06-07-2026, 02:06 AM
Kon está tirado en el techo de su casa, con las manos cruzadas detrás de la nuca y los ojos clavados en un cielo que hace rato dejó de tener nada interesante para ofrecerle. La luna está casi llena. La miro tanto tiempo que ya la vio parpadear un par de veces, aunque sabe perfectamente que fue su propio cansancio jugándole una mala pasada. No tiene sueño. O más bien tiene sueño, pero el cuerpo se niega a colaborar. Es una sensación que conoce bien, esa inquietud que le sube por las piernas y le hace mover el pie involuntariamente, un metrónomo nervioso marcando el ritmo de su ansiedad. Podría bajar, meterse en la cama, cerrar los ojos con fuerza como si eso sirviera de algo. Ya lo intentó dos veces esta noche. Las dos veces terminó mirando el techo de su cuarto contando las vetas de la madera hasta perder la cuenta y las ganas.
Se sienta. El movimiento hace crujir algo en su espalda, un chasquido seco que no es del todo normal en un cuerpo de veintisiete años, pero que a esta altura ya ni lo registra como raro. Se pasa una mano por el cabello, lo despeina todavía más de lo que ya estaba, y suelta un bostezo que no llega a convencer a nadie, ni siquiera a él mismo. — Qué manera de perder el tiempo — Exclama para nadie, con esa media sonrisa torcida que usa incluso cuando está solo, como si el sarcasmo fuera un reflejo más que una elección.
Se pone de pie en el borde del techo, los brazos abiertos, y por un segundo juega con la idea estúpida de tirarse. No para lastimarse sino solo para sentir algo, la caída corta, el golpe seco contra el pasto, cualquier cosa que no sea este vacío aburrido que lo tiene atrapado desde que se metió a la cama por primera vez, hace ya tres horas.
No lo hace. Se ríe solo, un resoplido corto, y baja por la escalera de mano que dejó apoyada contra la pared con la misma pereza con la que hace la mayoría de las cosas que no le interesan. Camina por las calles de Kirigakure. A esta hora no hay casi nadie: algún que otro shinobi de guardia que lo saluda con un gesto seco al reconocerlo, un puesto de comida ya cerrado con el toldo recogido, un perro callejero que lo mira con más desconfianza que curiosidad y decide seguir de largo. El aire tiene ese olor a humedad salada que nunca termina de irse del todo, viviendo tan cerca del mar como vive la aldea.
Kon no tiene un destino claro. Camina por caminar, para matar el tiempo. Lo considera mejor que quedarse quieto. Pasa cerca del sector donde vivía Reiji. No entra. Ni siquiera se acerca del todo, se queda a media cuadra, mirando la fachada oscura de la casa que ahora ocupa otra familia del clan. No hay nada dramático en el gesto, ningún suspiro cargado de significado. Solo se queda ahí parado un rato, con las manos en los bolsillos del pantalón, y después sigue caminando, como si esa pausa hubiera sido apenas un tropiezo sin importancia. Termina en el borde de un entrenamiento improvisado, uno de esos terrenos baldíos que el clan usa para prácticas nocturnas cuando nadie los está mirando. No hay nadie ahora tampoco. Se para en el centro, hace crujir el cuello de un lado a otro, y sin pensarlo demasiado empieza a mover los brazos, lento al principio, después más rápido, sintiendo cómo sus huesos responden bajo la piel con esa flexibilidad rara que solo los de su sangre tienen. No es un entrenamiento serio. Por ahora esta jugando. Saca un fragmento de hueso del antebrazo, apenas la punta, lo suficiente para sentir ese ardor familiar, y lo mira un segundo bajo la luz de la luna antes de volver a meterlo adentro con un gesto que a cualquiera le revolvería el estómago y a él apenas le arranca una mueca de satisfacción.
— Todavía respondes bien — le dice a su propio brazo, como si fuera otra persona la que estuviera ahí escuchando.
Sigue un rato así, probando cosas, practicando sus habilidades. En algún momento se ríe solo, una risa baja, casi para adentro, cuando un tirón más fuerte de lo esperado le saca una puntada de dolor real. Aun así no se detiene. Al contrario, ese dolor parece despertarlo un poco más, sacarlo de la pachorra aburrida que lo tenía dando vueltas por la aldea sin sentido. Se detiene recién cuando el brazo empieza a protestar en serio, un hormigueo raro que reconoce como la primera señal de que se está por pasar de rosca. Respira hondo, deja caer los brazos a los costados, y se queda parado en medio del terreno vacío, transpirado, con la respiración un poco más agitada de lo que debería para el esfuerzo que en realidad hizo.
— Bueno. Es suficiente. — dice en voz alta, aunque nadie lo escucha. Se tira de espaldas sobre el pasto húmedo, sin importarle mancharse la ropa, y se queda mirando otra vez ese mismo cielo que lo tuvo dando vueltas toda la noche. Ahora al menos el cuerpo le pesa un poco más, cansado de verdad, no ese cansancio fantasma de antes. El pecho todavía le sube y baja rápido. Cierra los ojos un segundo, después los abre, después vuelve a cerrarlos. No sabe bien qué hora es cuando finalmente el sueño empieza a ganarle la pulseada. Lo último que piensa, medio entre despierto y dormido, tirado en medio de un descampado como si fuera lo más normal del mundo, es que mañana alguien seguramente le va a preguntar por qué tiene pasto pegado en la ropa. Se esta por quedar dormido ahí mismo, bajo la luna que finalmente dejó de parpadearle, con esa media sonrisa todavía dibujada en la cara.
Se sienta. El movimiento hace crujir algo en su espalda, un chasquido seco que no es del todo normal en un cuerpo de veintisiete años, pero que a esta altura ya ni lo registra como raro. Se pasa una mano por el cabello, lo despeina todavía más de lo que ya estaba, y suelta un bostezo que no llega a convencer a nadie, ni siquiera a él mismo. — Qué manera de perder el tiempo — Exclama para nadie, con esa media sonrisa torcida que usa incluso cuando está solo, como si el sarcasmo fuera un reflejo más que una elección.
Se pone de pie en el borde del techo, los brazos abiertos, y por un segundo juega con la idea estúpida de tirarse. No para lastimarse sino solo para sentir algo, la caída corta, el golpe seco contra el pasto, cualquier cosa que no sea este vacío aburrido que lo tiene atrapado desde que se metió a la cama por primera vez, hace ya tres horas.
No lo hace. Se ríe solo, un resoplido corto, y baja por la escalera de mano que dejó apoyada contra la pared con la misma pereza con la que hace la mayoría de las cosas que no le interesan. Camina por las calles de Kirigakure. A esta hora no hay casi nadie: algún que otro shinobi de guardia que lo saluda con un gesto seco al reconocerlo, un puesto de comida ya cerrado con el toldo recogido, un perro callejero que lo mira con más desconfianza que curiosidad y decide seguir de largo. El aire tiene ese olor a humedad salada que nunca termina de irse del todo, viviendo tan cerca del mar como vive la aldea.
Kon no tiene un destino claro. Camina por caminar, para matar el tiempo. Lo considera mejor que quedarse quieto. Pasa cerca del sector donde vivía Reiji. No entra. Ni siquiera se acerca del todo, se queda a media cuadra, mirando la fachada oscura de la casa que ahora ocupa otra familia del clan. No hay nada dramático en el gesto, ningún suspiro cargado de significado. Solo se queda ahí parado un rato, con las manos en los bolsillos del pantalón, y después sigue caminando, como si esa pausa hubiera sido apenas un tropiezo sin importancia. Termina en el borde de un entrenamiento improvisado, uno de esos terrenos baldíos que el clan usa para prácticas nocturnas cuando nadie los está mirando. No hay nadie ahora tampoco. Se para en el centro, hace crujir el cuello de un lado a otro, y sin pensarlo demasiado empieza a mover los brazos, lento al principio, después más rápido, sintiendo cómo sus huesos responden bajo la piel con esa flexibilidad rara que solo los de su sangre tienen. No es un entrenamiento serio. Por ahora esta jugando. Saca un fragmento de hueso del antebrazo, apenas la punta, lo suficiente para sentir ese ardor familiar, y lo mira un segundo bajo la luz de la luna antes de volver a meterlo adentro con un gesto que a cualquiera le revolvería el estómago y a él apenas le arranca una mueca de satisfacción.
— Todavía respondes bien — le dice a su propio brazo, como si fuera otra persona la que estuviera ahí escuchando.
Sigue un rato así, probando cosas, practicando sus habilidades. En algún momento se ríe solo, una risa baja, casi para adentro, cuando un tirón más fuerte de lo esperado le saca una puntada de dolor real. Aun así no se detiene. Al contrario, ese dolor parece despertarlo un poco más, sacarlo de la pachorra aburrida que lo tenía dando vueltas por la aldea sin sentido. Se detiene recién cuando el brazo empieza a protestar en serio, un hormigueo raro que reconoce como la primera señal de que se está por pasar de rosca. Respira hondo, deja caer los brazos a los costados, y se queda parado en medio del terreno vacío, transpirado, con la respiración un poco más agitada de lo que debería para el esfuerzo que en realidad hizo.
— Bueno. Es suficiente. — dice en voz alta, aunque nadie lo escucha. Se tira de espaldas sobre el pasto húmedo, sin importarle mancharse la ropa, y se queda mirando otra vez ese mismo cielo que lo tuvo dando vueltas toda la noche. Ahora al menos el cuerpo le pesa un poco más, cansado de verdad, no ese cansancio fantasma de antes. El pecho todavía le sube y baja rápido. Cierra los ojos un segundo, después los abre, después vuelve a cerrarlos. No sabe bien qué hora es cuando finalmente el sueño empieza a ganarle la pulseada. Lo último que piensa, medio entre despierto y dormido, tirado en medio de un descampado como si fuera lo más normal del mundo, es que mañana alguien seguramente le va a preguntar por qué tiene pasto pegado en la ropa. Se esta por quedar dormido ahí mismo, bajo la luna que finalmente dejó de parpadearle, con esa media sonrisa todavía dibujada en la cara.