22-07-2026, 03:31 AM
El graderío de la arena principal lucía abarrotado de punta a punta. Cientos de espectadores, entre aldeanos, comerciantes y ninjas de diversos rangos, se apretujaban en los asientos de piedra bajo el sol de la tarde. Un murmullo denso y cargado de expectación recorría las gradas; la noticia de un enfrentamiento entre dos miembros del clan Hyūga había corrido rápidamente, atrayendo la atención de todos aquellos que ansiaban presenciar el choque de los célebres ojos que todo lo ven. Los murmullos, las apuestas de último minuto y los gritos ensordecedores creaban una atmósfera vibrante en el cuadrilátero.
En el pasadizo de acceso a la arena, protegido por la penumbra y el eco distante de la multitud, Adarel mantendría la mirada fija en el cielo. Sosteniendo la última calada de su cigarrillo entre los labios, dejaría que el humo denso recorriera sus pulmones antes de expulsarlo con una larga bofada gris que se disiparía bajo el arco de piedra. Arrojaría la colilla al suelo, apagándola con un firme movimiento de la suela de su sandalia mientras ajustaría las bandas de sus puños. La pausa habría terminado.
Saldría a la luz del sol a paso tranquilo, manteniendo las manos relajadas a los costados. La arena de combate se abriría ante él, caliente y despejada. A una distancia prudente de diez metros se encontraría Kagemaru. Antes de fijar su atención por completo en el oponente, la mirada serena de Adarel barrería un instante el sector medio de las gradas, distinguiendo entre la muchedumbre la silueta de Ame. Su presencia no alteraría su semblante reservado, pero un sutil matiz en su postura delataría la toma de nota de su asistencia. Para Adarel, esto no sería un simple espectáculo; resultaría en una demostración de control y eficiencia técnica.
«Es momento de demostrar el verdadero fruto del entrenamiento», se diría a sí mismo en la calma absoluta de su mente, evaluando la postura de Kagemaru mientras el griterío del público se transformaba en simple ruido blanco a su alrededor.
Sin perder tiempo en preámbulos, llevaría dos dedos al frente a la altura del pecho. El chakra comenzaría a circular en un torrente continuo y, en un instante, las venas alrededor de sus cuencas oculares se marcarían con fuerza, desplegando la visión periférica absoluta.
—¡Byakugan! —exclamaría con tono seco y firme.
Con el dōjutsu activo, Adarel flexionaría levemente las rodillas y extendería su brazo derecho al frente con la palma abierta en una postura de combate impecable.
Refinando el flujo de chakra en su palma para comprimir la presión al máximo, expandiría el alcance de su ataque y dispararía una onda de choque implacable con la intención de cortar el aire directamente hacia el torso de Kagemaru.
La masa de aire hipercomprimido surcaría los diez metros de distancia casi al instante, buscando impactar de lleno en el pecho de su oponente para infligir un daño físico directo antes de que este pudiera articular cualquier tipo de respuesta.
En el pasadizo de acceso a la arena, protegido por la penumbra y el eco distante de la multitud, Adarel mantendría la mirada fija en el cielo. Sosteniendo la última calada de su cigarrillo entre los labios, dejaría que el humo denso recorriera sus pulmones antes de expulsarlo con una larga bofada gris que se disiparía bajo el arco de piedra. Arrojaría la colilla al suelo, apagándola con un firme movimiento de la suela de su sandalia mientras ajustaría las bandas de sus puños. La pausa habría terminado.
Saldría a la luz del sol a paso tranquilo, manteniendo las manos relajadas a los costados. La arena de combate se abriría ante él, caliente y despejada. A una distancia prudente de diez metros se encontraría Kagemaru. Antes de fijar su atención por completo en el oponente, la mirada serena de Adarel barrería un instante el sector medio de las gradas, distinguiendo entre la muchedumbre la silueta de Ame. Su presencia no alteraría su semblante reservado, pero un sutil matiz en su postura delataría la toma de nota de su asistencia. Para Adarel, esto no sería un simple espectáculo; resultaría en una demostración de control y eficiencia técnica.
«Es momento de demostrar el verdadero fruto del entrenamiento», se diría a sí mismo en la calma absoluta de su mente, evaluando la postura de Kagemaru mientras el griterío del público se transformaba en simple ruido blanco a su alrededor.
Sin perder tiempo en preámbulos, llevaría dos dedos al frente a la altura del pecho. El chakra comenzaría a circular en un torrente continuo y, en un instante, las venas alrededor de sus cuencas oculares se marcarían con fuerza, desplegando la visión periférica absoluta.
—¡Byakugan! —exclamaría con tono seco y firme.
Con el dōjutsu activo, Adarel flexionaría levemente las rodillas y extendería su brazo derecho al frente con la palma abierta en una postura de combate impecable.
Refinando el flujo de chakra en su palma para comprimir la presión al máximo, expandiría el alcance de su ataque y dispararía una onda de choque implacable con la intención de cortar el aire directamente hacia el torso de Kagemaru.
La masa de aire hipercomprimido surcaría los diez metros de distancia casi al instante, buscando impactar de lleno en el pecho de su oponente para infligir un daño físico directo antes de que este pudiera articular cualquier tipo de respuesta.