos entre el embalaje sin desordenarlo, recorriendo la paja con la yema de los dedos en lugar de apartarla a puñados. La textura cambiaba constantemente. Fibras secas. Cuerda. Madera. Cerámica. Todo contaba una historia distinta. Entonces lo sentí. Una resistencia. Muy pequeña. Sonreí. Con extremo cuidado separé dos capas de paja que, durante el transporte, se habían compactado una contra otra formando una especie de bolsillo casi perfecto. Entre ambas permanecía atrapada una diminuta tetera de porcelana, inmóvil, tan bien protegida que prácticamente se había convertido en parte del propio embalaje. La levanté despacio entre mis manos.

-Aquí estabas.

La expresión del artesano cambió tan deprisa que casi pude medir la velocidad de su alivio. Sus hombros descendieron, el aire escapó lentamente de sus pulmones y una sonrisa sustituyó al gesto de angustia que había mantenido durante los últimos minutos. No pude evitar reír por lo bajo.

-¿Ve? La diferencia entre "se perdió" y "todavía no la encontré" es enorme. Las personas suelen confundir ambas cosas.

Deposité la tetera junto al resto del juego de porcelana. Encajó a la perfección entre las demás piezas, como si jamás hubiera abandonado su lugar.

-La paja se comprimió durante el transporte y terminó formando un bolsillo alrededor de la pieza. Al ser la más pequeña del conjunto quedó completamente envuelta y pasó desapercibida cuando removió el contenido. De hecho... cuanto más rápido buscaba, más difícil era encontrarla. 

El artesano soltó una carcajada nerviosa mientras apoyaba ambas manos sobre el mostrador.

-Pensé que tendría que dar explicaciones durante semanas.

-Y habría sido una lástima - respondí sonriendo. -El universo ya estuvo a punto de desaparecer esta mañana por culpa de una dirección equivocada. Habría sido excesivo condenarlo también por una tetera tímida.

El hombre terminó de comprobar el contenido una última vez, esta vez con una tranquilidad completamente distinta. Todas las piezas estaban presentes. Ninguna había sufrido el menor desperfecto. Guardé el comprobante sellado dentro de mi abrigo y, antes de marcharme, deslicé discretamente una mano sobre la caja abierta. Entre la paja, la diminuta Reina aguardaba donde la había dejado. Bastó un leve roce para que ascendiera hasta la manga y desapareciera nuevamente entre el cálido refugio de mi colonia. Sonreí con satisfacción. Las personas creen que la ciencia consiste en encontrar respuestas complicadas. Yo sigo convencida de que, la mayoría de las veces, consiste simplemente en observar un poco más despacio que los demás.

Con ese pensamiento abandoné el taller mientras el sonido de los cinceles y los martillos volvía a llenar el barrio artesanal. Detrás de mí, el comerciante continuó acomodando orgullosamente su nueva mercancía. Y el universo... Bueno. El universo tendría que esperar al menos un día más para intentar destruirse por culpa de una tetera.
Narro - Hablo - Pienso
[Imagen: Firma-Carina.png]
Masashi Kishimoto
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05-08-2026, 03:30 PM
¡Recompensas de Misión Entregadas!

Tema: El Pedido Equivocado [Mision Rango E] [Carina Aburame] (TID 14385)
Tipo: Misión Normal · Rango: E
  • Makizu — Narrador No Oficial (100%): 250 Ryos, 0 Tobis, 35 Exp, Pergamino PERG001
  • Carina Aburame — Participante (100%): 250 Ryos, 2 Tobis, 50 Exp

¡Felicidades a todos los shinobi involucrados en esta misión! Que sigan forjando su leyenda.
Moderador Himawari
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05-08-2026, 03:31 PM
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🔒 Tema cerrado
Este tema ha sido cerrado.
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