25-07-2026, 12:36 AM
30 de verano - Zona Comercial
Aprobada aqui
El sol de mediodía brilla con fuerza sobre los imponentes muros de madera y piedra de las Puertas de Konoha, marcando el fin del verano con un calor denso que se cuela entre el constante ir y venir de viajeros, comerciantes y equipos shinobi. El trasiego en la entrada principal es dinámico: carretas cargadas de víveres, rollos de pergaminos y materiales de construcción forman una fila ordenada mientras los guardias de la entrada revisan credenciales y entregan permisos de tránsito.
A pocos pasos del puesto de control, un hombre regordete de poblado bigote y rostro enrojecido por el esfuerzo, vestido con un chaleco de lona gruesa y guantes de cuero endurecido, forcejea con las manijas de una pesada carreta de madera. El carro está hasta el tope de costales de arpillera repletos de mineral en bruto y lingotes pesados, cuyos ejes crujen amenazantemente con cada leve movimiento sobre los adoquines.
Al percatarse de la llegada de Itsuki Senju, el comerciante —cuyo nombre es Goro, proveedor habitual de los gremios de metalurgia del distrito— detiene el empuje de inmediato, se endereza frotándose la espalda con una mueca de dolor y se apresura a interceptar al joven shinobi con un tono de visible alivio y urgencia.
—¡Por fin te veo, muchacho! Menos mal que mandaron refuerzos de la Academia o de los clanes; temía que este cargamento se quedara atascado aquí mismo antes de mediodía —exclama Goro, secándose el sudor de la frente con la manga mientras señala con el pulgar la montaña de metal sobre el carro—. Estos minerales pesados son la base para los nuevos pedidos de aleación de los talleres en la Zona Comercial, pero con el gentío que hay hoy y los baches del camino, mover esta tonelada de hierro sin protección es buscarme un desastre. Necesito que abras paso y cuides que ningún bribón ni accidente rompa las ruedas en el trayecto hasta los talleres. ¡Toda tuya la ruta, nos ponemos en marcha cuando estés listo!
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El sol de mediodía brilla con fuerza sobre los imponentes muros de madera y piedra de las Puertas de Konoha, marcando el fin del verano con un calor denso que se cuela entre el constante ir y venir de viajeros, comerciantes y equipos shinobi. El trasiego en la entrada principal es dinámico: carretas cargadas de víveres, rollos de pergaminos y materiales de construcción forman una fila ordenada mientras los guardias de la entrada revisan credenciales y entregan permisos de tránsito.
A pocos pasos del puesto de control, un hombre regordete de poblado bigote y rostro enrojecido por el esfuerzo, vestido con un chaleco de lona gruesa y guantes de cuero endurecido, forcejea con las manijas de una pesada carreta de madera. El carro está hasta el tope de costales de arpillera repletos de mineral en bruto y lingotes pesados, cuyos ejes crujen amenazantemente con cada leve movimiento sobre los adoquines.
Al percatarse de la llegada de Itsuki Senju, el comerciante —cuyo nombre es Goro, proveedor habitual de los gremios de metalurgia del distrito— detiene el empuje de inmediato, se endereza frotándose la espalda con una mueca de dolor y se apresura a interceptar al joven shinobi con un tono de visible alivio y urgencia.
—¡Por fin te veo, muchacho! Menos mal que mandaron refuerzos de la Academia o de los clanes; temía que este cargamento se quedara atascado aquí mismo antes de mediodía —exclama Goro, secándose el sudor de la frente con la manga mientras señala con el pulgar la montaña de metal sobre el carro—. Estos minerales pesados son la base para los nuevos pedidos de aleación de los talleres en la Zona Comercial, pero con el gentío que hay hoy y los baches del camino, mover esta tonelada de hierro sin protección es buscarme un desastre. Necesito que abras paso y cuides que ningún bribón ni accidente rompa las ruedas en el trayecto hasta los talleres. ¡Toda tuya la ruta, nos ponemos en marcha cuando estés listo!