14-07-2026, 02:58 AM
El sudor frío de la madrugada se evaporaba sobre las placas de hierro de sus antebrazos, mezclándose con el vaho de su respiración agitada. En el claro del bosque, Itsuki repitió la secuencia por centésima vez: un golpe directo, un giro de cadera y una estocada ascendente utilizando el peso muerto de sus nudilleras kunai. Sus músculos protestaban, pero su mente ya visualizaba el verdadero objetivo: el día en que sus puños estuvieran cubiertos por pesados guantes de hierro templado, capaces de someter la energía misma de la naturaleza bajo una disciplina implacable. Al terminar, guardó las armas y emprendió el camino de regreso a través del barrio Senju. En las calles empedradas se cruzó con Ryōta, un pariente directo a quien Itsuki identificaba de inmediato sin necesidad de verle la cara; reconocía el matiz de su cabello castaño opaco, la ligera asimetría en sus hombros al cargar la pesada caja de vendajes y el ritmo excesivamente pauses, casi temeroso, de sus pasos. Ryōta era uno de los cirujanos más precisos del hospital de Konoha, capaz de canalizar tratamientos médicos con una delicadeza milimétrica. Sin embargo, allí estaba, resignado a ser un simple asistente de inventario por el eterno pánico del clan a destacar y abusar de su poder. Itsuki se detuvo frente a él, impidiéndole el paso con una postura rígida e inflexible.
"—Podrías dirigir el departamento de trauma de la aldea si tuvieras el valor de exigir tu lugar —" espetó Itsuki con una frialdad cortante. Ryōta no respondió con palabras; Itsuki notó cómo los hombros de su pariente se contraían de golpe y el agarre de sus manos sobre la caja de madera se volvía tan rígido que las articulaciones de sus dedos crujieron. Era la misma respuesta de siempre: una muda y culposa aceptación de su destino autocastigado. Itsuki pasó de largo con un chasquido de desprecio, dejando atrás al cirujano sin dedicarle un solo segundo más de atención. Al cruzear el umbral de su propio hogar, el silencio lo recibió. Una silueta recortada contra el tragaluz de la cocina se giró hacia él. Sus ojos azul gélido no captaron facciones ni labios; frente a él solo había una superficie pálida y muda, tan idéntica como la corteza de un árbol del bosque. Sin embargo, Itsuki no dudó. El aroma a té de hierbas frescas, el sutil balanceo de sus hombros y el sonido rítmico de su respiración pausada le confirmaron que se trataba de su madre. Devoró el abundante desayuno hipercalórico que ella le había preparado, un combustible estrictamente necesario para la reconstrucción de sus fibras musculares, y salió de inmediato con rumbo a la biblioteca de la aldea.
El gran edificio de la biblioteca pública olía a papel viejo y cera para madera. Itsuki se dirigió al mostrador principal con paso medido. Al levantar la vista, el patrón corporal de la persona detrás de la mesa no coincidía con el habitual: la postura era rígida, los hombros estaban demasiado elevados y sus movimientos al acomodar los papeles denotaban un nerviosismo desorganizado. No era el anciano encargado de siempre, aquel shinobi retirado que se identificaba por arrastrar sutilmente la pierna izquierda y por el ritmo constante de su cepillo de tinta al transcribir códigos. Itsuki pasó de largo sin emitir un solo saludo, ignorando por completo la presencia del nuevo recepcionista mientras se adentraba en los pasillos más profundos y oscuros de la sección de historia. ¿Dónde estará el viejo? Ese inútil de hoy tardará el doble en registrar los pergaminos si decido retirar alguno, pensó con irritación, mientras sus dedos enguantados comenzaban a deslizarse por los lomos de los tratados de la Era de las Llamas Eternas. Buscaba registros prohibidos, notas al pie o censuras en los archivos del clan que su familia se empeñaba en ocultarle en casa. Tras horas de búsqueda infructuosa entre polvo y papel amarillento, localizó un pequeño fragmento manuscrito, una simple anotación marginal sobre un antiguo ritual de flujo de chakra en la madera que había sido tachado deliberadamente. Una pista minúscula, pero suficiente para justificar su terquedad.
De camino de vuelta a casa, Itsuki adoptó su habitual postura de "patrullaje", con los brazos cruzados y la mirada analítica barriendo cada esquina de Konoha. No tardó en toparse con un genin de su generación apodado Daiki, a quien reconoció al instante por el andar tambaleante de su pierna derecha y el balanceo descuidado de su brazo izquierdo, apoyado perezosamente contra un puesto de dango. Itsuki se detuvo justo enfrente, obligándolo a notar su presencia arrolladora. "—Si vas a perder el tiempo de esa manera, quítate la banda de la cabeza —" espetó con una honestidad que rayaba en la agresión. "—La paz de esta aldea se sostiene con esfuerzo, no con shinobis que se marchitan bajo la sombra de un tejado —". La reacción de Daiki fue inmediata: su respiración se aceleró de golpe, sus puños se cerraron y su peso se desplazó hacia delante en un amago de furia ciega, para luego desinflarse lentamente en una postura encorvada y resignada. Era el lenguaje corporal de alguien que ya estaba demasiado acostumbrado a la implacable rigidez de Itsuki. El genin soltó un suspiro cargado de amargura y dio media vuelta, mascullando entre dientes mientras se alejaba sin intentar defenderse.
Más adelante, al pasar cerca de los campos de entrenamiento de la academia, Itsuki observó a un grupo de niños que arrojaban shurikens de práctica con una técnica espantosa. Saltó la valla de madera y se interpuso entre ellos y los blancos. Tomó a uno de los pequeños por el brazo, corrigiendo la tensión de su hombro con firmeza militar. "—El esfuerzo no tiene edad —" les dijo con severidad, mirándolos con fijeza. "—Si practican con flojera ahora, la primera misión fuera de los muros será la última. Repítanlo, y esta vez mantengan el centro de gravedad firme —". Dejando tras de sí un halo de incomodidad y tensión entre los estudiantes y los tutores que lo miraban con desagrado, el joven Senju continuó su marcha; después de todo, él era el metal que debía templarse para proteger los cimientos de la hoja.
"—Podrías dirigir el departamento de trauma de la aldea si tuvieras el valor de exigir tu lugar —" espetó Itsuki con una frialdad cortante. Ryōta no respondió con palabras; Itsuki notó cómo los hombros de su pariente se contraían de golpe y el agarre de sus manos sobre la caja de madera se volvía tan rígido que las articulaciones de sus dedos crujieron. Era la misma respuesta de siempre: una muda y culposa aceptación de su destino autocastigado. Itsuki pasó de largo con un chasquido de desprecio, dejando atrás al cirujano sin dedicarle un solo segundo más de atención. Al cruzear el umbral de su propio hogar, el silencio lo recibió. Una silueta recortada contra el tragaluz de la cocina se giró hacia él. Sus ojos azul gélido no captaron facciones ni labios; frente a él solo había una superficie pálida y muda, tan idéntica como la corteza de un árbol del bosque. Sin embargo, Itsuki no dudó. El aroma a té de hierbas frescas, el sutil balanceo de sus hombros y el sonido rítmico de su respiración pausada le confirmaron que se trataba de su madre. Devoró el abundante desayuno hipercalórico que ella le había preparado, un combustible estrictamente necesario para la reconstrucción de sus fibras musculares, y salió de inmediato con rumbo a la biblioteca de la aldea.
El gran edificio de la biblioteca pública olía a papel viejo y cera para madera. Itsuki se dirigió al mostrador principal con paso medido. Al levantar la vista, el patrón corporal de la persona detrás de la mesa no coincidía con el habitual: la postura era rígida, los hombros estaban demasiado elevados y sus movimientos al acomodar los papeles denotaban un nerviosismo desorganizado. No era el anciano encargado de siempre, aquel shinobi retirado que se identificaba por arrastrar sutilmente la pierna izquierda y por el ritmo constante de su cepillo de tinta al transcribir códigos. Itsuki pasó de largo sin emitir un solo saludo, ignorando por completo la presencia del nuevo recepcionista mientras se adentraba en los pasillos más profundos y oscuros de la sección de historia. ¿Dónde estará el viejo? Ese inútil de hoy tardará el doble en registrar los pergaminos si decido retirar alguno, pensó con irritación, mientras sus dedos enguantados comenzaban a deslizarse por los lomos de los tratados de la Era de las Llamas Eternas. Buscaba registros prohibidos, notas al pie o censuras en los archivos del clan que su familia se empeñaba en ocultarle en casa. Tras horas de búsqueda infructuosa entre polvo y papel amarillento, localizó un pequeño fragmento manuscrito, una simple anotación marginal sobre un antiguo ritual de flujo de chakra en la madera que había sido tachado deliberadamente. Una pista minúscula, pero suficiente para justificar su terquedad.
De camino de vuelta a casa, Itsuki adoptó su habitual postura de "patrullaje", con los brazos cruzados y la mirada analítica barriendo cada esquina de Konoha. No tardó en toparse con un genin de su generación apodado Daiki, a quien reconoció al instante por el andar tambaleante de su pierna derecha y el balanceo descuidado de su brazo izquierdo, apoyado perezosamente contra un puesto de dango. Itsuki se detuvo justo enfrente, obligándolo a notar su presencia arrolladora. "—Si vas a perder el tiempo de esa manera, quítate la banda de la cabeza —" espetó con una honestidad que rayaba en la agresión. "—La paz de esta aldea se sostiene con esfuerzo, no con shinobis que se marchitan bajo la sombra de un tejado —". La reacción de Daiki fue inmediata: su respiración se aceleró de golpe, sus puños se cerraron y su peso se desplazó hacia delante en un amago de furia ciega, para luego desinflarse lentamente en una postura encorvada y resignada. Era el lenguaje corporal de alguien que ya estaba demasiado acostumbrado a la implacable rigidez de Itsuki. El genin soltó un suspiro cargado de amargura y dio media vuelta, mascullando entre dientes mientras se alejaba sin intentar defenderse.
Más adelante, al pasar cerca de los campos de entrenamiento de la academia, Itsuki observó a un grupo de niños que arrojaban shurikens de práctica con una técnica espantosa. Saltó la valla de madera y se interpuso entre ellos y los blancos. Tomó a uno de los pequeños por el brazo, corrigiendo la tensión de su hombro con firmeza militar. "—El esfuerzo no tiene edad —" les dijo con severidad, mirándolos con fijeza. "—Si practican con flojera ahora, la primera misión fuera de los muros será la última. Repítanlo, y esta vez mantengan el centro de gravedad firme —". Dejando tras de sí un halo de incomodidad y tensión entre los estudiantes y los tutores que lo miraban con desagrado, el joven Senju continuó su marcha; después de todo, él era el metal que debía templarse para proteger los cimientos de la hoja.