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[Autonarrada D] Archivos Bajo Llave
Issei
Rango Genin
Clan Heizu
Nivel 13
Estadísticas
Generales
Fuerza60(3)
Destreza75(4)
Ctrl. de Chakra50(3)
Inteligencia10(1)
Especiales
Salud9
Velocidad10
Tenketsu12
Sigilo18
495
580
Enlace al Post
03-07-2026, 06:12 PM
Última modificación: 05-07-2026, 07:18 AM por Moderador 6.
5 de Verano del año 150

Cada vez que entraba al Centro Estratégico Heizu tenía la sensación de que el edificio entero respiraba disciplina, como si incluso las paredes supieran que allí dentro no había espacio para la improvisación ni para la debilidad. Era el complejo del clan que más peso tenía, porque desde allí se organizaban patrullas, se archivaban informes, se distribuían recursos y se coordinaban las operaciones de los shinobi Heizu. Todo estaba pensado para que el trabajo fluyera sin errores, o al menos sin errores visibles, porque en un sitio como aquel hasta el más mínimo fallo podía convertirse en una grieta por la que se colara la podredumbre. Y yo conocía demasiado bien qué aspecto tenía esa podredumbre dentro del clan: no la de quienes habían vivido la Marea Roja, porque nadie de los que seguían allí la había vivido realmente, sino la de quienes habían heredado su mentalidad torcida, los que seguían repitiendo las mismas excusas, los mismos silencios y la misma cobardía que aquella época había dejado como veneno en la memoria colectiva. Esos eran los que despreciaba más que a cualquiera, porque no solo habían aprendido a convivir con la traición como si fuera una costumbre aceptable, sino que además seguían caminando por los pasillos del clan como si todavía merecieran pertenecerle.

Mi misión era sencilla sobre el papel: trasladar varios pergaminos clasificados entre distintas dependencias del centro, recoger las respuestas de cada sección y devolver toda la documentación al archivo principal antes de que terminara el turno de mañana. Un trabajo administrativo, aburrido para la mayoría, de esos que no exigían fuerza ni técnica ni sangre fría, y precisamente por eso resultaba tan útil para observar cómo funcionaban realmente las cosas cuando nadie estaba mirando. 

Para mí era otra cosa; era una oportunidad para caminar por el corazón del clan, para ver quién me sostenía la mirada y quién la apartaba, para distinguir a los que me temían de los que me despreciaban y, sobre todo, para recordar qué clase de gente seguía ocupando puestos importantes después de todo lo que el clan había arrastrado desde aquella vieja herida que llamaban Marea Roja, aunque ninguno de los presentes la hubiera conocido de primera mano. 

Nada más cruzar las puertas sentí cómo varias miradas se clavaban en mí, y no era ninguna novedad. Algunos fingían seguir trabajando mientras levantaban apenas la vista por encima de los documentos, otros ni siquiera se molestaban en disimular, y sus ojos hablaban por ellos con una claridad casi insultante. Sabían perfectamente quién era: el niño que había matado a su propio padre, el huérfano al que una de las familias más influyentes de los Heizu había acogido para evitar que el apellido quedara manchado todavía más, el muchacho del que todos hablaban pero con el que pocos se atrevían a cruzar más de dos palabras. Qué divertido, y qué patético, en realidad, porque muchos de los que me observaban con esa mezcla de curiosidad y recelo eran los mismos que habían crecido escuchando las versiones cómodas de la historia, las que justificaban la pasividad, las que convertían la vergüenza en prudencia y la traición en una simple diferencia de criterio.

Recogí el primer paquete de pergaminos sin decir nada y comencé el recorrido con la misma tranquilidad de siempre. Mientras avanzaba por los pasillos podía notar cómo las conversaciones se apagaban apenas pasaba cerca y volvían a surgir unos metros después, siempre en un murmullo lo bastante bajo como para fingir discreción. Sonreí para mis adentros, porque si querían hablar de mí al menos podían hacerlo con un poco más de valor. 

No tardó demasiado en aparecer el primero que decidió abrir la boca, un hombre de mediana edad que ni siquiera tuvo la decencia de sostenerme la mirada mientras soltaba su comentario con una sonrisa torcida—. Ten cuidado con esos documentos... No vaya a ser que también desaparezcan. 

Me detuve apenas un instante y giré la cabeza hacia él con una media sonrisa, lo bastante tranquila como para parecer casi amable—. Tranquilo, los pergaminos no gritan. 

El silencio que siguió resultó mucho más divertido que cualquier discusión, porque no solo se quedó sin respuesta, sino que además tuvo que tragarse la duda de si aquello había sido una amenaza o una simple broma. Continué caminando sin volver a mirarlo, dejando que decidiera por sí mismo qué interpretación le dolía más. La duda siempre hacía más daño que una respuesta directa, y yo no tenía ninguna prisa por regalarle alivio a nadie, mucho menos a alguien que seguramente había aprendido a sobrevivir repitiendo la misma mentalidad cobarde que el clan arrastraba desde generaciones atrás, esa costumbre de mirar hacia otro lado cuando convenía y de fingir firmeza cuando ya no quedaba nadie a quien engañar.

La misión avanzaba con normalidad, al menos en apariencia. Entregaba un informe, esperaba una firma, recogía la respuesta y seguía hacia la siguiente oficina, aprovechando cada trayecto para observar el funcionamiento interno del edificio. Capitanes entrando y saliendo de salas de estrategia, mensajeros cruzando pasillos a toda velocidad, mapas abiertos sobre grandes mesas de madera y varios jōnin discutiendo rutas marítimas alrededor de una maqueta del archipiélago. Era imposible no fijarse en todo aquello, porque cada gesto, cada orden y cada silencio revelaban algo sobre la estructura real del clan, mucho más que cualquier discurso solemne pronunciado en público. Algún día quería formar parte de esas conversaciones, no por el cargo ni por el reconocimiento, sino por el poder que implicaban, por la capacidad de decidir quién avanzaba y quién quedaba atrás. 

En una de las dependencias coincidí con varios genin del clan que esperaban instrucciones, y apenas entré dejaron de hablar entre ellos. Uno me sostuvo la mirada durante unos segundos antes de apartarla, como si no supiera si debía desafiarme o fingir que no existía. 

— ¿Qué? —Pregunté con total naturalidad, sin moverme siquiera. 

Nadie respondió.

— Eso pensaba. 

Seguí mi camino mientras escuchaba cómo alguno soltaba el aire cuando ya estaba lo bastante lejos, y no pude evitar pensar que a veces bastaba con estar presente para imponer más de lo que otros conseguían levantando la voz. También pensé, con una frialdad que no me molesté en ocultar ni siquiera dentro de mi cabeza, que esos mismos genin crecerían escuchando las mismas excusas que habían permitido a tantos inútiles seguir ocupando sus puestos durante décadas, repitiendo una y otra vez la lección equivocada de que la estabilidad valía más que la verdad. Si algún día me tocaba decidir, no tendría ninguna intención de repetir esa indulgencia.

Conforme avanzaba la mañana fui llegando a las zonas más internas del centro, donde el movimiento era menor y las conversaciones mucho más serias. Allí el ambiente cambiaba por completo, porque nadie perdía el tiempo con comentarios infantiles y los veteranos simplemente me observaban unos segundos antes de volver a sus tareas. Algunos incluso respondían con un leve gesto de cabeza cuando les entregaba los documentos, aunque no era respeto lo que veía en sus ojos, sino más bien evaluación, una forma de medir cuánto había cambiado desde la última vez que me habían visto y cuánto podía llegar a cambiar todavía. Eso me interesaba mucho más que cualquier muestra de cortesía vacía. 

En una de las salas de archivo me crucé con una mujer mayor que había servido al clan durante décadas, y al pasar junto a mí dejó escapar una frase apenas audible, como si no quisiera que nadie más la oyera—. Hay heridas que nunca terminan de cerrarse. 

No me detuve, pero sí la miré de reojo mientras seguía avanzando con los pergaminos bajo el brazo—. Entonces habrá que cortar lo que las infecta —respondí sin elevar la voz. 

No sé si entendió exactamente a qué me refería, pero yo sí lo tenía claro. Las heridas del clan no eran solo antiguas, sino también políticas, y muchas seguían abiertas porque demasiada gente había decidido proteger a quienes las habían causado. Los que apoyaron la traición en aquella época lejana que todos mencionaban con solemnidad, aunque ninguno la hubiera vivido, no eran simples cobardes para mí; eran una enfermedad enquistada, una vergüenza que seguía respirando dentro de los Heizu, y cuanto más tiempo pasara, más convencido estaría de que algún día habría que arrancarla de raíz.

Cuando terminé el último intercambio y regresé hacia el archivo principal vi a mi tío, Daigo Heizu, salir de una sala acompañado por otros dos jōnin. La conversación se detuvo apenas me vio, y durante un instante nuestras miradas se cruzaron en medio del pasillo. No hizo ningún gesto especial, ni una sonrisa ni una palabra, pero tampoco hacía falta. Simplemente mantuvo los ojos sobre mí el tiempo suficiente para comprobar que seguía entero antes de continuar hablando con sus compañeros como si nada hubiera ocurrido. Era suficiente, no necesitaba más. Daigo nunca había sido un hombre de grandes demostraciones, y quizá por eso su presencia pesaba tanto dentro del clan, porque bastaba con que estuviera allí para que todos recordaran que todavía quedaban figuras capaces de sostener el apellido sin venderlo al mejor postor. 

Entregué el último pergamino, recibí la confirmación de que toda la documentación estaba completa y abandoné el edificio sin mirar atrás. Al salir, el aire salado del mar volvió a llenar mis pulmones y una sonrisa terminó dibujándose en mi rostro por la certeza de que seguían mirándome como si fuera un problema, susurrando cuando pasaba y creyendo que podían decidir quién pertenecía realmente al clan. Perfecto, que siguieran haciéndolo. Algún día dejarían de murmurar cuando yo apareciera y ese día bajarían la cabeza. No porque yo se lo ordenara, sino porque sabrían perfectamente de lo que sería capaz si no lo hacían.

Mientras descendía los escalones del edificio lancé una última mirada al emblema de los Heizu grabado sobre la piedra de la entrada y dejé que el peso de todo lo que había visto durante la mañana se asentara en silencio dentro de mí.

— Aún no soy más fuerte que él... —murmuré aquellas palabras sin detenerme, no hablando del hombre que había sido mi padre, sino de la fuerza que una vez llegó a poseer antes de perderse a sí mismo. 

Nunca olvidaría que había sido un guerrero temible, alguien capaz de imponer respeto incluso cuando ya estaba roto por dentro, pero también recordaba en qué terminó convirtiéndose y qué clase de vacío dejó tras de sí. Yo no cometería ese error, no permitiría que la debilidad me devorara ni que la complacencia me convirtiera en uno de esos viejos que justificaban la traición con palabras bonitas. Lo superaría, y cuando llegara ese día nadie dentro del clan volvería a preguntarse si realmente pertenecía a los Heizu. Entonces sabrían que sí pertenecía, pero no como ellos esperaban. Pertenecería como una sentencia para los que habían ensuciado el apellido, como una amenaza para los que todavía defendían la mentalidad podrida heredada de tiempos que ninguno había vivido y como el recordatorio de que, tarde o temprano, toda podredumbre acaba siendo extirpada.
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