El objetivo de sus críticas esta vez era Yūgen Sarutobi, un tipo que llamaba la atención sin esforzarse. Rozaba el metro noventa, tenía un porte imponente y un pelo grisáceo bastante despeinado que combinaba con sus ropas anchas tradicionales en blanco y negro. Su aspecto, entre noble y rebelde, se remataba con un pendiente de aro dorado y un físico marcado por cicatrices que delataban que no era ningún novato. Sin embargo, para la mirada retorcida de Yagami, todo aquello era pura fachada.
«Mucho traje de seda y mucha planta, pero abre demasiado los pies al asentarse», pensó Yagami con una sonrisa de suficiencia mientras el carboncillo volaba sobre el papel. «Cualquiera que sepa moverse le limpia las piernas en un segundo y manda toda su elegancia al suelo».
Yūgen giró rápido y clavó una tanda de kunais en el centro de los blancos. El impacto sonó fuerte en las paredes del dojo. Yagami torció el gesto, se retocó la coleta y siguió escribiendo con aire de sabelotodo.
«Fuerza notable, pero avisa el tiro. Levanta el hombro derecho antes de soltar el arma, dejando claro el recorrido. Está bien para lucirse con muñecos de paja, pero un ninja de verdad le leería las intenciones a kilómetros».Para el Nara, matarse a sudar de esa forma era perder el tiempo. ¿Qué sentido tenía desgastarse físicamente si podías destripar los fallos del rival sentado desde la barrera?
Decidido a apuntar el siguiente fallo táctico, Yagami metió la mano en el bolsillo buscando otra pieza de carboncillo, ya que la suya se había quedado en nada. Pero se confió. Al moverse para estar más cómodo, descuidó el equilibrio de la libreta que tenía apoyada en las piernas. El bloc de notas, pesado por las tapas de cuero, se le escurrió de los dedos. A Yagami se le paró el corazón. Intentó cazarlo en el aire con un reflejo tardío, pero solo consiguió empujarlo más.
¡Plac, clac, clac!
El cuaderno golpeó los tablones del suelo y rebotó ruidosamente, saliendo de debajo del banco y quedando a la vista de todos en mitad del dojo. El ruido cesó de golpe, dejando un silencio incómodo que apuntaba directamente hacia su escondite.
Sabiendo que el sigilo ya no era una opción y que quedarse allí escondido solo lo haría parecer un idiota, Yagami optó por la huida hacia adelante. Aunque por dentro sentía la típica punzada de vergüenza de haber sido pillado de forma tan torpe, tragó saliva y salió de detrás del banco con total parsimonia, estirando los brazos como si acabara de despertarse de una siesta. Fue a recoger el bloc del suelo, y miró al Sarutobi de frente.
Para camuflar el patinazo, esculpió en su rostro esa sonrisa de suficiencia tan suya, ladeando la cabeza con los ojos entrecerrados.
—Vaya, qué puntería tan impecable, Yūgen —le saludó, levantando una mano en un gesto casual pero cargado de condescendencia—. Sinceramente, la fuerza que le pones al lanzamiento es admirable; dudo que muchos en la Academia puedan hacer que el acero suene con esa potencia. Es un despliegue físico brutal, de verdad.
Yagami caminó un par de pasos hacia el centro del tatami, manteniendo una distancia prudente mientras se guardaba la libreta bajo el brazo, intentando aparentar que todo estaba bajo control.
—Aunque... —añadió, dejando caer la palabra con una ligereza casi inocente—, si me permites el apunte, esa tendencia tuya a levantar el hombro derecho justo antes de soltar el arma es un detalle precioso. Avisa de la trayectoria con tanta claridad que casi parece una cortesía para que el enemigo tenga tiempo de agacharse. Pero oye, para asustar a los maniquís de paja va de maravilla.
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